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LA II GUERRA PÚNICA (218-201 a.C.)

 

De golpe, Cartago había perdido su gran imperio, pero Amílcar no se amilanó. Sólo quedaba ya un territorio que conquistar para explotar económicamente y poder pagar la indemnización de guerra a Roma: Hispania. En 237 a.C. desembarcó en Gadir (Cádiz), ciudad fenicia que le sirvió de trampolín para la conquista de aquella vasta península desconocida poblada por un conglomerado de pueblos celtas e iberos. La resistencia indígena fue liderada por Istolacio e Indortes, caudillos iberos que fueron derrotados, lo que permitió a Amílcar hacerse con el control de Andalucía y sus minas de plata con la que rápidamente comenzó a acuñar moneda. Su avance continuó hacia el Levante donde fundó Akra Leuke (Alicante). En el invierno de 229 a 228 a.C. Amílcar murió durante el sitio de Helike (Elche) sucediéndole en el mando su yerno Asdrúbal quien con una política de alianzas con los hispanos consiguió establecer el poder cartaginés y crear un nuevo imperio comercial que envió un torrente de riquezas a Cartago. Fue Asdrúbal quien fundó la nueva capital de aquel imperio: la nueva Qart Hadast (Cartagena). Roma, siempre vigilante, obligó a Asdrúbal firmar el famoso tratado del Ebro, un tratado por el que el cartaginés se comprometía a no cruzar el río Ebro. En 221 a.C. Asdrúbal fue asesinado y el ejército eligió como nuevo líder al joven hijo de Amílcar que tenía sólo 26 años: Aníbal Barca.

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Aníbal se reveló pronto como el digno hijo de su padre. Era igual de arrojado, tenía una visión de su entorno como nadie en aquella época y además era un genio militar. Abandonando la política de alianzas llegó hasta Helmantike (Salamanca) dispuesto a someter a toda Hispania a su poder. Sin embargo, un hecho habría de interponerse en su camino provocando la reanudación de la guerra con Roma.

Sagunto era entonces una ciudad ibera de la costa levantina. Estaba en la zona de dominio cartaginés que el tratado del Ebro otorgaba a Cartago, pero la ciudad estaba dividida en dos facciones: la pro-romana y la pro-cartaginesa. Los pro-romanos se hicieron con el poder y asesinaron a los cartagineses. Aníbal puso sitio a Sagunto y la ciudad pidió ayuda a Roma que exigió a Aníbal su retirada. Tras ocho meses de sitio Aníbal tomó Sagunto y cruzó el Ebro en junio de 218 a.C.

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Amílcar había hecho jurar a Aníbal aún niño odio eterno a Roma, y en verdad tenía sus motivos. Aníbal, tras conocer la declaración de guerra, inició la marcha hacia el norte para llevar la guerra lo más lejos posible de sus bases, pero Roma ya tenía lista la respuesta y dos ejércitos consulares preparados para ser enviados a Hispania y a África. Pero Aníbal, dotado de una iniciativa genial, se adelantó, y dejando en Hispania a 27.000 hombres inició el largo camino hacia Italia. Los romanos supieron que se dirigía a Marsella y se prepararon para defender esta ciudad griega aliada de Roma. Cuando Roma reaccionó ya era tarde, Aníbal había conseguido someter a los hispanos de más allá del Ebro y cuando el cónsul Publio Cornelio Escipión llegó a Marsella supo con estupor que Aníbal avanzaba hacia él, así que se fortificó y le esperó. Pero Aníbal era un genio, uno de esos cuatro o cinco genios militares que la Historia ha dado. En lugar de dirigirse a Marsella dejó la costa y avanzó hacia el Ródano, río al que llegó tras cuatro días de marcha con 38.000 infantes, 8.000 jinetes y 34 elefantes. Cuando se preparaba para cruzar el río sus jinetes númidas avistaron a un día de marcha a una fuerza montada romana, sin duda la fuerza de cobertura que precedía a las legiones de Escipión, pero Aníbal consiguió cruzar el Ródano. Mientras tanto, Escipión no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, Aníbal cruzaba el Ródano y se internaba en la Galia, aquello sólo podía significar una cosa: el ejército cartaginés no se dirigía a Marsella... ¡sino a Italia!

Inmediatamente Escipión se dirigió hacia el campamento de Aníbal que encontró desierto. Tras regresar a la costa a marchas forzadas, Escipión dejó el ejército al mando de su hermano y regresó a Roma en barco para llevar la increíble noticia al Senado.

Aníbal había logrado una alianza con varias tribus celtas que se le unieron hasta incrementar sus efectivos en 46.000 hombres. Para cuando Publio llegó al Ródano Aníbal ya había logrado la impresionante hazaña de ¡cruzar los Alpes con todo su ejército en pleno invierno! y campaba a sus anchas en la llanura del Po en el otoño de 218 a.C. En la legendaria marcha había perdido casi la mitad de su ejército, muertos en los combates contra los galos hostiles, despeñados en los precipicios o congelados en las cumbres: de los 46.000 que iniciaron la marcha llegaron 26.000.

 

LA BATALLA DE TREBIA

El temor se adueñó del Senado que ordenó al ejército que preparaba en Sicilia el asalto a Cartago volver a Italia inmediatamente. Escipión había llegado al valle y se había hecho cargo del mando de las legiones allí estacionadas y que esperaban partir hacia Hispania mientras el otro cónsul, Sempronio, se dirigía desde Sicilia al norte a marchas forzadas. En una escaramuza Escipión resultó herido, pero consiguió liberar a su caballería de una hábil trampa y se retiró, cruzó el Po y se atrincheró en las orillas del Trebia en espera de la llegada de Sempronio. Aníbal conocía a los dos cónsules. Escipión era un jefe reflexivo, impecable en su manera de llevar una campaña. Sempronio era un jefe demasiado impulsivo, y como sabía que los dos cónsules se turnaban cada día para ejercer el mando esperó a que el mando diario correspondiera a Sempronio para montar su trampa. En las escaramuzas de los días previos, Aníbal había hecho siempre retroceder a los suyos, lo que creó en los romanos una falsa sensación de superioridad. Una noche, Mago, el hermano de Aníbal, dejó el campamento púnico con 2.000 hombres para ocultarse en los ribazos de los arroyos cercanos. Al amanecer, Aníbal envió a su caballería númida a hostigar el campamento romano mientras sus hombres desayunaban y se preparaban cuidadosamente. Sempronio, que ese día ejercía el mando del ejército consular romano, envió la caballería romana contra los númidas, y al ver que éstos retrocedían pensó que había llegado el momento de acabar con Aníbal y envió a todo el ejército romano contra el campamento púnico. Los romanos no habían tenido tiempo de desayunar y tuvieron que formar sus líneas a toda prisa para cruzar un río medio helado con el agua a la cintura, tropezando y cayendo continuamente en las depresiones y llegando a la orilla empapados y medio helados. Entonces atacó Aníbal con la infantería en el centro y la caballería en las alas. Los jinetes númidas derrotaron a los jinetes romanos y cargaron contra los flancos de las legiones que se defendieron rabiosamente hasta que Mago sacó a sus 2.000 hombres de la emboscada y cayó por detrás de ellos. Los legionarios que consiguieron forzar las líneas púnicas tuvieron que volver a cruzar el Trebia. La mayoría de ellos, debilitados por el frío, el hambre y las heridas se ahogó en sus heladas aguas. Más de 20.000 romanos murieron en Trebia.

Escipión consiguió mantener la cabeza fría y llegar hasta su campamento con un grupo de supervivientes para retirarse después a Piacenza. Aníbal no pudo explotar su éxito porque una repentina tormenta de nieve ocultó a los supervivientes romanos. Tras la batalla, todas las tribus galas se unieron a Aníbal que se atrincheró para pasar el invierno. Un invierno que acabó con todos los elefantes supervivientes de los Alpes menos uno y con muchos de sus caballos. En Roma, durante el invierno paralizador de toda campaña, se alistaron 11 nuevas legiones con 100.000 hombres bajo el mando de los nuevos cónsules Flaminio y Gémino. Aníbal estudió a los dos jefes y decidió que el más fácil de engañar sería el impulsivo Flaminio, el hombre que había exterminado seis años antes a los ínsubros. La marcha de los púnicos a través de los pantanos para evitar ser detectados se convirtió en un infierno. La mayoría de los animales de carga murieron y Aníbal perdió un ojo.

 

LA BATALLA DEL LAGO TRASIMENO

Flaminio, con dos legiones (25.000 hombres), se había atrincherado en Arezzo mientras Gémino, con otras dos legiones, lo había hecho en Rímini. Aníbal tenía que pasar por uno u otro sitio y entonces el cónsul esperaría a que llegase su colega para unir sus ejércitos y atacar juntos. Pero Aníbal conocía bien a Flaminio, el exterminador de los ínsubros que ya había probado las mieles del triunfo. Llegó frente a su campamento, pero Flaminio no salió, entonces Aníbal se dedicó a quemarlo todo a su alrededor, incendiando cosechas y pueblos hasta que a Flaminio se le acabó la paciencia y dejó su campamento para enfrentarse al púnico. Aníbal se retiró por la orilla del lago Trasimeno perseguido por Flaminio. Aníbal retrasó su marcha para que la llegada al lago coincidiera con el atardecer y montó su campamento. Flaminio hizo lo mismo cuando ya había anochecido y ambos enemigos se dispusieron a pasar la noche. Al amanecer del 21 de junio de 217 a.C., los jinetes romanos informaron a Flaminio de la marcha de Aníbal antes de las primeras luces. Encolerizado, Flaminio ordenó perseguirle y todo el ejército romano se lanzó a marchar por la orilla del lago de la que surgía una fuerte neblina que subía hacia las colinas que bordeaban el lago y que ocultaban a todo el ejército cartaginés que veía pasar a los romanos ante ellos. En un momento, Aníbal dio la orden de ataque y 50.000 galos, españoles y africanos cayeron gritando sobre los desprevenidos legionarios que no tuvieron tiempo de formar sus líneas y que murieron luchando allí donde estaban. Fue una carnicería. Los que intentaron salvarse a nado se hundieron en el lago bajo el peso de su armadura, Flaminio fue rodeado por los supervivientes de las tribus ínsubras a las que había exterminado cinco años antes y tras luchar épicamente hasta el final cayó muerto. Las pérdidas romanas ascendieron a 15.000 muertos y 10.000 prisioneros. Todo el ejército romano fue muerto o capturado. las pérdidas cartaginesas fueron de 2.500 muertos. El pretor de Roma convocó al pueblo en el Foro y dijo: "Hemos sido derrotados en una gran batalla". Pero no acabó ahí la cosa. La caballería de Gémino, que avanzaba para unirse a Flaminio y que ignoraba la batalla se metió directamente en otra trampa y resultó exterminada: 4.000 hombres más.

Aníbal invitó a los etruscos a unirse a él, pero este pueblo italiano, descendiente de las oleadas invasoras de Los Pueblos del Mar llegadas allí 1.000 años antes había sufrido demasiado la fiereza romana como para pensar siquiera en volver a empuñar las armas contra la odiada Loba. El pueblo etrusco había sido borrado ya de la Historia por la implacable fiereza de Roma. Una Roma que, una vez más, encontró al hombre capaz de afrontar el peligro y el Senado nombró dictador (magistratura que concedía máximos poderes militares a un hombre durante seis meses) a Quinto Fabio Máximo. Máximo era un militar de la vieja escuela, curtido y sabio que conocía el punto débil de Aníbal: su logística, y así se dedicó a cortarle a Aníbal los suministros y a atacar a las unidades rezagadas evitando una batalla en campo abierto. Aníbal se preocupó porque Máximo había dado con su punto débil, pero tras los seis meses de su dictadura se eligieron cónsules a Lucio Emilio Paulo y a Cayo Terencio Varrón. Aníbal acampó cerca del poblado de Cannas y ambos cónsules, deseosos de acabar con él de una vez por todas, se dirigieron al sur con el mayor ejército jamás movilizado por Roma en una campaña. Sus efectivos doblaban a los cartagineses, pero ni siquiera en sus peores sueños hubieran sido capaces de imaginar que iban directamente hacia el mayor desastre militar de toda la historia de Roma.

 

LA BATALLA DE CANNAS

Los romanos esperaron a Aníbal en la llanura de Cannas con el ejército más poderoso que jamás había visto Italia: dos ejércitos proconsulares, de dos legiones cada uno, se unieron a otras cuatro legiones en Apulia formando un enorme ejército de ocho legiones, con ocho unidades aliadas italianas, lo que hacía un total de 80.000 infantes frente a los que Aníbal opuso 40.000. Pero frente a los 6.400 jinetes romanos Aníbal enfrentó a sus 11.000. Y sería precisamente la caballería la que resolvería la batalla, ya que Aníbal, consciente de la abrumadora superioridad numérica romana, dispuso que el peso del combate recayera sobre la caballería. El terreno de batalla había sido cuidadosamente escogido por los romanos que no querían sorpresas. Por ello escogieron la llanura que va desde el río Aufidio hasta la ciudadela de Cannas, que estaba en ruínas y deshabitada. Así, protegidos sus flancos por el río y el monte, los romanos creyeron estar a salvo de las peligrosas maniobras envolventes del púnico.

En la mañana de 2 de agosto de 216 a.C. Los romanos formaron una gigantesca línea de batalla con sus ocho legiones. En lugar de formar las ocho romanas y las ocho aliadas para formar un frente gigantesco que no cabría en toda la región (¡imagina a 16 legiones en línea), prefirieron superponerlas para conseguir una línea de ocho legiones pero con una profundidad doble, de manera que pudieran combatir incluso un día entero si hacía falta. Las legiones estaban flanqueadas por la caballería romana a la izquierda y la aliada a la derecha. Aníbal formó su línea con la infantería gala y española en el centro alternando las unidades para formar una media luna dirigida hacia los romanos y con los falangistas africanos en dos columnas tras las puntas de la media luna. La caballería númida la dispuso en su flanco derecho y la gala y española en el izquierdo bajo el mando de Asdrúbal.

El encuentro comenzó con el ataque de las tropas ligeras situadas por delante de ambas formaciones. celtas, españoles y africanos gritaron sus consignas de guerra mientras los romanos golpeaban sus pila contra sus escudos. La mayor batalla de toda la Antigüedad estaba a punto de comenzar. La caballería númida se lanzó sobre la aliada a la que derrotó aplastantemente mientras la caballería gala y española al mando de Asdrúbal conseguía hacer retroceder a su contraparte romana. Las legiones, rabiosas, cargaron contra la media luna cartaginesa. Su empuje fue tal que la media luna fue comprimida hacia atrás como un puesto de helados retrocedería ante la embestida de un elefante. En ese momento los romanos pensaron que habían conseguido vencer al maldito púnico, pero el hijo de Amílcar había reservado a sus enemigos una buena sorpresa.

El empuje de la embestida romana era tal que la media luna se fue plegando sobre sí misma, pasando de ser convexa a cóncava, y las legiones entraron en ella llevadas del impulso de su embestida mientras los infantes españoles y celtas retrocedían. Pero ocurrió lo que los romanos no habían previsto: las legiones se atascaron dentro de la media luna ya que el espacio era cada vez más pequeño. Miles de hombres de las líneas en contacto con los españoles y celtas se vieron empujados por los que venían detrás y que no podían participar en el combate. Comprimidos cada vez más romanos en un espacio cada vez más pequeño, los legionarios y los aliados italianos quedaron atrapados, encapsulados en la genial trampa de Aníbal sin apenas espacio para moverse, pegados unos a otros mientras los españoles y celtas les masacraban. En ese momento, las dos columnas de falangistas que permanecían inmóviles en los flancos, y que habían sido imprudentemente rebasadas por los romanos en su alegre embestida, se volvieron contra los flancos romanos atacándolos.

Los romanos no podían ni alzar sus escudos para protegerse del ataque, los legionarios que caían al suelo eran pisoteados por sus propios compañeros sin que pudieran hacer nada. Fue entonces cuando la caballería celta y española, abandonando la persecución de la caballería romana, regresó al galope para atacar a los romanos por detrás.

Había terminado la batalla. Ahora comenzaba la masacre. 

Las legiones se vieron encerradas, agolpadas unas contra otras. Los romanos estaban tan apretados que no podían ni mover sus brazos. Los españoles causaron la más terrible matanza gracias a sus formidables espadas cortas, el gladius hispaniensis, que causó tal impresión en los romanos que éstos se apresuraron a adoptar tan mortífera arma para sus legionarios tras la guerra. Los legionarios murieron en sus puestos, impresionando a sus ejecutores por su disciplina y desprecio de la muerte. Masacrados como terneros en el matadero sin posibilidad de defenderse.

Las pérdidas romanas fueron espantosas: 50.000 muertos, 10.000 prisioneros. Las púnicas de 8.000 muertos. Aníbal había conseguido la más brillante victoria registrada hasta entonces. Roma había cosechado la derrota más gigantesca de toda su historia.

En Roma cundió el pánico, pero en medio de tanta desgracia, el Senado dio un ejemplo de serenidad que electrizó al pueblo. Los esclavos y los criminales fueron liberados para enrolarlos en las nuevas legiones que se estaban formando apresuradamente. Cada casa se convirtió en un cuartel, todos los ciudadanos fueron movilizados, se prohibió hablar de paz bajo pena de muerte y la ciudad se preparó para el asalto final. Aníbal llegó hasta los muros de Roma a lomos de su caballo y la contempló entristecido. Era demasiado fuerte para poder asaltarla. Sus defensas eran demasiado poderosas y todos sus ciudadanos empuñaban las armas esperando el asalto y dispuestos a morir defendiéndola. Uno de sus generales le reprochó que ni siquiera intentara el asalto: "Sabes vencer, Aníbal -le dijo-, pero no sabes qué hacer con tus victorias". Lo cierto es que no podía tomar Roma porque ello hubiera supuesto atrincherar a su ejército frente a sus muros, con lo que los romanos hubieran podido cortar todos sus suministros. La esencia de la estrategia de Aníbal, como Máximo había sabido descifrar, era la movilidad.

Tras el desastre de Cannas Aníbal pensó llegar a una paz con Roma. Sabía que no podía vencer y se esforzó en atraerse a los pueblos italianos. Una amplia zona del sur de Italia con Capua a la cabeza se pasó al bando púnico, deseosa de librarse del yugo romano, pero la mayor parte de los pueblos italianos permaneció fiel a la Loba, más por temor que por convicción. Mientras Aníbal movía su ejército por Italia Roma se dedicó a alistar nuevas legiones y a preparar su terrible venganza. Una tras otra, las poblaciones que se habían pasado a los cartagineses fueron tomadas. Las represalias fueron tan espantosas que la mayoría de ellas volvió a cambiar de bando sin pensárselo. Día a día, Aníbal era privado de más y más recursos y el gobierno cartaginés, esa cuadrilla de mercaderes sin honor ni decencia, se negaba a enviarle los refuerzos que insistentemente solicitaba. En 212 a.C. Roma tenía en pie de guerra 25 legiones (200.000 hombres). Invadieron Hispania derrotando al hermano de Aníbal y finalmente desembarcaron en África. Cartago llamó a Aníbal y éste se embarcó para defender su patria abandonando a sus hombres en Italia. Los restos de su ejército fueron acorralados y exterminados por los romanos. Aníbal había permanecido 15 años en Italia. Había ganado todas las batallas... pero había perdido la guerra.

 

LA BATALLA DE ZAMA

En África, Aníbal tuvo que vérselas con otro Escipión, el hijo de aquel cónsul al que tan brillantemente había derrotado en Trebia 16 años antes. En octubre de 202 Escipión, que a partir de entonces habría de conocerse con el sobrenombre de El Africano, destruyó al ejército cartaginés en la llanura de Zama. De nada valió el genio militar de Aníbal ya. Aníbal formó a sus 37.000 infantes en 3 líneas y a sus 5.000 jinetes en las alas, frente a los romanos dispuso 80 elefantes. Escipión dispuso sus 10 legiones (30.000 hombres) a la manera clásica, pero esta vez, la formidable caballería númida estaba del bando romano. Los romanos abrieron huecos en sus líneas para que los elefantes pasaran a través de ellos mientras los númidas derrotaban a los caballeros púnicos y, como hicieron sus padres en Cannas, volvieron para atacar la retaguardia, esta vez púnica. Aníbal escapó dejando 25.000 cartagineses muertos y 10.000 prisioneros. Los romanos perdieron 2.000 legionarios y 3.000 jinetes númidas.

Cartago pidió la paz. Escipión El Africano, hombre de excepcional talento, una de esas joyas humanas de la Historia, impidió que el rencoroso Senado romano impusiera sus draconianas condiciones a la derrotada Cartago atenuando en lo posible las cláusulas. Escipión no quería pasar a la Historia como el enterrador de Cartago y formuló una propuesta de paz que el Senado romano admitió. El Senado quería la cabeza de Aníbal, pero Escipión lo impidió. Lo que todo el ejército romano no había conseguido no lo iban a conseguir unos cuantos senadores rencorosos. Cartago tuvo que renunciar definitivamente a sus posesiones españolas, su armada, a excepción de 10 naves, fue entregada a los romanos que la incendiaron ante la ciudad, se prohibió a Cartago hacer la guerra contra sus vecinos sin permiso expreso de Roma y se fijó una indemnización de guerra de 10.000 talentos de plata (300.000 kilos) a pagar en 50 años. Además, tuvo que renunciar a parte de sus posesiones que pasaron a Masinisa, rey de los númidas, con lo que su territorio africano quedó muy mermado. Era una enormidad, pero al menos la ciudad conseguía sobrevivir. Aníbal regresó a Cartago amargado. Si el gobierno le hubiera apoyado en Italia la realidad ahora sería otra, pero no tuvo tiempo de amargarse del todo porque su popularidad entre el pueblo púnico despertó el temor de la oligarquía comercial púnica que gobernaba Cartago, esa casta infame que anteponía sus beneficios a cualquier otra cosa. Aníbal fue elegido sufete e inició una investigación que demostró que mientras el pueblo se arruinaba los oligarcas se enriquecían con sus negocios, llegando algunos incluso a comerciar de contrabando con Roma. Aníbal exigió la devolución de las cantidades robadas por los oligarcas al tesoro público e impidió que la indemnización de guerra se pagara subiendo los impuestos al pueblo. Los oligarcas enviaron una delegación a Roma que denunció a Aníbal ante el Senado, acusándolo de traicionar el tratado de paz y conspirar para crear un ejército con el que atacar Roma. Escipión, asqueado ante tan repugnante traición, trató de impedir aquella atrocidad, y muy probablemente fue él quien avisó a Aníbal de lo que se tramaba, lo que le permitió huir de Cartago cuando el gobierno púnico estaba a punto de detenerle para entregarle a los romanos. El gobierno cartaginés le condenó a muerte en rebeldía, le confiscó todas sus posesiones y arrasó hasta los cimientos su casa. Aníbal huyó al Asia Menor donde sirvió como general mercenario, pero las garras de la Loba le persiguieron, azuzadas por el rencor de los oligarcas cartagineses, hasta que al fin, viejo y cansado, fue detenido por el rey de Bitinia. Cuando los embajadores romanos llegaron para llevárselo el viejo general se suicidó. "Libremos a los romanos de sus preocupaciones". Dijo antes de expirar.

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