..LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

 

¿CÓMO ERA CAYO JULIO CÉSAR?

 

ASPECTO FÍSICO

Alto, delgado, fibroso y con una incipiente calvicie que le atormentaba especialmente. Así nos es descrito por los autores de la Antigüedad Cayo Julio César, y con los bustos que se conservan de aquella época y los que se realizaron siguiendo esos modelos, tenemos una imagen bastante aproximada de cuál era su aspecto físico y los rasgos de su rostro, con la nariz recta o la barbilla típicamente romana tan conocidas.

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César a la edad de treinta años. Frente y perfil.

César a la edad de cincuenta años.

En estos dos bustos podemos apreciar su evolución a través de los años como en una secuencia fotográfica. A la izquierda, copia romana posterior de un busto de tiempos de César que muestra a César en la treintena, conservando aún rasgos de la juventud ¡y bastante pelo!. A la derecha César veinte años después, en la época de las guerras de las Galias y Civil, en la cincuentena de años, con idénticos rasgos pero más envejecidos. La imagen es casi una fotografía, ya que se observa claramente la forma en la que se peinaba de detrás hacia delante, tal y como apuntan sus biógrafos, para tratar de ocultar lo más posible la calvicie que le atormentaba y que podemos observar con total claridad.

A partir del primer busto he reconstruido en color el rostro de César en la época de su primer consulado.

Conocemos su extraordinaria forma física, conseguida a base de continuo ejercicio y entrenamiento y su valor en combate que le llevó a ganar la corona civica en Mitilene o, siendo ya procónsul, a combatir en primera línea de sus tropas en las Galias o España. Conocemos sus aventuras amorosas con las mujeres de Roma (especialmente las de sus enemigos políticos) y su gusto por el derroche. También conocemos sus obras, sus conquistas, sus leyes, sus Comentarios, sus aficiones, sus gustos... Conocemos mucho sobre Cayo Julio César, pero ¿conocemos a César en sí? Sabemos que fue grande, pero ¿qué le hizo serlo? ¿Por qué lo fue?

 

PERSONALIDAD

En César se conjuntan dos personalidades fascinantes unidas por un mismo propósito, dos mitades que por separado nos darían un hombre corriente y unidas en su persona forman al más grande genio de la Historia.

César es a la vez el descuidado y rebelde adolescente y el concienzudo joven que se prepara paso a paso para devolver a Roma el equilibrio perdido. César es a la vez el implacable conquistador y el generoso vencedor que sabe perdonar al vencido. El empedernido derrochador que gasta fortunas enteras y el endurecido soldado que duerme en el suelo y come un rancho frío. El aristócrata de más alta cuna de Roma que se pone de parte del pueblo, que llora ante los cadáveres de "sus muchachos" y que recrimina a sus generales los errores al tiempo que ensalza a "sus muchachos".

Cayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 a.C. en pleno barrio de Subura, un barrio pobre y de mala reputación (los barrios pobres nunca tienen buena reputación...). Su linaje, el linaje de la gens Julia era el más puro de toda Roma, remontándose sus antepasados nada menos que a Venus y Eneas (por remontarse que no quede), pero las posibilidades económicas de su familia no estaban, ni mucho menos a la altura de su árbol genealógico. Los Julios nunca habían sido una gens rica, y ahora mucho menos, por lo que el joven matrimonio formado por Cayo Julio César (padre) y Aurelia vivía en el humilde Subura. No era aquel Cayo Julio César (padre) un personaje de los que destacasen demasiado. Sabemos que fue un correcto militar que combatió con valor como tribuno a las órdenes de su cuñado, el gran Cayo Mario, contra los cimbrios y teutones en Aquae Sextiae y Vercellae en 101 aC. Meses después de la gran victoria en la que él había tomado parte, nació su hijo a quien llamó también Cayo Julio César. La aspiración del padre, como la de cualquier otro romano, era subir uno a uno los peldaños del cursus honorum para llegar a ser cónsul. En aquellos años de infancia el joven César creció en el Subura, rodeado por todo un pequeño universo de gentes de todos los rincones del Mundo, lo que fue muy importante a la hora de desenvolverse. Sabemos que su padre contrató a un pedagogo galo, Marco Antonio Grifón, ya que los pedagogos griegos, que eran los que estaban de moda, eran demasiado caros para la economía familiar. Aquel galo enseñó a César las primeras letras latinas y algo que entonces ni sospechaba el pequeño César lo útil que le sería: Grifón le enseñó a hablar la lengua celta de los galos.

Evidentemente la infancia de César no fue la misma que la de otros pequeños aristócratas romanos de mejor posición económica. Pero a pesar de ello (o quizás gracias a ello), César se convirtió en un auténtico intelectual, capaz de rivalizar con Cicerón en el Foro o de escribir la mejor obra literaria romana. Es evidente que fue un autodidacta y que su viaje a Rodas para aprender de los grandes maestros griegos pretendía subsanar probablemente la única falta en su educación que no fue capaz de rellenar a base de ingenio. También es muy probable que su constante desprecio por el dinero, un defecto que le llevó a endeudarse astronómicamente se debiera a que había pasado toda su infancia y juventud sin él. César nunca supo medir ni el dinero ni el peligro.

 

TEMPERAMENTO

César fue de temperamento tranquilo y sosegado, de modales educados y cerebro reflexivo, pero una vez tomaba una determinación su velocidad al ponerla en marcha era proverbial. Su mayor defecto fue su compasión. Una y otra vez fue traicionado en las Galias pero él continuó mostrándose compasivo y sólo recurrió a la mano dura en contadas ocasiones y siempre en campaña, algo poco habitual en aquellos tiempos. Durante la Guerra Civil no proscribió a sus enemigos, ni los encarceló ni confiscó sus bienes, y una vez ganó la guerra los mantuvo en sus puestos, algo completamente ilógico en aquella época y que encima le costó la vida. Jamás se le puede dar la espalda a un canalla y César lo hizo. Hubo personajes en Roma que le atacaron cruelmente, como Cicerón y Cátulo, le acusaron de tirano y el "tirano" les protegió para que siguieran insultándole. Si de algo pecó Julio César fue de ingenuo a la hora de tratar con esta gentuza.

 

¿TEMERARIO E IRREFLEXIVO?

El gran Cayo Mario, el salvador de Roma, murió al poco de tomar Roma. Murió, afortunadamente para él y para Roma, pero su obra política la continuaría su fiel seguidor Cinna, cuya hija Cornelia se casó con el joven Cayo Julio César en 84 a.C. y así, César fue nombrado flamen dialis o sacerdote de Júpiter a la edad de 16 años. Fue un matrimonio concertado al tradicional estilo aristocrático romano, quizás Mario quiso protegerle así de lo que se avecinaba, ya que la persona del flamen dialis era sagrada y tras el baño de sangre que el por siete veces cónsul había protagonizado, Mario sabía que aquello acabaría mal. No fue, evidentemente, una adolescencia fácil la que César vivió, contemplando cómo Roma se enzarzaba en una guerra civil y las espeluznantes masacres llegaban a la puerta misma de su casa. Todos aquellos acontecimientos marcaron a fuego y sangre el carácter del joven César.

Generalmente se piensa en la muerte de su padre como el punto de inflexión de la vida del joven César, un joven al que los acontecimientos habían llevado hasta ahora en volandas, quizás aquel joven soñara con ser algún día él mismo el que dictara los acontecimientos, ya que hasta entonces el joven César no había tenido oportunidad de vivir su vida, pero la prematura muerte de su padre (probablemente un infarto) le convertía automáticamente en el pater familias, en el amo de su propio destino. Y no tardaría en tomar las riendas del furioso caballo en el que iba a convertir su propia existencia.

En 82 aC Sila había tomado Roma e inmediatamente inició sus famosas proscripciones. Miles de romanos fueron asesinados por toda Italia en una campaña sanguinaria metódica. Pues bien, ya era hora de que el joven César tomara de una vez las riendas de su vida, y decidió hacerlo de una manera que le haría famoso y que se convertiría en su marca personal: siempre en el filo, siempre al límite de lo meramente humano, siempre pisando la raya. Sila decretó que el matrimonio de César con la hija de Cinna era nulo y que debía ser roto. Y entonces Cayo Julio César, el joven delicado e indolente se negó a acatar la orden de Sila. "Di a Sila que en César sólo manda César" le contestó al boquiabierto mensajero. Y así asistimos al primer gran sobresalto que César habría de dar a la Historia, al primero de sus múltiples saltos al vacío de los que saldría entre aplausos. ¿Por qué un joven sin relevancia alguna excepto por su cargo se atreve de repente a enfrentarse con el tirano que aterroriza Italia entera? ¿Fue un acto irreflexivo?

Si. Mi parecer es que lo fue. Con César nos encontramos a un hombre valiente, extremadamente valiente y en ocasiones temerario, que arriesga su propia vida con toda generosidad y que no se aparta ante el peligro del que suele mofarse. Pero aquello fue demasiado lejos. Sin duda el régimen de terror de Sila le había ido enfureciendo día a día hasta que la orden de divorcio, que le afectaba personalmente, le desbordó, incitándole a cometer una locura que nadie se había atrevido a pensar. César fue en esta ocasión presa de su impulso, un impulso irresistible, irrefrenable, un impulso desbocado que con el transcurso de los años aprendería a dominar, gracias a lo cual llegaría a conquistar el mundo.  

Gracias a este irreflexivo impulso, el joven César tuvo que huir de Roma, escapando de los verdugos por los pelos y enfermando de fiebres gravemente mientras vagaba por los bosques. Fue un auténtico milagro que el joven sobreviviera a aquello, y sin duda marcó su carácter al considerar que la diosa Fortuna le sonreía. Mientras César era ocultado de los asesinos a sueldo de Sila por los campesinos que veían en el joven proscrito la herencia viva del gran Cayo Mario frente al terror del tirano aristocrático, su madre movía todos los resortes posibles para salvar la vida de su hijo.

Y aquí hago un inciso... ¡Qué gran mujer debió ser Aurelia! Una romana de los pies a la cabeza, severa y aparentemente fría y distante, pero tratándose de la vida de su hijo capaz de invocar al mismísimo demonio para salvarlo. Ante las poderosísimas fuerzas que se movilizaban para acabar con su hijo, cualquier otra madre se hubiera encerrado a llorar ante la imposibilidad de salvarlo, pero Aurelia no era de las que resolvían los problemas llorando. En la actitud de la madre ante los grandes problemas leemos lo que años después sería la del hijo: sin histeria, con calma, con frialdad calculada milimétricamente, sopesando meticulosamente los pros y los contras movilizó a toda su familia, entre la que se encontraba Aurelio Cotta, uno de los más importantes partidarios de Sila y a base de tesón y firmeza consiguió algo que no había conseguido nadie aún: que Roma entera se volcara en la súplica por un proscrito de Sila. Aurelia llevó el tema de tal forma que la circunstancia política quedó unida a la personal, conjugando a la perfección la imagen de la madre suplicante por la vida de su joven hijo con la de la heroína que se enfrenta a la injusticia del tirano. Al final, el tenebroso psicópata claudicó y le perdonó, no sin antes de decir aquello de "Triunfad y conservadlo, pero yo os advierto que hay muchos Marios en César". Y no se equivocaba el tirano. Aquel joven ya había captado la atención de los grandes de Roma, y la actuación de su madre aún más. Aurelia había formado ella sola a un perfecto romano, mentalizándole de sus divinos orígenes y preparándole para tomar las riendas no sólo de su propio destino, sino del Destino mismo. Olympias, la madre de Alejandro Magno, hizo lo mismo, pero transmitió a su hijo el germen de su propia locura. Sin embargo Aurelia, una mujer excepcionalmente cabal, supo transmitir a su hijo su propia serenidad y presencia de ánimo, educándole en la sobriedad romana en la que nada se consigue sin sacrificio. Sin la omnipotente presencia de un pater familias que fuera el reflejo de todas las virtudes romanas, Aurelia supo llenar ese enorme hueco enseñando a su hijo a valerse por sí mismo, a tener templanza, a no caer nunca en la desesperación... En la conquista de las Galias, en la Guerra Civil... en lo mejor de César no nos es nada difícil encontrar lo mejor de Aurelia. En César son perfectamente visibles las huellas de aquella mujer tenaz y sobria que moldeó a su hijo para que fuera el más grande de entre los grandes.

Y para quitárselo de encima, Sila lo envió como oficial al ejército de Minucio Termo que combatía en Oriente. En este destino, el joven aristócrata de nobles modales asombró a todos ganando la famosa corona civica (la más alta condecoración romana al valor) durante el asalto a los muros de la ciudad de Mitilene en 81 a.C. Con lo que César regresó a Roma tras la muerte del tirano ingresando inmediatamente en el Senado gracias, paradójicamente, a una ley de Sila por la que cualquier caballero ganador de la corona civica pasaría automáticamente a ocupar un escaño en el Senado a la edad establecida. Así que viajó a Rodas para aprender retórica y en el viaje de vuelta en 75 a.C. fue apresado por los piratas cilicios. Al ver que era un joven aristócrata sin importancia, el caudillo pirata le menospreció comentando que por aquel joven insignificante no conseguirían ni un rescate de 20 talentos de plata (cada talento equivale a unos 27 kilos) . César, que consideró aquello un insulto a su dignitas, se encaró con el jefe pirata ante el asombro de todos contestándole que él era descendiente de la diosa Venus y que por su rescate se pagarían 50 talentos. ¿Estaba loco aquel joven?

¿Qué pasó por la cabeza de César para hacer algo así? Sin duda fue una temeridad, ya que si no se conseguía reunir el rescate sería ejecutado por los piratas. Una temeridad, si, como la de enfrentarse a Sila, pero estudiando detenidamente su comportamiento con los piratas nos parece que fue una temeridad cuidadosamente calculada, ya que el rescate de los ciudadanos romanos cautivos tenían que aportarlo las ciudades costeras y César sabía que no iban a dejar a un romano de tan alta estirpe, famoso por haber escapado vivo de las garras de Sila y además condecorado con la corona civica morir. No. Evidentemente César comprendió que se pagarían los cincuenta talentos. Pero ¿por qué lo hizo? ¿por qué se arriesgo?

Porque el riesgo era la parte más noble del juego. César concebía la vida como un juego de azar, un juego que podía trucarse para obtener ventaja, pero en el que al final siempre dominaba la Fortuna, la veleidosa dama que se enamoraba otorgando su amparo a sus favoritos mientras no surgieran otros que los desplazaran. César se consideraba un Favorito de la Fortuna y parecía que nunca tenía bastante en la apuesta. Así, de la misma forma, consideraría años después el cruce del Rubicón, como el inicio de otra partida que jugar. No había pausa, o se jugaba... o se moría...

 

¿HOMOSEXUAL Y EPILÉPTICO?

Sus críticos arremetieron contra César acusándole de haberse convertido en amante del rey Nicomedes de bitinia durante su estancia en el Este como tribuno de los soldados. Esta acusación es una auténtica insensatez divulgada precisamente por aquellos a los que César ponía los cuernos, lo que demuestra la "veracidad" de tales acusaciones. César llegó a la corte de Nicomedes para pedir barcos y cometió un error: prestarse a servir de copero real en un banquete. Aquello estaba considerado como un gran honor y César lo aceptó como tal de la misma manera que aceptaría años después la vinculación de los caballeros españoles mediante la fides o el matrimonio según el ritual egipcio con Cleopatra. Era típico de César prestarse a ceremonias extranjeras que para él poco o ningún significado tenían pero que en aquellos países sí lo tenían, ya que César no tenía prejuicios ante otras razas, cosa habitual en la nobleza romana convencida de su superioridad. Este hecho, el servir de copero en un banquete, en manos de personajes como los bíbulos, catones y demás se convirtió en una baza para tratar de machacar a su enemigo personal acusándole de ser homosexual mientras el presunto homosexual se acostaba con las mujeres de estos optimates retorcidos. En realidad César utilizó a las esposas optimates como arma política y los cornudos esposos jamás le perdonaron que César les pusiera cornamentas, por lo que siempre trataron de mancillar su honor a base de injurias más típicas de invitados de programas cutres de televisión que de senadores romanos.

La cuestión de la pretendida epilepsia tiene dos vertientes, una la que se utilizaba como arma contra él y otra la que se utilizaba en su beneficio, ya que se decía que Alejandro Magno también la había padecido y se llamaba a esta enfermedad "la enfermedad de los dioses". Pero ni una ni otra vertiente es válida históricamente. César probablemente sufrió de migrañas (por cierto, igual que yo mismo y que millones y millones de personas), molestos dolores de cabeza acompañados de desagradables síntomas físicos en menor o mayor grado.

Como todos los grandes hombres de la Historia, César también ha sufrido la deformación de la realidad de su vida, convertida, tanto para bien como para mal, en un mito.

 

Pero en realidad, la leyenda de César comenzó mucho antes de su muerte y se ha ido agrandando durante veintiún siglos.

No merece menos Cayo Julio César.

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