.LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

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LA CIUDAD QUE CONQUISTÓ EL MUNDO

 

Se dice que hay dos hechos supremos en la Historia: El primero es cómo una aldea perdida en el centro de Italia consiguió conquistar el mundo conocido, el segundo es cómo ese formidable imperio se desintegró.

Jamás en la Historia una ciudad sola llegó tan alto. Una ciudad que conquistó primero Italia para lanzarse después a la conquista de todo el mundo conocido llegando a dominar tierras en tres continentes.

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Cayo Julio César fue el hombre más grande de la historia de Roma. La historia de la ciudad que conquistó el mundo.

 

 

LOS ORIGENES

En el año 753 a.C. Rómulo fundo Roma. La pequeña ciudad creció con irresistible fuerza hasta convertirse en la más poderosa de la Historia. La ciudad que conquistó el mundo conocido y le dio la cultura que hoy disfrutamos. Fue la más grande gesta de toda la Historia.

Toda nación que se precie tiene un mito, y Roma, claro está, no iba a ser menos. El mito dice que Enéas, huyendo de la destrucción de Troya, llegó al Lacio y uno de sus descendientes, Rómulo, fundó Roma en 753 a.C. y muchas cosas más que a los romanos les encantaba ¡No iban a tener leyendas sólo los griegos!. Hemos de tener muy claro que todos los mitos tienen una base histórica, en realidad, la mitología es la abuela de la Historia, que antes de convertirse en ciencia con Herodoto y Tucídides fue un batiburrillo de leyendas y mitos con Homero y Hesiodo, los poetas que nos contaron los hechos ocurridos realmente, pero adornándolos convenientemente con dioses y hechos fantásticos para hacer el relato más agradable al auditorio. Así que leyendo entre las líneas del mito y con el imprescindible auxilio de la bendita arqueología, podemos tener un panorama más o menos claro de cómo surgió Roma.

La leyenda cuenta que Ascanio, uno de los hijos de Enéas, fundó la ciudad de Alba Longa. Uno de sus descendientes, Rómulo, fundó Roma en 753 a.C. a unos veinte kilómetros de Alba Longa, en un paso del Tíber, justo sobre la colina palatina. Hoy sabemos que Rómulo no pudo fundar Roma a mediados del siglo VIII a.C. por la sencilla razón de que Roma existía ya desde mucho antes. ¿Desde cuándo? Posiblemente desde el siglo X a.C. Cada vez suenan más altas y fuertes las teorías que apuntan al cataclismo poblacional que siguió a la guerra de Troya (ver el especial que le dedico en esta web al tema) como causa de las migraciones que desde Oriente llegaron hacia esta oscura y fascinante época histórica a Italia. Muy posiblemente los etruscos fueran de origen oriental, quizás una escisión de los shardana, componentes de los Pueblos del Mar (ver el especial sobre Troya) y que poblaron Cerdeña. Lo cierto es que en la zona en la que se asentaría Roma, la orilla este del Tíber y las colinas, ya había asentamientos humanos. También sabemos que los micénicos tenían un constante comercio con el sur de Italia y Sicilia, como demuestra la cerámica hallada. ¿Intervinieron en aquella zona de la Italia prehistórica elementos micénicos o troyanos? Probablemente sí. ¿Hubo fusión o conquista? Pues ésta es la pregunta del millón. La leyenda de la fundación de Roma está tan empapada en sangre que se nos antoja que sea el recuerdo histórico de hechos reales transformados después en un mito convenientemente aderezado con leyendas y fantasías. Un recuerdo transmitido de generación en generación por medio de la tradición oral que en numerosas ocasiones ha mantenido viva la memoria de los pueblos a través no ya de los siglos ¡sino incluso de los milenios! (sobre este tema recomiendo leer el capítulo "La verdad histórica en el Antiguo Testamento" de mi web JESÚS DE NAZARET.

Lo cierto es que, antes de la guerra de Troya, por Italia se movían a sus anchas los comerciantes micénicos y que después llegaron a ella los restos de la debacle causada por los Pueblos del Mar, sin duda alguna los causantes del más grande enigma de toda la Historia.

Podemos demostrar que en el siglo VIII a.C. la colina palatina estaba ya habitada. Los arqueólogos han conseguido descubrir y preservar los restos de las famosas cabañas redondas construidas con troncos que ocupaban la colina sobre la que más de mil años después se alzaría el más grande complejo palaciego de la Historia: las soberbias residencias de los emperadores de Roma (de ahí que "palatino" lo identifiquemos con palacio). Era una buena zona de asentamiento, ya que justo debajo de la colina se halla un magnífico paso del río Tíber, lo que la convertía en una zona estratégica de gran valor. Detrás del Palatino estaba la laguna que siglos después sería el Foro de Roma, una laguna insana, llena de mosquitos (aquella zona estaba llena de pantanos) y por ello sus habitantes buscaban las zonas altas. En aquella época, la franja costera en la que se encuentra Roma estaba muy afectada por el paludismo y la malaria debido a los pantanos que la ocupaban surgidos de las continuas inundaciones, pero las siete colinas que algún día serían Roma, fácilmente defendibles, eran un lugar perfecto para establecerse. Roma está lo suficientemente cerca de la costa para beneficiarse del comercio pero lo suficientemente lejos para estar a salvo de los ataques marítimos. Los restos de las cabañas redondas son del siglo VIII a.C., es decir, de la época del mito de la fundación y confirman que la colina palatina fue la primera colina de Roma habitada. Probablemente Rómulo (si no existió con ese nombre lo haría con otro u otros, pero cuando el mito suena algo lleva...) llegó allí con unos cuantos más y se estableció, probablemente por las malas, convirtiéndose en el rey de la aldea. La leyenda cuenta que Rómulo fundó Roma junto con gente que huía de otros pueblos, gente que escapaba de la justicia o de la esclavitud. El rápido crecimiento de la aldea coincide con este punto del relato legendario: Roma se convirtió en una especie de refugio libre o asilum para todos los perseguidos de la región. El episodio del rapto de las sabinas, donde los romanos secuestran a las mujeres de una aldea vecina para poder procrearse, es muy ilustrativo a este respecto ya que muestra una población mayoritariamente de varones. Los romanos y los sabinos se fusionaron tras la pelea y así la Roma primitiva creció rápidamente gracias también a la llegada de emigrantes en gran número que pasaron a ocupar las restantes colinas, esparciéndose por sus laderas. El rápido crecimiento de la población hizo que los romanos se agruparan en tres tribus a efectos administrativos. Rómulo instituyó un consejo de cien patres que se convertiría en el embrión del Senado romano. Estos cien aristócratas se convirtieron en la nobleza de Roma: los patricios.

La Roma histórica nació de forma sangrienta, regada en sangre propia y ajena, una característica que acompañaría toda la historia romana de principio a fin como si de una maldición se tratara y que forjaría el carácter indomable de los romanos a sangre y fuego.

 

LA MONARQUÍA

Tras Rómulo, otros reyes se sucedieron en el trono de Roma. Comparando a Roma con otras ciudades italianas, era una ciudad rural, habitada por campesinos-soldados que se pasaban la vida entre el arado y la lanza, sin arte propio ni cultura reconocible, muy influenciada por su entorno etrusco, mucho más rico y culto. El sucesor de Rómulo fue Numa Pompilio. No era romano, pero como en Roma no había nadie capacitado para gobernar fueron a buscarlo en las ciudades vecinas. Según la tradición Pompilio gobernó más de cuarenta años dedicándose a legislar y dar forma a las instituciones y a la religión, instituyendo los colegios de pontífices, calendario, etc. Otro rey famoso fue Tulo Hostilio, que dio su propio nombre a eso que llamamos "hostilidad", y con razón, porque fue un monarca guerrero que se dedicó a expandir Roma a base de anexiones. La primera anexionada fue la cercana Alba Longa, la ciudad fundada por Ascanio y que fue "asimilada": sus habitantes fueron llevados a Roma y convertidos en romanos, los plebeyos se mezclaron con los plebeyos y los nobles con los nobles, fusionándose ambas poblaciones completamente, con lo que Roma dobló su población... y su ejército (que seguro que era lo que más le importaba a nuestro amigo Tulo). Los romanos y los albanos se consideraban hijos de la misma sangre, ya que ambas ciudades tenían a Enéas como antepasado común y ambas habían salido de un mismo tronco, por lo que la historiografía romana habla de una fusión entre familias separadas. Puesto que el mismo Rómulo era natural de Alba Longa, todos eran familia. Y la más importante de aquellas familias albanas llegadas a Roma la formaban los antepasados de Julo, el hijo de Enéas y nieto de la diosa Venus que a partir de entonces formarían la gens Julia, que fue integrada entre la más alta nobleza de Roma debido a sus impresionantes orígenes divinos y humanos. De aquella gens muchos siglos después saldría Cayo Julio César. Es importante recordar que César siempre alardeó de su noble linaje, sin duda el más noble de toda Roma, ya que entroncaba directamente con Enéas, cosa que a plebeyos como Catón y Cicerón les producía envidia y odio. Sobre todo odio. Los sucesores de Hostilio continuaron esta política de "asimilación forzosa" de las aldeas vecinas expandiendo Roma en una campaña de "reunificación sanguínea". Este sistema dió tan buenos resultados que el Imperio Romano se fundamentó en la asimilación de las poblaciones conquistadas.

En algún momento los etruscos tomaron el control de Roma poniendo a uno de los suyos, Tarquinio Prisco, en el trono. Roma no era más que una pequeña población sin importancia que se extendía por algunas colinas vecinas. Con la monarquía etrusca tomó sus primeros contactos con el comercio exterior modernizándose su ejército y organización administrativa hasta que en 510 a.C. el último rey, también de nombre Tarquino, fue depuesto y se instauró una república aristocrática gobernada por las familias más poderosas de la ciudad agrupadas en un Senado o cámara de gobierno. La nueva forma de gobierno fue denominada Senatus Populus Que Romanus, cuya abreviatura S.P.Q.R. se convirtió en el símbolo eterno de la ciudad.

 

LA REPÚBLICA

Sin embargo, Roma era demasiado débil para poder resistir las presiones etruscas y hubo de doblegarse a su poder. Los primeros tiempos de la República son muy difíciles, pero la ciudad sigue creciendo a gran ritmo y consigue agrandar su territorio a expensas de las aldeas vecinas hasta que años después, a mediados del siglo IV a. C. consigue su primer trofeo importante: la conquista de Veyes por Camilo. La cercana ciudad etrusca se convertiría así en la primera presa "extranjera"de Roma, aunque la alegría durará poco, ya que Camilo cayó en desgracia y fue desterrado (no sabemos bien por qué) y pocos años después, a finales del siglo IV a.C. los galos que habían invadido Italia saquean Roma, defendida por terraplenes y muros de juguete. En ese momento aparece Camilo, que viendo Roma ocupada alista en las poblaciones vecinas un ejército de rescate con el que consigue derrotar a los galos y hacerles huir. Tras la marcha de los galos, los romanos se pusieron manos a la obra, reconstruyeron su destruida ciudad y contrataron a ingenieros griegos que les construyeron las famosas murallas que la tradición atribuye erróneamente al rey Servio Tulio. Éstas serán las murallas que muchos años después impedirán que Aníbal gane la II Guerra Púnica. Mientras tanto, Camilo, de nuevo héroe nacional,  reformará radicalmente el ejército romano encuadrándolo en unidades llamadas "legiones".

Tiempos de alianzas con otros vecinos y de guerras sin fin que ven como la pequeña ciudad crece a un ritmo imparable que asusta a sus vecinos y que forjan el carácter romano: reservado, desconfiado, austero, despiadado, una raza de hombres que dejan el arado para empuñar la lanza y volver nuevamente al arado sin descanso. Ellos no lo saben, pero aquellos hombres que combaten contra todos sus vecinos año tras año son la simiente de una raza de titanes que conquistará el mundo conocido paseando sus estandartes por tres continentes desde Escocia a Arabia, desde Gibraltar hasta Crimea. Son los tiempos en los que los plebeyos luchan por adquirir derechos políticos que los patricios no están dispuestos a otorgarles, pero que poco a poco, el pueblo consigue a base de tesón. Cuando Pirro, rey del Épiro y uno de los herederos de Alejandro Magno invade Italia nada parece poder frenar su formidable poder, pero una pequeña ciudad completamente desconocida llamada Roma le planta cara y envía a sus ejércitos, agrupados en unidades llamadas "legiones" a enfrentarse al coloso. Tras dos sangrientas batallas, Roma es vencida pero no derrotada y el rey Pirro, asombrado ante aquellos romanos que se lanzan contra él masacrando a parte de su ejército, tiene que retirarse de Italia: a pesar de haber ganado todas las batallas ha perdido la guerra. Es lo que hoy llamamos "victorias pírricas". Y Roma, que aunque pierde las batallas gana las guerras, como años después comprobará Aníbal, queda así como dueña de la parte sur de Italia. En un siglo será ya la dueña de toda Italia, venciendo a todos los pueblos italianos, convertida de la noche a la mañana en una superpotencia mundial y quedando así frente a frente a Cartago, a la que tras 120 años de terribles guerras conseguirá destruir y borrar de la Historia. De la africana Cartago Roma pasó a España, luego a Grecia y nuestro Julio César, que conquistará para ella la Galia, será el hombre que acabe con la República, ya un cadáver corrompido, para que su heredero Augusto siga su legado construyendo el Imperio.

 

EL IMPERIO

El Imperio Romano fue la genial idea de Julio César que su sobrino y heredero Augusto convirtió en realidad tras la guerra civil contra los asesinos de César. El Imperio, mucho menos agresivo militarmente que la República, se conformó con asegurar las conquistas republicanas. Los emperadores españoles Trajano y Adriano, a principios del siglo II d.C., consiguen las más altas cotas de esplendor de Roma con la máxima expansión territorial y el mayor apogeo cultural. Pero tras ellos se produce la lenta y agónica decadencia romana que traerá un sin fin de guerras civiles que acabarán por destruir todo su poder militar para acabar dividido en dos partes con la occidental finiquitada en 476 d.C.

1.229 años habían pasado desde que Rómulo fundara la ciudad. Y 1.000 años más pasarían hasta que los turcos acabasen con los restos del Imperio Romano de Oriente cerrando la más gloriosa página jamás escrita por pueblo alguno. Una página de la Historia que permanece en la memoria de la Humanidad gracias al soberbio legado cultural que Roma nos dejó.

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