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LA INVASIÓN DE ROMA

 

El cónsul senior Publio Cornelio Escipión regresa a Roma rápidamente al conocer la sorprendente noticia y deja su ejército consular (2 legiones romanas más 2 aliadas italianas) al mando de su hermano Cneo Cornelio Escipión con órdenes de marchar hacia España, la base de operaciones de Aníbal. A pesar de las derrotas de Tesino, Trebia y Trasimeno, el Senado de Roma comprende perfectamente la importancia de España, que es el verdadero eje estratégico de la guerra. La II Guerra Púnica es una guerra de movimientos donde lo de menos son las ciudades: Aníbal no puede tomar Roma sin los refuerzos de España y Roma no puede tomar Cartago sin resolver antes la cuestión española. Es una verdadera paradoja que con Aníbal derrotando en Italia ejércitos romanos uno tras otro, la guerra vaya a decidirse tan lejos, pero a Aníbal, maestro de la táctica, le falló la estrategia, y aquella fue, más que ninguna otra, una guerra de estrategia.

Con Aníbal recorriendo Italia y Roma amenazada, el Senado romano, comprendiendo cuál es la verdadera clave de la guerra, envía a España en el año 217 aC a Publio Cornelio Escipión para que una sus fuerzas a las de su hermano Cneo. Increíble. Y más cuando Aníbal pide, suplica, refuerzos a Cartago, ya que los romanos, con gran visión estratégica, se interponen entre él y su hermano Asdrúbal impidiéndole ayudarle. Pero Cartago no atiende a sutilezas estratégicas, sólo a su bolsa, y enviar un ejército a Aníbal no es rentable, hay que alistar soldados, pagarlos, alistar naves, embarcarlos... demasiados gastos para los mercaderes que sin embargo envían sus naves a traficar de contrabando en Italia para sacarse una buena tajada de la guerra.

Tras sofocar una rebelión de los turdetanos, Asdrúbal marcha contra los romanos, ya que debe derrotarlos antes de partir para ayudar a su hermano en Italia. Los dos hermanos Escipiones le esperan en Tortosa y le derrotan, pero Asdrúbal consigue retirarse con la mayor parte de su ejército. Entonces los Escipiones cometen su primer y único error: se creen su victoria y en lugar de perseguir a Asdrúbal para aniquilarlo bajan por la costa para "liberar" Sagunto en la campaña de 211 aC. Ellos creen que aquello es un golpe propagandístico, todo un rearme moral, pero Asdrúbal Barca, hijo de Amílcar Barca y hermano de Aníbal Barca ya les tiene preparada una sorpresa. Cuidadosamente separa a los dos hermanos romanos que bajando por Levante no han podido tomar Akra-Leuka, atrayendo a Publio a una emboscada preparada por la caballería númida de Masinisa que encierra a las legiones hasta que Asdrúbal llega y las destroza. Publio muere combatiendo y los restos romanos se retiran hacia el norte mientras Asdrúbal marcha contra Cneo que, abandonado por los auxiliares españoles, se refugia en Ilorci, nuestra Lorca, donde es derrotado y muere también. De golpe, Asdrúbal ha eliminado la amenza de Roma en España. Los restos de las legiones conseguirán replegarse hasta Tarraco, nuestra Tarragona, donde bien atrincherados al mando de Marco Claudio Nerón conseguirán aguantar los ataques púnicos.

En Roma el desastre provoca una reacción del pueblo que está ya harto de derrotas, de aguantar a Aníbal a las puertas de Roma y que busca desesperadamente al hombre que la lleve a la victoria. Y ese hombre no es otro que Publio Cornelio Escipión, el joven hijo del general muerto en España al que el pueblo romano ve como un héroe. Y la presión popular obliga al Senado a concederle el mando de las tropas que partirán hacia España. Y el Senado, presionado en la calle, le concede "el mando"... pero no las tropas. El Senado no está dispuesto a arriesgar un ejército en manos de aquel jovenzuelo aventurero: si quiere soldados que se los busque él. Pero el joven Escipión recluta a sus legiones entre los veteranos de la guerra italiana y además hace un llamamiento a la juventud romana que, ante el asombro del Senado, se atropella para alistarse en aquel ejército inaudito que parte hacia España. Un ejército de jovenzuelos idealistas mandados por otro jovenzuelo que viste el palludamentum escarlata de general por primera vez. El Senado les despide pensando que no volverá a verlos más, pero aquel ejército "de Pancho Villa" mandado por un "jovenzuelo inexperto" está llamado a maravillar al mundo con sus proezas, dándole a Roma un poder como el que jamás había tenido hasta entonces y poniendo la primera piedra de los cimientos de lo que después sería el Imperio Romano.

Desembarcado en Tarraco, Escipión, al que la Historia conocerá después como "el Africano" convierte aquel ejército en una formidable máquina militar. Los manípulos se curten hasta convertirse en los mortíferos dientes de esa máquina de picar carne humana que es la legión romana. Escipión consigue lo que entre los romanos conseguirán sólo César, Germánico o Trajano: la total comunión con sus hombres, inseparablemente unidos en un Destino común, cabalgando a lomos de la Fortuna para realizar empresas irrealizables, para conseguir lo imposible.

Una vez completado el duro adiestramiento a marchas forzadas de sus legiones, Escipión convoca a los oficiales romanos y les hace saber cuál es el objetivo de la campaña del año 209 aC. Los romanos no se pueden creer lo que están oyendo. Van a tomar Qart-Hadasaht. "¿Por qué?" preguntaría algún experimentado oficial atónito. "Porque es lo último que pensarán que vamos a hacer" replicaría Escipión con contundencia. Poco antes, los ejércitos combinados de su padre Publio y su tío Cneo no habían podido tomar Akra-Leuka, mucho más pequeña, bastante peor defendida que la poderosa Cartagena. Pero Escipión, en una marcha increíble a través del litoral levantino y flanqueado por la flota romana, se planta ante Cartagena como años más tarde César se plantará ante Vercingetórix tras cruzar las Cevenas, y con los mismos resultados letales para el enemigo que no espera una irrupción así a sus espaldas. Escipión embarcó todo el tren de suministro en las naves con lo que liberó a las legiones de tener que marchar al lento paso de los carros. Los sorprendidos púnicos, al mando de Magón, al ver aparecer de improviso a las legiones, se apresuraron a encerrarse tras las imponentes murallas de Cartagena mientras los romanos se aprestaban para el asalto final que consistió en un ataque de diversión de la flota y otro de la infantería a las murallas del istmo, las más poderosas y mejor defendidas, justo delante del campamento romano. Mientras tanto, el grueso de las legiones había rodeado la laguna cerraba la ciudad y al llegar la marea baja Escipión la cruzó rápidamente, atacando por detrás a la ciudad, por su parte más débilmente amurallada y defendida. Sorprendidos por la audacia del ataque y tomadas las murallas, Qart-Hadashat cayó.

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La toma de Cartagena por Escipión.

Las medidas tomadas por Escipión en la aterrorizada ciudad conquistada le ganaron la gratitud de sus habitantes. No hubo represalias ni confiscaciones. Los valiosos artesanos españoles que manejaban la industria armamentísitica púnica fueron "asimilados" por los romanos bajo garantías personales de Escipión. Así que ahora, pensando que el nuevo patrón romano era más amable que el antiguo púnico, los artesanos españoles se dedicaron a fabricar sus temibles espadas cortas para los romanos. Aquellas espadas que habían causado la mayor masacre en Cannas. La formidable espada española, el arma que más muertes ha causado hasta la introducción de la pólvora, aquella a la que los romanos llamaban "gladius hispaniensis" (espada española), y que ahora pasaría a formar parte del equipo del legionario romano. El comportamiento de aquel grande entre los grandes llamado Escipión sirvió para atraer al bando romano a muchos españoles que estaban deseosos de liberarse del yugo púnico. Por ello Escipión pudo contar con 3.400 jinetes españoles y 3.000 infantes ligeros que fueron la clave de sus posteriores victorias en España. No olvidemos que Escipión era jinete, y de los buenos, y sabía que este arma era la clave para poder derrotar a los púnicos.

Asdrúbal, que se dió cuenta inmediatamente de la importancia de la derrota, esperará a Escipión cerca de Baecula, nuestra Bailén, ¡Cuántas batallas han tenido como escenario esa bellísima e inmensa llanura andaluza que se abre tras cruzar el imponente desfiladero de Despeñaperros! cerca de Bailén fue derrotado Asdrúbal, en Munda venció César a los últimos pompeyanos, en Las Navas de Tolosa se decidió el destino de la Cristiandad, unidos los ejércitos de los reinos españoles contra la invasión musulmana de Ben-Yusuf y en Bailén de nuevo, el ejército español al mando del general Castaños derrotó al hasta entonces invencible ejército de Napoleón. Esa tierra tiene algo que enerva la sangre de todo el que conoce su historia y tiene la suerte, como yo, de visitarla varias veces al año. En las tierras andaluzas que hoy huelen a aceite puro de oliva, Escipión acampó frente a un confiado Asdrúbal que creía que la larga marcha había agotado a los legionarios romanos. Tenía 6.000 falangistas africanos, 15.000 infantes pesados españoles, 3.000 infantes ligeros también españoles y unos 2.500 jinetes númidas y españoles. Escipión tenía bajo su mando a las legiones V, VI, VII y VIII, pero estaban incompletas debido a la necesidad de dejar guarniciones en las plazas ocupadas. La caballería contaba con unos 500 jinetes italianos más los españoles: 1.400 mastienos al mando del príncipe Alucio y 2.000 edetanos al mando del rey Edecon.

ASDRÚBAL: 26.500 ESCIPIÓN: 21.400
Caballería
Númidas: 2.000 Italianos: 3.000
Españoles: 500 Españoles: 3.400

2.500

6.400
Infantería pesada
Falangistas: 6.000 Legionarios romanos: 12.000
Españoles: 15.000
21.000 12.000
Infantería ligera
Españoles: 3.000 Velites romanos: 3.000
3.000 3.000

Pero Escipión no iba a dejarse sorprender. Levantó a sus hombres a las cuatro de la mañana y en el más absoluto silencio desayunaron, se armaron y salieron del campamento dispuestos a rodear el campamento púnico. Asdrúbal, avisado in extremis de la maniobra romana, no tuvo tiempo de formar a su infantería adecuadamente mientras la caballería española al mando del príncipe Alucio derrotaba a la púnica y envolvía al ejército de Cartago. ¡Las tornas se habían vuelto! Ahora los romanos habían aprendido las tácticas de Aníbal y las usaban contra los propios púnicos. Las tropas púnicas, incapaces de maniobrar,  fueron encerradas entre las legiones romanas y los terraplenes de su propio campamento y aplastadas por la furia de las legiones romanas. Más de un tercio de los hombres de Asdrúbal cayeron allí mismo mientras los demás escapaban como podían de aquella trampa. Unos 10.000 infantes y 2.000 jinetes fueron hechos prisioneros. Los españoles que habían servido en las filas púnicas, al mando de Indíbil, recibieron la oferta de seguir combatiendo bajos los estandrates romanos. Asdrúbal huía y los españoles no iban a dejarse matar por un jefe que les había abandonado a su suerte huyendo a lomos de su caballo: aceptaron la oferta cargada de promesas. Asdrúbal pudo escabullirse para retirarse con los restos de su ejército hacia el norte.

Éste, querido lector, es el verdadero punto de inflexión de la II Guerra Púnica, la pérdida del poder púnico en España que fuerza a Asdrúbal a emprender la marcha hacia Italia para reunirse con su hermano. Perdida Cartagena, estaba perdida España. Pero Escipión había avisado a Roma de la marcha de Asdrúbal y las legiones le esperan en el norte de Italia. Una noche, un jinete romano lanza por encima de la empalizada del campamento de Aníbal una bolsa que contiene la cabeza de su hermano Asdrúbal.

Aníbal ha ganado todas las batallas en Italia, pero ha perdido la guerra en España.

Mientras, Escipión completa la rápida conquista de la Iberia púnica, que a partir de ahora se llamará Hispania y salta a África en el último acto de la guerra. Los gobernantes púnicos, alarmados al ver a un ejército romano marchar contra sus fincas, llaman a Aníbal que regresa a Cartago con sus soldados púnicos y españoles y algunos galos, dejando a los demás galos y a todos los italianos abandonados en Italia. En Zama, Escipión, que cuenta con la mitad de soldados que Aníbal pero que ha atraido a su bando a los jinetes númidas ¡ah, la caballería, la clave de la II Guerra Púnica...!, vence brillantemente al gran Aníbal en el año 202 aC. Aníbal escapa de la batalla donde mueren casi todos los españoles defendiendo sus posiciones hasta el final. Roto para siempre el sueño de los Barca, roto para siempre el sueño de Cartago.

Mientras, en España, los iberos estaban felices porque acababan de sacudirse al invasor púnico, aunque no podían sospechar que el nuevo invasor romano era mucho más peligroso y temible. Los primeros problemas llegarán rápidamente. En Roma, la línea de los Escipión, basada en la conquista tranquila, en la asimilación de los pueblos conquistados mediante su impregnación cultural y social, la romanización, que fue la línea que siglo y medio después seguirían Pompeyo y César, fue sustituida por la línea del loco Marco Porcio Catón, que estaba aún más loco que su bisnieto (parece increíble pero así es, amigo lector) y sus amigotes los ultraconservadores, después llamados optimates, esa auténtica mafia. Esta línea era la de la depredación, la del imperialismo ladrón que pasaba por encima de cualquier cosa con tal de llevarse todo lo que pudiera sin importar nada más. Roma se las prometía muy felices en su nueva posesión. Lo que nadie en aquel momento podía soñar en Roma era que para conseguir doblegar a España harían falta dos siglos completos de terribles guerras que costarían a Roma decenas de miles de muertos.

Los admirados romanos se referirían a España con la famosa frase de Tito Livio que ha pasado a la Historia como el compendio del orgullo indomable de nuestra Nación:

Los primeros en ser invadidos... los últimos en ser dominados.

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