..LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

 

LA GUERRA CIVIL:

Las causas

 

Las causas de la guerra civil que enfrentó a los populares y a los optimates romanos han sido objeto de gran debate debido a esa tendencia a enredarlo todo que solemos tener.

En realidad no hay una causa sino muchas. Las guerras civiles, los españoles lo sabemos bien, no estallan de buenas a primeras, sino cuando el barril está repleto de pólvora y cien manos aplican fuego para que estalle. Las guerras civiles son el triste y sanguinario desenlace de mil errores acumulados a lo largo de años y de los intereses de unos y otros, quienes quiera que sean, que llegado el momento crítico, la reciben como el paso definitivo hacia su victoria.

La Guerra Civil no fue el enfrentamiento personal entre César y Pompeyo que los historiadores antiguos, modernos y contemporáneos hasta el siglo pasado nos han querido vender. Ninguna guerra estalla porque dos hombres se enfrenten, pero queda muy bien contarlo así, muy romántico y peliculero, pero nada real. La Guerra Civil que convirtió a la enferma y decadente República de Roma en el Imperio Romano de los Julio-Claudios, paradigma de fuerza, poder, equilibrio y paz, tuvo varias causas fundamentales. Cada uno tiene su teoría, la mía, que voy a tratar de sintetizar lo máximo posible, es ésta:

 

LAS CAUSAS POLÍTICAS

Dijo Clausewitz que la guerra no era más que la continuación de la política por otros medios. En esto tenía razón y la Guerra Civil que nos ocupa es un claro ejemplo. Si consideramos que la política romana de los últimos años de la República se basó en la relación entre Pompeyo y César, la guerra no fue más que la continuación de esa relación, ahora ya no en los despachos, sino en el campo de batalla. Esta puede ser una buena introducción, pero evidentemente no explica el trasfondo político de la situación. Pompeyo y César fueron los principales actores, pero la obra que representaron era mucho más que dos actores en escena ya que ambos sólo fueron las figuras que polarizaron la situación política que afectaba a toda Roma. La situación política de la Roma de la primera mitad del siglo I aC no era nada envidiable. El secular enfrentamiento entre las dos facciones en las que se dividían los romanos, populares y optimates, ya había generado una guerra civil cuyos líderes fueron Mario y Sila.

Los optimates eran el grupo de la casta dirigente que llevaba en el poder desde los tiempos de Rómulo y que no quiere que cambie nada porque cualquier cambio lo consideran un peligro para sus privilegios adquiridos a lo largo de siglos. Ultraconservadores de palabra y acción, este grupo estaba acaudillado por mezquinos personajes para los que el interés de Roma siempre coincidía con el suyo propio. Eran corruptos, soberbios y pretendían gobernar un imperio a base de esquilmar a la población sin importar nada más que sus propios intereses.

Los populares eran lo opuesto: defendían la integración de los pueblos en el sistema romano, empezando por los pueblos italianos sometidos por Roma y una mayor democratización de las instituciones, que estaban secuestradas por los optimates. No es que fueran un grupo de santos, ni mucho menos, pero se habían dado cuenta de que Roma se había estancado en manos de unas pocas familias senatoriales, endogámicas tribus que tenían el control impidiendo el paso a la sangre nueva que ellos representaban.

Hay que tener mucho cuidado, ya que estos dos partidos o grupos políticos no son identificables con partidos al uso moderno ni sus ideologías pueden reducirse a "derechas" o "izquierdas". Cierto es que los optimates eran ultraconservadores y los populares reformistas, pero las modernas acepciones políticas de hoy en día no puden ser utilizadas para estudiar algo que ocurrió hace más de 2.000 años.

La primera guerra civil entre Mario y Sila fue el resultado lógico del enquistamiento al que las pretensiones de los populares y la cerrazón de los optimates había conducido a toda Roma. La victoria de Sila se rubricó con escalofriantes matanzas, purgas, persecuciones y demás refinamientos propios de la tiranía sin tapujos que este monstruo impuso. Los populares fueron despedazados, pero uno de ellos, un joven sin importancia que no había participado en la guerra, logró salvarse de la persecución y quedó como la cabeza visible del partido popular. Era César, el sobrino de Mario. Un joven que inmediatamente tomó conciencia de cuál era su herencia política y se dispuso a reanudar la causa popular tomando en sus manos los destrozados restos de la causa popular en un momento en que la derrota parecía definitiva. La tiranía de Sila convirtió a Roma en el negocio privado de los optimates sin posibilidad alguna de contrapeso institucional. La casta dirigente quedó empotrada en el poder a presión, con todos los resortes en sus manos mientras la oposición se pudría en los cementerios o languidecía en el exilio. Roma era ya oficialmente una finca privada gestionada a capricho por los optimates sin posibilidad de que nadie se les opusiera. O al menos eso creyeron ellos en su supina ignorancia, porque de sus propias filas, de lo más selecto de la nobleza romana, había salido el hombre que habría de destruir aquel sistema. César, sin apoyos poderosos (los que hubieran podido apoyarle habían sido asesinados por Sila) y sin dinero, escalaba peldaño a peldaño el cursus honorum con rumbo fijo. En esa escalada encontró a Pompeyo y a Craso a punto de liarse a hachazos entre ellos, pero César consiguió convencerles de que la unión hacía la fuerza, con lo que se formó el famoso Triunvirato. César y Craso eran amigos, y a Pompeyo, César lo ató dándole en matrimonio a su hija Julia. Esta alianza posibilitó la llegada al consulado de César, respaldado por el enorme prestigio de Pompeyo y el oro de Craso. El consulado de César estuvo marcado por las leyes a favor de los intereses del pueblo y de los verdaderos intereses de Roma, que no eran, ni mucho menos, los de los Bíbulo, Catón, Cicerón y demás sinvergüenzas. Parecía que por fin las reformas podían hacerse legalmente: "desde dentro".

En aquella Roma, la estructura social aún se basaba en el concepto de tribu o gens, pero con el paso del tiempo y sobre todo con el crecimiento de la población que había convertido las tribus en macrotribus, en una misma gens podía haber varias facciones (hubo Julios que combatieron con César y otros que lo hicieron con Pompeyo), por lo que cada cabeza de familia se buscaba su propia facción a base de mantener una clientela de fieles acólitos. El factor personal influía mucho, como podemos deducir, y la depresión de Pompeyo tras la muerte de Julia, la muerte de Craso y su creciente envidia hacia los espectaculares triunfos militares de César en las Galias, fueron determinantes para que Pompeyo se cambiara de chaqueta y se pasara a los optimates. El equilibrio de poder político estaba roto y los optimates se dedicaron a apretarle las clavijas a César con una serie de ilegalidades vergonzosas cuyo fin era la destrucción de César y de su programa político. Con el control de Roma en sus manos, estos tipos no dudaron en empujar a César hasta el borde mismo del abismo. Declararon nulas las leyes por él promulgadas legalmente, le acusaron de traidor e incluso el demente Catón propuso que fuera capturado y entregado a los germanos, y por si aquello fuera poco hasta se le quitó la ciudadanía romana a sus legionarios...  No es extraño que ante esta situación histérica, César decidiera que aquella banda de canallas redomados no podía seguir gobernando Roma. El cruce del Rubicón que inició la Guerra Civil fue el resultado de una situación de emergencia política en la que la legalidad ya no existía. ¡Pero no existía desde muchos años atrás!, cuando las maquinaciones de los optimates convirtieron la República en un juguete en sus manos. Los optimates, que se llamaban a sí mismos los "boni", los buenos, tenían el control del Senado y con él la posibilidad de gobernar a su antojo, incluso para dar un golpe de estado en toda regla con el famoso Senatus Consultum de Republica Defendenda, el famoso SCU, que permitía una dictadura en toda regla saltándose a la torera toda la legalidad. La actuación de Cicerón y sus amigos en la conjuración de Catilina, asesinando a ciudadanos romanos sin juicio previo, es el paradigma de a lo que un estado enfermo como era la República de Roma puede llegar para salvaguardar los viciados intereses de la casta dirigente pasándose por el forro de sus caprichos sus propias leyes por ellos mismos promulgadas. Ni siquiera seguían sus propias normas cuando éstas les perjudicaban. En aquella Roma no quedaba ya indicio alguno de legalidad, ni siquiera de la legalidad que habían creado los propios optimates, ya que cuando ésta no les convenía la anulaban sin mayor problema ni menor vergüenza. Evidentemente, ante una situación tan crítica como aquella, no es de extrañar que pasara lo que pasó.

...Y lo verdaderamente extraño es que no se liara antes.

Y precisamente ése fue el gran logro de César. Julio César no tenía nada en común con el tirano carnicero Sila de cuyas ensangrentadas fauces escapó por los pelos. La idea de César era reformar el sistema desde dentro, desde la legalidad. Su idea es muy parecida a la que se puso en práctica en España tras la muerte del general Franco al llevar a cabo una TRANSICIÓN a la democracia desde dentro del propio sistema. La TRANSICIÓN española aseguró la llegada pacífica de la democracia y el nuevo régimen basado en la monarquía constitucional que sirviera de equilibrio entre los poderes. Creo que la idea que César tenía del futuro de Roma tras la Guerra Civil era muy parecida a lo que se puso en práctica en España. Era evidente que el viejo sistema político romano había fracasado conduciendo a Roma a dos guerras civiles y a múltiples traumas internos y aquí puede estar la causa del odio con que se acometió el asesinato de César por parte de los conjurados. El fracaso de los optimates, convertidos en una casta vil que sólo buscaba su enrriquecimiento personal no podía ser el fracaso de Roma. César no iba a permitir que los optimates se hundieran arrastrando con ellos a Roma. El sistema de Sila había sido forzado por los Cicerón y Catón de turno provocando el rechazo de la mayor parte del Pueblo Romano, incluido el orden ecuestre, los equites, que había sido liderado por Craso y que se unió a César sin titubeos en esta revolución.

Una revolución reformista acaudillada por el noble de mayor rancio abolengo de toda Roma contra la reacción ultraconservadora de los Pompeyo, Catón y Cicerón, que por no ser no eran ni romanos de pura cepa. Curioso, ¿no? El mundo al revés.

 

LAS CAUSAS ECONÓMICAS

¿Una revolución burguesa? ¿Existen paralelismos con la Revolución Francesa? salvando las distancias (que son muchas) sí que existen al menos conceptualmente. Ambas revoluciones presentan un alzamiento contra una casta dirigente noble enquistada en el poder. Los promotores del alzamiento en ambos casos (mejor digamos los beneficiados por la revolución) representan a sectores económicos y políticos reformistas: los burgueses en Francia y los caballeros del orden ecuestre o equites en Roma. En ambos casos, burgueses y equites, tenían el poder económico de Roma en sus manos, pero no el político. Y en ambos casos, la nobleza, que nada aportaba, les esquilmaba con sus impuestos y sus tonterías. Evidentemente en Roma los equites vivían mucho mejor que los burgueses franceses, pero ambos grupos tenían algo en común: la frustración de ser los que alimentaban el motor nacional, pero excluídos de sus órganos de dirección.

Craso, líder natural de los equites, la casta que manejaba los negocios en Roma, lo vio claro desde el primer momento y no dudó en poner todo su poder financiero al servicio de su joven amigo César. Es muy posible que Craso odiara aún más de lo que nos imaginamos a los optimates (aunque nos sea difícil imaginar más odio que el que Craso les tenía a estos tipos), y en este odio visceral no podemos leer sino todo el compendio de agravios a que el orden ecuestre había sido sometido por los optimates. Evidentemente los equites no eran ¡ni mucho menos! unos santos (aquí nadie lo es) y buscaban sus intereses propios. Lo que hace a César realmente Grande es que fue el único que se dio cuenta de cuál era la solución al problema: unir todos los intereses para que todos juntos tiraran del carro en una misma dirección. Lógicamente, para conseguir esto había que recortar, y los optimates serían los que más recortes habrían de soportar (ya que eran los que más tenían). Estas parcelas de poder que César quería quitar a los optimates sólo podían ser ocupadas por los equites, que eran los que más iban a ganar con el cambio de sistema, como de hecho sucedió: con Augusto multiplicaron su poder, así que es fácil pensar lo que hubiera ocurrido con César de no ser asesinado. Las luchas de poder entre los órdenes ecuestre y senatorial que se produjeron en el Alto Imperio, casi siempre en la sombra, aunque con episodios como los de Sejano fueran más relevantemente públicos, eran una consecuencia lógica del nuevo sistema al que Augusto nunca dio carta legal, pero admitió de facto y que alcanzó su equilibrio en tiempos de los dos primeros Flavios.

En tiempos de César todo esto aún estaba por llegar (de hecho tardó más de un siglo), pero está muy claro que se intuía perfectamente y Craso se apresuró en colocarse en la parrilla de salida bien pegado a la estela de César, que era el único que no tenía un pensamiento enclaustrado en una clase o grupo concreto. No creo que Craso quisiera lo que quería César, y ni siquiera creo que llegara a comprenderlo en toda su plenitud, pero su instinto le decía que su amigo era el caballo ganador y se puso detrás de él forzando a su enemigo Pompeyo a seguirle, so pena de quedarse aislado entre ambos grupos y ser ninguneado. Para Craso era cuestión de negocios, para Pompeyo de prestigio personal, para César de sacar adelante las reformas necesarias por el bien de Roma. Como podemos ver, entre Craso y César, Pompeyo no era más que la figura decorativa y mejor con César que con los optimates. Era un hombre muy rico, pero a la vieja usanza: montones de talentos de plata en sus arcas y propiedades. Mientras tanto Craso manejaba los negocios, el comercio, las finanzas, creaba mercados y los explotaba moviendo ingentes cantidades de dinero y a miles de personas. Craso era el cabeza visible del orden ecuestre, esa clase de romanos cuya fortuna era enorme pero que no podían aspirar a entrar en el selecto grupo de la nobleza de rancio abolengo. Ellos, al igual que la burguesía francesa, manejaban los negocios, creaban riqueza, tenían el poder económico, pero no pintaban nada en las decisiones políticas que decidían el gobierno de Roma. Pero estos equites estaban resentidos y su líder carismático, Craso, lo estaba más que todos ellos juntos, por eso apoyó al reducido núcleo superviviente de populares encabezado por César con su abundante plata. Quizás pensó usar al joven sobrino de Mario como fontanero en sus propósitos políticos, pero cuando César demostró ser Grande, Craso lo admitió con toda nobleza y se puso tras él apoyándole con su inmensa fortuna. No se le cayeron los anillos al admitir que su protegido era ahora el líder político, el era un negociante y lo importante es que seguía manteniendo el poder económico. En esto, Marco Licinio Craso demostró una inteligencia y nobleza verdaderamente encomiables.

Napoleón dijo que para ganar una guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero. César, que antes tantos problemas financieros había tenido, emprendió una guerra dando la impresión de tener las espaldas bien cubiertas ¿coincidencia? No. César sabía muy bien quién le apoyaba, y el dinero de Roma, el dinero que manejaban los equites, estaba con él. La reacción histérica de los optimates ante César justo antes de la Guerra Civil puede haber tenido también motivos económicos, ya que tras la muerte de Craso en Carras el orden ecuestre había quedado sin cabeza pero en absoluto descabezado. Los equites no eran una agrupación de personajes que siguen a un líder carismático y que muerto éste se disuelven. Los equites eran el dinero, y el dinero siguió su camino firme en busca de la oportunidad para derribar del poder a los optimates. La histeria de los gobernantes posiblemente se debió a la filtración de los acuerdos políticos a los que César llegó con el orden ecuestre. Es posible que algún sector de los optimates tratara de llegar a un acuerdo con el orden ecuestre, pero con el liderazgo en manos de histéricos como Cicerón, desequilibrados mentales como Catón y demás compañía, parece claro por qué los equites prefirieron seguir a la estela de César.

 

LAS CAUSAS PERSONALES

"Y la gota que colmó el vaso fue..." Pues sí, amable lector, aquí también tuvieron parte los odios y amores entre los protagonistas, aunque en menor grado que lo que a los de la prensa del corazón les hubiera gustado.

En primer lugar tenemos a Cayo Julio César, el noble de más impresionante árbol genealógico (oficialmente se remontaba nada menos que hasta la diosa Venus), un romano de pura cepa, cabeza de la gens Julia cuyos antepasados habían defendido Troya del ataque aqueo. Impresionante. Impresionante sobre todo para Pompeyo, descendiente de galos; para Catón, descendiente de esclavos que en el mejor de los casos eran italianos; para Cicerón, descendiente de agricultores de Arpinum. Si, muy impresionante que estos tres tipos se pusieran Roma por montera proclamando que Roma eran ellos y no el único verdadero romano que actuaba en esta obra y que estaba precisamente en el bando opuesto, el de los "traidores a Roma". Valiente cuadrilla. Ni el trío Los Panchos lo hubiera hecho mejor.

En cada una de las motivaciones personales de estos tres turistas contra César hay una clave fundamental: la envidia de unos "romanos nuevos" ante el más "viejo" de los romanos. Los tres necesitaban demostrar diariamente su "romanidad". César no necesitaba demostrar nada.

Pompeyo no odiaba a César, pero era un hombre vanidoso y engreído. Su brillante campaña contra los piratas le colocó como el mejor soldado de Roma en aquellos momentos y él se dedicó a languidecer, pero los desplantes del Senado acabaron por enfurecerle, y así tuvo la coartada ideal para subirse al carro de César y Craso, acaso sin mucho entusiasmo, pero César era caballo ganador y Pompeyo quería tocar poder. Ni debió estar plenamente convencido entonces ni lo estuvo cuando volvió a cambiar de bando tras la muerte de Julia. No era un hombre constante, pero sí enérgico que se entregaba con pasión a su tarea, fuera en el bando que fuera. La gloria militar conquistada por César en las campañas de las Galias eclipsó su leyenda y la envidia lo consumió a pesar de que César siempre lo trató maravillosamente bien, pero la pérdida de Julia agravó esta situación y Pompeyo se dejó regalar los oídos con las milongas de los optimates. En manos de estos sinvergüenzas, Pompeyo el Grande, que se autocomparaba con el mismísimo Alejandro, no fue más que un juguete al que volvieron loco. La Guerra Civil  demostró que César le sacaba varios cuerpos de ventaja en cuanto a estrategia y la batalla de Farsalia fue el diploma de defunción táctica de este hombre simpático que fue asesinado por un traidor romano en Egipto. César lloró cuando los canallas egipcios le presentaron su cabeza, y lo hizo sinceramente, ya que él le apreciaba de verdad y además no podía olvidar que su hija Julia había sido feliz junto a aquel hombre que la amó por encima de todo y que, sin duda, mereció mejor final.

Catón odiaba a César con toda su podrida alma. Catón es uno de los tipos más repulsivos que ha dado la Historia (y mira que ha dado tipos repulsivos). Descendiente de esclavos y bisnieto de aquel primer Catón que atizó el odio contra Cartago, esta patética figura que aspiraba a ser como su despreciable bisabuelo lo sobrepasó: llegó a ser aún más despreciable que su antepasado... Y mira que era complicado...

Catón que era ese típico amargado con la cara llena de viruelas y el alma llena de odio, una nariz como un acueducto y la mente aún más cerrada que su bolsillo. Además era bisnieto de Catón el Viejo, aquel que terminaba siempre sus discursos con la frase "... y para terminar, creo que debemos destruir Cartago" y el tipo no paró hasta que la destruyeron. Su bisnieto Catón "el joven" se paseaba por Roma cubierto tan sólo con la toga. No utilizaba túnica porque decía que era una prenda extranjera y comía sólo nabos y demás "frutos puros de la tierra romana". Decía que todo lo nuevo era malo para Roma y que había que volver a las viejas tradiciones de siglos atrás, tradiciones que se sabía de memoria, aunque su memoria flaqueaba, ya que lo que no decía es que su famoso bisabuelo era descendiente de esclavos. Catón era tan honrado que vendió a su mujer a uno que le ofreció una buena bolsa de oro por ella y cuando el otro murió volvió a casarse con ella para disfrutar de la herencia. Catón, descendiente de esclavos, tenía que demostrar continuamente lo romano que era, y por ello odiaba a César, cuyo linaje era inmaculado y no tenía que demostrar nada a nadie. Es una gigantesca paradoja que el más puro aristócrata de Roma combatiera en el bando popular contra el bando aristocrático, formado por Catón, Cicerón y Pompeyo, todos de linaje no romano. Durante una reunión en el Senado, Catón se dedicaba a atacar a César acusándole de tratar de llevar la "modernidad" a Roma cuando un ujier le entregó a César una nota. Catón, al ver que César se dedicaba a leer la nota en lugar de atender a su discurso encolerizó y se puso a gritar con su voz de grillo diciendo que seguro que aquella nota era la prueba de una conspiración y exigió que se leyera en público. Se armó un revuelo tremendo mientras César sonreía inocentemente. Evidentemente no tenía obligación alguna de leer la nota, pero Catón continuaba gritando y César se la dio a un ujier para que la leyera. La nota era de Servilia, la hermanastra de Catón: citaba a César en su casa al anochecer y describía con bastante detalle todo lo que tenía pensado hacerle aquella noche. Las carcajadas estuvieron a punto de derrumbar la Curia del Senado y rápidamente se propagaron por toda Roma mientras Catón juraba odio eterno a César como su bisabuelo se lo había jurado a Cartago.

Catón fue la antítesis de César, feo, medio deforme, medio analfabeto, acomplejado por sus orígenes no romanos, violentamente agresivo y encima tuvo que soportar que César se acostara con su hermanastra Servilia y que toda Roma lo supiera, lo que le enloqueció aún más... si es que era posible que este tipo enloqueciera aún más de lo que ya estaba. Catón se consideraba el paradigma de la integridad y la moralidad romanas. Como era un tipo "íntegro" vendió a su mujer a cambio de una buena bolsa de plata (eso sí que es integridad moral...). Catón fue varias veces ridiculizado públicamente por el asunto César-Servilia, una de ellas, la más famosa en plena sesión del Senado, y su odio visceral contra César se desató hasta límites enfermizos.

Tras la batalla de Farsalia, Catón se refugió en Útica, en el norte de África. César le escribió llamándole a Roma y diciéndole que nada tenía que temer, pero Catón se cortó las venas mientras gritaba "¡Que caiga mi muerte sobre tu conciencia, César! ¡Si en vida no logré dañarte espero que lo haga mi muerte!"

Y el espíritu de este personaje fue el que impregnó la conjura contra César.

Cicerón, alias "el Garbanzo", era descendiente de agricultores de Arpinum, igual que Cayo Mario, pero de la misma forma que Mario estaba orgulloso de ello, Cicerón lo ocultaba y se avergonzaba. Cicerón es un magnífico escritor, un gran orador... y nada más. Como político tuvo un consulado tan desastroso que Catilina le montó la famosa conspiración de la que él se enteró la noche antes ¡eso es estar bien informado! por una indiscreción femenina. Lo más probable es que media Roma estuviera metida en ella y él ni se dió cuenta. Y para salvar a la República, como era un hombre de recursos políticos y legales, no se le ocurrió otra cosa que dar un golpe de estado desde el poder que acabó definitivamente con cualquier fachada de legalidad y que entregó a los optimates todas las riendas del poder, el legal (que ya lo tenían) e incluso el ilegal, que ahora detentaban ya sin tapujos, a plena luz del día. Este "defensor de la legalidad" no dudó en ordenar el asesinato de ciudadanos romanos sin juicio previo. Todo un detalle.

Cicerón es el intelectual metido a político, y eso (bien lo sabemos en España), siempre acaba en guerra civil de una u otra forma. César le quería quizás porque le daban lástima sus carencias. Durante siglos ha sido excesivamente valorado, pero hoy en día la Historia ha puesto a cada uno en su lugar, y "el Garbanzo" ocupa el suyo en el potaje de turistas que ayudó a cocinar con su mente infantil.

 

Como vemos, todo esto unido provocó la Guerra Civil, una guerra que podía haberse evitado, ciertamente.

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