ACERO Y VAPOR

 

LA BATALLA QUE NUNCA FUE:

1943: EL TIRPITZ CONTRA EL IOWA

por José Ignacio Lago Marín

 

En 1943 fue alistado el acorazado norteamericano Iowa, su primera misión consistió en reforzar a la Royal Navy en su tarea de escolta a los convoyes que se dirigían a los puertos rusos del mar Ártico.

Lo que vais a leer a continuación nunca ocurrió.

Los nombres que aparecen en este relato son reales y se corresponden con los puestos que ocupaban en aquellas fechas.

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26 de noviembre de 1943. Atlántico norte. Latitud 73º. Longitud 21º. 1205 horas.

El convoy se enfrentaba penosamente al embravecido mar que atacaba a las 26 naves bamboleándolas a su capricho. Los puentes y cubiertas aparecían desiertos de hombres, empeñados éstos en defender sus ya maltrechos huesos de las olas que barrían las zonas descubiertas de las naves, llevándose por delante todo lo que encontraran precariamente trincado. Dentro de los buques que surcaban tan trabajosamente aquellas aguas llenas de peligrosa furia, los hombres procuraban mantenerse secos y calientes mientras en las cofas y puentes altos, los serviolas, los únicos hombres al descubierto, trataban de otear el horizonte con sus prismáticos especiales, prestos a detectar cualquier intruso y dar la voz de alarma, ya que además de los elementos naturales aquellos hombres tenían otro enemigo aún más temible: la guerra. Empapados, calados hasta los huesos y tiritando de frío, aquellos marineros estaban sin embargo contentos: con aquel tiempo infernal no había que temer el ataque de las temibles "manadas de lobos". Los sumergibles que Alemania enviaba contra el tráfico mercante aliado y que apenas un año antes habían estado a punto de provocar la rendición de la Gran Bretaña.

Pero eso había sido un año atrás. Demasiado tiempo. Tiempo en el que Gran Bretaña tuvo que resistir sola a Alemania. Tiempo lejano aquel que se veía roto por la amenazadora presencia de las naves de los Estados Unidos en aquellas aguas. Ahora Gran Bretaña no estaba sola. Ahora Alemania tenía un nuevo enemigo enormemente poderoso. Ahora la Armada norteamericana velaba por la seguridad de aquellas naves mercantes que tan valientemente cruzaban esas aguas malditas una y otra vez, estableciendo un vital cordón umbilical que había posibilitado la resistencia de Gran Bretaña y ahora posibilitaba la reconquista de la Europa en manos alemanas. Aquellas naves repletas de suministros que se dirigían a los puertos de Rusia posibilitaban la resistencia soviética ante los alemanes. Aquellos miles de carros, aviones, camiones, locomotoras mantenían funcionando a la Rusia soviética y ocupados a millones de soldados alemanes lejos del canal de la Mancha. Por eso aquellos marineros sacrificaban sus vidas manteniendo el tráfico vital para la causa aliada.

Unas treinta millas al sur de las líneas de naves que formaban el lento convoy navegaban en medio de una tormenta de nieve las naves de la escolta indirecta cuya misión era permanecer siempre en un punto equidistante entre el convoy y una posible amenaza naval de superficie que partiera de la costa noruega en poder alemán. La escolta indirecta estaba formada por una poderosa agrupación naval bajo mando británico que en aquel momento comprendía dos modernos acorazados: el Howe británico y el Iowa norteamericano, dos cruceros pesados y un crucero ligero británicos y siete destructores, dos de ellos norteamericanos. Una poderosa escuadra que sin embargo oteaba el grisáceo horizonte con no poca preocupación en busca de un enemigo al que temían y cuyo nombre estaba enmarcado en una aureola casi mítica.

 

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El vicealmirante sir Bruce Austin Fraser volvió a leer una vez más el mensaje que el oficial de comunicaciones le había entregado una hora antes. El puente del acorazado HMS Howe permanecía silencioso.

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Pero si silenciosa era la atmósfera, no lo era el ambiente. Los hombres que observaban al almirante leer y releer aquel papel tenían todos sus pensamientos puestos en él. Y él, el almirante en jefe de la Home Fleet británica, que apenas semanas antes había declinado ser ascendido al Almirantazgo porque ello hubiera supuesto ser encerrado en un despacho londinense, volvió a mover la cabeza de un lado a otro.

Toda aquella misión se le escapaba de las manos sin que pudiera evitarlo. Un convoy en ruta hacia los puertos árticos rusos que de repente pierde toda su protección aérea y sobre el que no sólo se cierne la amenaza de la aviación y los submarinos alemanes... Ahora el Tirpitz también. Aquella odiada nave gemela del maldito Bismarck, el asesino del Hood al que sólo mediante un golpe de fortuna habían conseguido hundir dos años antes tras una cacería en la que participó la mitad de la Royal Navy. Malos presagios, sin duda. Y para acabar de rematar aquella misión estaba el mensaje enviado por el Almirantazgo. "Imprescindible convoy llegue a puerto ruso. Todas demás consideraciones son secundarias. Repito. Todas demás consideraciones son secundarias". La inspiración de Churchill era bien clara. Stalin había presionado tanto que Churchill, una vez más, se había plegado ante sus exigencias. ¿Qué hubiera pasado si todos los suministros enviados a los rusos a principios de 1942 se hubieran enviado a África? Sin duda Gran Bretaña no hubiera tenido que soportar las humillaciones que el maldito Rommel y su puñado de tanques inflingió al VIII Ejército británico. La misma pregunta se la hacían desde los mariscales hasta los cocineros de todo el ejército, pero Churchill no admitía discusiones. Había que ayudar a Rusia a cualquier precio, aunque ello significara mantener a la Home Fleet escoltando buques cargados de camiones mientras los japoneses y los norteamericanos luchaban en el inmenso Pacífico sin presencia británica. Aquello era muy doloroso para los marinos británicos, especialmente tras los desastres de su flota en extremo Oriente a manos de los japoneses. Pero las órdenes estaban bien claras y Fraser, que esperaba la oportunidad de toparse con el Tirpitz para enviarlo al fondo de una vez, se veía ahora atado de pies y manos por aquella orden estúpida nacida en un bien caldeado despacho de Whitehall. El temible Tirpitz había salido de su guarida, pero él debía mantenerse pegado al convoy para garantizar que aquellos preciosos camiones llegaran a Rusia mientras el acorazado alemán acechaba desde la oscuridad de aquel mar helado cuya frialdad se antojó a Fraser aún más terrible...

 

 

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El capitán de navío John L. McCrea se levantó despacio de su silla elevada en el amplio y acristalado puente de mando del acorazado USS Iowa.

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La silla era incómoda porque era nueva. No tenía la comodidad que tienen las sillas de mando de una nave curtida por los temporales y los traseros de varios capitanes. La madera de aquella silla estaba inmaculadamente pulcra y casi daba pena posar las sudorosas palmas de las manos sobre los barnizados reposabrazos. Demasiado nueva, pensó McCrea mientras paseaba su cansada vista por aquel puente reluciente. Ni un rastro de óxido, ni un parche mal remachado en las paredes, ni restos de distintas capas de pintura. Aquella era una nave nueva que prácticamente acababa de dejar los astilleros. McCrea se había hecho cargo del mando del Iowa el 9 de julio, apenas unos días después, el 27 de agosto, la formidable nave había finalizado su alistamiento. ¡Qué magnífica nave era aquella! exceptuando los dos monstruos japoneses, los gigantescos Yamato, todos afirmaban que la suya era la nave más poderosa del mundo, con sus 55.000 toneladas a carga estándar, sus 9 cañones de 406 mm y sus 33 nudos de velocidad máxima aquella nave había otorgado a los Estados Unidos la supremacía en la construcción naval. El Iowa podía enfrentarse a cualquier acorazado, con excepción de aquellos malditos Yamato, seguro de poder aguantar cualquier castigo gracias a su formidable blindaje y de descargar su réplica mortal centrada desde la primera salva gracias a sus equipos de radar sin igual en el mundo. Eso era lo que los casi 3.000 hombres que hacían funcionar aquel monstruo de acero creían ciegamente, y eso, pensó McCrea, era bueno. Casi lo único bueno de aquella misión, la primera que el Iowa emprendía escoltando los convoyes árticos y que había comenzado con el contralmirante jefe de la agrupación norteamericana de baja por apendicitis apenas dos horas antes de aparejar. Y para colmo, sin protección aérea, puesto que el Victorious que debía acompañarles había sido torpedeado veinte horas antes y ahora se retiraba a duras penas a puerto acompañado de dos valiosos  destructores. Malos presagios.

No es que él tuviera dudas sobre su nave. Aquel acorazado montaba el armamento más poderoso de todo Occidente y una protección muy moderna y perfectamente equilibrada, además del más poderoso aparato motor jamás instalado a bordo de nave alguna con 220.000 HP de potencia. Era una nave moderna, diseñada para aquel tipo extraño de combate en el que la guerra naval moderna había degenerado, donde la más peligrosa amenaza ya no aparecía tras el horizonte disparando salvas, sino que se ocultaba en las profundidades del mar o en lo alto de los cielos, presta a soltar sus bombas o lanzar sus torpedos. Y aquella magnífica nave había sido diseñada precisamente para eso, para poder encajar ese tipo de golpes mejor que cualquier otra... exceptuando, claro, a aquellas dos infernales naves niponas a las que por nada del mundo hubiera querido enfrentar. McCrea no lamentó ser enviado al Atlántico Norte para desempeñar aquellas aburridas tareas de escolta de convoyes en los que las emociones se reducían a los mensajes de las naves mercantes, invisibles para ellos, que lanzaban pidiendo ayuda al ser atacados por aquellas manadas negras de bestias de acero que se lanzaban contra los mercantes aprovechando la noche o los torpedos y bombas que los aviones lanzaban con escalofriante puntualidad. No envidiaba el trabajo de los destructores de escolta, la verdad.

McCrea estaba cansado. El estado de la mar no era como para poder descansar plácidamente, y aunque en un par de ocasiones se había retirado a su camarote de mar junto al puente de mando, no había tardado en volver, incapaz de conciliar el sueño ni por unos minutos. La tensión se palpaba en la nave de quilla a perilla tan sólo unas horas después de la alarma que a las 0200 había lanzado a todos los hombres a sus puestos de combate. Un contacto radar esporádicamente señalado 23 millas al sur había sido punteado por uno de los cruceros ligeros. Y unos minutos después, uno de los seviolas había creído ver entre las sombras de la gélida noche la enorme masa negruzca de "un buque de batalla". El capitán norteamericano frunció su curtido ceño de marino reprimiendo una exclamación de furia al volver a recordar, una vez más, el momento en el que el oficial de comunicaciones llegaba al puente jadeando para entregarle un mensaje urgente llegado del Howe en el que se leían unas palabras que se habían grabado para siempre en la mente de McCrea: "Londres informa. Tirpitz en alta mar. Repito. Tirpitz en alta mar". ¡Una noche para no olvidar! De los confusos mensajes enviados al Howe por el Almirantazgo británica podía deducirse que la exploración aérea había detectado la salida del Tirpitz de uno de sus escondrijos habituales en los recortados fiordos noruegos. ¿Pero cuándo había aparejado? ¿Qué rumbo y velocidad? ¿Cuántas naves lo escoltaban? Se preguntaban los preocupados marinos a bordo de aquellas naves. El Tirpitz. Un nombre capaz de provocar una punzada de temor en cualquier marino del Mundo. El poderoso gemelo del Bismarck... y el Tirpitz era aún más peligroso que el Bismarck. Más moderno, mejor preparado. Esa era la razón por la que la Royal Navy había pedido la presencia del Iowa en aquellas aguas, porque en la mente de todos estaba el combate del estrecho de Dinamarca en el que el Bismarck apenas en seis minutos había hundido al Hood y forzado a la huída a toda máquina del Prince of Wales, buque gemelo de aquel Howe que abría la marcha de la escolta indirecta. El segundo comandante del Iowa despegó los negros prismáticos con los que desde la amanecida escrutaba el horizonte de sus ojos enrojecidos y se volvió para mirar a su capitán. En sus ojos también se leían el cansancio y la preocupación que atenazaban a todos los hombres desde que el rumor de la presencia del gigante alemán había recorrido la nave desde las cofas hasta las sentinas.

-¿Por dónde demonios puede andar ese maldito alemán? -murmuró entre dientes.

-Por cualquier sitio -respondió el capitán aliviado de poder hablar y romper el tétrico silencio que se había apoderado del puente en los últimos minutos-, detrás de ese frente tormentoso en el que no puede penetrar ni el radar, o más al este probablemente... si es que de verdad está en alta mar.

-Pero si ha arrumbado al norte tras el avistamiento, moviéndose a veinte nudos puede habernos pasado por popa y encontrarse ahora entre nosotros y el convoy.

McCrea negó con la cabeza. Todos los hombres del puente estaban pendientes de sus palabras. Incluso el joven timonel volvió la cabeza con la preocupación dibujada en el rostro.

-No lo creo -respondió agitando la cerilla para apagarla-. El Tirpitz no puede haber llegado tan pronto aquí, ningún marino está lo bastante loco como para mantener una nave a veinte nudos en una borrasca como la que hemos pasado. Apuesto mi retiro a que ese inglés no vio más que su miedo reflejado en el agua. El contacto de radar, si es que no fue un falso eco, no se corresponde con ese pretendido avistamiento. Hágame caso, nuestros primos ingleses están obsesionados con esa táctica de la "manada de lobos" que emplean los submarinos alemanes, pero es imposible que una nave como el Tirpitz se dedique a seguir a un convoy de día para infiltrarse entre sus filas de noche y atacarle al cañón.

-Pero seguro que nuestro joven e inexperto timonel está pensando que el Tirpitz monta torpedos, señor -apuntó su segundo con su típica y reconfortante sonrisa irónica mientras guiñaba un ojo.

-Si -respondió McCrea jovialmente-, pero los torpedos en un acorazado de 250 metros de eslora como el Tirpitz no sirven de mucho. ¿Se imaginan cómo demonios íbamos nosotros a poder torpedear un convoy introduciendo esta mole de acero entre sus filas en plena oscuridad? ¡eso sólo puede hacerlo un submarino! Si el Tirpitz ataca a un convoy lo hará de día y al cañón.

El segundo comandante sonrió. McCrea era un viejo lobo de mar curtido. Todos a bordo del Iowa confiaban en él, en su experiencia y en sus nervios de acero, templados escoltando convoyes durante la I Guerra Mundial a bordo de los antiguos  contratorpederos, y la breve conversación entre el comandante y su segundo había surtido el esperado efecto de relajar el ambiente en un puente de navegación demasiado tenso durante demasiadas horas.

-Y si ese loco alemán se atreve a salirnos al paso -finalizó McCrea alzando la voz- irá a hacerle compañía al Bismarck, pero esta vez seremos nosotros los que nos apuntaremos el tanto. ¡Nuestros cañones de 16 pulgadas se encargarán de convertirnos a todos en héroes americanos y nos pasearán por la Quinta Avenida en descapotables!.

Los hombres rieron relajados, pero ello no contribuyó a aliviar la tensión interna de McCrea cuya mente no podía apartarse de las preguntas que le rondaban una y otra vez. ¿Cómo era posible que una nave gigantesca como el Tirpitz hubiera logrado escabullirse así? ¿Dónde quedaban las redondas frases de los ingleses asegurando que el acorazado alemán estaba "perfectamente localizado"? Bien, si atacaba al convoy tendría enfrente a toda una escuadra dispuesta a mandarlo al fondo. Esta vez no tendría escapatoria. Y esta vez no se cometerían los errores que se cometieron cuando el Bismarck hundió al Hood y obligó a huir al Prince of Wales. No. Esta vez entre el Howe y el Iowa le machacarían hasta mandarlo al fondo. Y por encima de todo, esta vez no ocurriría lo de un año antes, cuando el acorazado germano se paseó por el Ártico sin que la escuadra británica ni los ataques de los aviones torpederos embarcados impidieran su vuelta a la madriguera. Esta vez él y el Iowa estaban allí para impedirlo.

Un teléfono sonó cortando sus pensamientos. El cabo de órdenes lo cogió y lo tendió al capitán.

-Sala de radio a puente de mando -rugió una voz al otro lado-, mensaje del Howe, señor.

-Aquí el capitán, léamelo.

-De vicealmirante Fraser a capitán navío McCrea. Contacto visual confirmado a 47 millas de nuestra posición. Crucero pesado clase Admiral Hipper o crucero de batalla y cuatro destructores dirigiéndose rápidamente rumbo este-noreste. Me destaco para cortar derrota enemigo con dos cruceros y tres destructores. Continúe aproximación a convoy según órdenes. Buena suerte.

McCrea rechinó los dientes. El almirante inglés le había ordenado situarse muy distanciado por popa para cubrir mayor distancia y el resultado era que la comunicación entre ambos acorazados no podía hacerse ni por banderas debido a la oscuridad ártica ni por semáforo por la excesiva distancia, teniendo que emplear la delatora radio. Un crucero pesado alemán. Nada claro, porque los alemanes habían construido todas sus naves mayores con la misma línea de superestructuras. Todos ellos se parecían como si fueran uno solo y McCrea recordaba que el Hood había confundido hasta el último momento al Prinz Eugen con el Bismarck, disparando sus cañones, malgastando sus salvas contra el crucero germano, y sabía que en la oscuridad de la larga amanecida ártica, a esas distancias y con una mar encrespada, un crucero y un acorazado alemanes parecían idénticos. Y ahora él tenía que forzar máquinas y virar rumbo norte para acortar distancias mientras el Howe arrumbaba al sur en busca de esa nave. Lo que le mantendría entre el convoy y Fraser, listo para ir en auxilio de cualquiera de los dos pero alejado de ambos. Bueno, pensó, los ingleses saben lo que hacen, pero el resultado es que nuestra fuerza ha quedado dividida y cada vez más lejos cada parte de la otra. Sabía que los alemanes siempre concentraban sus fuerzas debido a su inferioridad numérica, pero ¿Y si hubieran cambiado de táctica? ¿Y si aquel crucero avistado fuera un señuelo para dividir sus fuerzas? Los británicos no lo creían así. Parecía que Fraser pensaba que la salida del Tirpitz era una distracción para que el Hipper pudiera llegar hasta el convoy. Los alemanes ya lo habían intentado otras dos veces antes de la misma manera y todo el mundo sabía que los alemanes eran seres tozudos y constantes. Pero ¿Y si la nave avistada era el Tirpitz? McCrea pensó en el Howe enfrentándose en solitario al acorazado alemán y tragó saliva.

-Esto no me gusta nada -carraspeó el segundo comandante-, con el Tirpitz por ahí fuera y nosotros aquí, cada uno por su lado. El almirantazgo está convencido de que el Tirpitz tiene órdenes directas de Hitler de retirarse si se topa con un acorazado, pero también estaba convencido de que estaba durmiéndola en un fiordo... lo dicho, capitán, esto no me gusta.

-A mí tampoco -contestó McCrea-. Si el Howe intercepta un crucero, un crucero de batalla o un acorazado de bolsillo Fraser se convertirá en un héroe, hace dos meses rechazó un ascenso porque quiere seguir al mando de la flota y está ansioso de marcar la muesca del Tirptiz en su cinturón... pero si se topa con él sin ayuda es otro cantar. Requerirá inmediatamente nuestra presencia, con lo que dejaremos indefenso al convoy para que pueda ser atacado por otras naves alemanas, y si en verdad resulta ser un solitario crucero pueden enzarzarse en una persecución dejando un hueco por el que toda la maldita marina alemana en formación de revista podría pasar varias veces. ¡Daría lo que fuera por disponer de exploración aérea! Esta misión se está complicando a cada minuto.

-Debería haber dejado a los cruceros ocuparse del avistamiento -murmuró el oficial de navegación oteando nerviosamente el negro horizonte con sus prismáticos-... eso es lo que debería haber hecho.

 

1415 horas.

 

Los aviones torpederos alemanes habían llegado en dos oledas perfectamente sincronizadas. El radar, ese fiel compañero metálico les había detectado a 27 millas y cuando llegaron, las baterías antiaéreas ya les estaban esperando. El Iowa desplegó el fabuloso potencial antiaéreo de sus 20 cañones de 127 mm y 80 de 40 mm dirigidos por radar para formar una barrera de metralla impenetrable, pero los bimotores Heinkel He-111 no se acercaron a él. Aprovechando la débil luz del amanecer ártico se fueron directamente a por los cruceros británicos y el resultado fue que, aunque derribaron a cuatro aviones, el crucero pesado británico fue alcanzado por un torpedo en la aleta de babor, allí donde no tenía cintura acorazada que pudiera absorber parte del impacto. Una brecha de ocho metros en el casco, cuatro compartimientos inundados, averías en las calderas y la velocidad reducida a 5 patéticos nudos al menos durante dos horas precisamente en aquellas aguas infestadas de submarinos alemanes. Dos destructores quedaron dando vueltas alrededor del herido crucero para protegerle hasta que hubiera reparado sus averías mientras McCrea, con los dos destructores norteamericanos arrumbaba directamente al este-noreste para acortar distancias con el convoy de una vez.

El teléfono volvió a sonar. McCrea se abalanzó sobre él.

-Aquí el capitán.

-Puente, aquí el CIC, tenemos un contacto radar 18 millas al oeste-suroeste.

McCrea se sobresaltó.

-¿Cúal es la posición del Howe? -preguntó.

-El Howe y su grupo están 43 millas este-sureste, señor- contestó el oficial de navegación consultando nerviosamente sus cartas.

McCrea colgó el teléfono y clavó sus ojos en su primer oficial.

-Tenemos visita.

Las vibraciones que produjeron las máquinas del Iowa al aumentar la velocidad a 25 nudos se extendieron por toda la nave, transmitidas por las casi 60.000 toneladas de acero. La mar se había calmado bastante en las dos últimas horas, pero ello no era un buen presagio para los hombres del Iowa que oteaban el grisáceo horizonte sin pestañear mientras su nave cabeceaba contra las olas. El Iowa había sido diseñado para alcanzar grandes velocidades en aguas tranquilas, no para enfrentarse a una mar embravecida, pensó el capitán McCrea mientras ordenaba a uno de sus destructores que arrumbara rápidamente hacia el contacto para identificarlo. El veloz destructor viró a estribor, meciéndose peligrosamente entre las olas, directo hacia el punto luminoso que se señalaba nítidamente en su pantalla de radar. La mortecina luz del amanecer ártico limitaba la visibilidad a 5 millas, apenas 10 kilómetros. Con 10 metros más de eslora que el Tirpitz, el Iowa tenía sin embargo 3 metros menos de manga lo que era una ventaja para el Tirpitz al proporcionarle mayor estabilidad en aquellas aguas. La forma de la proa del Iowa, muy afinada para ofrecer menor resistencia hidrodinámica a alta velocidad, se clavaba literalmente en el agua tras cada remontada de cresta, con lo que la resistencia al avance era mayor.

-Póngame en contacto directo con el capitán de ese destructor -rugió McCrea a su oficial de comunicaciones-, no quiero perder tiempo crifrando y descifrando mensajes.

Tras unos minutos convertidos para los hombres del Iowa en días, el destructor comunicó con el acorazado.

-Aquí McCrea, ¿qué es lo que ve?, cambio.

El interfono zumbó en los oídos de todos los marinos del puente.

-Aquí Ellis, señor. Contacto visual confirmado.  Tres destructores alemanes... ¡Me están disparando! ¡Rápido, timón todo a babor!.

-Capitán -intervino el segundo comandante-, los destructores alemanes montan piezas de 150 mm.

-McCrea a Ellis, ¡salga de ahí rápidamente!, ya sabe lo que tiene que hacer.

Si, el capitán de fragata Ellis sabía lo que tenía que hacer: atraer hacia el Iowa a los destructores alemanes. McCrea sintió como la adrenalina se le disparaba hasta la punta de sus cortos cabellos. Tragó saliva y se irguió militarmente

-Traspasen los controles de la nave al puente de mando acorazado. Zafarrancho de combate.

 

 

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El capitán de navío Hans Meyer tenía los ojos pegados a uno de los periscopios del puente de mando acorazado del Tirpitz.

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Aún no llevaba un mes como capitán del acorazado y su sueño se había cumplido: tenía la oportunidad de llevar a su nave por fin al combate y vengar al Bismarck.

-Está confirmado -anunció su segundo, el también capitán de navío Heinz Assmann tras colgar el teléfono-, un destructor norteamericano. Ha virado 180º en cuanto nuestros destructores le han atacado. Se retira a toda máquina.

Meyer despegó los ojos de los visores y se acercó a Assmann.

-Póngame con el almirante.

El vicealmirante Oscar Kummetz tomó el negro auricular que le tendía su ayudante en el puente alto destinado al almirante y su estado mayor.

-Acabo de ordenar a nuestros tres destructores de cabeza que persigan al enemigo -explicó el almirante a Meyer-, así evitaremos que establezcan un puente de radar con el acorazado norteamericano. Temo más a su radar que a sus cañones, torpedos y aviones juntos.

Meyer asintió lentamente mientras sostenía el teléfono negro.

-Según el Grupo Norte nos ha comunicado, nuestros aviones indican que el Iowa nos corta el paso al convoy.

-Y es tres nudos más rápido que nosotros según Inteligencia -respondió Meyer.

Kummetz volvió la vista hacia su jefe de estado mayor que jugueteaba nerviosamente con un compás junto a la mesa de mapas.

-Si viramos -respondió éste a la muda pregunta del almirante- se nos echará encima y no podremos despegarnos de su radar, y mientras tanto el acorazado inglés arrumbará al norte para cortarnos el paso. En dos horas podría estar aquí. El oficial de meteorología anuncia tiempo despejado durante las próximas siete horas, así que hagamos lo que hagamos tendremos que salir de aquí combatiendo -contestó el oficial a la silenciosa pregunta del almirante.

Meyer apretaba el teléfono con todos los ojos puestos en él. Ahora era el almirante el que tenía la última palabra. Los segundos de silencio le incitaron a decir algo, pero no abrió la boca. Por fin oyó la pesada respiración del almirante Oscar Kummetz, un experimentado marino que había puesto todas sus esperanzas en aquel plan nacido del exacto conocimiento por parte del servicio secreto alemán de la salida del convoy y la composición de sus fuerzas de escolta. Aquella era una formidable oportunidad de asestar un duro golpe a la cadena de suministros aliados que tanto daño estaban haciendo al esfuerzo militar germano. Hitler había sido muy claro: el Tirpitz era demasiado valioso para exponerlo a un combate si no era contra fuerzas similares, y el Gran Almirante Erich Raeder, el viejo zorro, había conseguido que Fraser se tragara el cebo tendido por el crucero Admiral Hipper. Ahora eran uno contra uno y Raeder había sido muy claro al respecto: si la Kriegsmarine tenía que sucumbir no sería escondida en los fiordos bombardeada por la aviación británica. 

-Bien, Meyer. Si no podemos rehuír el combate... Todo suyo. Vamos a por el Iowa. Vamos a bajar al puente acorazado.

Meyer sintió una punzada de entusiasmo que le recorrió todo el cuerpo. Se cuadró militarmente y soltó un "A la orden" que electrizó a los presentes. Con el teléfono aún en la mano se volvió hacia el joven timonel que aferraba el brillante volante de acero con toda su fuerza.

-Timonel, mantenga rumbo de gobierno al 15º verdadero. Aumentar a 25 nudos.

Colgó el teléfono y lo volvió a descolgar para comunicar con el capitán de fragata Paul Steinbichler, ingeniero jefe de la nave.

-Steinbichler, aquí el capitán, mantenga esas calderas a máxima presión, necesitamos toda la potencia disponible para cerrar distancias con ese acorazado lo más rápidamente posible. Toda la potencia que podamos reunir será poca.

El siguiente en recibir su llamada fue el capitán de corbeta Robert Weber, director de tiro del Tirpitz.

-Necesito centrarlo al cañón lo antes posible, señor -respondió Weber-, si conseguimos cerrar distancias a unos 10.000 metros le aseguro que no se nos escapará. Los radiotelémetros están a punto. Sistemas de control de tiro, municionamiento y artillería listos para el combate.

El oficial de navegación, capitán de corbeta Kuno Schmidt, que cumplía su primera misión en el Tirpitz, no apartaba la vista de la mesa de cartas ni para pestañear. Sobre los mapas náuticos tenía cuidadosamente punteadas las derrotas que el Admiral Hipper, el crucero pesado utilizado como señuelo, había seguido para apartar al Howe del camino del Tirpitz. El plan del Gran Almirante Raeder era apartar al Iowa pero el almirante británico se había lanzado hacia el sur dejando al Iowa, mucho más poderoso y rápido entre el Tirpitz y el convoy.

-¡Almirante en el puente de mando! -gritó un marinero al ver a Kummetz abrir él mismo la pesada puerta estanca y entrar con dos de sus oficiales de estado mayor en la seguridad del puente acorazado.

El puente de mando acorazado del Tirpitz era una auténtica caja acorazada protegida por planchas especiales de acero Krupp de 35 centímetros de espesor y toda la visión que los hombres que lo ocupaban tenían del exterior era a través de los periscopios blindados, todos ellos ocupados por hombres tensos. El capitán de navío Assmann cotejó rápidamente las cartas con el oficial de navegación Schmidt.

- No podrán reforzarle -comentó Kummetz-, no les dará tiempo. Esto va a ser entre ellos y nosotros porque esos dos destructores no van a poder hacer nada con la mar en estas condiciones.

-Tenemos que cerrar distancias rápidamente para impedir que nos mantenga a su máxima distancia de tiro -respondió Meyer-. Sus cañones tienen mayor alcance que los nuestros, pero en cuanto nos acerquemos estaremos a cara de perro. Schmidt, necesito un rumbo de aproximación al enemigo que no nos separe del convoy, no levante la vista de la brújula. ¡A toda máquina!

El telégrafo de órdenes tintineó atrayendo la atención del capitán de fragata Paul Steinbichler. Primero, las manijas giraron hacia la posición neutra y después volvieron a hacerlo hasta la que indicaba máxima potencia. En cuestión de segundos, los maquinistas abrieron las llaves de alimentación de los conductos de combustible y las calderas del Tirpitz recibieron un torrente de negro combustible que convirtieron en vapor y que a su vez las máquinas convirtieron en 28 nudos de velocidad, ya que el estado del mar impedía llegar a los 30,8 de los que era capaz el acorazado alemán. El Tirpitz salió disparado contra las olas sobre las que cabalgaba con la seguridad y firmeza que le proporcionaban sus 36 metros de manga.

-Mientras estén a máxima distancia tendrán la ventaja -comentó Assmann-, parece que sus radares de tiro reciben los ecos de los piques y pueden corregirlo con toda precisión. Nuestros radiotelémetros no van a servirnos de mucho ahora. Hasta que no cerremos distancias estaremos ciegos y seremos vulnerables.

Meyer volvió a pegar los ojos al periscopio. Consultó su reloj de pulsera, eran las 1430 y la amanecida ártica estaba en su plenitud, aunque la luz no fuera más viva que la del atardecer final en Hamburgo con una visibilidad de apenas 8 millas (15 kilómetros). La nave norteamericana tenía nueve poderosos cañones de 406 mm con mayor alcance que los ocho de 380 mm de su nave, si el Iowa se mantenía a una distancia a la que el Tirpitz no pudiera responder aquello podría ser lo más parecido a una ejecución. Cierto era que a esas distancias de más de 20 kilómetros no era demasiado probable recibir un proyectil, pero el recuerdo del Bismarck era demasiado poderoso como para desdeñar los efectos de un "impacto afortunado". A aquellas enormes distancias, el Iowa tenía la ventaja de sus 127 mm de acero en la cubierta protectora frente a los 100 del Tirpitz, pero conforme se acortaran las distancias y los proyectiles llegaran más rasos el Tirpitz contaría con su cubierta curva de 120 mm que cerraba por debajo de la cintura vertical de 320 mm lo que sumaba 440 mm de acero. Mejor protección a esas distancias que los 329 mm de la cintura inclinada hacia la quilla del Iowa. Aquel sería un combate que los alemanes tendrían que igualar acercándose lo más posible al enemigo. Cada metro ganado al acorazado norteamericano les acercaría más a la igualdad táctica.

-Los norteamericanos lo han presentado como el acorazado definitivo, pero no es más que un South Dakota alargado y más veloz -afirmó convencido Kummetz-. Tenemos una buena oportunidad y sólo tenemos que jugar bien nuestras bazas para demostrarles a esos entrometidos yanquis cómo fabricamos los alemanes nuestras naves.

-Vamos a ver lo buenos que son sus radares de tiro... -murmuró Assmann con la vista clavada en los instrumentos de navegación.

Durante unos segundos que se tornaron años para los marinos alemanes, el silencio se apoderó del puente de mando acorazado, de repente, nueve gigantescos piques de agua coloreada de amarillo surgieron de repente a quinientos metros a estribor por la proa del Tirpitz. Los norteamericanos, al igual que los japoneses, utilizaban colorantes para poder distinguir cuáles eran los piques de cada nave.

-No está mal para ser la primera- Murmuró Assmann.

-¡Cinco grados a babor! -rugió Meyer-. Mantengan velocidad.

-¡Almirante! ¡Mensaje del capitan Johansen! -anunció el oficial de comunicaciones. -Su radiotelémetro capta una nave por detrás del destructor que persigue, parece el Iowa.

-El Iowa se acerca virando en dirección oeste -anunció el capitán de corbeta Kuno Schmidt tras consultar rápidamente sus cartas.

-Los ingleses les han enseñado bien la lección del Hood- respondió Kummetz-, nos presentan la banda para disponer del fuego de todas sus piezas.

-Armamento listo para abrir fuego- anunció por el interfono Weber desde su puesto de director de tiro en la cofa-, pero no tengo blanco aún.

El Iowa no disparaba sus gigantescas piezas a ciegas, el ojo metálico del radar dirigía su fuego con toda precisión, pero el destructor propio y los tres contrapartes germanos que se movían justo por delante dificultaban la recepción del eco. El capitán de fragata Johansen, comandante de la flotilla de destructores de escolta se mantenía hábilmente por delante del Tirpitz con sus cuatro destructores separados por intervalos de doscientos cincuenta metros. Era muy arriesgado, pero sabía que el Iowa no se arriesgaría a malgastar sus salvas en atacarles a ellos mientras pudiera disparar contra el acorazado alemán para mantener la superioridad artillera que sólo un loco perdería por atacar a unos destructores.

De nuevo, nueve enormes piques de agua coloreada de amarillo brotaron violentamente a tan sólo cincuenta metros a popa del Tirpitz.

-¡Timón treinta grados a estribor!

Gritó el capitán Meyer sobresaltado por la certera y mortífera precisión del tiro norteamericano. Volvió la vista hacia Assmann y éste asintió imperceptiblemente, los radares de tiro norteamericanos eran mucho mejores de lo que el servicio secreto alemán les había informado.

-Enderece rumbo, timonel, pero no vuelva al 15º verdadero, mantenga al 12º.

Meyer sabía lo que se hacía. No estaba allí por casualidad. El Tirpitz podría descentrarse de las salvas virando tras cada disparo del Iowa, pero tenían que continuar rumbo este-nordeste para dar la impresión al Iowa de ir tras el convoy, lo que obligaría al norteamericano a cerrar distancias para cortarles el paso. Sabía que ningún marino permitiría dejar indefenso el convoy por conservar la ventaja táctica, y si se sumaban entonces las velocidades relativas del Iowa y el Tirpitz la distancia entre ambos decrecería proporcionalmente. Era la única posibilidad del Tirpitz de acercarse a su rival y equilibrar el combate.

-¡Capitán, el radiotelémetro capta una señal débil tras las de los destructores, a 13 millas este-nordeste.

-¡Almirante, el capitán de fragata Johansen informa del avistamiento de otro destructor norteamericano!

Kummetz inspiró lentamente. El comandante del Iowa era bueno, no cabía duda, pero la celada preparada por Raeder había surtido efecto, el norteamericano no podía dejar que el Tirpitz cayera sobre el convoy aunque ello significara perder la oportunidad de destruirle sin que ellos pudieran siquiera responder al fuego.

-¡Cuidado a estribor!

La tercera salva norteamericana cayó a pocos metros de la nave, enfilada por la banda de estribor a la altura de la sección XIII. Los gigantescos proyectiles de más de 1.200 kg. del Iowa lanzaron sobre la nave toneladas de agua y cascotes de metralla que causaron dos muertos, tres heridos y daños menores en las superestructuras. Las bordas fueron sacudidas por los impactos, pero la cintura acorazada y el blindaje de batería que protegían el casco detuvieron sin problemas aquel alud de trozos de acero.

-Cada vez más cerca -comentó Assmann sin dejar de mirar la carta de navegación.

-Un poco más -murmuró Meyer con la vista clavada en el periscopio-. Sólo un poco más cerca para que podamos verte la cara, maldito monstruo...

Sobre cubierta, los trozos de reparaciones formados por hombres adscritos a las secciones de combate inspeccionaron las bordas de la nave. Los únicos daño visibles eran los desconchones en la pintura allí donde la metralla había rebotado contra el blindaje. Inmediatamente se procedió a la evacuación de los heridos y los cadáveres de los marineros caídos.

-Mensaje de Johansen, almirante. Nos da la posición del Iowa e informa que se mantiene fuera del alcance de su artillería de 127 mm. Está combatiendo contra los destructores a los que no deja acercarse, parece que se preparan para atacarle con torpedos.

-¡Buen marino! -bramó Meyer-. Ellos tienen destructores equipados con su maravilloso radar, pero nosotros tenemos destructores armados con cañones de 150 mm. Un bocado demasiado indigesto para nuestros amigos yanquis. ¡Torpedos a esa distancia y con esta mar! ¡están locos!

La cuarta salva llegó portadora de muerte y destrucción provocada por el impacto directo de dos granadas certeramente dirigidas por el radar de tiro del Iowa. El primero de los proyectiles norteamericanos impactó directamente contra la torre antiaérea de 105 mm. de la sección babor-XIII. Ocho hombres murieron instantáneamente por el estallido del proyectil que golpeó la torre volatilizándola. Diez hombres cayeron heridos por el vendaval de fuego y metralla desencadenado que convirtió la rejilla de los respiraderos que se abría en la base del mástil-torre en un boquete, convirtió en astillas la proa del bote trincado detrás y arrancó de cuajo la base del soporte tubular del telémetro secundario que se alzaba justo encima. El segundo no produjo víctimas, atravesó limpiamente la parte trasera de la chimenea llevándose por delante los dos proyectores de arco de la plataforma. No explotó, ya que los proyectiles perforantes estaban diseñados para aplastarse contra el blindaje explosionando entonces, y si no encontraban ninguna coraza que detuviera su mortífera carrera salían tranquilamente por el otro lado. Las chapas de acero Krupp que forraban la estructura de la chimenea fueron atravesadas por el proyectil como si fueran de papel de fumar.

-¡Informe de daños! -bramó Assmann.

El almirante Kummetz consultó las cartas de navegación, preocupado por la posición de sus destructores mientras los oficiales se dedicaban a recabar frenéticamente información sobre los daños, que pronto supieron no eran graves.

-Meyer -comenzó a decir el almirante-, hay que tratar de...

-¡Blanco centrado, permiso para abrir fuego! -interrumpió la voz del capitán de corbeta Robert Weber.

Meyer se lanzó al intercomunicador.

-¡Aquí el capitán, informe! -gritó.

-El radiotelémetro principal está captando un eco en la misma posición dada por el capitán Johansen, a 11 millas, señor -contestó Weber-, tenemos el blanco centrado.

Meyer tragó saliva nerviosamente. ¿Qué haría Kummetz ahora? ¿Se volvería atrás? Meyer bajó la vista presa de la excitación que sentía. La tensión dentro del puente de mando era algo sólido, palpable. El intercomunicador emitía un leve zumbido, único sonido percibible en el puente por encima del de los instrumentos.

-¡Permiso concedido! -gritó Kummetz a través del intercomunicador- ¡Abran fuego!

El capitán de corbeta Robert Weber sonrió levemente con la vista fija en las luces del panel de control que indicaban que los 8 cañones de 380 mm estaban cargados y listos para abrir fuego. Extendió su mano derecha hacia el interruptor que indicaba "salva", esperó a que los indicadores de balance que vigilaban la escora de la nave se centraran y cuando la nave estuvo adrizada en medio de la encrespada mar lo apretó con todas sus fuerzas. El timbrazo de aviso resonó en el interior de las cuatro enormes torres que albergaban los ocho cañones del Tirpitz y dos segundos después, los gigantescos cañones negros de la nave alemana expulsaban un huracán de fuego por la banda de babor. El estallido hizo retumbar la nave de quilla a perilla y los 2.500 hombres del Tirpitz lanzaron al unísono un ¡Hurra! al sentir la potencia de sus formidables cañones contestando por fin al enemigo. En el interior de las torres Anton, Bruno, César y Dora, de 1.064 toneladas de peso cada una, los cañones retrocedieron con tremendo empuje sobre sus cureñas hidráulicas. Inmediatamente, los artilleros abrieron los cierres de las piezas para introducir nuevos proyectiles de 380 mm de diámetro y 800 kilos de peso tras los que introducirían los saquetes de pólvora de 212 kilos cuya explosión lanzaría los mortíferos proyectiles a una velocidad de 820 metros por segundo.

La quinta salva del Iowa y la primera del Tirpitz se cruzaron en el aire. Llegó primero a su destino la norteamericana, uno de cuyos proyectiles reventó su furia contra la cubierta del Tirpitz a la altura de la sección XXI. El proyectil atravesó la cubierta junto a la cadena del ancla de babor saliendo limpiamente por la amura, justo por encima del cinturón acorazado, lo que evitó que la granada explotara dentro de la nave. No hubo bajas esta vez.

-El capitán Johansen informa: "caída corta por estribor proa unos 500 metros".

Exclamaciones de júbilo estallaron en el puente del Tirpitz. La primera salva alemana, disparada casi a ciegas, había llegado a 500 metros del Iowa. Ahora también ellos disparaban, con mucha menor precisión, pero a medida que la distancia entre ambas naves disminuía el acorazado alemán tendría más posibilidades de golpear al norteamericano con toda su terrorífica fuerza.

-¡El Iowa dispara sus piezas de 406 mm contra nuestros destructores! -anunció el oficial de comunicaciones.

-¡Ordene a Hansen que retroceda, rápido! -contestó Kummetz inmediatamente.

Meyer pensó por un momento en el capitán del Iowa. ¿Qué haría él en su lugar? ¿Hubiera concentrado todo su fuego sobre el Tirpitz olvidándose de los destructores para mantener así la distancia que tan ventajosa le resultaba a los norteamericanos? ¿O habría tratado de hundir primero a los destructores para impedir lo que precisamente ahora estaban haciendo: servir de observadores corrigiendo el tiro de los cañones del Tirpitz? ¿O quizás habría concentrado sus torres de proa contra el Tirpitz y la de popa contra los destructores, obligándose así a maniobrar continuamente perdiendo la ventaja mientras los alemanes navegaban a 30 nudos fuera del alcance de las piezas de 127 mm del Iowa? ¿Qué hubiera hecho él en su lugar si se hubiera visto en aquella situación? Sin duda el comandante del Iowa era un hombre valiente. Meyer pensó que sería bueno que sobrevivieran ambos a la guerra para poder discutirlo frente a una jarra de buena cerveza.

-¡Hemos perdido un destructor! -anunció el oficial de comunicaciones sujetándose los auriculares con fuerza-, y otro ha sido alcanzado.

El estruendo de la segunda salva disparada por el Tirpitz llegó a través de los 35 cm. de acero que les protegían, pero los oficiales estaban pendientes de la suerte corrida por el valeroso Johansen y su escuadra de destructores. El oficial de comunicaciones movía la cabeza negativamente. La estación de radio sólo conseguía escuchar un galimatías de mensajes entre las naves. Por fin alzó la vista y anunció lo que todos temían.

-El capitán de fragata Johansen informa al almirante: un destructor hundido, otro con daños, se retira hacia nosotros manteniendo contacto artillero con los destructores enemigos. Fin del mensaje.

Kummetz y Meyer intercambiaron una mirada de pesar. Aquellos valientes se habían sacrificado manteniendo a los destructores enemigos a raya y señalando la posición del Iowa. Ahora estaba en sus manos aprovechar el precioso tiempo que aquellas pequeñas naves les habían dado con su sacrificio.

Weber lanzó otra salva contra el Iowa centrando el tiro con el radiotelémetro. Mientras que el radar norteamericano señalaba los piques de los proyectiles posibilitando así que el Iowa supiera con exactitud dónde habían caído para corregir el tiro de la siguiente salva, el radiotelémetro alemán, una versión menos sofisticada del radar, no registraba esos piques de agua, con lo que, si no había contacto visual, los alemanes no podían saber dónde habían caído sus proyectiles y la corrección del tiro era imposible, así que habrían de limitarse a disparar, confiando en que algún proyectil alcanzara al acorazado norteamericano antes de llegar al contacto visual que equilibraría el combate. Y en ello llegó la sexta salva del Iowa...

Si en algún momento los hombres del Tirpitz lamentaron el invento del radar fue en aquel momento. Tres proyectiles del aún invisible Iowa alcanzaron al Tirpitz. El primero se estrelló contra el frontal inclinado de la estructura que albergaba el puente de mando. El puente acorazado no resultó dañado, pero los hombres que se encontraban dentro de él sintieron sus efectos perfectamente. La granada atravesó las superestructuras hasta estallar contra el blindaje de la cubierta de 50 mm. El boquete que produjo fue rociado por un chorro de cascotes de metralla que cayeron en las entrañas de la nave matando a cinco hombres e hiriendo a ocho y causando un corte del suministro eléctrico en dos torres de 150 mm de la sección de proa que, sin embargo, no afectó a las torres principales Anton y Bruno, además de un incendio en una zona muy peligrosa de la nave, ya que justo debajo se hallaban los pañoles de municiones de proa repletos de explosivos. El segundo proyectil atravesó limpiamente la cubierta a la altura de la aleta de estribor en la sección VIII. El proyectil se empotró contra la cubierta protectora del Tirpitz de 80 mm de espesor, lo que evitó que los motores de la nave, situados justo debajo, fueran alcanzados, pero la metralla escupida por la granada causó averías en un generador y provocó un incendio en la cubierta principal. Otros cinco hombres perdieron la vida, pero la capacidad operativa de la nave estaba intacta. La poca inclinación con que ya llegaban los proyectiles norteamericanos impidió que la cubierta protectora fuera perforada.

-Parece que el generador ha sido dañado y la metralla ha cortado las conexiones -anunció Assmann colgado del teléfono tras dar sus órdenes a los trozos de reparaciones y recibir los primeros informes-, pero las están reparando. El trozo de proa ha conseguido dar un pallete de colisión contra el boquete de la amura, está entrando agua pero puede ser achicada con las bombas. Están revisando los mamparos de proa.

El puente de mando acorazado estaba casi ciego. El humo del incendio de proa envolvía los periscopios y en su interior funcionaban las luces de emergencia porque las de servicio habían quedado inutilizadas al haber sido dañados los cables.

-¡Nuestros destructores! ¡Ahí están nuestros destructores!

Kummetz se arrojó sobre un periscopio pero no pudo ver nada, al fin consiguió ver a los dos destructores alemanes que se cruzaban de vuelta encontrada por la banda de babor del Tirpitz. Uno de ellos tenía un incendio a bordo pero el puente pronto fue informado de que sus daños no eran muy graves.

-Se ha ganado la Cruz de Caballero, Johansen -murmuró el almirante-... se la ha ganado como se la ganan los valientes.

-¿Cuál es la distancia al Iowa?- Preguntó Meyer con la preocupación dibujada en el rostro.

El capitán de corbeta Schmidt se irguió sobre su mesa de navegación.

-Distancia al blanco 10 millas, capitán- anunció el capitán de corbeta Schmidt irguiéndose sobre su mesa de navegación.

10 millas, apenas 20 kilómetros, pensó Meyer... En cualquier otro mar del mundo a aquellas horas de la tarde a 10 millas podría leerse el nombre de una nave con unos simples prismáticos, pero en aquellas malditas aguas el horizonte a 8 millas era una nebulosa grisácea que se confundía con el mar. Dos millas, dos millas más, tan sólo dos millas. Otra salva lanzada por el infatigable Weber. No podía saber dónde caían sus proyectiles, pero mantenía sus cañones apuntando al punto luminoso que señalaba el radiotelémetro. El Tirpitz, maniobrando rápidamente tras cada salva para tratar de descentrarse, había continuado su infatigable carrera hacia el norte, hacia el convoy, arrastrando con él a un Iowa que había sacrificado su superioridad táctica para evitar que el acorazado germano cayera sobre el convoy provocando un desastre de grandes proporciones bélicas e incalculables consecuencias políticas.

Mientras en las entrañas de la nave, los trozos de reparaciones luchaban contra el fuego que se extendía peligrosamente junto a la barbeta de la torre Bruno, en el exterior, los artilleros de las torres de 150 mm estaban ayudando a sus compañeros empeñados en sofocar el incendio de la superestructura. Las mangueras ya lanzaban agua contra el fuego mientras los hombres miraban con disimulo al cielo esperando la siguiente y mortífera salva del aún invisible enemigo. En la proa, jugándose la vida, los marineros habían conseguido dar un pallete de colisión que tapaba el boquete producido por el proyectil del Iowa mientras, como el resto de sus compañeros, miraban con preocupación el horizonte. Junto a la gran chimenea, un trozo de ocho hombres al mando de un suboficial se encargaba de reparar unas conexiones eléctricas dañadas por los cascotes de metralla.

-¡Mirad! ¡mirad!

Un fuerte resplandor de brillante luz amarillenta iluminó el oscuro horizonte. Los marineros sintieron una punzada en sus agitados corazones al tiempo que unos segundos más tarde llegaba el estruendoso sonido que seguía a la luz. En pocos segundos todos pudieron escuchar un fortísimo silbido que parecía rasgar el aire helado.

-¡Cuerpo a tierra! -gritó el suboficial al mando del trozo- ¡Todos cuerpo a tierra!

La cubierta del Tirpitz estaba cubierta de hielo y agua pero ninguno de los marinos que se echaron boca abajo sobre ella lo notaron. Un ruido infernal pareció desatar las Furias sobre aquellos hombres indefensos que vieron como unas gigantescas columnas de agua teñida de color amarillo se alzaban unos metros por detrás de ellos rociándoles con una cascada de agua helada.

-¡Rápido! ¡rápido!

Ninguno de ellos había oído los impactos, pero todos habían sido golpeados por la onda expansiva del proyectil que pulverizó la dirección de tiro secundaria de popa. El diluvio de metralla descargado destrozó a uno de ellos matándolo instantáneamente y un cabo resultó herido en las piernas. Mientras dos de ellos quedaban al cuidado del camarada herido, los cuatro restantes, encabezados por el suboficial, se apresuraron resbalando peligrosamente sobre la helada cubierta a prestar auxilio a sus camaradas, ocultos por una gran columna de humo negro sólo perforada por los desgarradores gritos de los hombres mutilados. El proyectil, el segundo de aquella salva que había alcanzado al Tirpitz había reventado atravesado la toldilla y llevándose consigo la dirección de tiro secundaria y parte de la superestructura, para acabar empotrándose contra la cubierta protectora, perforándola y dejando fuera de servicio una de las calderas. El segundo proyectil había estallado contra el cinturón acorazado y el suboficial del trozo, al asomarse por la borda pudo comprobar aliviado que éste no había sido perforado aunque presentaba un boquete redondo del tamaño de una boya. Con la ayuda de los artilleros de las baterías antiaéreas que rápidamente bajaron hasta allí para ayudar pudieron auxiliar a los ocho heridos que encontraron, sacándoles de aquel infierno de fuego y humo.

-¡Malditos sean! rugió Meyer.

-Capitán Meyer, si no conseguimos contacto visual con la nave enemiga en los cuatro próximos minutos ordenaré una inversión de rumbo -dijo Kummetz con grave expresión-. Avisen a los dos destructores de popa para que estén preparados para tender una cortina de humo y listos para atacar al torpedo al acorazado enemigo.

-¡Contacto visual con dos destructores enemigos! -exclamó Weber por el interfono al tiempo que ordenaba a las 4 piezas de 150 mm operativas de la banda de estribor que abrieran fuego contra ellos.

-¡Atentos a un posible ataque con torpedos! -gritó Kummetz.

Los proyectiles de 150 mm del Tirpitz encuadraron a los destructores norteamericanos que viraron 180º rápidamente, perseguidos por los furiosos piques alemanes. Uno de ellos resultó alcanzado en la toldilla, pero Weber no pudo calibrar los daños porque la visión ya era casi nula. El radiotelémetro señalaba la presencia del Iowa cuya aparición en el horizonte era cuestión más de segundos que de minutos. Una nueva salva norteamericana alcanzó al acorazado alemán estrellándose contra el cinturón acorazado dos proyectiles, lo que señalaba la corta distancia que separaba ya a ambos monstruos.

-¡Ahí está! -el grito de weber hizo dar un respingo a todos los hombres del puente-. Contacto visual con acorazado enemigo... ¡Es el Iowa, repito, confirmado, es el Iowa!

El incendio de proa ya había sido sofocado, pero a través de los periscopios los hombres del puente no podían ver aún al enemigo. Sólo el capitán de corbeta Robert Weber, desde su puesto director en lo más alto del mástil-torre del Tirpitz podía ver aquella silueta gris que cada vez se hacía más grande sobre el horizonte ártico.

Todos los ojos de los hombres del puente se centraron en el altavoz por el que se oía la voz metálica del director de tiro del Tirpitz, el hombre del que en aquellos momentos todo dependía.

-...Centrando el blanco en los visores... vamos, vamos, tranquilos... despacio...

Meyer y Kummetz intercambiaron una mirada en la que se mezclaba todos los sentimientos posibles.

-...Blanco centrado... en posición... Salva... ¡Fuego!

"Ahora es cuando empieza la batalla" pensó Meyer agradecido, porque lo anterior había sido una ejecución, fallida, pero que había estado a punto de acabar con su nave. Si el Iowa se hubiera mantenido fuera de contacto visual unos minutos más sólo hubieran cabido dos soluciones: ser hundidos o tener que huír de allí a toda máquina.

-Corta 100 metros -sonó la voz de Weber-... aumentar inclinación... espera, no tanto... así... Listos... en salva y... ¡Fuego!

El humo de las salvas propias aún cubría al Tirpitz cuando llegó la respuesta norteamericana. Cuatro proyectiles se estrellaron contra la nave alemana. Dos de ellos contra el cinturón blindado, el tercero atravesó la batería en el combés, estallando dentro de la nave y el cuarto lo hizo contra el hangar de estribor destruyendo los dos hidroaviones allí plegados y provocando otro gran incendio. Doce muertos. Quince heridos.

-¡Blanco! ¡blanco! ¡Puente, un proyectil ha alcanzado al enemigo!

Meyer cerró los ojos. ¡Por fin! blanco centrado. Con su nave a punto de convertirse en un colador habían conseguido centrar al Iowa a la segunda salva. ¡Bien por Weber!

-¡Magnífico, Weber! -contestó el capitán por el interfono-, intensifique el fuego a la máxima cadencia.

Weber no contestó. Por el interfono se oía su voz metálica dar instrucciones precisas que electrizaban a todos cuantos las oían.

-Muchachos, todo vuestro, aumentar cadencia de tiro... Salva rápida... ¡Fuego!

Kummetz sonrió satisfecho. El sueño de todo marino. Una nave contra otra.

-Veremos ahora de qué les sirven sus radares -dijo el almirante- ¡Orden a nuestros destructores de popa, ataquen a los norteamericanos! No quiero sorpresas. Ahora el Iowa no podrá ocuparse de ellos.

El Iowa había virado a babor para descentrarse. La fundada confianza en sus magníficos equipos de radar había dejado paso a la preocupación. Pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer el norteamericano? mantener la distancia que le habría llevado a la victoria segura era arriesgarse a ver al Tirpitz arrojarse sobre el convoy con todo lo que ello supondría. Y un marino siempre debe cumplir las órdenes, aunque su resultado sea el dejar a una nave como el Iowa en igualdad táctica con el Tirpitz. Meyer no podía dejar de pensar en ello. No hubiera cambiado los papeles con su contraparte norteamericano ni en sus peores sueños mientras observaba cómo los piques de sus proyectiles centraban al Iowa. El capitán del acorazado norteamericano había demostrado ser un marino disciplinado, como todos los hombres de mar.

 

Con los destructores norteamericanos perseguidos por el fuego de las piezas de 150 mm de sus contrapartes alemanes la batería secundaria de 150 mm del Tirpitz se sumó rápidamente al cañoneo contra el Iowa. La nave norteamericana tenía unos sistemas de tiro superiores a los alemanes, como bien advirtieron los germanos. Weber se dio cuenta de que incluso llegaron a disparar mientras viraban y la salva cayó centrada a pesar de que el Tirpitz estaba a su vez virando, por lo que pidió al puente un mayor acercamiento al monstruo norteamericano. A pesar de la insistencia de Meyer el almirante no aceptó. Tenía la mente puesta en el Howe y el resto de la fuerza aliada y no quería caer en la trampa que el capitán McCrea le estaba tendiendo hábilmente al no apartarse de la línea entre el Tirpitz y el convoy. Kummetz ya sabía que el Howe y los cruceros y destructores británicos se acercaban a toda máquina desde el sur. Aún había tiempo de combatir contra el Iowa y escapar, pero no de atacar al convoy. McCrea lo había salvado sacrificando su nave a un combate a cara de perro con el Tirpitz. Y ahora sólo le restaba esperar a que la trampa se cerrara sobre la nave alemana.

Tras ocho minutos de combate el Tirpitz estaba envuelto en el humo de las salvas propias y los incendios. Kummetz pidió a Meyer un informe de daños completo.

El Tirpitz había recibido otros quince proyectiles de 406 mm que habían  inutilizado la torre Dora y todas las direcciones de tiro de popa, dos torres de 150 mm han sido destruidas. La cintura acorazada había sido perforada a popa, pero la cubierta protectora curva había resistido. Siete impactos de 127 mm habían deshecho literalmente la chimenea y los hangares, pero lo más grave era que al Tirpitz en aquellos momentos sólo le quedaba operativa la dirección de tiro principal. Los proyectistas germanos habían cometido el error de no proteger convenientemente las estaciones directoras. Tras lo ocurrido en el Bismarck el Tirpitz había sido reformado; se había doblado la protección del gobierno de los timones y aumentado el blindaje de las estaciones directoras, pero aún así estaban demasiado expuestas a los impactos directos e incluso a la metralla. A los ocho minutos el Tirpitz disparaba con grandes dificultades, limitándose a un tiro visual al resultar todos los radiotelémetros inutilizados por la metralla.

El Iowa había recibido su parte de castigo. Los británicos comentaban que parte de los proyectiles del Bismarck no estallaron por fallos en sus espoletas, pero esos fallos habían sido convenientemente reparados, como los norteamericanos pudieron comprobar. Ningún punto vital del Iowa fue destruido por las granadas alemanas porque todos estaban perfectamente blindados, pero los impactos en el casco habían convertido éste en un colador. El Iowa tenía su cintura acorazada dentro del casco en lugar de fuera, y aunque esto ya había sido rectificado en la nueva clase Montana que se estaba construyendo, el Iowa sufrió los efectos de tal diseño. Los proyectiles alemanes atravesaron el forro del casco estallando contra la cintura acorazada y lanzando toda la fuerza de la explosión contra el forro del casco (de dentro hacia fuera), creando así enormes boquetes y provocando inundaciones que escoraron la nave a babor 7º. La escora fue prontamente rectificada contrainundando los compartimientos de estribor, pero la velocidad de la nave quedó reducida a 24 nudos y su francobordo, menor que el del Tirpitz, quedó reducido en casi un metro, lo que, añadido a su escasa manga de 32 metros le provocó serios problemas al enfrentarse a un mar de proa que barría su castillo impidiendo un tiro certero. La cintura acorazada del Iowa sólo fue perforada en un punto, y los daños no fueron graves, pero un impacto directo contra el frontal de la torre C inutilizó dos piezas de 406 mm a pesar de que el escudo blindado no fue perforado. Como se constató en los South Dakota, la abundancia de sistemas no protegidos por esta causa motivó varios fallos eléctricos que impidieron al Iowa combatir a un 100%. Esto se debió a la falta de protección de la batería que posibilitó los daños al dejar entrar sin problemas los proyectiles de 380 mm.

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Tras doce minutos de combate directo, el Tirpitz rompió el contacto y arrumbó a 26 nudos hacia el sur mientras los dos destructores que hasta entonces se habían mantenido por su popa y el que quedaba intacto del primer ataque se lanzaron a toda velocidad contra el Iowa dirigiendo un total de 12 torpedos en dos salvas escalonadas contra el acorazado. La nave norteamericana no resultó alcanzada, ya que a esa distancia McCrea no tuvo problemas para esquivarlos, pero el Iowa perdió la oportunidad de seguir al Tirpitz mientras maniobraba para salvar los peces metálicos germanos. A toda máquina, perseguido por el grupo Howe que logró establecer contacto radar, el acorazado alemán llegó hasta el punto donde la Luftwaffe le esperaba para proteger su retirada atacando a las naves británicas sometidas a ataque aéreo perdieron su pista.

Una vez más el Tirpitz se había escapado de la trampa. El acorazado alemán no sería hundido en alta mar.

 

La nave alemana había afrontado el combate con decisión, pero la superioridad electrónica norteamericana había impedido cualquier posibilidad de victoria. Los radares de tiro del Iowa habían centrado al Tirpitz cuando éste aún estaba a ciegas, y sólo la necesidad del Iowa de cerrarle el paso del convoy había impedido que el alemán hubiera sido masacrado sin poder defenderse. A pesar de los daños, el Tirpitz había conseguido encarar al Iowa gracias a su colosal resistencia estructural y sus superiores dotes marineras en aquellas aguas donde la mejor arma del iowa, sus 33 nudos de velocidad, eran imposibles. La protección interna del Iowa era un error, como admitieron los norteamericanos con el proyecto de los Montana, ya que convertía la nave en un colador a pesar de no resultar perforadas las corazas, y los fallos de los sistemas eléctricos, que se dieron en los South Dakota y los Iowa eran producto de un inadecuado diseño que dejaba gran parte de sus elementos desprotegidos. Ambos acorazados eran monstruos de acero, auténticos titanes, pero el norteamericano tenía la gigantesca ventaja de sus radares de tiro. Utilizados convenientemente le proporcionaban una superioridad táctica total. Hubiera podido destrozar al Tirpitz sin arriesgarse a recibir ni un sólo impacto alemán, pero las condiciones en el Ártico eran muy distintas a las del Pacífico. Si esta batalla hubiera ocurrido tal y como la he planteado ninguna de las dos naves hubiera resultado hundida. Si los hechos se hubieran desarrollado en otras circunstancias, la cosa hubiera sido distinta.

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