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LA I GUERRA PÚNICA (264-241 a.C.)

 

Cuando comenzó la I guerra Púnica, Cartago era una superpotencia comercial, política y militar. Dominaba el norte de África, Córcega, Cerdeña y Sicilia y tenía factorías por todo el sur de España cuyo comercio monopolizaba. Era, sobre todo, un imperio comercial.

Roma era una ciudad italiana que acababa de hacerse con el control de la península Itálica. La ciudad de Rómulo era hasta entonces una desconocida en la Historia cuya única referencia internacional era la expedición que Pirro, El rey del Épiro, montó en Italia. Una aventura militar que acabó con el rey venciendo en todas las batallas pero perdiendo la guerra. Algo que se repetiría años después con Aníbal. Roma era una ciudad "subdesarrollada" cuyo mayor logro arquitectónico era la Cloaca Máxima, la alcantarilla que cruzaba el Foro. Sus edificios mayores eran los templos de estilo etrusco con podio de piedra, paredes de ladrillo y columnas de madera. No tenía un arte propio, sino una mala copia del arte etrusco, no tenía literatura, ni filosofía ni había historiadores ni poetas que cantaran sus gestas. Comparar a la Roma del siglo III a.C. con una ciudad como Cartago era como comparar la capital de Marruecos con Nueva York. Pero los romanos tenían dos cosas que ninguna otra nación tenía: una fuerza de voluntad como jamás nación alguna ha tenido en toda la Historia y un ejército que desde entonces y durante los siguientes quinientos años iba a dominar por completo el arte de la guerra.

El ciudadano romano era campesino, iletrado y profundamente inculto, dedicado a la vida rural de su pequeño terruño y ajeno a la filosofía, la literatura, el teatro y las artes plásticas que inundaban el "mundo civilizado" del Mediterráneo oriental y que llegaba hasta Cartago, pero ya ni más al oeste ni más al norte. Sin embargo, este campesino austero, duro y encerrado en sí mismo podía en cuestión de minutos convertirse en una perfecta máquina de matar, equipado y adiestrado para el combate como ningún otro hombre lo estaba en el mundo en aquellos momentos, acostumbrado a defender a su ciudad, su patria, donde fuera y como fuera. Frente al refinamiento táctico del mundo helénico, Roma opondría la tenacidad de sus masas guerreras completamente fanatizadas y dispuestas a cualquier sacrificio por alcanzar su fin.

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La inestabilidad siciliana provocó una guerra cuyas consecuencias fueron el enfrentamiento entre Roma y Cartago. Los Mamertinos, un grupo de mercenarios italianos que componían la guardia de élite del tirano Agatocles de Mesina se sublevaron contra Siracusa cuando su jefe murió. Su intención era convertir Mesina en un reino independiente, pero fueron derrotados y tuvieron que refugiarse en Mesina de nuevo, y puesto que eran italianos, pidieron ayuda a Roma. Roma vio la oportunidad de hacerse con un pedazo del muy apetecible pastel siciliano y aceptó encantada. Evidentemente Hierón, rey de Sicilia, se asustó ante aquel formidable peligro y pidió ayuda a Cartago. Los cartagineses veían con preocupación la intervención de Roma y acudieron a la llamada de Hierón. En una operación sorpresa, el cónsul Apio Claudio consiguió burlar a la poderosa flota cartaginesa y desembarcó sus tropas tras las líneas púnicas rompiendo el sitio de Mesina y derrotando a los siracusanos de Hierón para atacar a los cartagineses en su base del cabo Peloro. La impresión que las legiones romanas provocaron a los púnicos fue tal que se encerraron en su campamento desestimando cualquier enfrentamiento abierto con aquel ejército que causaba verdadero pavor. Apio Claudio, creyendo poder concluir la guerra inmediatamente se dirigió a Siracusa, pero se confió y a punto estuvo de ser derrotado. La guerra no iba a durar un año... sino veinticuatro.

En 263 a.C. Los nuevos cónsules dejaron a un lado las aventuras y pusieron en marcha la estrategia que tantos triunfos diera a Roma por siglos: la conquista sistemática, región a región, ciudad a ciudad, metro a metro. Cuando Hierón vio que los romanos habían llegado para quedarse y que sus ciudades caían una tras otra en las garras de la Loba romana no dudó en cambiar de bando y pasarse al campo romano. Los cartaginés se fortificaron en la ciudad de Agrigento, pero las legiones tomaron la ciudad destruyéndola. Con su ejército desmoralizado, Cartago se dio cuenta de la imposibilidad de vencer a las soberbias legiones romanas en tierra y decidió llevar la guerra al mar, allí donde era la potencia hegemónica total. La poderosa flota cartaginesa asoló las costas sicilianas y efectuó incursiones contra la italianas, ante esto Roma tomó una decisión trascendental: construir su propia flota de guerra.

Tuvieron suerte. Una nave cartaginesa había encallado en sus costas y fue capturada antes de que los marinos púnicos tuvieran tiempo de quemarla. Con ello, el secreto de la construcción de las formidables naves quedó al descubierto. Las naves púnicas estaban construidas por módulos ensamblados y los romanos se pusieron a la obra. Con una fuerza de iniciativa que aún hoy sorprende Roma empeñó todos sus recursos en la construcción de esta flota, copiada pieza a pieza de la nave capturada. Carpinteros, herreros, curtidores, artesanos... todo aquel que pudiera aportar su trabajo fue movilizado en una pavorosa demostración de la fuerza de voluntad de una ciudad llamada a someter a todas las demás. Hoy es escalofriante pensar en las gigantescas dificultades que Roma tuvo que vencer para construir aquella flota con la que pretendían ¡nada más y nada menos! que arrebatarle el poder naval a la más grande potencia marítima del mundo. Pero las dificultades fueron salvadas y a los numerosos astilleros improvisados situados en las costas y formidablemente protegidos por las legiones fueron llegando miles y miles de carros transportando las piezas para su ensamblaje final. En dos meses, los improvisados astilleros romanos botaron ¡120 naves!

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Peter Connolly (Ed. Greenhill books).

Con aquella flota los romanos, un pueblo sin experiencia naval de ninguna clase, salieron a enfrentar a la poderosa marina púnica. La falta de experiencia provocó desastres que fueron paliados con más naves. Roma lamía sus heridas mientras construía nuevos buques y aprendía de sus errores. La mayoría de aquellas primeras naves fue hundida por los cartagineses, cuya superioridad táctica en el mar era apabullante, pero los romanos, el pueblo más tenaz de toda la Historia, decidieron convertir las batallas navales en combates terrestres para poder hacer entrar en el combate a su soberbia infantería. Para ello idearon un puente que se dejaba caer sobre la nave enemiga. El puente tenía en su parte inferior un garfio de hierro (corvus) que se clavaba en la nave púnica impidiendo a ésta separarse, los legionarios abordaban la nave cartaginesa a través del puente imponiendo su superioridad táctica frente a la infantería cartaginesa que protegía las naves. Con esta nueva táctica, el 260 a.C. el cónsul Cayo Duilio conseguía la primera victoria naval de la historia de Roma frente a las costas de Mileto.

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Peter Connolly (Ed. Greenhill books).

Envalentonados por la increíble victoria, los cónsules romanos L. Manlio y Atilio Régulo desembarcaron frente a la mismísima Cartago que, aterrorizada, contempló como Roma asolaba sus tierras destruyendo campos y ciudades. Cartago pidió la paz, pero las condiciones de Régulo fueron tales que decidieron continuar la guerra. Así, Cartago contrató a un general espartano, Jantipo. Jantipo, un hombre de hierro, movilizó un ejército adiestrándolo a la manera espartana y consiguió una gran victoria frente a Régulo empleando la carga de los elefantes que desbarató las rígidas líneas romanas. Régulo fue hecho prisionero y los supervivientes de la derrota se refugiaron en la costa. La flota romana acudió a rescatarlos, pero una tempestad hundió a la mayor parte de las naves romanas. Mientras tanto, Jantipo había tenido que huir de Cartago porque el senado púnico decidió que salía más barato asesinarle que pagarle por su victoria. Ambas partes estaban agotadas, pero Roma sacó fuerzas de su flaqueza y ¡una vez más! reconstruyó su flota preparándose para continuar la guerra.

Cartago no supo, no pudo o no quiso aprovechar la victoria y prefirió pedir la paz cuando hubiera podido ganar la guerra.  Para ello envió al cónsul Régulo, prisionero de guerra, a Roma. Antes le hicieron jurar que si no lograba la paz él volvería a Cartago para ser ejecutado. Régulo llegó a Roma y expuso ante el Senado la petición púnica. Cuando los senadores le pidieron su consejo pronunció un encendido discurso en el que pidió continuar la guerra hasta la aniquilación completa de Cartago, tras lo cual regresó a Cartago a pesar de los ruegos para que rompiera su promesa, pero él era un cónsul y un cónsul romano nunca podía faltar a la palabra dada. Los cartagineses, encolerizados, le torturaron atrozmente hasta que murió. La guerra prosiguió mal para Roma cuyas pérdidas fueron en aumento. Amílcar, general púnico apodado Barca (rayo) era el dueño de Sicilia a base de su portentosa inteligencia estratégica e inflingía a los romanos derrota tras derrota. Una nueva flota romana fue aniquilada y tan sólo el patriotismo de los ciudadanos romanos que entregaron sus riquezas para financiar una nueva les salvó del desastre. Esta nueva flota, junto con las últimas esperanzas romanas, fue confiada al cónsul C. Lutacio Catulo que en la primavera de 241 a.C. destrozó en las islas Egadas a la flota cartaginesa que llevaba refuerzos al ejército púnico de Sicilia que estaba bajo el mando del gran general Amílcar Barca. Amílcar había conseguido derrotar a los romanos retomando la iniciativa en Sicilia, pero ahora todo estaba ya perdido y Cartago que había estado a punto de ganar la guerra, pidió de nuevo la paz, esta vez ya definitivamente derrotada. Catulo y Amílcar firmaron el tratado de paz por el que Cartago perdía Sicilia y debía abonar a Roma una suma de 200 talentos (cada talento equivale a unos 30 kilos de plata) en 20 años.

La verdadera causa de la derrota púnica fue el comportamiento criminal de su casta dirigente, formada por comerciantes que sólo entendían de beneficios. Plantearon la guerra como un conflicto comercial sin entender que aquella era una guerra de aniquilación. No quisieron enviar refuerzos a Amílcar "porque era caro alistar un ejército y enviarlo a Sicilia". Pero casi todos se enrriquecieron comerciando a escondidas con las ciudades italianas. A los dirigentes púnicos no les importaba Cartago, lo único que les importaba era su bolsillo.

Frente al ejército romano, constituido por un bloque nacional, el ejército cartaginés estaba compuesto de tropas mercenarias de todos los rincones del mundo. Se da el caso de que los oficiales cartagineses necesitaban intérpretes para poder darles las órdenes. Y estos hombres, repatriados de Sicilia y acampados frente a Cartago mientras esperaban que se les pagara por sus servicios fueron engañados varias veces por los dirigentes púnicos que no querían rascarse el bolsillo. Los mercenarios, viendo a sus patronos derrotados y débiles, se sublevaron y estuvieron a punto de conquistar la ciudad. Pero Amílcar alistó otro ejército y tras tres años de durísima lucha consiguió derrotar y exterminar a los amotinados. Entretanto, Roma había aprovechado la guerra civil para, con absoluto desprecio del tratado de paz, apoderarse de Córcega y Cerdeña.

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