..LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

 

DIVUS IULIUS

La estela de un nuevo "dios"

 

Los conjurados salieron de la curia gritando "¡Libertad!".

Libertad para poder seguir robando y manejando los asuntos públicos como su finca, evidentemente.

El pueblo al verles cubiertos de sangre y blandiendo los puñales se aterrorizó y huyó. El recuerdo de las sangrientas guerras civiles que habían asolado Roma, el recuerdo de Mario y Sila, hizo que los romanos corrieran a encerrarse en sus casas a esperar las inevitables matanzas que inmediatamente seguirían a la muerte de César. Pero no hubo tales matanzas. El regimen de César no era un regimen de terror y, evidentemente, no había previsto mecanismos de represalia. En las horas que siguieron a la muerte de César, mientras su cadaver aún seguía en la curia, a los pies de la estatua de Pompeyo, toda Roma aguardó en silencio la reacción que, sin duda, ocurriría, pero que no podían ni imaginarse. La curia había quedado desierta y nadie se atrevía a entrar. Cuando supo la noticia el padre de Calpurnia, suegro de César, envió a un grupo de esclavos para que recogieran el cadáver de César y lo llevaran a casa. Su mano izquierda aún aferraba firmamente el pergamino que le entregara el adivino. César presentaba veintitrés heridas de puñal. De ellas tan solo una era mortal de necesidad.

Toda la noche la pasó Roma en vela, esperando acontecimientos. Los conjurados, al ver que no conseguían el respaldo del pueblo, se encerraron también en sus casas y durante toda la noche recorrieron las calles desiertas decenas de mensajeros que iban de una casa a otra llevando noticias, mensajes y planes. Bruto envió un mensaje a Marco Antonio haciéndole saber que gracias a él estaba vivo, ya que los demás habían planeado matarle junto a César y él lo había impedido, lo que impresionó a Marco Antonio. Bruto le pedía hacer borrón y cuenta nueva, que la muerte de César fuera la última y que a partir de entonces todo siguiera como antes. Evidentemente era un intento patético de ganar tiempo, ya que los conjurados, que esperaban ser aclamados como libertadores se encontraban encerrados en sus casas temblando de miedo. Pero Antonio también necesitaba tiempo para actuar y accedió a la propuesta de Bruto. Muerto César, el poder legalmente estaba en manos del Senado, ahora dirigido por los conjurados. Por lo que Antonio incluso le pidió a Bruto permiso para celebrar el funeral de César en público, a lo que se negaron los demás conjurados pero Bruto volvió a imponer su criterio y aceptó. Y después de esto Antonio se presentó en casa de César para pedirle al padre de Calpurnia que le entregara el testamento de César, a lo que éste se negó por temor a que Antonio lo manipulara. Así que el día siguiente, con todo el Foro de Roma atestado de miles de romanos se colocó el cadáver de César sobre una tarima dispuesta en el lado oeste del Foro. Justo en el mismo lugar donde hoy se halla el altar del templo de Divus Iulius. Roma entera aguardaba. Entonces el suegro de César entregó a Marco Antonio el testamento y éste subió al estrado y comenzó su discurso enumerando las victorias de César que tan grande habían hecho a Roma, lo que hizo que el pueblo se soliviantara. Luego pasó a enumerar todo lo que César había hecho por Roma, las leyes Julias, las obras públicas, etc. y el pueblo comenzó a agitarse pidiendo justicia, pero cuando Antonio leyó su testamento en el que se dejaba una parte de sus bienes a cada ciudadano y sus jardines del campo de Marte para disfrute público, la gente no pudo reprimirse ya más y de pedir justicia pasó a clamar venganza. Una marea humana se abalanzó sobre el estrado donde se hallaba el cuerpo de César clamando venganza y la muerte de los asesinos. Entonces comenzaron a discutir dónde debía ser quemado el cadáver y algunos gritaron que en la misma curia donde había sido asesinado, para que ardiera con él. En ese momento, dos antiguos legionarios de César llegaron ante el estrado con antorchas y lo prendieron fuego.

Una ola de frenesí colectivo recorrió a la multitud que inmediatamente se abalanzó sobre todo lo que había de madera en el Foro, que fue hecho añicos y arrojado a sus pies, las tribunas de los oradores, los puestos del mercado, todo lo que pudiera arder y hacer más grande aquella pira improvisada fue roto y apilado. Las mujeres echaron al fuego sus joyas y las bulas de oro de sus hijos, los músicos sus costosos trajes e instrumentos, los veteranos sus condecoraciones. El cuerpo de César ardía en una gigantesca pira alimentada con lo mejor de Roma, con los más preciados objetos que cada ciudadano poseía y que arrojaba a ese fuego que llevaba a César al cielo. En plena noche, una estrella fugaz cruzó el cielo y los supersticiosos romanos gritaron que era el alma de César que ascendía a los cielos y comenzaron a exclamar que César había sido admitido entre los dioses, lo que llevó a la multitud al paroxismo. Durante toda la noche ardió la inmensa pira cuyos últimos rescoldos se apagaron bien entrada la mañana del 17 de marzo. Entonces los romanos pasaron a recoger las cenizas del nuevo dios que guardarían durante generaciones como un tesoro. Pero otros no aguardaron tanto... A medianoche miles de romanos abandonaron el Foro y se dirigieron a las casas de los conjurados espada en mano. Los asesinos ya habían huido y los sedientos de venganza tuvieron que conformarse con crucificar a sus esclavos y quemar sus casas. La sed de venganza se acrecentaba hora a hora y centenares de personas fueron linchadas por las calles de Roma, nuevamente ensagrentadas. Incluso un amigo de César al que alguien confundió con uno de los asesinos fue muerto en plena calle y arrojado después al Tíber.

Ahora la Roma de César era de Antonio, pero a César sólo podía sustituirle alguien grande, y Marco Antonio no era grande. El vacío de poder que la inconmensurable figura de César había dejado había generado un agujero tan tremendamente grande que parecía que Roma entera acabara escurriéndose por él. Pero muy pocos habían prestado atención a la parte del testamento donde César declaraba heredero de la mayor parte de sus bienes a su sobrino-nieto Octavio, un joven de 18 años al que casi nadie en Roma conocía y que estaba en Grecia esperando la llegada de su tío-abuelo. En cuanto Octavio recibió la noticia de la muerte de César, el flamante heredero embarcó hacia Roma dispuesto a recoger su herencia, una herencia consistente en las posesiones materiales de su tío-abuelo pero que él consideraba que llegaba mucho más allá de lo meramente material. Si César había gobernado Roma, Octavio sentía que Roma era parte de esa herencia. La Roma a la que llegó estaba sumida en el caos, pero él supo demostrar a todo el mundo por qué César le había nombrado su heredero. Supo ganarse el apoyo de los veteranos de César y aunque Antonio se le opuso, Octavio le derrotó gracias a los cónsules Hircio y Pansa, veteranos legados de confianza de César en la Guerra de las Galias, que murieron en la cruenta batalla pero le dieron la victoria al heredero de su jefe. La necesidad de acabar con los asesinos de César impuso un pacto entre Antonio y Octavio con Lépido de comparsa. Los conjurados, gracias al oro de Tolosa robado por el canalla Cepión y heredado por Bruto, consiguieron reclutar un ejército que fue deshecho por Antonio y Octavio en la batalla de Filipos. Los asesinos, cobardes hasta el final, se suicidaron. Marco Antonio ordenó preservar el cuerpo de Bruto, pero Octavio no lo permitió, los centuriones veteranos de César despedazaron su cuerpo y echaron los trozos a los perros. Uno de ellos llevó la cabeza a Roma y la arrojó a los pies de la estatua de César.

Con el mundo dividido entre Octavio y Marco Antonio sólo podía quedar el mejor, y el mejor era Octavio que forzó a Marco Antonio a una guerra que no podía ganar. Derrotado en la batalla naval de Accio, Marco Antonio se suicidó en Alejandría y con él se suicidó su amante Cleopatra que antes lo había sido de César y con el que había tenido un hijo: Cesarión. Muertos ambos, Octavio ordenó asesinar a Cesarión, para evitar que algún día el chaval le creara problemas y dueño absoluto de Roma se dispuso a gobernarla siguiendo, en parte, el proyecto de César. Octavio, a quien la Historia recuerda por el título que le concedió el Senado: Augusto, fue el paradigma del buen gobernante, justo, equilibrado, eficaz, metódico, trató de devolver el equilibrio a Roma fundando el Principado, un sistema político ideado por César en el que el emperador era el primus inter pares, el primero entre iguales. Pero ésa ya es otra historia...

 

César no sólo fue grande en vida. También fue grande tras morir. Y precisamente allí donde Alejandro había fracasado él triunfó, ya que aún muerto tuvo la fuerza suficiente para conseguir ver cumplida su obra. Los sucesores de Alejandro se dedicaron a guerrear entre sí fraccionando su imperio y destruyendo su ideal. Los sucesores de César se dedicaron a consolidarlo y a engrandecerlo. La estela de César siguió marcando el rumbo a seguir por Roma siglos después de su muerte.

La estela de César dirigió a Roma hasta su caída a manos de los bárbaros que habían huido ante él. César ideó un Imperio Universal regido por leyes iguales para todos y sus sucesores cumplieron su obra. Hubo emperadores buenos y malos porque así es la Naturaleza humana, pero la Roma soñada por César convirtió a pueblos antagónicos en hermanos. Su obra política es la base de la fusión en una misma entidad política de pueblos distintos. De la conquista manu militari de la Antigüedad hemos evolucionado a la fusión pacífica, a la integración de distintas culturas en un mismo marco político, cultural y económico donde todos debemos ser respetados. Hoy en día, la unión universal inspirada por César es el camino que actualmente estamos siguiendo en Europa y que, más tarde o más temprano, todos los pueblos de la Tierra deberán seguir.

La estela de César aún es visible.

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