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LA III GUERRA PÚNICA (149-146 a.C.)

 

Tras la derrota de la II Guerra Púnica, Cartago volcó todos sus esfuerzos en la reconstrucción de su riqueza. tarea nada fácil, ya que sin una flota y sin un imperio, sus recursos quedaban limitados al perímetro africano que rodeaba la ciudad. Además, los problemas con sus vecinos, en especial con el rey Masinisa de Numidia eran muy graves, ya que este rey, sabedor de que Cartago no podía declararle la guerra sin el consentimiento del Senado de Roma, se dedicaba a hostigar el territorio púnico casi con impunidad. Las sucesivas delegaciones que Cartago envió a Roma para quejarse de las continuas agresiones obtuvieron la misma respuesta: "Roma no tenía constancia de tales agresiones".

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Pero en lugar de dedicarse a lamentarse y hundirse en el victimismo, Cartago se empeñó en progresar. Y lo consiguió de manera espectacular. Treinta años después de la derrota, con una nueva generación al timón, Cartago había recuperado parte de su anterior esplendor. La ciudad lucía magnífica, la agricultura se había desarrollado como jamás en ninguna parte del mundo anteriormente, racionalizando las cosechas e introduciendo nuevos sistemas de regadío que convirtieron los destrozados páramos de la inmediata posguerra en auténticos vergeles que producían cantidades ingentes de productos que eran exportados a todos los rincones del Mediterráneo. Cartago se enriqueció vendiendo trigo a Roma, trigo que servía para mantener las costosas campañas romanas contra los herederos de Alejandro Magno. En una ocasión, los romanos pidieron 500.000 medidas de trigo y los cartagineses les dijeron que se las regalaban. El Senado torció el gesto y se negó al regalo pagando hasta el último grano. El desarrollo comercial de Cartago fue tal que una delegación llegó a Roma diez años después de la derrota y le dijo al estupefacto Senado que si andaban escasos de dinero ellos podían pagar en un solo plazo toda la indemnización de guerra, los famosos 10.000 talentos. Fue un golpe de efecto típico del mercader que pretende impresionar a otro mercader, pero los campesinos-soldados romanos no se impresionaron comercialmente. Como siempre, Cartago no sabía captar la verdadera esencia de la idiosincracia romana. Los senadores no se admiraron ante el prodigio económico, sino que se asustaron ante la amenaza militar. Si Cartago era capaz de aquello ¿qué ocurriría más adelante, cuando su territorio volviera a quedárseles pequeño? La mentalidad romana era una mentalidad militar, y en ella no cabía el mínimo resquicio a la lógica mercantil. Para los romanos no existían "otros modelos económicos" sino amenazas militares.

Roma nunca fue una nación imperialista por definición. Todas las guerras que emprendió fueron una reacción defensiva contra una amenaza, o más concretamente, contra lo que ellos sentían como una amenaza. En la mentalidad campesina romana cada acontecimiento era sentido como un peligro inminente. Roma se atemorizaba muy fácilmente ante cualquier señal extraña, y ante el temor reaccionaba con una violencia desproporcionada, como jamás se ha vuelto a ver en la Historia. La reacción de Roma era la reacción del campesino que ve a un extraño dentro de sus tierras, una reacción de pánico convertido en una explosión de violencia incontenible... Y eso es algo que Cartago nunca supo ver.

Las delegaciones enviadas periódicamente a Cartago para comprobar la aplicación de los términos del tratado de paz constataban el rápido crecimiento de Cartago, y sus informes causaban cada vez mayor inquietud en el senado. Los delegados cartagineses que volvían de Roma contaban al pueblo cómo era Roma, cómo eran sus lisas murallas, cómo eran sus estrechas y sucias calles, cómo eran sus casas de ladrillo apiñadas unas contra otras, cómo eran sus templos de ladrillo y madera. Una ciudad en la que no había edificios públicos ni bibliotecas, ni teatros. Una ciudad subdesarrollada, habitada por campesinos-soldados recién salidos de la barbarie y que no tenían ni literatura ni arte propios. Y cuando los senadores romanos llegaban a Cartago, evidentemente... imprudentemente... los cartagineses les mostraban orgullosos sus logros. Aquella maravillosa ciudad resplandeciente y llena de edificios públicos, abierta al mar, las riquezas que diariamente llegaban a sus depósitos, los templos con paredes cubiertas de láminas de oro, las bibliotecas, los teatros, las impresionantes murallas triples. Y los senadores, con su gesto cerrado, se limitaban a observar, a callar y a memorizarlo todo para informar a sus colegas en Roma. Creando así en el pueblo romano un ambiente de odio regenerado y alimentado día a día. Extendiendo la sensación de que la prosperidad de Cartago era una amenaza latente contra Roma... una vez más.

En esta situación tuvo lugar un hecho cuya importancia posiblemente fue capital. El anciano rey Masinisa, rey de la Numidia que había surtido de jinetes a Aníbal primero y a El Africano después, siguiendo sus correrías contra Cartago, atacó las ciudades de la costa. Cartago, harta de esta situación, envió a un general llamado Asdrúbal "el Boetarca" a atacar a los invasores. Con ello, Cartago desobedecía la cláusula del tratado que le impedía hacer la guerra sin el consentimiento de Roma. El caso es que Asdrúbal fue derrotado y escapó dejando a sus hombres que fueron asesinados por Masinisa. Asdrúbal fue condenado a muerte por el Senado cartaginés, pero escapó.

Probablemente Roma comenzó a temer entonces que Masinisa acabara con Cartago y creara un gran reino africano basado en la riqueza púnica. El caso es que en cuanto acabaron con el rey Perseo de Macedonia en Pidna, con lo que Grecia cayó bajo el dominio romano, el Senado tenía las manos libres para terminar de una vez con Cartago. La vieja ciudad ahora ya no era más que un estorbo y además, su riqueza la hacía peligrosa. Mientras Roma se desangraba en sus campañas en Grecia, Asia Menor e Hispania, Cartago experimentaba un gran crecimiento demográfico. La presencia de la nueva cerámica tardopúnica por todo el Mediterráneo occidental demuestra la pujanza de su comercio. Todos estos factores acumulados fueron los determinantes de la terrible resolución que Roma tomó movilizando un ejército y preparándose para la invasión.

La ciudad de Útica olió el desastre y se puso bajo la protección de Roma abandonando a Cartago. En la ciudad ya sentenciada tomaron conciencia de lo que se avecinaba demasiado tarde. Cuando los embajadores púnicos llegaron a Italia el ejército romano ya se concentraba en Sicilia. Desembarcados en  la primavera de 149 a.C. en Útica, los romanos recibieron a una delegación púnica a la que exigieron, como paso previo a las negociaciones, la entrega de todas las armas que albergara la ciudad. Los romanos advirtieron que si al inspeccionar la ciudad encontraban una sola espada no habría piedad. Cartago, aterrorizada, accedió y un gigantesco convoy llevó hasta los estupefactos romanos más de 200.000 equipos completos, lo que demuestra que la ciudad no había quedado tras la guerra indefensa, ni mucho menos. 2.000 catapultas y balistas  fueron desmanteladas y entregadas y los diez barcos de guerra que se les permitía tener también. Cuando los romanos tuvieron en su poder todo el armamento púnico dictaron sus condiciones:

El pueblo cartaginés sería libre para regirse por sus propias leyes como nación independiente... Pero debían abandonar Cartago para establecerse en un nueva ciudad que debían construir a una distancia mínima de la costa de 80 estadios (15 kilómetros).

Los púnicos se sobresaltaron. Abandonar el territorio sagrado de la ciudad era la muerte para la nación. El abandono de todas sus raíces culturales y tradicionales... La anulación de la esencia de su ámbito sagrado. Cuando los embajadores púnicos volvieron a Cartago y expusieron sus condiciones fueron acusados de traición y ejecutados. La ira estalló en la ciudad y todos los romanos que se encontraban en Cartago fueron asesinados. Inmediatamente se comenzó el rearme, y la rapidez como se llevó a cabo demuestra que Cartago no entregó, ni mucho menos, todas sus armas a los romanos, ya que éstos atacaron pero fueron rechazados por Asdrúbal El Boetarca que había sido perdonado y llamado a defender la patria. Todo ello contribuyó a que los romanos se convencieran de la razón que tenían en acabar de una vez con el odioso enemigo púnico. Pero el año 149 a.C no terminó bien para los romanos. Asdrúbal mutiló y crucificó en las murallas a todos los prisioneros romanos, a la vista de sus horrorizados camaradas y el ejército del cónsul Manilio, sorprendido en una emboscada, sólo se salvó gracias al genio militar de otro joven Escipión: Escipión Emiliano, nieto adoptivo de El Africano. Un joven que el año siguiente habría de salvar a otro cónsul, Mancino, que también cayó en una emboscada. El pueblo romano, a pesar de no tener la edad requerida, le eligió cónsul, convencido de que sólo un Escipión acabaría con Cartago.

Y así fue.

Escipión redujo metro a metro el perímetro defensivo de Cartago hasta que un día de marzo o abril de 146 a.C ordenó el asalto final. Partiendo de un terraplén construido en el antepuerto, los romanos iniciaron el asalto de las murallas junto a los puertos. Al anochecer, los legionarios habían tomado las murallas y acampaban en el ágora. Los cartagineses, exhaustos, se retiraron incapaces de defender la plaza. A la mañana siguiente los romanos tomaron el templo y arrancaron con sus espadas las placas de oro que recubrían sus paredes. Los defensores se refugiaron en el barrio alto de la colina de Byrsa dispuestos a afrontar el final. Escipión utilizó tropas de refresco con las que iniciaron la subida a la colina por tres calles paralelas flanqueadas por edificios de seis plantas de altura. En una batalla alucinante que recuerda Stalingrado, los cartagineses defendieron cada casa, cada planta, cada habitación hasta el final. Los supervivientes escalaban a las azoteas para arrojarles las tejas a los romanos que avanzaban por las calles. Los romanos subieron a las azoteas y desalojaron a los defensores cruzando de casa en casa con tablones como puentes. Las calles se cubrieron con montañas de cadáveres y fue necesario que se formaran brigadas de legionarios para arrastrarlos con ganchos y sacarlos de allí. Las fosas comunes encontradas demuestran la fiereza de los combates en estas tres calles. Escenas salvajes se sucedieron sin intermedio. Apiano cuenta que los romanos lanzaban a las fosas a muertos y vivos por igual. Estas fosas, descubiertas por el padre Delattre, son un testimonio del infierno en el que se convirtió Cartago. El odio acumulado tras más de un siglo de guerras produjo episodios espeluznantes. Las pruebas arqueológicas demuestran que las horripilantes descripciones de Apiano son verídicas. Ríos de sangre empaparon las calles de la ciudad condenada en una orgía de destrucción sin precedentes. Así durante seis días y seis noches en las que el infierno se instaló en la tierra. Al séptimo día, unos embajadores salieron de la ciudadela para suplicar a Escipión que dejara vivir a los que aún quedaban allí: se rendían y aceptaban la esclavitud a cambio de huir del horror. Escipión, harto de tanta sangre, accedió y 50.000 supervivientes salieron de la ciudadela completamente aterrorizados ante lo que habían contemplado. Muchos de ellos irían a Italia, donde mantendrían vivo el recuerdo de Cartago y sus descendientes se convertirían en romanos libres, algunos de ellos ilustres.

Pero quedaban alrededor de un millar que ninguna clemencia podían esperar. Eran los últimos de Asdrúbal, que se refugiaron en el templo de Eshmún. Los romanos limpiaron meticulosamente toda la zona, enterraron los miles de cadáveres y se prepararon para el asalto final incendiando el templo. Asdrúbal los traicionó saliendo a suplicar a Escipión que le perdonara la vida. Postrado a los pies de Escipión, Asdrúbal lloraba cuando un grito hizo que todos se volvieran.

Encaramada en el muro alto del templo, la mujer de Asdrúbal, vestida con su túnica festiva,  reprochó la traición de su marido y maldijo a Roma en estos términos: "Vosotros, que nos habéis destruido a fuego, a fuego también seréis destruidos". En ese momento abrazó a sus hijos y se arrojó a las llamas del templo.

Aquella noche, contemplando el gigantesco incendio que consumía toda la ciudad, Escipión Emiliano lloró ante sus hombres y pronunció en voz alta los versos del libro IV de la Ilíada: "Llegará un día en que Ilión, la ciudad santa, perecerá, en que perecerán Príamo y su pueblo, hábil en el manejo de la lanza".

Un escalofrío se apoderó de todos los presentes. Polibio, el historiador griego, se acercó a él y le preguntó por qué había recitado aquellos versos.

"Temo -contestó Escipión-, que algún día alguien habrá de citarlos viendo arder Roma".

 

Con los últimos rescoldos se apagó la voz de Cartago. Muda por 2.000 años.

 

A fuego había sido creada... A fuego fue destruida.

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