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INTRODUCCIÓN

 

A lo largo de la Historia mi Patria ha dejado su indeleble huella en la historia de la guerra.

España, cementerio de ejércitos invasores que a lo largo de los siglos han dejado bajo nuestro cálido sol centenares de miles de cadáveres, esparcidos por todos los rincones de nuestra Península con forma de piel de toro. Los ejércitos púnicos primero y las legiones romanas después tuvieron que pagar el precio que los españoles siempre hemos puesto a nuestra Libertad e   Independencia. Miles de púnicos hijos de Melkart o de romanos hijos de Rómulo quedaron aquí para siempre, en forma de eterno sacrificio a nuestra Libertad e Independencia. Pero tras la conquista, la romanización de España fue de tal rapidez que aún antes de conseguirse por completo ya había un cónsul español en Roma. España le dio a Roma cónsules y emperadores, filósofos, científicos, historiadores, artistas, ingenieros, arquitectos... pero por encima de todo le dio soldados. El indomable carácter español sirvió bajo las águilas romanas para defender lo que ya era plenamente suyo: la cultura romana.

La caída del Imperio Romano de Occidente tuvo como consecuencia que los visigodos, una rama de los godos de origen germánico, llegaran a España como nuevos amos. Los visigodos, muy escasos en número (ni siquiera llegaban a totalizar el 10% de la población total de España) mantuvieron las instituciones y la legislación romana en nuestra Península, pero a principios del siglo VIII, los musulmanes invadieron España destruyendo el frágil poder visigodo minado por las intrigas palaciegas. Se iniciaba así la guerra más larga de la Historia, la "Reconquista", una guerra que habría de durar ¡ocho siglos! y que terminaría con la expulsión de los musulmanes invasores tras ochocientos años de guerra encarnizada. El triunfo de la Reconquista posibilitaría la reunificación de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra en el Reino de España que ahora miraba ya a la recién descubierta América. Durante los siglos XVI, XVII y parte del XVIII España fue la primera potencia del Mundo, con la marina más poderosa y el ejército hegemónico de Europa. Aquella fue nuestra grandiosa Edad de Oro en la que el Imperio Español, bajo el reinado de Felipe II,  llegó a abarcar tierras en los siete mares con la anexión de Portugal y su imperio, formando así el imperio más extenso jamás gobernado por hombre alguno. Una Edad de Oro que a los triunfos militares como el grandioso de Lepanto de 1571 sumaría los conseguidos en la literatura por los Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Quevedo, etc, etc, etc., en la pintura por el genio de nuestro Velázquez entre muchos otros o en la arquitectura por Herrera. El declive de la Hegemonía Española tuvo un digno y esperanzador repunte hasta las Guerras Napoleónicas. Napoleón invadió España y, como él mismo admite en sus memorias, aquel acto fue el causante del 50% de su derrota. El pueblo español, sublevado contra el invasor el 2 de mayo de 1808 primero en Madrid y rápidamente en todo el resto de España, se lanzó a una guerra sin cuartel contra el ejército dominador de Europa, cautivando al mundo con episodios de un heroísmo escalofriante como el sitio de Zaragoza, la resistencia de Cádiz o las batallas de Bailén, Arapiles, etc... en las que nuestros muchachos derrotaron brillante y contundentemente a los franceses (aquí los llamábamos "gabachos").

Y esta es, a grandes rasgos, la historia de nuestras guerras. Napoleón fue el último invasor, y desde que le echamos a patadas   nadie ha osado volver sin ser invitado. Ni siquiera Hitler se atrevió a invadir España cuando conquistó Francia en mayo de 1940. Aunque sabía muy bien que el ejército español, salido meses antes de una espantosa guerra civil que había costado casi un millón de bajas entre muertos y exiliados, nunca podría hacer frente a la poderosísima Wehrmacht germana que había aplastado casi toda Europa. En ese momento sólo España, un país en ruinas con un ejército anticuado y semidestruido se interponía entre sus divisiones panzer y Gibraltar. Sólo una pequeña conquista más y el mundo sería suyo.

Pero ni siquiera lo intentó. No. Lo que Hitler temía que le plantara cara no era el Ejército Español. A Hitler no le preocupaban nuestros carros, nuestros aviones o nuestra flota.

A Hitler le preocupaba otra cosa bien distinta.

 

¿Qué es lo que hace a España diferente en la Historia de la Guerra?

¿Qué es lo que nos hace distintos a otros países? ¿Que ha provocado que en los libros de Historia de cualquier parte del mundo se nos califique como una nación indomable?

Pues todo tiene su explicación, amigo lector, y esa explicación comienza hace unos dos mil doscientos años, cuando los ejércitos de las tribus ibéricas son derrotados por los muy superiores ejércitos púnicos y poco después volverán a ser derrotados por las aún más superiores legiones romanas.

La palabra "guerrilla" es una palabra española que ha pasado a formar parte del vocabulario militar internacional. La "guerra de guerrillas" ha sido el recurso del que siempre hemos echado mano los españoles al ser derrotados nuestros ejércitos, porque para nosotros las guerras no se acaban si nuestros soldados son vencidos... precisamente lo contrario, es entonces cuando comienza la guerra a ultranza, la de las líneas de abastecimiento atacadas constantemente, la de los puestos avanzados aniquilados, la de los destacamentos pasados a cuchillo en medio de la noche, la de las emboscadas en los bosques o en los desfiladeros. Un martilleo constante al enemigo que le provoca un goteo de bajas y una bajada de moral. Una guerra de hostigamiento sin tregua en un país en el que la orografía es su mejor aliado, un país de grandes sistemas montañosos infranqueables en los que pueden ocultarse ejércitos enteros de guerrilleros, hombres de la tierra que conocen cada recoveco como la palma de su mano y que hostigan continuamente al enemigo, causándole graves pérdidas, dividiéndole, agotándole, llevándole cuidadosamente a su propio terreno para enfrentársele sólo en condiciones favorables. Eso es la guerra de guerrillas, una guerra que no se inventó en España porque su origen nació con el primer hombre, pero fue precisamente aquí, donde se mezcla el carácter de una nación indomable y una orografía accidentada y laberíntica, donde adquirió su más grandioso significado, un arma sin igual en manos de un pueblo indómito y entregado a la defensa de su Libertad e Independencia como ningún otro pueblo se ha entregado jamás.

Los púnicos y los romanos sufrieron este tipo de guerra que les costó decenas de miles de muertos. Los romanos necesitaron dos siglos para dominarnos. Ni siquiera Cartago con sus sofisticados ejércitos y su armada, ni las Galias con su inmensa reserva de guerreros, ni ninguna otra nación se resistió durante tanto tiempo a Roma. Los guerreros de esa nación, mezcla de tribus a lo largo y ancho de la Península llamada Iberia por los griegos y púnicos e Hispania por los romanos, fueron los guerreros más temidos por Roma desde los celtas de Brenno hasta el fin del Imperio de Occidente. Tanto es así, que los cimbrios y teutones a los que Mario derrotó en Acquae Sextiae y Vercellae salvando a Roma, poco antes habían invadido España... y habían sido vencidos y expulsados por aquellos iberos indómitos armados con las mismas espadas cortas que los romanos se habían apresurado a adoptar como pieza fundamental de su equipo, el famoso gladius hispaniensis, el arma que hasta la introducción de la pólvora ha matado a más personas en la Historia.

Esta es la historia de aquellos indómitos españoles. Mi pequeño homenaje a mis inmortales antepasados que nos legaron nuestro más valioso tesoro: el amor por nuestra Libertad e Independencia.

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