..LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

 

Nota de José I. Lago: Es una satisfacción personal incluir en Las legiones de Julio César este extraordinario trabajo original de Caesaris Puella sobre César y las mujeres que me ha impresionado especialmente por su agudeza. Caesaris, a quien los legionarios conocen del Foro de Debate, y muy especialmente de sus intervenciones en el debate sobre La Conjuración de Catilina, es sin duda una de las mujeres que más ha estudiado y mejor conoce la personalidad de Cayo Julio César, por ello le rogué que aportara a esta página web un trabajo con sus impresiones sobre la relación de César con las mujeres, tema que considero de gran importancia. El resultado es este extraordinario estudio que los lectores sabrán apreciar en su justa medida.

 

CÉSAR Y LAS MUJERES

Por Caesaris Puella

 

Dedicado a mi legatus José I. Lago y a Cayo Julio César, por supuesto.

 

-INTRODUCCIÓN- 

César político, César militar, César escritor, César orador, César ingeniero, César jurista... César seductor; son múltiples las facetas que han contribuido a erigir el mito de este hombre único e inigualable, de personalidad compleja e inabarcable, que causó una impronta tal mientras sus caligae pisaron el agger romanus, que los ecos de su existencia resuenan aún en nuestros días, como si sus actos fueran la piedra que se hace rebotar en el agua, y las repercusiones de los mismos, las ondas que llegan a la orilla, a una costa de más de dos mil años de distancia.

leg_escult_cesar_colleen_01.jpg (16238 bytes) Por Colleen McCullough

Es, precisamente, esta distancia espacio-temporal, la que dificulta acercarnos al hombre, pues la escasez y dispersión de las fuentes, y la intervención de terceras personas que, a lo largo de la Historia, han abordado la figura, moldeándola, mitificándola (o desprestigiándola), según la conveniencia y los intereses particulares de cada uno, han supuesto un obstáculo casi insalvable para poder conocer al auténtico Cayo Julio César al desnudo (¡lástima que sea metafóricamente!). Pero si no puedes sortear la montaña, puedes atravesarla haciendo un túnel, y esto es lo que ha hecho José Ignacio Lago en esta magnífica web: abrirnos un túnel para que podamos ver la luz al final del camino, desentrañándonos aspectos y facetas del divino Julio dignos de conocerse, para que después nosotros, los alegres ilustrados, podamos extraer nuestras propias conclusiones. 

A mí me ha tocado, amable lector, abordar un aspecto de Julio César sobre el que la realidad, los rumores y la ficción son ciertamente difíciles de discernir, dificultad que se ha visto incrementada por el hecho de que las referencias a los hábitos privados del divino Julio son escuetas, cuando no inexistentes. Si ya es complicado conocer cuál era el sistema de formación de una legión en plena batalla, o el contenido del discurso pronunciado por César durante la Conjuración de Catilina, aún resulta más laborioso averiguar cómo era la vida amorosa de Cayo Julio o su relación con el mal denominado sexo débil, entre otras cosas porque en la época que nos ocupa el papel de la mujer en la sociedad romana carecía, desgraciadamente, de relevancia (aunque si comparamos su situación con la de la mujer griega, era como para echar cohetes); de ahí que, cuando una domina aparecía reseñada por algún escritor contemporáneo, ello era por poseer, bien cualidades, bien defectos, tan extraordinarios que merecían su mención. 

Si a estas trabas, aunamos la extraordinaria labor precedente realizada por mis queridos José Ignacio y Joaquín Acosta (sublime conocedor, entre otras muchas cosas, del mundo Alejandrino) en otros artículos de esta web, -obras incomparables como la luz del Sol no tiene parangón con los destellos que emiten las luciérnagas-, espero que tú, querido lector, que tan pacientemente inviertes tu tiempo y atención en esta disertación, seas indulgente con el trabajo de esta luciérnaga, realizado con la mejor voluntad y la intención de entretenerte y hacerte reflexionar, siquiera sea un poquito. Si lo consigo me daré por plenamente satisfecha. 

Una última advertencia, antes de sumergirme en el fondo del asunto: en modo alguno este trabajo tiene pretensión de verdad absoluta e inmutable, principalmente por la sencilla razón de que no he pretendido ser objetiva al escribir. Si has paseado tu mirada por algunos foros de debate te habrás percatado de la auténtica veneración que siento por Cayo Julio César, de quien me enamoré a la tierna edad de tres años (cuando hojeé mi primer Astérix) y que, desde entonces, a lo largo de casi cinco lustros (¡dioses, cómo galopa el tiempo!), ha sido mi punto de referencia, mi objeto de admiración, mi amor platónico (gran mérito, pues a otros amores de la infancia como el Pato Donald, o el Monstruo de las Galletas, los abandoné sin contemplaciones). Cuanto más leo, cuanto más aprendo sobre César, más fascinante me resulta y más cercana me siento a él, hasta el punto de replantearme muchas creencias populares que circulan sobre mi Cayito (no podía resistirme, pues así es como lo llamo en la intimidad de mi imaginación), de ahí el objeto del presente escrito. 

Efectivamente, la creencia generalizada sobre la vida, llámese sentimental, sexual, amorosa o, simplemente, rosa –como diría D. Carlos J. Pacheco-, de Cayo Julio, es que era una máquina sexual que a duras penas podía reprimir sus animales instintos, a la par que un hombre frío que jamás amó a mujer alguna, hasta que entró en su vida Cleopatra, con la que vivió, ya en sus años maduros, una preciosa historia de amor trágicamente conclusa por el vil asesinato del que César fue víctima. Muy romántico, qué duda cabe, pero bastante alejado de la realidad, como intentaré demostrar a continuación, con la esperanza de que tú también extraigas tus propias conclusiones, coincidan o no con las mías. 

Hora es, pues, de que empiece mi exposición. Acompáñame, estimado lector, y acerca un ojo a la mirilla, pues tras la puerta descubrirás la apasionada y apasionante vida de Cayo Julio César, su mundo privado, su mundo alternativo: el mundo de sus mujeres. 

 

-LAS MUJERES DE CÉSAR- 

Resulta curioso que, en una sociedad tan eminentemente masculina, como era la de la Antigua Roma, la presencia femenina en la vida de César fuera tan poderosa y abundante: huérfano de padre a edad temprana (padre al que apenas conoció dada la época de constantes peligros externos para Roma en la que el divino Julio nació), la familia de Cayo Julio estuvo compuesta exclusivamente por mujeres (él era el único vástago varón), siendo el extraordinario Cayo Mario, tío político por parte de padre, la única figura masculina que pudo marcar y tener influencia en la vida del joven César. A dichos inicios de matriarcado de facto, le siguen cuatro matrimonios, una hija, un buen número de amantes y el más alto cargo religioso, el de Pontifex Maximus, que le hacía responsable también de las vírgenes vestales. Ello sin olvidar su diosa regente, Venus, de la que era descendiente más o menos directo. 

Con todo ello, forzosamente debía sentirse Cayo Julio irremisiblemente atraído hacia el bello sexo, atracción del todo correspondida, pues durante sus 56 años de vida, la fascinación que César ejerció sobre sus féminas contemporáneas (y no sólo romanas, pues también había varias peregrinae –esto es, extranjeras que tenían relación con el orbe romano- en su haber), no menguó ni un ápice. De ahí que las relaciones de Cayo Julio con las mujeres fueran objeto de chanza por parte de sus legionarios (“¡ciudadanos, custodiad vuestras mujeres, traemos con nosotros al adúltero calvo!”, exclamaban sus soldados en el desfile triunfal), en esa especie de reproche-orgullo que sólo entre un general y sus soldados puede existir, y de virulentos ataques por parte de sus adversarios, que veían en dicha predilección una debilidad y un pretexto, a falta de otros más consistentes, para rebajar su dignitas (Curión, en uno de sus escritos llegó a tildarle de “marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos”, aludiendo, de paso, a su presunta bisexualidad, tema este último que no me toca a mí tratar aquí). 

No debemos olvidar el momento histórico en el que nos hallamos: los años de desenfreno y libertinaje del Imperio aún están lejanos y, si bien el estricto código moral de los albures de la República se había relajado (que les pregunten a Catón el censor o a su inmundo biznieto) fruto de la expansión de sus fronteras y del contacto con otros pueblos y culturas, lo cierto es que la sociedad romana seguía siendo conservadora, especialmente en lo tocante a adulterios y otros escándalos sexuales. Por ello creo que no fue César, con el cuidado que ponía en su imagen, -siempre perfectamente estudiada y calculada-, y dado el valor que otorgaba a su propia dignitas y auctoritas, quien divulgó ninguno de sus escarceos extramaritales, sino que fueron las propias interfectas, las que se encargaban de prodigar los rumores a los cuatro vientos; de ahí se pueden sacar otras jugosas conclusiones respecto de las cualidades amatorias de mi Cayito, preciado “trofeo” para las féminas, que tú, lector inteligente, intuyes sobradamente.

 

1) ESPOSAS, AMANTES Y... ¿AMADAS? 

Así pues, de cara a la galería, fueron cuatro las afortunadas que compartieron el lecho nupcial con el divino Julio; de la primera, Cossutia, muy poco sabemos, tan sólo que pertenecía a una familia muy acomodada, probablemente del ordo equester, y que su relación con Cayo Julio, que duró un año como máximo, (si bien no está muy claro si tan sólo estuvieron prometidos o si, por el contrario, llegaron a contraer matrimonio), obedeció fundamentalmente a cuestiones económicas (¡ay, Cayito, Cayito, siempre endeudado hasta que tanto la propretura en Hispania Ulterior como el proconsulado en las Galias “dieron al César lo que era del César”!) y a la necesidad de César por evadir el destino que le había preparado su tío Cayo Mario, en aras de protegerle, a saber, el cargo de flamen dialis (pues tanto el flamen dialis como su esposa, la flamina, debían ser patricios de sangre y origen). Nada más hay que decir sobre esta relación de adolescencia que tan difuminada queda en el tiempo y que poco o nada significó para el joven Julio. 

El año 84 a.C., sí que supuso un momento decisivo en la vida de César, pues fue la época en que contrajo su segundo matrimonio (o tal vez el primero, tras romper el compromiso con Cossutia), gracias a la mediación que había desempeñado su tío Cayo Mario antes de morir, con Cornelia, hija de Cinna, el cual fue colega del desafortunado séptimo consulado de Mario, en el año 86 a.C, y pertenecía a su misma facción política. Es con dicha unión que un joven César empieza a demostrar que es la hora de los cambios para la familia Julia, sumida durante generaciones en la sombra de las últimas gradas del Senado: siempre presentes, pero jamás despuntando políticamente –hasta que apareció su tío político Cayo Mario, si bien dicha relación de parentesco no era por consanguinidad-. Así que con tan sólo 16 años (práctica inusual en la Roma Republicana, donde los hombres normalmente contraían matrimonio a partir de los 18 años, si bien podían hacerlo desde el momento en que alcanzaban la edad viril, esto es, cumplidos los 14 años) y como su propio cabeza de familia (al haber fallecido su pater familias, César había devenido sui iuris), decide seguir los sabios consejos que le había dado Mario, y contraer matrimonio con la deliciosa y dulce Cornelia, en una maniobra con claros tintes políticos, que le situaba en la facción popular de la revuelta vida política romana. 

La utilidad política que reportaba a César dicho matrimonio era evidente, pero ¿cuál era el beneficio que Cinna obtenía con ello? Ciertamente Cayo Julio provenía de una familia ilustre, pero había otras de ancestros notables, y en más boyante situación económica. Los vínculos con Mario se estrechaban, creándose intrincados lazos de parentesco, pero el propio Mario había muerto dos años antes y su hijo, Cayo Mario el joven, podría haber perpetrado dicha unión. ¿Cuál fue, pues, la razón? A mi parecer, Cinna buscaba con la celebración de ese matrimonio proteger a su hija: los vientos no eran calmos, se avecinaba una tormenta política de incierto desenlace, y la posición, e incluso la vida, de Cornelia, podrían correr peligro. Seguramente fue en esa misma época, cuando se cumplieron los designios de Cayo Mario, y César (rotos ya sus lazos con una plebeya) fue nombrado flamen dialis (sacerdote de Júpiter), un cargo religioso que comportaba la inmunidad personal para aquel que ostentara dicho cargo vitalicio: al flamen dialis no se le podía tocar ni, mucho menos, atentar contra su vida, privilegios que también se trasladaban a su esposa, la flamina dialis. Con dicho nombramiento, primero Mario y después Cinna protegían la vida de ambos jóvenes, y se aseguraban de que hubiera un testigo generacional durante los años venideros.[Nota a pie de capítulo 1] 

Pero las aguas turbulentas no son de fiar, y pronto la corriente cambió de curso, entrando nuevamente en escena Sila, quien, al marchar con sus tropas sobre Roma, dio lugar a la época más sangrienta de las que hasta entonces había vivido la Urbe (algunos años después Octaviano y Marco Antonio ya se encargarían de dejar dicho episodio al nivel de un cuento de hadas). Y es entonces cuando se demuestra que el matrimonio de Cayo Julio y Cornelia había pasado de ser una mera unión política, para convertirse en una auténtica historia de amor, pues cuando el dictador ordenó a César que se divorciara de Cornelia, bajo amenazas de perder su condición de flamen dialis, primero, y de perder su vida, después, César se negó en rotundo, despidiendo a los mensajeros con cajas destempladas, y exclamando: “decidle a Sila que sobre César sólo manda César”. 

Dicho acto impulsivo le supuso a César la pérdida de su cargo religioso, que la dote de Cornelia pasara a engrosar el haber del dictador, y tener que huir durante una buena temporada, escondiéndose en condiciones más que precarias y resintiéndose gravemente su salud, hasta que finalmente pudo regresar a Roma gracias a la mediación de su madre, la incomparable Aurelia, y otros parientes, eso sí, continuando su matrimonio en vigor, si bien la dote jamás fue reintegrada. Hay quien dice que este episodio fue uno de los momentos irreflexivos de la vida de César, mientras que otros afirman que es la oportunidad que estaba esperando para quitarse de encima la losa que suponía el cargo de flamen dialis, y si bien en ambas aseveraciones hay algo de razón, yo creo que el principal motor que desencadenó su cólera y que llevó a Cayo Julio a correr todos esos riesgos fue, sencillamente, el amor que sentía por su mujer. 

Amor que se deduce de otros detalles relevantes, como el hecho de que fuera Cornelia la única mujer con la que consintió tener descendencia; son muchos los escarceos amorosos que se le conocen a César y, sin embargo, tan sólo una su vástaga reconocida, Julia, único fruto de esta unión. Ninguna otra mujer lo consiguió (de Bruto y Caesarion hablaremos más adelante), pese a que tuvo otras relaciones prolongadas, y a que tanto él, como sus compañeras de tálamo se habían demostrado fértiles; todo hace pensar que Cayo Julio, que no otorgaba demasiado valor a la descendencia, tan sólo quiso que su unión diera frutos cuando la misma se basaba en el amor. 

Y, finalmente, el dato más revelador de que Cornelia supuso para César el amor de su vida, ese que jamás se vuelve a repetir, lo hallamos en el año 70 a.C., cuando la muerte de la joven Cornelia Cinna puso fin a catorce años de matrimonio. César, roto por el dolor, no pudo evitar hacerle a la mujer que más había querido un elogio fúnebre. Nuevamente, los sentimientos predominaron sobre la razón y se la jugó, pues si bien el elogio de su tía Julia había sido un éxito, amén de reportarle varios tantos políticos, no era extraordinario o insólito efectuar elogios fúnebres de matronas romanas de avanzada edad y cuyas vidas habían sido un ejemplo. Pero jamás, jamás con anterioridad se había elogiado a una joven domina fallecida, y mi Cayito se arriesgaba a comprometer su dignitas y su imagen pública, a pecar de sensiblero, nada menos que por una mujer, y convertirse en el hazmerreír de toda Roma. No fue así, fue tal la ternura, la dulzura de las palabras pronunciadas por César en recuerdo de su querida esposa, que conmovió a todos los asistentes hasta tal punto que se corrió la voz y se ganó el cariño del pueblo. La jugada le salió bien, una vez más demostró ser un Favorito de la Fortuna, pero arriesgó mucho ese día, y lo hizo por amor. 

Tres años después, en el 67 a.C., Pompeya, hija de Quinto Pompeyo Rufo, y nieta de Sila, sería la siguiente venturosa en cruzar el atrium en brazos de César.

leg_muj_pompeya_sila_100.jpg (15086 bytes) Por Colleen McCullough

Mujer de notable hermosura (como buena descendiente de Sila), pero de sobresaliente estupidez, no supo despertar el interés de mi Cayito, quien nunca vio en esa unión más que una simple y pura gestión de negocios (téngase en cuenta que, en aquella época, todavía no había querido dejar traslucir del todo sus afinidades políticas, y el matrimonio con Pompeya suponía un entroncamiento con la facción del difunto dictador, amén de la que ya de por sí tenía él con los populares, que elevaban su prestigio y sus conexiones políticas). Y aquí es preciso, paciente lector, que efectúe una pequeña disgresión, pues no se podrá negar el mérito de un hombre que es capaz de no dejarse deslumbrar por la belleza vacía, y que busca más allá de la imagen (¡ay, cuantas mujeres-florero se ven, aún en nuestros días, por obra y gracia de hombres acomplejados que necesitan un refuerzo exterior para completar su ego!). Que César no era insensible a la belleza es evidente, -como cualquier hijo de vecino, por otra parte-, pero que daba mayor preponderancia a la inteligencia también es cierto, y ahí si que no son tantos los que pueden tirar la primera piedra. 

Bueno, siguiendo a lo que íbamos, pues mi querido lector tampoco tiene por qué aguantar filosofadas acerca de mi preocupación por la superficialidad, el único hecho destacable de este matrimonio que duró cinco años fue, precisamente, el que dio origen a su fin, esto es, el escándalo de las celebraciones de la Bona Dea. 

En el año 63 a.C. César obtuvo el cargo de Pontifex Maximus, con lo que se trasladó a vivir a la Domus Publica, situada en el área de la Regia del Foro. Seguramente debido a ello, Aurelia, madre de César, consiguió al año siguiente que la fiesta de la Bona Dea, un ritual dedicado exclusivamente a mujeres, con ritos sagrados y secretos vedados a los hombres, se celebrara en su hogar, pues cada año la ceremonia se realizaba en la domus de una familia ilustre. Por aquella época, Pompeya, cansada de la falta de atenciones de su marido, buscó refugio y consuelo, nada más y nada menos, que en brazos del joven Publio Clodio Pulcher, -lo cual, por sí solo, ya sería una buena muestra de la falta de luces en la bonita cabeza de la muchacha-, el cual, en su busca constante por escandalizar y transgredir, pensó que sería divertidísimo colarse en la fiesta, haciéndose pasar por mujer, ya que era imberbe (por lo visto único factor a tener en cuenta a la hora de distinguir un hombre de una mujer, según ese par de lumbreras). A Pompeya, evidentemente, el plan le pareció fantástico e inmejorable, una vez se hubo recuperado de la impresión que le produjo descubrir que había gente capaz de tener ideas. 

Pero Aurelia, como buena progenitora de tan excepcional retoño, utilizaba la cabeza para algo más que sostener el peinado, y hacía tiempo que sospechaba que su nuera se traía algo entre manos (bueno, ella tampoco debía ser una alumna aventajada en el arte del disimulo), de modo que ordenó a sus sirvientas que estuvieran bien atentas; no se equivocaba, pues una vez iniciados los rituales de la fiesta, Clodio saltó el muro disfrazado de mujer, y fue a dar con una de las sirvientas, la cual, sospechando al ver aquel adefesio disfrazado le preguntó quién era y qué hacía allí. Una vez que Clodio emitió el primer sonido por su boca, se armó el escándalo y, si bien logró escapar, pese a que Aurelia ordenó cerrar las puertas de inmediato, no lo hizo antes de haber sido identificado, corriendo presurosas las alteradas matronas romanas a relatar a sus maridos lo que había acontecido. 

César vio en aquel incidente abierta la puerta de los cielos (paganos, se entiende), la oportunidad de oro para acabar con ese matrimonio tan soberanamente aburrido, así que repudió a Pompeya. Y, una vez más, supo con genial maestría sacar partido de un hecho desfavorable, pues, al ser requerido en el proceso contra Clodio, acerca de por qué había repudiado a su esposa si, según afirmaba en aquél momento, ésta no le había sido infiel, respondió: porque la mujer de César no puede, siquiera, estar bajo sospecha”, ganándose con ello la gratitud del peligroso y sibilino Clodio, amén de dejar inmaculada y sin tacha su imagen pública. 

Ese mismo año 62 a.C., tras haber repudiado a Pompeya, Cayo Julio se casó con Calpurnia, hija de Lucio Pisón, uno de sus partidarios. Esta unión, junto con la que acaeció poco después, cuando Cneo Pompeyo Magnus contraía matrimonio con su hija Julia, supuso un refuerzo fundamental en sus cimientos políticos (ese “monstruo de tres cabezas” del que tanto hablaba Garbancito, ¡uy, perdón, Cicerón!) y supondría el salto definitivo para un ascensión que, a partir de entonces, devendría meteórica. 

Y, una vez más, es en este matrimonio donde vemos las extraordinarias dotes de Cayo Julio César con el sexo femenino, pues, a pesar de la diferencia de edad que separaba a ambos contrayentes, a pesar de que estuvo separado de Calpurnia durante unos diez años debido a la Guerra de las Galias, primero, y a la Guerra Civil, después, a pesar de las múltiples infidelidades y de traerse a Roma, en el año 46 a.C., una reina extranjera de dudosa moral que, a ojos del pueblo llano, era su nueva amante... a pesar de todo eso, Calpurnia sentía auténtica veneración por su marido, y no por ser ésta poco inteligente, o de escaso carácter, antes al contrario, sino porque César supo ganarse su cariño. 

Dicha veneración queda reflejada en lo acontecido la víspera de los idus de marzo de ese fatal año 44 a.C. Durante la noche, Calpurnia, que algo debía presentir de la tensión política reinante, tuvo un sueño agitado, unas horribles pesadillas que la impactaron tan hondamente que, a la mañana siguiente, suplicó a su esposo, hecha un mar de lágrimas, que no acudiera a la reunión del Senado aquel día. Tal era su insistencia, y tal el respeto y credibilidad que a Cayo Julio le merecía su esposa (la cual era un dechado de sensatez y moderación, y nunca se había mostrado como una mujer crédula o supersticiosa), que César decidió no acudir a la Curia de Pompeyo aquella mañana. Ya estaba a punto de enviar un mensajero con dicho recado, cuando uno de los conjurados, Décimo Bruto Albino, a quien Cayo Julio tenía tan gran estima como para instituirlo heredero suyo en segundo término, y que había acudido a la Domus Publica, empezó a burlarse del divino Julio y a intentar convencerle, llegando a decirle que si ese día hacía caso omiso del Senado, ofendería gravemente a los ilustres senadores, quienes le tildarían de tirano y ególatra, por dar preponderancia a las supersticiones de una mujer en lugar de a la reunión más antigua y venerada de la República, y que se convertiría en el hazmerreír de toda la Urbe. Con estas afirmaciones el traidor dio en el punto flaco de César, su preocupación por la imagen pública, y éste se dejó convencer con las terribles consecuencias ya por todos conocidas. 

Tras el repugnante asesinato del divino Julio, una deshecha Calpurnia a duras penas pudo acudir a sus honras fúnebres y volvió al hogar paterno, incapaz de recuperarse de tan duro golpe y rehacer su vida. 

Hasta aquí la enumeración de sus mujeres “oficiales”, porque la lista de romances, escarceos amorosos y conquistas galantes es más larga que la Via Appia. Conocida por todos era la afición de mi Cayito por seducir a las mujeres de sus adversarios políticos en una jugada magistral, pues él no sacaba a relucir jamás dichos “affaires”, siendo el propio cornudo el que se enteraba a través de su esposa, la cual, de paso, se encargaba de comentárselo a sus “ochenta mejores amigas” (como diría Terenci Moix), lo que era lo mismo que decir toda Roma acababa estando al tanto de los avances amorosos de Cayo Julio por los diversos lictus ajenos. De este modo, aquellos que intentaban desprestigiar a César, tildándole de homosexual y de “reina de Bitinia”, veían como ese presunto afeminado les ganaba por tiempos en la carrera de relevos horizontal, dejando tal huella en sus esposas que estas jamás volvían a comportarse con ellos del mismo modo. Aunque no haya quedado históricamente constatado, no me cabe la menor duda de que las cónyuges de Bíbulo y Catón pasaron por el ara juliana para adorar al divino Julio, pues éstos eran los más acérrimos enemigos de mi Cayito, y la esposa de Catón reincidió después con el bello Hortensio, llegando a extremos tales que Marco Porcio consideró más conveniente entregársela a este último (“¿La quieres? Te la presto” manifestó en el sumum de la “cosificación” de la mujer) para volver a admitirla en su domus, una vez Hortensio murió (desde luego, tragaderas sí que tenía). 

Pero César no sólo se dedicaba a las mujeres de sus adversarios, porque el eterno seductor de desarrollada sexualidad que mi Cayito llevaba dentro le impidió resistirse a otras féminas cuya seducción era mucho menos conveniente, por estar casadas con aliados e, incluso con íntimos amigos, contra los que César no tenía nada en contra. 

Así, entre sus escarceos más famosos se encuentran Postumia, que estaba casada con Servio Sulpicio, Lolia, cónyuge de Aulo Gabinio, Mucia, la tercera esposa de Cneo Pompeyo Magnus (que en aquel momento no era rival político de César, antes al contrario, Cayo Julio estaba intentando atraerlo a su facción), la cual, debido a este y otros “deslices”, fue repudiada por el Magno romano, o Tertula, esposa de Marco Licinio Craso, amigo íntimo, prestamista y compañero de César, quien, ni aún así pudo resistirse a los encantos de esa mujer madura, la cual debió ser realmente fascinante, pues no sólo sedujo a mi Cayito, sino que el cognomen con el que la designaban, Tertula, no era su verdadero nomen, sino que venía del hecho de que se había casado con tres hermanos, a medida que enviudaba. La reina Eunoe también engrosó la lista de ilustres peregrinae que “peregrinaron” gozosas por los brazos de César (siento el fácil juego de palabras, sufrido lector, pero no me he podido resistir), pues era la esposa del rey Bogud, monarca de Mauritania junto con Bocco, aliados de Cayo Julio en la dura campaña de África que acabaría con la gloriosa batalla de Tapso. 

Las malas lenguas llegaron a afirmar que Cayo Julio había compartido lecho con Tercia, la hija menor de Servilia, una vez que a ésta la edad le empezó a pasar factura, pero ello jamás llegó a demostrarse y, teniendo en cuenta la fuente de los rumores, esto es, el Garbanzo (digo, Cicerón), -por cierto, muy propio lo del de Arpinum, el ir contando chismes de portera, en su línea habitual-, me parece que no se les debería otorgar ninguna verosimilitud, máxime teniendo en cuenta que no era muy propio del carácter de Servilia el mostrarse generosa y abnegada, y que jugó un papel más que relevante en las sombras de la conjuración en contra del divino Julio, cuando se vio relegada y desechada.

Y, una vez mentada la soga en casa del ahorcado, ya es hora de abordar la figura de Servilia, hija de Quinto Servilio Cepio y Livia Drusa, y nieta del tristemente famoso Quinto Servilio Cepio, que robó el oro de Tolosa, a costa de verter sangre romana, ello por no olvidar que Marco Porcio Catón el joven también formaba parte de su ilustre familia, pues era su hermanastro.

leg_muj_servilia_100.jpg (17085 bytes) Por Colleen McCullough

El de Servilia fue un caso aparte respecto de otras aventuras amorosas que tuvo César a lo largo de su vida, y no sólo porque Silano, el esposo de Servilia, no constituyera en modo alguno un rival político o enemigo (pues ya hemos visto que ello no era conditio sine qua non para que mi Cayito, como el cuco, se encaramara en el nido ajeno), sino porque con Servilia mantuvo, para horror de mi persona (no puedo negarlo), una duradera relación extramatrimonial que se prolongó muchos años (demasiados, para mi gusto), hasta el punto de convertirse en pública y notoria, sustentando jugosos chismorreos y fábulas, que proporcionaron a los quirites de la época placenteras horas de entretenimiento y diversión.

Servilia era una mujer de carácter, inteligente, muy interesada por la vida política de la República, dominante y bastante desagradable (basta ver cómo le salió el hijo, su adorado Marco Junio Bruto, o el revelador dato de que ninguno de sus dos maridos pudo sobrevivirla mucho tiempo –bien es cierto que, al primero, Marco Junio Bruto pater lo ejecutó Pompeyo, pero el pobre Décimo Junio Silano se murió él solito, víctima de la convivencia-). No debía ser hermosa en exceso, pues su progenie no destacó por su belleza física, precisamente (bueno, tampoco destacó en nada, salvo en las artes de la usura y la traición), pero eso era algo que a Cayo Julio no le importaba en exceso, dadas las notables cualidades que debía tener la matrona en cuestión en el lictus, capaces de mantener vivo el interés de alguien como César. Buena prueba de la fogosidad de la aparentemente fría y respetable Servilia la tenemos en un incidente acaecido durante una de las enconadas sesiones del Senado durante la Conjuración de Catilina (año 62 a.C.), en las que César y Catón se hallaban sentados juntos defendiendo –cómo no- opiniones opuestas. Entonces alguien le hizo llegar una nota a César proveniente del exterior, que el mismo leyó en silencio, lo cual supuso la excusa perfecta para que Catón hiciera lo que mejor sabía hacer, a saber, berrear y vociferar como un poseso, tildando a Cayo Julio de ser un traidor, que recibía instrucciones del enemigo, logrando con ello alterar a toda la sala, ante lo cual César, sin inmutarse ni hacer comentario alguno, le pasó la nota a Catón. Como te habrás podido imaginar, querido lector, se trataba de un ardiente misiva de la impaciente Servilia (se ve que no podía estar mucho tiempo despegada de él), cuyo contenido exacto desconocemos pero que debía tener un tono tan osado y personal que, Catón, furioso y humillado por la conducta de su hermanastra, no pudo sino arrojar la nota a César, mientras exclamaba “¡toma, miserable!”.

Pero es, precisamente, en su relación con Servilia, donde mejor se puede detectar la frialdad de Cayo Julio en el terreno sexual, y lo bien que podía separar el plano meramente físico, del afectivo y, más aún, del político. Porque César jamás amó a Servilia, y no sólo porque, cuando ésta envejeció la dejara de lado saciando su sed en otras fuentes más frescas y lozanas, sino porque jamás entró en sus proyectos desposarla, que era lo que ella más deseaba. De hecho, hubo un momento en que, de haber querido Cayo Julio, el matrimonio se habría podido llevar a efecto, a saber, cuando repudió a Pompeya, pues Servilia ya había enviudado (pobre Silano, no se lo reprocho. ¡Eso sí que fue pasar a mejor vida!), más aún, el matrimonio le habría podido resultar conveniente, pues con él, no sólo acallarían los insistentes rumores, sino que desposaría a una mujer de un linaje supuestamente impecable (si obviamos el pequeño detalle del oro de Tolosa), con una sustanciosa dote, e inmejorablemente relacionada políticamente. Pero no entraba en los planes de mi Cayito desposarla, prefiriendo contraer matrimonio con Calpurnia, lo cual, además de favorecer mejor a sus proyectos políticos, le suponía una vida familiar mucho más dulce y estable.

El berrinche de la domina fue tal que, para aplacar su ira y evitar un escándalo aún mayor del que los ciudadanos romanos estaban acostumbrados, le regaló una perla de incalculable valor que la tuvo contenta una buena temporada, hasta que se vio definitivamente descartada, cosa que le hizo pagar muy caro. Servilia no sólo estuvo al corriente, sino que apoyó a su hijo en la traición a César que iba a desembocar en asesinato; puede que fuera más allá, es más que probable que ella fuera una de las personas que indujeron a Bruto a participar en la conjura y en el asesinato, otorgándole esa pátina de aparente legitimidad que los conjurados estaban buscando. Buena prueba de ello la hallamos en una de las cartas a Ático de Cicerón, en la que le narra una conversación mantenida con Bruto tras el asesinato, estando presente Servilia, la cual llegó a participar activamente en el coloquio, conducta más propia de una fémina resentida y vengativa, que la que mostraría una mujer enamorada a la que han arrebatado al amor de su vida

Ya tan sólo queda un punto por abordar, de la espinosa relación de César y Servilia que imagino que tú, curioso lector, ya te estarás preguntando; esto es, ¿realmente fue Marco Junio Bruto hijo ilegítimo de César? La contestación, a mi entender, no puede ser más clara y rotunda: NO. Marco Junio Bruto era el hijo legítimo del primer matrimonio de Servilia con Marco Junio Bruto, pater, y los bulos que se divulgaron respecto a la supuesta paternidad de César no fueron más que burlas, típicas del irónico sentido del humor romano, que ponían en contraste a dos personas que, no pudiendo ser más opuestas (el hermoso frente al poco agraciado, el derrochador frente al avaro, el valiente y aguerrido, frente al cobarde y tímido...), tenían un nexo común; es más, el comentario malicioso, perjudicaba aún más a Bruto que a César, pues los hijos ilegítimos, en aquella época, no tenían los mismos derechos que los legítimos, consiguiendo con ello la masa popular un resarcimiento: la mácula en la dignitas de Bruto, en contraprestación a su inmensa fortuna, gran parte de la cual se había logrado ilícitamente por sus ancestros, a costa del Erario Público y de muchas y preciadas vidas romanas.

Por un lado tenemos el hecho de que Bruto fue reconocido por su padre sin más problemas (bien es cierto que según el Derecho Civil Romano se presumía que el hijo nacido dentro del matrimonio era hijo del cónyuge varón, pero dicha presunción admitía prueba en contrario, y Marco Junio senior podría haberle repudiado, su potestad como pater familias le autorizaba a ello), aunque tú, querido lector podrías contestarme diciendo que tal vez el pater fue uno de tantos cornudos felices que viven en la ignorancia. A falta de prueba de ADN que pueda demostrar la filiación de Bruto (los romanos eran avanzados, pero no tanto), debemos recurrir a la lógica y a la psicología para poder exculpar a César de haber engendrado a un personaje de esa calaña: Marco Junio Bruto filius nació en el año 85 a.C., cuando César tenía tan sólo 15 años y no era nadie en la esfera política o social romana, simplemente era un adulescentulus de familia tan ilustre como olvidada, con escasos recursos económicos y que vivía en una insula del Subura; teniendo ello presente, y conociendo la ambición de Servilia y su desmedida pasión por la política (como la Carta 15.11 de Cicerón a Ático demuestra), ¿alguien mínimamente razonable creería que una jovencísima Servilia iba a arriesgar un matrimonio tan ventajoso como el que tenía, por una aventura amorosa con un jovenzuelo imberbe del que poco o nada se podía esperar? Marco Junio Bruto pater pertenecía a una familia tan ilustre como podía ser la gens Julia, muy bien considerada porque fue un Bruto quien acabó con la monarquía, poseía una considerable fortuna patrimonial y estaba desempeñando un papel preponderante en el terreno político (otra cosa es que jugara mal sus cartas, se pusiera en el bando equivocado y acabara decapitado). Sinceramente, casaría muy mal con el carácter de Servilia que fijara su atención en alguien que le supusiera un descenso en su escalafón político-social.

Así que, mi querido lector, lamento desilusionarte si te digo que la mítica frase “Tu quoque, filii?” (“¿tú también, hijo mío?”) que supuestamente inquirió César al ser cobardemente apuñalado por Bruto, tiene un origen más mítico que real, siendo un bulo que ha ido corriendo con el tiempo hasta convertirse casi en auto de fe, cuando lo cierto es que ni Plutarco, en la “Vida de César”, ni Suetonio mencionaban dicho comentario, antes al contrario, ambos coincidían en sus relatos al narrar cómo Cayo Julio se cubrió la cabeza y cayó dignamente sin pronunciar palabra alguna.[2]

Y ya que abordamos el tema de los mitos, es hora de que pase a hablar de la macedonia que decía ser egipcia, la “Reina de las Reinas”: Cleopatra VII “Philopator”, hija de Ptolomeo XII “Auletes” (“El flautista”), esposa de Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV, reina de Egipto.

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Mujer ciertamente notable, logró crear un halo de leyenda a su alrededor (de forma plenamente consciente y premeditada) que le permitió alcanzar la tan buscada eternidad (desde el momento en que nuestro recuerdo perdura en la mente de los demás, seguimos viviendo en la memoria); lástima que gran parte de su figura no sea más que una ficción construida por una “sociedad” tripartita: una parte del mito lo creó ella misma, otra parte la aportaron sus detractores (principalmente Octavio Augusto, el mayor propagandista de la Historia Antigua) y, la tercera, la crearon los románticos incurables.

Pues has de saber, estimado lector, que la relación entre Cayo Julio César y Cleopatra pudo estar regida por muchos factores, pero jamás por el amor; la atracción, la seducción, jugaron papeles relevantes, sobre todo en los inicios, pero el elemento decisivo y fundamental que vino a unirlos fue, sin duda alguna, la política.

Cuando César convocó a finales del año 48 a.C. a Ptolomeo XIII y a Cleopatra VII para que se presentaran a su presencia en Alejandría (con anterioridad Cleopatra había huido de la ciudad –según la versión oficial prestada por el artero Potino, consejero de su hermano-esposo, había sido desterrada-, pues temía –no sin fundamento- seriamente por su vida), poco podía imaginar que en las sombras de la noche, y escondida dentro de un saco para guardar ropa de cama, cuan larga era[3] (lo cual nos da una idea de la escasa altura que debía tener, por no decir, sin tapujo alguno, que era una pitufa), se le presentaría una joven de veinte años, bonita, culta, sumamente inteligente y muy, muy ambiciosa. Desde luego, para mi Cayito, aquella muchacha debió ser como un regalo de los dioses, pues le permitía tomar el control de Egipto para Roma de una manera relativamente sencilla y, desde luego, mucho más divertida que con una anexión militar en toda regla, amén que después de tantos años de batallas y tensiones, la chispeante Cleopatra, tan segura de sí misma y tan dispuesta a hacer cualquier cosa por lograr el poder, suponía un soplo de aire fresco.

Cleopatra era considerablemente agraciada, pero no hasta extremos sobrehumanos; Plutarco decía de ella que “su belleza no era en sí misma tan extraordinaria como para que ninguna otra se le pudiera comparar”, y Dión Casio que “en su mejor época” (¡toma puñalada!, con lo mal que nos sienta a las mujeres –o al menos a mí- lo de envejecer) era considerablemente atractiva, es decir que era una mujer bonita, pero no tan bella como pudiera serlo Octavia, por ejemplo, que fue la mujer más hermosa de su época (eso sí, más sosa que un huevo sin sal); sencillamente, a lo largo de los años, el bulo de su belleza se ha ido exagerando, como en la historia del “Sastrecillo Valiente” –que pasó de matar siete moscas de un golpe, a siete gigantes-, principalmente por aquellas personas tan simplistas que son incapaces de concebir que alguien, principalmente una mujer, pueda resultar irresistiblemente seductor, como no sea poseyendo una belleza extraordinaria.

Las principales armas de Cleopatra no estaban en su juventud o en un físico más o menos agraciado, sino en su interior: volviendo a Dión Casio, éste reseñaba de ella que  poseía una voz encantadora y tenía el arte de ganarse la simpatía de la gente, y Apiano, de entre todas sus cualidades, destacaba su ingenio; poseía una poderosa imaginación (hay que reconocer que la jugada de presentarse ante Marco Antonio en una lujosa galera, con remos de plata y bellísimas remeras desnudas, vistiendo ella como Venus es, sencillamente, magistral), una mente brillante y, al parecer, tenía mucha facilidad con los idiomas (posiblemente hablara seis lenguas –ahora muertas- a la perfección), amén de un conocimiento de las artes cosméticas digna de la mejor de las egipcias (cosa que, paradójicamente, ella no era). Eran muchas las cualidades de la Macedónica, pero César no la amaba; se acostó con ella (¡como para dejar pasar semejante oportunidad!), se entretuvo, pero siempre teniendo muy presente qué era lo que ella buscaba, a saber, el poder político, y convirtiéndola en el cazador cazado, pues fue Cleopatra la que acabó sirviendo a los fines de Cayo Julio.

Egipto era estratégicamente de vital importancia, tanto por su ubicación geográfica y su preponderancia comercial, como por las riquezas del país, especialmente las naturales: era el granero de Roma, y la Urbe no podía permitirse un Egipto débil, sometido a las personas equivocadas o en plena guerra civil, pues ello supondría un corte en el suministro de las provisiones y una interrupción del comercio que traerían como efecto rebote graves disturbios en la Ciudad Eterna. Ya con anterioridad el Senado y el Pueblo de Roma, representados por la figura de Gabinio, se habían visto obligados a intervenir para restituir a Ptolomeo XII “Auletes” (papá de la niña) en el trono, pues había sido destituido por sus dos hijas mayores (ya se sabe, “cría cuervos...”), pero ahora -por el año 48 a.C.-, menos que nunca, podía una debilitada Roma, quebrada por una lucha interna entre quirites (que todavía no se había acabado de dirimir), permitirse un situación caótica en Egipto. Ya era hora de que el Jinete Romano tomara las riendas del Estado Egipcio. Y Cleopatra se lo puso en bandeja (añadiendo, de paso, su cuerpo y sus artes amatorias al lote).

Pero Aquilas y Potino, consejeros nominales del hermano-esposo de Cleopatra, y gobernantes de facto del reino (Ptolomeo XIII, que contaba a la sazón con trece años de edad, poseía un carácter muy débil y tenía otras... digamos, preocupaciones), vieron que se les acababa el pastel, con aquella joven –que tanto los detestaba y a la que tan mal habían tratado- que les había ganado por la mano, colocándose en la cama del insigne romano y, por ende, en el trono, y ninguno de ellos estaba dispuesto a conformarse con dicha situación y a abandonar un poder al que le habían tomado un gran cariño. Si a ello unimos el fuerte sentimiento de rechazo que sentían frente al Mundo Romano, la ecuación tan sólo puede dar como resultado la Guerra de Alejandría, que tras varias penurias finalizó en el año 47 a.C. con un César victorioso (cómo no, ¡ay mi Cayito!), un rey muerto, los enemigos eliminados y un nuevo matrimonio entre Cleopatra y su otro hermano pequeño, que adoptó el nombre de Ptolomeo XIV, más que nada para ser creativos. Como podrás ver, paciente lector, dicha guerra muy poco tuvo que ver con el amor.

También se ha hablado mucho de un romántico crucero por el Nilo entre los dos “tortolitos”, lo cual me colma de gracia, porque César, además de otorgarse un merecido homenaje (léase, descanso), se ocupó de visitar los principales enclaves egipcios (de los auténticos de toda la vida, estos sí), para que el pueblo se fuera haciendo a la idea y conociera cuál era su nuevo “amo”: Roma (a lo cual los pobladores de las orillas del Nilo respondieron con bastante pasotismo, pues para ellos muy poca diferencia había entre un gobernante extranjero u otro gobernante extranjero. –Como comprenderás, amable lector, un macedonio tiene tanto parecido con un egipcio como un hipopótamo con un caballo-). Y así se marchó César, dejando a la parejita tranquilamente instalada en el trono (si bien, el hecho de haber sido él quien allí los había situado hacía que la autoridad real recayera en él), el lictus de Cleopatra caliente y las provisiones de Roma aseguradas. No era el momento oportuno para anexionar Egipto como Provincia del Imperio, pero con dicha solución la situación se asemejaba bastante.

Buena prueba de la nula mella que la Ptolemaica había hecho en el corazón de mi Cayito la tenemos en lo acaecido meses después, cuando, en plena Guerra de África, tuvo un sonado romance con la reina Eunoe de Mauritania, de belleza proverbial, y ello mientras una Cleopatra recién estrenada en la maternidad se tiraba de los pelos de su peluca egipcia –era una gran observadora de las costumbres del pueblo sobre el que gobernaba-, presa de la rabia.

Una vez finalizada la Guerra de África, César sugirió-ordenó a Cleopatra que se reuniera con él en Roma, donde residiría durante dos años, hasta los fatídicos idus de marzo, pues tras esa nefasta fecha se fue a golpes de remo hasta su país, donde esperaría a ver qué curso tomaban los acontecimientos. Entonces, tú, amigo lector, me dirás “¡aaaah, se la llevó porque la amaba!”. Pues no, se la llevó, porque tener a Cleopatra en Roma significaba tener a mano el control de Egipto, y la Macedónica no se dio ni cuenta, movida por la ambición y los castillos de naipes que se había formado, en los que ya se veía como gobernante de todo el Mundo Conocido, colocando a Caesarion, ese conato de jugada maestra, en una posición preponderante, ¿quién sabe? Tal vez habría nuevamente un rex en Roma, César ya iba teniendo una edad... ¿podría ella llegar a ser la regente?. Muchos eran los sueños de Cleopatra, siempre regidos por su mentalidad oriental, y poniendo de relieve su escaso olfato político, reincidiendo al apostar por Marco Antonio, y precipitando, en definitiva, el fin de un Egipto independiente.

Es cierto que el populus creía que Cayo Julio estaba hechizado por la Macedónica (muy típico del romano medio desconfiar de la mentalidad oriental), pero ello se debió más que nada a las ganas que tenía César, -quien ya estaba a vueltas de todo-, de escandalizar, lo cual supuso un error de cálculo que, junto con su clemencia, acabaría por pasarle factura, pues su relación con Cleopatra suponía una peligrosa cercanía con la monarquía que sus detractores se ocuparon de reseñar.

Pero la verdad es que César seguía haciendo su vida normal y, salvo alguna que otra visita o festejo, para tenerla entretenida, seguía durmiendo con Calpurnia todas las noches (Plutarco es bien preciso a la hora de decir que acostumbraban a dormir juntos), y en ningún momento mostró deseo o intención de divorciarse de ella. ¿Es esa la conducta de un hombre locamente enamorado? Sólo tú, que tan amablemente estás leyendo estas líneas, tienes la respuesta.

A mí tan sólo me resta un cabo por atar en este entramado, y es, evidentemente, Caesarion, el supuesto hijo de César. Y digo supuesto porque, francamente, no creo que fuera suyo, y el mismo Cayo Julio tenía serias dudas acerca de su paternidad. Es innegable que, biológicamente, existe la posibilidad de que el vástago de Cleopatra fuera engendrado por mi Cayito, pues César la debió conocer por primera vez, en todos los sentidos –incluido el bíblico-, a finales del año 48 a.C., y Caesarion nació a mediados del año siguiente (esto es, el año 47 a.C., aunque ya sé que no haría falta que te lo recordara, instruido lector). Pero que exista una posibilidad no significa que exista una REALIDAD. ¿Se me quiere hacer creer que Cayo Julio César, que en 35 años no había tenido descendencia, pese a su intensa vida bajo sábanas, iba ahora a caer, con una mujer extranjera, a la que a penas conocía y que ni siquiera era su esposa? Además, Cleopatra distaba mucho de ser una virgen vestal, baste ver el modo en que se presentó ante el divino Julio, poniéndose “manos a la obra” esa misma noche (sé que César era irresistible, pero una jovencita inexperta e inocente tal vez se habría demorado algo más, no sé, hasta la mañana siguiente, cuando menos), vivía en una sociedad que ya hacía años que se regodeaba en todo tipo de placeres, ocupando los de Venus y Dionisos un lugar preponderante entre ellos; todo lo cual me hace dudar seriamente de que, durante los meses que mi Cayito estuvo con ella, Cleopatra se le reservara en exclusiva, máxime teniendo en cuenta que había una dura y peligrosa guerra de por medio, que también le robaba sus horas (César era divino, pero a mí no me consta que pudiera duplicarse o tuviera el don de la omnisciencia).

Pero para mí el dato más revelador, el claro indicativo de que Cayo Julio César no era el padre de Caesarion, por mucha identidad nominal que haya, reside en el hecho de que César jamás reconoció al niño como hijo suyo. El nombre de Caesarion se lo puso la propia Cleopatra, que había dado a luz “en ausencia del padre” (jua, jua, jua), contraviniendo además, con ello, las leyes civiles romanas, porque tan sólo un cives romanus podía tener un nomen romanus, y tan sólo el pater familias daba a sus heredes dicho nomen. El reconocimiento de Caesarion como sui filius presentaba muchos impedimentos legales, es cierto, pero no eran insalvables: en primer lugar César debería haber otorgado la ciudadanía romana tanto a la madre como al niño (la ciudadanía del nacido fuera del matrimonio tan sólo se adquiría de la madre que tuviera la condición de ciudadana romana en el momento del parto), lo cual no era en absoluto descabellado, toda vez que perfectamente se les podía reputar como extranjeros ilustres, amén de que Cayo Julio tenía la potestas y la auctoritas para hacerlo; después debería haberlo reconocido como propio o, si no quería restringir parte de sus derechos por ser ilegítimo -en tanto extramatrimonial-, podría haberlo adoptado e instituirlo como heredero suyo. Complejo, no lo niego, pero absolutamente encuadrado en la legalidad, y completamente factible para un padre amantísimo que, para más inri, no tenía otra descendencia.

Pero no, en lugar de eso, César prefirió no reconocer a su vástago, a carne de su carne, y nombrar como heredero y sucesor a Cayo Octaviano, su sobrino-nieto (o tal vez simplemente su sobrino, tengo mis dudas, porque en latín el sobrino y el nieto se designaban con idéntico término jurídico: nepos), debiendo recurrir para ello a unas artimañas jurídicas que se salían por completo de la práctica legal y usual. Pues has de saber, sufrido lector, que hasta aquel momento jamás se había contemplado la posibilidad de efectuar una adopción testamentaria y, por ende, post mortem, ya que la adopción requería un complicado ceremonial, y más en el caso que nos ocupa, en que se estaba adoptando un sui iuris, toda vez que la “adrogatio” (el término “adoptio” se reservaba para el caso de los alieni iuris) suponía una ceremonia en la que debían estar presentes ambas partes (lo cual implica que debían estar vivas, claro está) ante treinta lictores representantes de las treinta curias, y el adrogante (Cayo Julio, en este caso), debía ser mayor de sesenta años (tenía cincuenta y seis cuando murió) y no tener hijos propios (ésa sí la cumplía, ¡mira tú, una de cuatro!). Evidentemente Cayo Octavio no tuvo ningún inconveniente en considerarse adoptado, e intentó convalidar el acto mediante una especie de “adrogatio” póstuma, pero lo cierto es que ello era tan ajeno al Derecho Romano, que dicha invención juliana tan sólo se practicó a principios del Imperio, y más con la finalidad de designar un sucesor político que de nombrar un auténtico heredero.

En resumidas cuentas: César no reconoció a Caesarion porque no quiso, porque no creyó en ningún momento que fuera hijo suyo, y dada la plena confianza que siempre me ha merecido su criterio, ello supone para mí la prueba definitiva de que Caesarion no fue concebido por el divino Julio. Ahora bien, tú tienes la última palabra, sufrido lector.

2) FAMILIARES Y “ASEMEJADAS” 

Una vez cerrado el capítulo dedicado a las relaciones más íntimas de Julio César se hace preciso abordar el tema de las mujeres que, si bien no tuvieron el privilegio de probar sus artes amatorias, formaron parte de su vida y teniendo, además, un papel destacado en ella (¡quién lo iba a decir de César!, ¿eh?), aún a riesgo de cansar tu atención, paciente lector, que si has llegado hasta aquí ya has obtenido las monedas para que Caronte (esperemos que en un tiempo muy, muy lejano) te permita subir a su bote, y te lleve sin ningún reparo a los Campos Elíseos (donde podrás entrevistarte con César y comprobar hasta qué punto mi disertación estaba bien encaminada).

Seis eran las vírgenes vestales que constituyeron parte del entorno familiar de Cayo Julio una vez que este asumió el cargo de Pontifex Maximus. Dichas sacerdotisas debían prestar su servicio a la diosa Vesta durante treinta años mediante la realización de una serie de labores y rituales (el principal de ellos, la preservación del Fuego Sagrado, que jamás podía apagarse) que no eran excesivamente duros, y conservar su virginidad durante todo el tiempo que estuvieran dedicadas a Vesta (sin comentarios), plazo que, una vez transcurrido, les permitía reincorporarse a la vida civil, e, incluso, casarse, si así lo deseaban. Para reemplazar las bajas y mantener siempre el número sagrado de seis componentes, se realizaba un sistema de selección denominado captio, en virtud del cual el Pontifex Maximus seleccionaba, de un grupo de veinte, la candidata o candidatas idóneas, que debían cumplir una serie de requisitos, a saber, tener una edad comprendida entre los 6 y 10 años (perfecto modo de asegurarse su virginidad, pues las puellas romanas no eran tan precoces), estar exentas de cualquier imperfección física (básicamente para que los padres no intentaran colarle a la divina Vesta aquellas hijas que no había manera de “colocar” a hombre casadero alguno), y que sus progenitores estuvieran vivos.

Pero no era ésa la única relación que tenía el Pontifex Maximus con tan insignes dominas: las vestales, cierto es, se emancipaban de la potestad paterna en cuanto adquirían dicha condición, pero no eran plenamente sui iuris, pues gran parte de dicha potestas era asumida por el Pontifex, al que se ligaban con bodas simbólicas. Siendo esto así, resulta del todo lógico que la residencia de las vestales estuviera ciertamente próxima a la morada del que era su tutor y, aunque hoy día deviene una labor harto compleja conocer cuál era la configuración exacta de la Regia en tiempos de la República, parece que formaba todo un conjunto arquitectónico en el que ambos edificios estaban anexos, con una comunicación interna desde la residencia de las vestales a la Domus Publica.

Así que, estimado lector, te pido que hagas un pequeño esfuerzo (sí, otro más), e intentes imaginar cómo debía sentirse César al entrar en su hogar (a partir del año 63 a. C., se entiende) y encontrarse con su madre, su esposa, su hija (hasta que se casó con Pompeyo) y seis féminas más, entrando y saliendo, y mortalmente aburridas (pues sus ocupaciones no les robaban demasiado tiempo, y tampoco podían tener otras diversiones “galantes” con las que entretenerse)... desde luego, es innegable la maestría de Cayo Julio, pues no cualquiera hubiera logrado mantener el orden y la paz en una situación análoga.

Y otra conclusión que podemos extraer de su relación con las vestales es que el bello Julio tampoco era el sátiro que se nos ha querido hacer creer, toda vez que siempre supo guardar la forma y la compostura con todas ellas, dejando su mentula a buen resguardo bajo su túnica; aunque quizá la pena que llevaba aparejada la violación del deber de castidad (la sacerdotisa vulneradora debía ser enterrada viva en el Campus Sceleratus del Quirinal y su cómplice en el concubinato debía ser fustigado hasta morir en el Comicio), le sirvió de poderoso estimulante para mantener la mente y el cuerpo fríos.

Las componentes femeninas de la gens Julia, son el otro grupo de mujeres que, sin compartir el tálamo con él [4], resultaron decisivas en la vida de Cayo Julio César, como Julia, su tía paterna en tanto hija de Cayo Julio César y Marcia, de la gens de los Marcii Reges, descendientes del célebre rey romano Anco Marcio, y esposa del inigualable pater patriae Cayo Mario, quien con esta unión pasaba de ser un simple homo novus a relacionarse con una de las familias patricias de más alta alcurnia, consiguiendo con ello el meteórico despegue de su carrera política (que culminó con siete consulados).

En el desvelo de Cayo Mario por preservar la indemnidad del joven César, -muy superior al que podría tener por un pariente político sin más, máxime teniendo un hijo propio en la palestra política por el que preocuparse-, se intuye claramente la mano de Julia, quien sentía un profundo cariño por su extraordinario sobrino, derivado, sin duda alguna, de una relación estrecha, lo cual nos hace pensar que Cayo Julio, en su infancia, pasó muchas horas junto a sus tíos. Además, del actuar del viejo Mario también podemos colegir que sentía afecto por su esposa, hasta el punto de hacer también suyos sus afectos, en un caso más de convergencia de amor e intereses políticos.

Por ello resultaría ciertamente simplista considerar sin más que el elogio fúnebre de Julia que César pronunció en el año 70 a.C. (el primero, pues desgraciadamente habría de seguirle otro ese mismo año, como ya sabes, atento lector) obedecía a fines meramente propagandísticos y electoralistas. El no dejar pasar la oportunidad de darse a conocer al pueblo, de recordarle cuáles eran sus orígenes y la necesidad de no dejarse dominar por la casta conservadurista optimate, no significa que Cayo Julio no profesara un sincero y gran amor por su tía, a la que quiso honrar con su discurso (el hecho de que no fuera insólito realizar un elogio fúnebre de una matrona romana, no significa que fuera algo habitual, de uso diario), cuyo tono, amén de brillante, fue ciertamente emotivo, lo cual constituye una buena prueba de los sentimientos que albergaba el divino Julio en su interior.

Un lugar preponderante en el corazón de César lo ocupa Julia, a la que denominaremos Julia Minor o Julilla, para abreviar y diferenciarla de su tía-abuela, su hija, el retoño de su adorada Cornelia.

leg_muj_julia_minor_100.jpg (14473 bytes) Por Colleen McCullough

De proverbial belleza, era la “niña de los ojos” de César, quien la quería con locura (tal vez evocando en ella una parte del gran amor que había sentido por su fallecida madre).

Prácticamente criada por su abuela Aurelia, -pues su madre había fallecido cuando Julilla tan sólo contaba siete años de edad-, fue una joven muy discreta, dulce y cariñosa, que supo ganarse el corazón de quienes la conocían. Y en Julia Minor, una vez más, toma forma un matrimonio en principio concertado por fines políticos que desembocó en una gran pasión; efectivamente, son muchos los que, en un gesto de ceguera aguda, le han querido reprochar a Cayo Julio que entregara a su hija en matrimonio a Pompeyo, mirando tan sólo por sus intereses, obviando que Pompeyo era uno de los mejores partidos de Roma, ya que poseía una inmensa fortuna, ocupaba un papel de primera línea en la vida político-social de la Urbe, -donde se le tenía por todo un héroe y un genio militar-, y era uno de los hombres más atractivos y anhelados de la Ciudad Eterna (tal vez su belleza fuera más basta que la de mi Cayito, pero también causaba sensación).

Los matrimonios concertados eran la moneda de cambio habitual en la Roma Republicana, donde los contrayentes que se unían meramente por amor eran tan escasos como el ave fénix, principalmente porque era el pater familias quien tenía el poder de decisión de con quién se casaban sus vástagos. Con dicho enlace, César le proporcionaba a su hija lo mejor que podía obtener (no me negarás, querido lector, que Julilla resultó beneficiada con la ruptura de su anterior compromiso matrimonial con un miembro del nefasto clan de los Servilios Cepiones –ricos, pero carentes de cualquier otra cualidad- para contraer nupcias con el Magno), y lo cierto es que acertó, pues Cneo Pompeyo y su hija, a pesar de los 23 años de edad que les separaban, se enamoraron perdidamente el uno del otro, en una afortunada y estable unión conyugal. Felicidad matrimonial ampliamente acreditada con un desafortunado hecho acaecido en al año 54 a.C., a saber, la muerte de Julilla durante el parto de su primogénito (que también le sobrevivió escasos días), que, como relata Plutarco, dejó sumidos en un profundo dolor tanto al yerno como al suegro, quienes ni tan siquiera pudieron sobrellevar juntos tan trágico acontecimiento, al mediar entre ambos muchas millas romanas de distancia.

Efectivamente, César recibió tan trágica noticia mientras se hallaba de campaña en las Galias, aunando a su preocupación por un incierto futuro en la vida pública de Roma, la enorme congoja de perder a la luz de sus ojos, su hija, la heredera, junto con su yerno Pompeyo (indiscutiblemente en agradecimiento a la felicidad que proporcionaba a su hija, pues bien podría haber instituido heredero a algún miembro masculino de su propia gens), de todo por lo que había estado trabajando durante tantos años. Todos los acontecimientos posteriores, que tú, querido lector, tan bien conoces, tuvieron a Cayo Julio muy preocupado, dejando tal vez apartado en un rincón de su espíritu el dolor padecido, pero la herida seguía abierta, César jamás superó la pérdida de su hija, de ahí que al regresar a Roma en el año 46 a.C., tras celebrar los correspondientes y merecidos triunfos, organizara unos sonados combates de gladiadores (confiriéndoles el primitivo sentido que los etruscos les habían otorgado a dichos ludus) y naumaquias (recreación de batallas navales) en honor de su hija fallecida, a la que no había podido honrar con un elogio fúnebre.

Y ya por último, pero no por ello menos importante, está la figura de Aurelia, madre de César, hija de Lucio Aurelio Cota y Rutilia, cuya efigie siempre estuvo presente, si bien en la sombra, en los actos de Cayo Julio. Criada en el seno de una familia con gran “pedigree” político, los Aurelios Cota, se destacó por su sabiduría y aguda visión política, así como por su discreción, dignas de una gran matrona romana.

leg_muj_aurelia_100.jpg (13123 bytes) Por Colleen McCullough

Si las referencias hacia otras mujeres involucradas en la vida de César son escuetas, en el caso de Aurelia llegan a su mínima expresión, lo cual demuestra hasta qué punto esta dignísima dama quiso pasar por la vida sin figurar, cediendo todo el protagonismo a su hijo (tan es así, que, por no conocer, ni tan siquiera sabemos cuándo murió[5]); con todo, de las breves referencias sobre su persona, podemos perfectamente hacernos una idea de cómo fue esta extraordinaria mujer que puso al inigualable Cayo Julio sobre la faz de la tierra.

Aurelia entró a formar parte de la gens Julia de pleno derecho, al contraer matrimonio con otro patricio, pues el matrimonio se contraía mediante el ceremonial de la confaerratio, lo cual significaba que la esposa pasaba a estar sujeta a la potestas del marido (si éste era sui iuris, sino se sometía a la potestas del pater familias del marido), y, por medio de una ficción jurídica, pasaba a tener una relación de parentesco con éste, como si fuera la hija de su propio esposo, y la hermana agnada de sus hijos. Ya de este matrimonio con Cayo Julio César pater podemos extraer una importante lectura, en primer lugar, que debió tratarse de uno de los escasos supuestos en que los contrayentes se unieron por amor, y que Aurelia poseía una valor, una determinación y una seguridad en sí misma ciertamente notables; hay que tener en cuenta que la mater de mi Cayito pertenecía a una acomodada familia patricia que tenía un papel muy activo en la vida política de Roma (de hecho, Lucio Aurelio Cota desempeñó el cargo de cónsul el año en que murió, esto es, el 118 a.C., y para ello, como ya sabes, distinguido lector, hacía falta tener un peculium -sestercios contantes y sonantes, vaya- considerable y unas buenas relaciones políticas), y sin embargo consintió en irse a vivir a una insula (que, por muy confortable que fuera jamás podría tener parangón con una lujosa domus patricia), y nada menos que en el Subura, -barrio que no estaba habitado por el “todo Roma”, precisamente, y que podía llegar a ser francamente peligroso, especialmente de noche-, para vivir con un hombre de una familia ilustre pero que parecía en decadencia, y dejando todo su patrimonio en sus manos [6]. Forzosamente debía haber amor en dicha unión, que tan sólo se rompió por la tenebrosa mano de la muerte.

Y tras este trágico suceso nos volvemos a encontrar con una Aurelia luchadora y fuerte que, aún habiendo enviudado, logró sacar adelante a su familia ella sola (jamás volvió a casarse), velando principalmente por el futuro de su hijo, con los extraordinarios resultados por todos conocidos. El valor de esta incomparable mujer saldrá a relucir en otras ocasiones, como cuando intercedió por su hijo ante el tiránico (en el sentido peyorativo del término) Sila, en la cima del poder y del terror, pues ya había empezado con su sistema de proscripciones y ejecuciones, actuando tan inteligentemente que consiguió salvar la vida de César.

La inteligencia y la sensatez fueron otras de las muchas cualidades de Aurelia, la cual se revistió de una áurea de auctoritas que sus contemporáneos le reconocían. Baste ver el episodio del escándalo de la Bona Dea, por ejemplo, y su rauda actuación tras ser sorprendido Clodio, asumiendo el mando pese a que había otras muchas ilustres matronas romanas con ella. Auctoritas que le reconocía su propio hijo, quien siempre la tuvo muy presente en su corazón, y tenía muy en cuenta sus consejos y opiniones. Una vez más es en Plutarco donde encontramos un pasaje que nos permite averiguar hasta qué punto la relación entre madre e hijo era intensa, y cómo Aurelia participaba de los planes políticos de Cayo Julio, cuando éste partió hacia los Comicios la mañana en la que debía elegirse el Pontifex Maximus. César se había jugado el todo por el todo, había apostado muy fuerte y se había endeudado hasta las cejas y más allá para lograr dicho cargo, al que se presentaban algunos de los “pesos pesados” de la Urbe como Metelo Isáurico o Catulo, de ahí que Aurelia, angustiada y con lágrimas en los ojos, saliera a despedirse de su hijo; éste la abrazó, y le dijo “madre, hoy verás a tu hijo Pontifex Maximus o desterrado” (a causa de las deudas, se entiende). Las muestras de afecto eran algo que los romanos de la época Republicana se reservaban para su vida privada, eran muy comedidos en público, y sin embargo, en un momento tan tenso, ni Cayo Julio ni su madre tuvieron reparo alguno en abrazarse, buena prueba del amor que se profesaban, y la preocupación que tenían el uno por el otro.

Pero donde más y mejor podemos conocer a Aurelia es en la personalidad de su propio retoño, pues no hay duda que la educación y el ejemplo que recibimos de nuestros progenitores marca a fuego bajo la piel nuestra forma de ser. Y Aurelia enseñó a César a mostrarse siempre clemente y magnánimo, a ser generoso, a ser dulce en el trato y fiel a sus amigos, a ser tolerante, a estar orgulloso de su gens y a luchar por sus metas. Definitivamente, Aurelia debió ser una gran mujer.

 

-EPÍLOGO-

¡Alégrate, héroe troyano, pues tu periplo ha alcanzado su fin!. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, te doy mi más profundo agradecimiento por tu paciencia y constancia, y te pido disculpas si en “algunos” (¡vaya eufemismo!) apartados me he extendido en exceso, pero se trata de un tema que me apasiona, y quería compartirlo contigo.

Llegados a este punto, tan sólo me resta hacer una breve (esta vez lo prometo) recapitulación de la relación de Cayo Julio César con las mujeres, relación teñida de muchas facetas positivas, aunque también alguna negativa.

Por un lado, tenemos a un Cayo Julio cariñoso, dulce y seductor, que sabía perfectamente cómo ganarse su afecto, es decir, que era un hombre altamente perspicaz que conocía a la perfección cuál era la psicología femenina, y que mantenía respecto al bello sexo una actitud de respeto, que no muchos de sus contemporáneos igualaban. Apreciaba la inteligencia de las féminas, y hubo algunas mujeres que le merecían tal respeto (como su madre, o Calpurnia, por ejemplo) que no tenía ningún reparo en escuchar sus consejos, algo infrecuente, por no decir extraordinario, en la época que nos ocupa.

Por otro lado, tenemos a un César de desarrollada sexualidad, al que le costaba mantenerse fiel a una sola mujer (corporalmente, pues tan sólo en una ocasión entregó su corazón, y fue a su esposa Cornelia), que sabía mantener la cabeza fría e, incluso, servirse de ellas, del mismo modo que era perfectamente consciente de que muchas féminas se intentaban aprovechar de él.

En resumidas cuentas, fue un hombre de gran magnetismo, del que debía resultar duro estar enamorada de él, a la par que maravilloso, en una sensación agridulce irresistible. De todas formas, como la noche sigue al día, como el río desemboca en el mar, debía resultar inevitable enamorarse de Cayo Julio César, y las afortunadas que en algún momento vieron cómo posaba su atención en ellas, debieron sentirse tan reconfortadas como por el Sol que calienta nuestras vidas.

Yo, al menos, así me habría sentido.

 

Notas:

[1] Hay algunas otras teorías, como la de Plutarco, que afirman que no fue Mario quien nombró a César flamen dialis, sino que éste se presentó a las elecciones y Sila impidió que resultara elegido, o bien no llegó a ostentar tal cargo por estar casado con una plebeya (Cossutia). A mi entender dicha teoría no se sostiene por varios motivos, el primero porque los flamines no se elegían por votación como el Pontifex Maximus, sino que eran designados por cooptación. El segundo porque dichas pretensiones por parte de César casarían muy mal con cualquier tipo de aspiración política, pues dicho cargo religioso, de carácter vitalicio, vedaba, por toda una serie de restricciones que comportaba, cualquier tipo de progreso en la vida política y, mucho menos, en la militar, mientras que de César siempre se ha comentado su ambición en dicho terreno, parece mucho más razonable pensar en un César que acepta el cargo, forzado por las circunstancias. En tercer lugar, si la mano de Mario no hubiera estado presente, si Mario no hubiera velado por su sobrino, ¿qué razones tendría Sila para dirigirse contra un joven César, recién salido de la pubertad, impidiendo dicho nombramiento?. Por lo que respecta a la teoría de que Cayo Julio no resultó elegido por estar casado con una plebeya (¡y del ordo equester, nada menos!), no me parece en modo alguno sostenible, dado el profundo conocimiento de la legislación romana que siempre demostró tener Cayo Julio: de haber sido ello cierto, simplemente no se habría presentado, o se habría divorciado de Cossutia antes de presentarse. De todas formas, es un alivio ver que incluso Plutarco, mucho más cercano, -temporalmente hablando-, a César que yo, tuvo serios problemas para desentrañar los primeros años de vida de mi Cayito. (NOTA DE CAESARIS)

[2] No negaré que Plutarco en la “Vida de Bruto” cambia completamente dicho relato para recoger esta anécdota, si bien creo que lo hizo para dotar de mayor dramatismo a la narración (al igual que decir que la puñalada de Marco Junio le fue propinada en la ingle: completamente teatral). Suetonio, por su parte, tras narrar cómo había acaecido el inmundo crimen, sí recogió que “algunos” decían que César había pronunciado tales palabras, al ver cómo Bruto le apuñalaba, si bien ese “algunos” es francamente revelador de cuál era la auténtica opinión de Suetonio al respecto, pues supone un distanciamiento frente a tal creencia popular, hasta el punto de no querer acoger como propia dicha tesis. (NOTA DE CAESARIS)

[3] Otras versiones dicen que se ocultó enrollada dentro de una alfombra, lo cual, si bien queda mucho más fascinante, seductor y “peliculero” (es mucho más atractivo ser desenrollada grácilmente que “salir del saco”, para qué engañarnos), no creo que se ajustara a la realidad, no sólo por el mayor peligro de asfixia, sino porque era más fácil que pies y cabeza quedaran a la vista (bastaba con mirar el interior de uno u otro extremo de la alfombra enrollada para ver una cabeza o unos pies), mientras que un saco anudado vedaba la visión de su contenido. Además, el hecho de ocultarse en una alfombra plantea otros problemas físicos, pues o bien la estatura de Cleopatra hubiera sido tan diminuta que César difícilmente la habría visto, o bien Apolodoro –único sirviente que portaba el bulto, no lo olvidemos- era más fuerte que “El Increíble Hulk”, porque una alfombra de las dimensiones suficientes como para envolver a una persona, aunque sea bajita, ya sería de por sí sola bastante pesada, según los materiales de confección de la época, a lo que habría que añadir el peso de la propia Cleopatra. (NOTA DE CAESARIS)

[4] Habrá que esperar varias generaciones para que algunos componentes de la dinastía Caludia-Julia –artificialmente prolongada, todo sea dicho- cometan aberraciones tales como el concubinato con hermanas de sangre (Calígula, por ejemplo) o con vestales (Nerón, para ser más precisos). Obviando, claro está, otras muchas aberraciones que también cometieron. (NOTA DE CAESARIS)

[5] Personalmente creo que Aurelia sobrevivió a su hijo (¡pobre mujer, ver cómo mueren tu hijo y tu nieta es contra natura!), pues no consta en ninguna fuente que César pronunciara un elogio fúnebre en memoria de su madre, o que, como en el caso de Julia Minor, celebrase algún acto conmemorativo, cosa que sin duda alguna habría hecho, dado lo unidos que estaban y el amor que profesaba por su madre, siendo además, un rasgo de carácter de César la fidelidad que siempre profesó hacia aquellos a quienes estimaba. (NOTA DE CAESARIS)

[6] El matrimonio “cum manu” (así se llamaba el que se contraía mediante la confaerratio) comportaba, como una consecuencia más, que el patrimonio de las esposa pasaba a manos del marido, cosa del todo lógica si tenemos en cuenta que ella ya estaba bajo su potestas. (NOTA DE CAESARIS)

Copyrigth by Caesaris Puella 2002

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