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LA INVASIÓN DE CARTAGO

 

Ya hemos visto que Cartago tomó en el siglo VI aC el relevo en España de las metrópolis fenicias en decadencia. Cartago era una colonia convertida ya en metrópoli que se convertirá en la potencia económico-político-militar del Mediterráneo Occidental. Tras la conquista de Tiro por Alejandro Magno, Gádir pasará ya completamente a domonio púnico, dominio que, por otra parte ya se ejercía materialmente. Como los cartagineses eran también fenicios, pues la cosa no fue más que un relevo familiar. Los cartagineses se dedicaron a expandir sus factorías procurando continuar manteniendo las buenas relaciones con los iberos dueños del terreno, relaciones tan necesarias cuando de comerciar se trata... y más cuando el dueño del terreno no tiene fama precisamente de ser mal guerrero. La relación era cordial, ya que ambas partes se necesitaban: los púnicos necesitaban la protección y la mano de obra ibera y los iberos necesitaban la riqueza que proporcionaba el comercio. Pero este estado de cosas se complicaría en 241 aC con la derrota cartaginesa en la I Guerra Púnica que dejó a Cartago arruinada y sin Sicilia, Córcega y Cerdeña. Para arreglar las cosas, el ejército cartaginés, compuesto por mercenarios africanos y españoles, fue tratado por el gobierno púnico como si de enemigos se tratara, y los españoles, que no estamos acostumbrados a que nos chuleen de manal manera, se rebelaron contra el gobierno púnico seguidos con entusiasmo por la mayoría de los mercenarios. Fue Amílcar Barca, el general que hubiera podido ganar la guerra a Roma en Sicilia, el encargado de acabar con aquel levantamiento. Amílcar, que también había sido abandonado por aquel gobierno de mercaderes que sólo pensaban en engordar sus bolsas, acabó con el levantamiento de los soldados traicionados y engañados y partió para España con los restos de su ejército. Su plan era convertir a España en territorio púnico explotando sus enormes riquezas para pagar las costosas indemnizaciones impuestas por Roma y utilizar a sus guerreros indomables para servir bajo los estandartes de Cartago y hacer frente a la amenaza romana, ya que estaba ya muy claro que el mundo no era lo suficientemente grande para ambas ciudades y más tarde o más pronto una de ellas sería destruida por la otra. Y por eso fue Amílcar fue a España: para tratar de que fuera Cartago la que sobreviviera preparando concienzudamente la guerra contra Roma en la que todo se dedcidiría.

Un gran plan, digno de un gran hombre. Amílcar Barca partió hacia España en la primavera del año 273 aC con su yerno Asdrúbal de segundo en el mando y su hijo Aníbal a su lado, un mozalbete de nueve años que prometía... Convertida Gádir en su base de operaciones, Amílcar partió con su ejército hacia el norte para completar la primera parte de su plan: la conquista de la Turdetania, los herederos del reino de Tartessos. Los caudillos Indortes e Istolacio, los primeros españoles que entran en la Historia, fueron derrotados por la máquina militar púnica tras una épica resistencia y su reino incorporado al nuevo imperio que Amílcar creaba con paso seguro. Su política de incorporar a los contingentes vencidos en su ejército dio buenos frutos, y además, las poblaciones de las cuencas fluviales, fusionadas desde hacía siglos con los fenicios, vieron en estos cartagineses los herederos naturales de sus ancestros, lo que ayudó mucho a la introducción púnica. Y allí donde no había raíces comunes a las que apelar se masacraba sin contemplaciones a la población y listos.

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En su avance por el litoral levantino Amílcar fundó Akra-Leuka, nuestra Alicante, lo que hizo que Saguntum, nuestra Sagunto, población aliada de Roma se sobresaltara y pidiera ayuda al Senado romano. Éste envió a una delegación senatorial encabezada nada menos que por el cónsul Cayo Papirio Maso en el año 231 aC a entrevistarse con Amílcar, quien recibió a los romanos con fingida cordialidad, les trató a cuerpo de rey y les aseguró que sólo para poder pagar las indemnizaciones a Roma estaba Cartago allí y que jamás se le ocurriría molestar a las ciudades iberas aliadas del Senado y del Pueblo Romano. Los romanos fingieron quedar satisfechos con las explicaciones y todos fingieron creer eso de que "estamos ante una nueva era que abrirá relaciones de paz duradera entre nuestros dos pueblos y bla, bla, bla..." (o sea, las cosas que suelen decir los políticos) mientras brindaban todos felices, y los romanos se iban convencidos de que Amílcar trataba de reconstruir el poder militar de Cartago para saltarles al cuello y los púnicos se quedaban convencidos de que Roma no era tonta y que más valía darse prisa en saltarle al cuello. De momento, y mientras se calmaban los ánimos, Amílcar se dedicó a asentar sus conquistas en el interior. Pero en Hélike (probablemente nuestra Elche de la Sierra) el caudillo púnico se encontró con una nueva forma de hacer la guerra que causaría decenas de miles de bajas a púnicos primero y romanos después. El rey Orisón de los edetanos utilizó contra el poderoso ejército púnico la "guerra de guerrillas", utilizando unidades aparentemente dispersas como cebo para atraer al grueso del ejército púnico a una magistral emboscada en la que parte del ejército púnico pereció, entre ellos el propio Amílcar. Los púnicos consiguieron escapar de puro milagro de la mortífera trampa, retirándose abrumados por la derrota y, más aún, por la pérdida de su gran caudillo.

A Amílcar le sucedió en el mando su yerno Asdrúbal, elegido por los soldados, lo que demuestra el carácter personal de la empresa. Asdrúbal, quien tras vengar la muerte de su suegro acabando con la resistencia oretana, dió un giro a la política púnica casándose con una princesa ibera y estableciendo una serie de tratados con las tribus, más fructíferos que las costosas campañas de conquista. Por entonces Aníbal ya era el jefe de la caballería púnica, destacando como lo que era: un genio. Asdrúbal fundó entonces Qart-Hadashat (Ciudad Nueva), la nueva Cartago española, nuestra Cartagena, fundación dedicada a Baal, el dios de la metalurgia al que se sacrificaban niños vivos. ¿Casualidad? Ni mucho menos: Cartagena se convertirá en pocos años en el centro de producción militar púnico en España. Los planes de Amílcar iban cumpliéndose paso a paso. Cartagena, ciudad fácilmente defendible, con un territorio riquísimo en cultivos y metales y, por encima de todo, un puerto impresionante, uno de los mejores de todo el Mediterráneo que aún hoy es la principal base naval española, era el lugar ideal para el emplazamiento púnico. El nuevo punto de partida desde el que comenzar el sueño de Amílcar.

Las ciudades griegas de Ampurias y Massalia alertaron a Roma que en 226 volvió a enviar otra delegación senatorial al más alto nivel. En aquellos años Roma se hallaba enzarzada en una difícil guerra con los galos cisalpinos y no quería tener preocupaciones detrás de ellos, por lo que ofrecieron un tratado por el cual Cartago no pasaría del río Iberus, nuestro Ebro. Este tratado es la causa de más de un dolor de cabeza entre los historiadores que "mueven" el río arriba y abajo del litoral según convenga a sus tesis. A mí no me cabe duda alguna que el Iberus era el Ebro y no el Júcar, aunque por especular, que no quede, porque resulta que cualquier río o riachuelo es el Iberus, según quien lo cuente. Y los acontecimientos trágicos que siguieron al tratado creo que lo demuestran.

En el año 222 aC un guerrero español apuñaló a Asdrúbal causándole la muerte. El guerrero cometió el crimen basándose en la devotio, el juramento sagrado que vinculaba a los guerreros españoles con sus jefes hasta la muerte y más allá. Parece ser que el jefe del guerrero había sido ejecutado por Asdrúbal. La devotio era una práctica que asombraba a los púnicos y que asombraría después a los romanos. De hecho Julio César tenía una escolta personal de 1.000 españoles vinculados a él por la devotio. Los conjurados se guardaron mucho de esperar a asesinarle cuando ya había disuelto su guardia y había quedado indefenso. La muerte de Asdrúbal encumbró al joven hijo de Amílcar, Aníbal Barca que a los veinticinco años fue proclamado por el ejército como el nuevo caudillo. Aníbal llevaba en España desde los nueve años, estaba casado con una princesa ibera de Cástulo y era el más grande genio militar nacido hasta entonces. Un genio que ahora disponía de un ejército ibero-púnico de unos 70.000 infantes y 12.000 jinetes compuesto en su mayor parte de españoles que veían al joven caudillo como uno de los suyos, ya que los españoles estaban vinculados a la familia Barca y no a Cartago directamente... Y por encima de todo Aníbal odiaba a Roma, por lo que tenía prisa en ajustar cuentas con la odiada loba romana lo más rápidamente posible.

Pero tan sólo una parte de España está bajo dominio púnico y Aníbal inicia desde Cartagena una serie de rápidas campañas en el año 221 aC contra los olcades, en el 220 aC marcha por los valles de los ríos Tajo y Duero venciendo a los vacceos y conquistando Helmántica, nuestra universitaria Salamanca y Arbucala, nuestra Toro. Con lo que afianza el dominio púnico sobre la mitad sur de la Piel de Toro española. Aníbal regresará de esta campaña por lo que hoy es Madrid, atravesando los pasos de la bellísima sierra madrileña de Guadarrama que veo cada mañana desde mi casa y bajando por el río Jarama a cuyas orillas combatirá a un ejército de vacceos, oretanos y olcades. Como se ve, éstos, a pesar de haber sido conquistados seguían luchando como siempre hemos luchado los españoles por nuestra Libertad e Independencia.

Asegurado el dominio sobre la mitad sur española, Aníbal se vuelve rápidamente hacie el Levante español donde sólo hay una ciudad que se interpone entre él y el Ebro: Sagunto.

El autor de esta página web ha pasado muchas, muchas horas en Sagunto, admirando esas imponentes ruinas, contemplando sus milenarias murallas iberas, púnicas, romanas, visigodas, árabes, españolas... Contemplando la ciudadela desde el lugar en que los púnicos la veían durante el asedio, imponente, titánica. Sagunto es Historia viva, allí uno tiene la impresión de formar parte de esa corriente que nos lleva a toda velocidad a través de los siglos, de sentir la Historia recorriendo cada poro de la piel.

Sagunto estaba, está, emplazada en lo alto de un promontorio rocoso que domina el paso desde Valencia hacia el Ebro a través del bellísimo litoral valenciano hoy cuajado de huertas y de playas turísticas. Los saguntinos, al ver lo que se les venía encima, pidieron ayuda a Roma. Que Roma no interviniera directamente demuestra que Sagunto estaba dentro de los límites asignados a los púnicos. Es decir, al sur del Iberus, pero el Senado romano no podía dejar que una ciudad aliada fuera masacrada así como así y envió una delegación a Cartago. Aníbal había hecho saber a su gobierno que intervenía para poner fin a la disputa que enfrentaba a los saguntinos con los turboletas, una tribu vecina, pero los romanos advirtieron a Cartago seriamente que si Sagunto era tomada aquello significaría la guerra. Al gobierno púnico aquella advertencia le resbaló: mientras siguiera llegando la plata que mandaba Aníbal el Barca podía hacer lo que quisiera, y si metía a Cartago en otra guerra contra Roma, pues mejor, que para un mercader avispado no hay nada como una guerra para sacar tajada, y los gobernantes púnicos eran todos mercaderes avispados.

Aníbal se presentó ante Sagunto con todo su ejército y comenzó un asedio en el que puso en práctica toda la poliorcética (el arte del asedio) puntera de la época: artillería, torres de asalto, etc. Pero aunque Sagunto no era Tiro... Aníbal tampoco era Alejandro... Los muros de la pequeña ciudad aguantaron impertérritos las embestidas púnicas desesperando a Aníbal que llegó a caer herido en plena batalla. Las piedras de Sagunto no cayeron bajo los impactos de las piedras lanzadas por las ballistas de la artillería púnica, ni las torres de asalto consiguieron tomarlos porque los muros de Sagunto estaban defendidos por españoles que luchaban desesperadamente por su Libertad y que provocaron el grandioso relato de Tito Livio sobre el inceríble heroismo de esta ciudad, asaltada por fuerzas tremendamente superiores en número y en tecnología y que se defendió rabiosamente, causando gran número de bajas a Aníbal, hasta que la defensa fue ya imposible. Los supervivientes reunieron todo el oro y la plata de la ciudad y los fundieron con plomo, cobre y estaño para que los púnicos no pudieran aprovechar sus riquezas. Y allí comenzó la leyenda de la resistencia española hasta la muerte: prendieron fuego a su ciudad y se arrojaron a las llamas.

Antes la muerte que el cautiverio.

Aníbal, furioso por haber perdido tanto tiempo y hombres frente a una pequeña ciudad que le robaba no sólo el botín, sino la propia victoria, se ensañó cruelmente con los pocos supervivientes.

Una embajada de Roma volvió a presentarse en Cartago. "Aquí va a decidirse la paz o la guerra" dijo el embajador romano ante el senado púnico. "Decide tú" contestaron los púnicos. "Entonces la guerra" clamó el romano. Ya estaba bien de hipocresías...

Pero para entonces Aníbal hacía ya mucho que había partido de Sagunto hacia el norte con un ejército compuesto por 50.000 infantes y 12.000 jinetes. A Aníbal le importaba bien poco que la guerra se hubiera declarado o no. Él sabía lo que tenía que hacer y meros formulismos diplomáticos no iban a impedírselo. En la primavera de 218 aC cruzó el Iberus derrotando a las tribus que habitaban lo que quince siglos más tarde será nuestra Cataluña, dejando a su hermano Hannon Barca al mando de esta posición adelantada y a su otro hermano Asdrúbal Barca al mando del resto de la España púnica con 20.000 hombres.

El plan romano era que el cónsul senior Publio Cornelio Escipión marchara sobre España para atacar a Aníbal mientras su colega Tiberio Sempronio Longo desembarcaba con su ejército en África, frente a las mismas narices de Cartago. Una vez derrotado Aníbal, Escipión desembarcaría a su vez en África para juntos los dos cónsules, atacar Cartago. Pero cuando Escipión llega a Marsella se entera con estupor que Aníbal acaba de cruzar el Ródano y se adentra en la Galia.

¡Aníbal va a Italia!

 

Para el relato completo de las Guerras Púnicas:

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