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ESPAÑA CONTRA ROMA

 

La línea impuesta por el loco Catón y sus secuaces gangsteriles en el Senado de Roma, la "línea depredadora" que se basa en saquear, robar y expoliar, provoca que los propretores que se suceden al mando de los territorios españoles, divididos en la Hispania Ulterior y la Hispania Citerior Ulterior (Andalucía y el Levante), se dediquen a imponer la ley de los gángsters a sangre y fuego en la zona controlada por Roma. El cambio del dominio púnico al romano lo perciben de repente los españoles como salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Roma no tiene miramientos. Pero los indomables españoles venden cara su Libertad.

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Hispania en 197 aC. Tras la II Guerra Púnica, los romanos han ocupado toda la costa mediterránea y buena parte del sur españoles. Administrativamente se ha dividido el territorio en Hispania Ulterior e Hispania Citerior, cada una bajo el mando de un propretor.

En 197-196 aC se produce una gran sublevación que se salda con una gran derrota de las legiones romanas que a duras penas consiguen retirarse. El Senado envía en 195 aC un ejército consular al mando del cónsul Marco Porcio Catón, el tipo más loco y más peligroso de toda la historia de Roma, compuesto por dos legiones (unos 9.000 hombres) más unos 15.000 infantes aliados italianos, 1.000 jinetes y una escuadra de 20 naves de guerra. Sumados a las legiones de servicio, en total el ejército romano de España constaba entonces de unos 70.000 hombres. Incluso la revuelta llega a las colonias griegas de Rosas, tomada por los españoles o Ampurias, en peligro de caer. La gigantesca maquinaria militar romana sofocará la revuelta en el noreste, aunque no podrá con la resistencia de Numancia, la ciudad que por primera vez se abre a la Historia y de la que volveremos a hablar largo y tendido, pero a Catón no le importa, ya tiene oro y plata de sobra de sus saqueos y se vuelve a Roma a celebrar su triunfo y a disfrutar del botín (y menos mal que este tipejo se consideraba un "estoico"...). ¡Esto es Jauja! debió exclamar este tarado que se paseaba por Roma cubierto sólo con la toga porque decía que llevar túnica debajo era un signo intolerable de "modernidad". Este repelente descendiente de esclavos, que necesita demostrar a cada minuto que es más romano que nadie y que será la causa de la destrucción de Cartago, dejará su infame semilla en su descendencia hasta su bisnieto Catón "el joven", otro loco desquiciado que, como su bisabuelo, traerá la ruina, pero no sobre Cartago, sino sobre la propia Roma encendiendo la pira de la guerra civil entre César y Pompeyo. Y mientras tanto continuarán las depredaciones y los saqueos en la España libre del dominio romano. Auténticas razzias montadas por los gobernadores de turno para conseguir esclavos y riquezas. Tito Livio da las cifras del expolio al que el tarado Catón sometió a España: unas 26.000 libras de plata y 1.400 de oro. El año anterior a la sublevación, en 198 aC, la cantidad que Roma sacó de España fue de ¡50.000 libras! Sobran los comentarios.

En 182-181 aC las legiones romanas conquistan la zona comprendida entre el Júcar y el Ebro. Tito Livio nos ha dejado la cifra de los efectivos enviados a España entre los años 193 a 181 aC:

Año Romanos    Aliados  
193 6.200 10.400
191 2.201 4.400
189 2.050 8.400
188   6.400
186 3.200 21.300
184 4.300 5.500
182 4.200 7.300
181 3.200 6.300

La relación normal entre romanos-aliados en las legiones de la república era aproximadamente de 1-1. A cada legión se le asignaba un contingente similar aliado italiano. La gran sangría provocada por la II Guerra Púnica en los efectivos romanos queda perfectamente ilustrada por la tabla superior.

Sin embargo, en 180 aC llega un nuevo pretor a Hispania: Tiberio Sempronio Graco, un hombre que prosigue la conquista, pero muy distinta en las formas. Graco no ve a Hispania como un inmenso corral que saquear, sino como un territorio a romanizar, a integrar, algo que en aquellos tiempos era una auténtica herejía. Durante los dos años de su propretura 180-179 aC, Graco consolidará la conquista del valle del Ebro colonizándolo, combatirá y vencerá a los carpetanos en las mismas tierras que siglos después recorrerá Don Quijote a lomos de la pluma de Cervantes y a los celtíberos. Pero a la conquista va unida la reconciliazción, el pacto, el tratado, la colonización... la romanización. Sempronio Graco se esforzará por acercar a los españoles una Roma beneficiosa y amiga y los españoles agradecerán su gesto firmando con él la Pax Sempronia. Incluso tras serle concedido por el Senado un Triunfo prefirió Graco quedarse un tiempo más en España para finalizar su labor de asentamientos y de pactos con las tribus iberas que le ven como a un gobernante justo y equitativo. El primer romano que ha cumplido los tratados. Gracias a Graco los españoles pueden enviar delegaciones al Senado de Roma para quejarse de los abusos de los gobernadores, gracias a Graco el Senado dicta leyes para proteger a los españoles de las depredaciones, gracias a Graco Roma comienza a construir obras públicas que serán el más firme vehículo de la romanización. Y los españoles comienzan a acomodarse a su nuevo status.

Pero nada dura eternamente...

 

La Pax Sempronia se romperá dramáticamente en 154 aC cuando, en medio de una campaña de saqueos y depredaciones romana, un caudillo lusitano de nombre Púnico, de más que probable origen cartaginés, se alce en armas contra Roma derrotando a los propretores Manlio y Calpurnio y casi aniquilando su ejército, lo que motivó que numerosos pueblos se le unieran en esta lucha contra una Roma que, abandonando el espíritu de Sempronio, se ha lanzado una vez más a la depredación. Entre las adhesiones que recibe Púnico se encuentra la de la ciudad de Numancia, la capital de la Celtiberia.

Pero Roma no va a dejar que la aventura de Púnico quede sin castigo. En el año 153 aC llegan a España el cónsul Quinto Fulvio Nobilior y Lucio Mummio con unos 60.000 hombres en total. El alzamiento ha causado gran temor en Roma y los generales romanos prescinden de los auxiliares españoles procedentes de los territorios bajo dominio romano. Es una auténtica guerra de la España Libre contra Roma, una auténtica guerra nacional contra el invasor como años más tarde lo será la de Vercingetórix contra César. Segeda, la capital de los titos y belos, es destruida por Fulvio Nobilior y sus habitantes se refugian en la vecina Numancia que se prepara para resistir el ataque. Pero entonces el ejército de Lucio Mummio es derrotado estrepitosamente por los lusitanos de Púnico y los estandartes romanos repartidos por media España que aclama frenéticamente a los héroes que han derrotado a dos ejércitos romanos en dos campañas. La vulnerabilidad de Roma ha quedado demostrada frente a los ejércitos de españoles curtidos en la batalla que se enfrentan sin miedo a las poderosas legiones romanas. Un sentimiento de solidaridad nacional recorre por primera vez las tierras de la España Libre del dominio romano que ve como miles de hombres dejan sus hogares para marchar a luchar unidos contra el invasor. Y en ese momento, los numantinos, animados por tanto jolgorio salen de excursión y acorralan y aniquilan a una legión entera a la que han aislado e ido empujando a una astuta trampa el 23 de agosto de 153 aC.

En Roma no pueden creérselo: una banda de bárbaros sin civilizar ha vencido a dos ejércitos y aniquilado a toda una legión de postre. El día de la derrota y su dios tutelar, Vulcano, fueron señalados como nefas. Fulvio Nobilior, encolerizado, por aquella osadía se lanza sobre Numancia, pero la ciudad, construida en un acantilado sobre el río Duero, es inexpugnable por la naturaleza y por las murallas que la rodean. Mientras tanto, el Senado, ha ordenado el reclutamiento de dos nuevas legiones, pero se encuentra con que nadie quiere ir a Hispania. Por toda Italia circulan relatos extraordinarios de las proezas de los guerreros españoles, vinculados entre sí por extraños pactos sagrados y armados de sus temibles gladius que masacran legiones como si tal cosa. Roma no puede reclutar dos nuevas legiones porque la juventud romana se niega a ir a ese extraño país a ser masacrada por los temibles bárbaros españoles. Tras las grandes victorias de antaño, Roma se creía invulnerable, y los españoles la han golpeado donde más daño pueden hacerla. Roma se siente vulnerable y el Senado, estupefacto, presiona a Fulvio Nobilior para que acabe con la pesadilla española de una vez por todas. El cónsul romano pide ayuda a los númidas que le envían jinetes y elefantes de guerra. Los refuerzos llegan ante Numancia con diez elefantes y el cónsul romano los lanza sobre los sobresaltados numantinos que nunca antes han visto algo así. Pero siempre hay que contar con los imponderables. Y uno de esos imponderables apareció sobre el campo de batalla en forma de un curtido veterano que sí sabía lo que había que hacer contra los elefantes y se lo dijo a un hondero que lanzó su mortífero proyectil contra el ojo del paquidermo, el cual, enloquecido por el dolor, se volvió sobre sus pasos aplastando a la infantería romana que venía detrás. Los numantinos, al ver aquello, se lanzaron contra los elefantes masacrándolos y de paso masacrando también a los romanos para estupefacción del pobre cónsul que, humillado, tuvo que retirarse de aquellas tierras malditas habitadas por invencibles demonios.

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La gran victoria de los numantinos contra las legiones de Quinto Fulvio Nobilior, por Angus McBride (Ed. Osprey).

El Senado, harto de aquella situación, envía al cónsul Marco Claudio Marcelo que, temeroso, se entretiene por el camino dando largas hasta que el Senado, enfurecido, le ordena atacar Numancia. Corre la primavera de 152 aC y el cónsul Marcelo prueba la diplomacia en lugar de la fuerza, consiguiendo una tregua que augura la paz. Entre sus oficiales hay otro Escipión, Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo de el Africano, que adquiere así experiencia militar que le será fundamental en su futura carrera destructiva. Pero el Senado no quiere oír hablar de paz y el nuevo cónsul Lucio Licinio Lúculo emprende de nuevo la guerra atacando a los vacceos y sitiando su capital Cauca, nuestra Coca. Sus pobres habitantes, que no han hecho nada para merecer aquello, son conminados a rendirse entregando todas sus armas y 100 talentos (2.700 kg.) de plata. Los habitantes de Cauca acatan las exigencias romanas y envían todas sus armas y la plata. Entonces Lúculo ordena el asalto de la indefensa ciudad, exterminando a todos sus habitantes. Acto que merece la condena de historiadores como Apiano que la califican como merece al decir que "tales actos llenaron de infamia a los romanos". Pero ante los muros de Pallantia, nuestra Palencia, no hay mujeres y niños indefensos, sino españoles que luchan por su Libertad y el salvaje criminal Lúculo es derrotado y obligado a retirarse apresuradamente. Ante esta acción Escipión regresa a Roma, pero no porque sienta asco del comportamiento en Cauca. No. Escipión se marcha porque no quiere seguir en un ejército que va a la defensiva y emprende una campaña contra lo que considera incompetencia frente a la rebelión hispana. ¡Qué gigantesca diferencia entre aquel Escipión el Africano, grande entre los grandes, y este otro Escipión cuyo curriculum va a poner pronto los pelos de punta a todo el mundo conocido.

Lúculo, que desea un botín a toda costa, arrasando de nuevo las tierras de los vacceos ¡pobres vacceos! siempre en mitad de la bronca... saqueando todo lo que encuentra a su infame y cobarde paso. Mientras tanto, muerto Púnico, le sucede Caisaros, quien no tiene el genio militar de su antecesor y es derrotado por Mummio, que logra recuperar parte de los estandartes capturados que los lusitanos paseaban. Sulpicio Galba sucede a Mummio y planea un golpe que acabe con la guerra de una vez por todas del modo más vil. Pacta una tregua con los lusitanos concediéndoles todo cuanto piden, firma el tratado y cuando los 30.000 guerreros lusitanos, desarmados, están reunidos para celebrar las conversaciones sobre el reparto de tierras los ataca de improviso masacrando a unos 8.000 y capturando miles más que son vendidos como esclavos. De aquella masacre escapará con vida un joven pastor de la sierra de Estrella al que la Historia tiene reservado un lugar entre los grandes: Viriato.

Viriato es un verdadero genio de la guerra. Fue tan temido y a la vez admirado en Roma que sus historiadores no dudan en considerarle Romulus hispaniensis "el Rómulo hispano". Poseedor de una cabeza privilegiada para la guerra y para la política, formará cuidadosamente un ejército capaz de derrotar a Roma. Alternando las acciones en campo abierto con la guerra de guerrillas, desconocida para los romanos, Viriato consigue frenar las razzias romanas y poner a Roma a la defensiva, lo que ya es un tremendo triunfo. Pero Viriato es más que todo eso, mucho más. Adiestrado ya su ejército, en 147 aC invade el valle del Betis aplastando a su paso todo lo que huele a ejército romano. Viriato es un auténtico mago de la estrategia que utiliza el terreno como un elemento más de su ejército. Se pasea en triunfo por toda la Hispania Ulterior sin que los romanos puedan derrotar a su ejército que tan pronto aparece como se desvanece por arte de magia, desapareciendo para volver a juntarse de repente a espaldas del enemigo y golpearle con toda furia. Las legiones romanas, acostumbradas a enfrentamientos "ortodoxos" con ejércitos formados en líneas compactas, son golpeadas una y otra vez por esta nueva técnica hasta ser derrotadas contundentemente.

En el valle del Tiétar, Viriato derrotará magistralmente al propretor Cayo Plautio y convertirá a Segóbriga en su capital. Los hispanos, armados con sus gladius hispaniensis, machacan a la infantería romana como un martillo machaca una nuez. Desde esta bella ciudad carpetana cuyas impresionantes ruinas aún podemos admirar junto a la autovía de Valencia, iniciará Viriato una serie de golpes contra el dominio romano de tremenda resonancia. Es un insulto que Roma no puede tolerar y envía a Quinto Fabio Máximo, uno de sus mejores generales, que es vencido por Viriato en una brillantísima campaña en la que Máximo cae en una trampa meticulosamente preparada. Todo el ejército romano cae prisionero de Viriato, pero lo que el caudillo quiere no es sangre romana, sino Pax Hispana. Político además de general, Viriato convence a su prisionero Quinto Fabio Máximo para firmar un tratado de paz que asegure la independencia de la Lusitania. El brillante Viriato sabe que puede contener a los romanos, pero no expulsarlos de España, así que admite el status quo vigente: Roma se quedará con sus territorios españoles pero no conquistará ya más. Ya tienen todo el litoral levantino y la Bética y no deben tener más.

Los senadores se quedan perplejos. Es la mayor humillación impuesta a Roma desde las Horcas Caudinas... aunque aún no saben que con el tiempo vendrá después otra aún mayor... El soberbio Senado, acostumbrado a imponer él los tratados, tiene que tragarse su orgullo y ratificarlo. Pero Servilio Cepión, cónsul en 139 aC tiene otros planes. Miembro de una infame familia optimate que pasará a la Historia por la traición, el saqueo y el asesinato (los que hayáis leido a Colleen McCullogh ya sabéis a qué me estoy refiriendo), rompe el tratado atacando la Lusitania. Cuando Viriato envía tres embajadores a Cepión, el romano les soborna prometiéndoles enormes cantidades de oro si asesinan a Viriato que será apuñalado en plena noche en su tienda por los secuaces de  los traidores. Traidores que escapan, mientras en el campamento aún se ignora el crimen, al campamento de Cepión. Este miserable canalla, esta joya de la traición, del engaño, del abuso, de la depredación, en el colmo de la mezquindad más mezquina, les espetó la famosa frase de "Roma no paga traidores"... y así se quedó él con la recompensa, claro. Los funerales del gran Viriato, inspirados en los de Aquiles narrados en la Ilíada de Homero, fueron el emotivo homenaje a un hombre cuya inteligencia estuvo a punto de conseguir lo inalcanzable.

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Hispania en 147 aC. El avance de Roma es inexorable. Ya más de la mitad de la Península Ibérica está en manos de los romanos.

Los sucesores de Viriato, sin el genio político-militar del gran caudillo, perderán la iniciativa hasta diluirse. Rápidamente, las legiones romanas aprovechan para proseguir la conquista a través de los valles de los grandes ríos; el Tajo, el Duero y el Miño, que, a falta de vías, son utilizados como tales. Sin embargo, una ciudad permanece libre y desafiante al enemigo: Numancia. Siempre Numancia. El Senado envía en 143 aC al veterano de la guerra de Macedonia Quinto Cecilio Metelo con otro impresionante ejército que se dedica a arrasar las tierras de los vecinos aliados de Numancia, entre ellos las de titos y belos y sobre todo las de los vacceos, otra vez los vacceos, ¡que cuando había reparto de palos se llevaban casi todos siempre, los pobres!. A Metelo le sucede Quinto Pompeyo en 141 aC, quien marcha sobre Numancia, se fortifica en el mismo sitio que se fortificó Fulvio Nobilior y, como no había sido invitado y los numantinos eran gente a quien no gustaban visitas inesperadas, es despachado de vuelta con algunos cuantos miles de legionarios menos. Enfurecido por la derrota, Quinto Pompeyo se vuelve contra Termancia, la ciudad hermana de Numancia, pero los termantinos resisten con inigualable valor el asalto y Quinto Pompeyo, ante el riesgo de quedar atrapado entre los muros de Termancia y los numantinos que acuden en tropel en auxilio de su ciudad hermana, se retira enfurecido de aquellas tierras malditas hasta Levante arrasándolo todo a su paso... Arrasando las tierras de los que ninguna culpa tenían, claro. Quinto Pompeyo intenta entonces camuflar sus derrotas tratando de llegar a un acuerdo con los irreductibles españoles, pero el Senado no quiere oír hablar de nada que no sea rendición incondicional y abre un proceso a este tipejo, a quien la aventura española le acaba saliendo cara. Su sustituto, Popilio Lenas, vuelve a sitiar Numancia en 139 aC. Los numantinos, extrañados por toda aquella gente montando ruido ante sus murallas, salen a ver qué pasa y Lenas y su ejército se vuelven por donde han venido, ¡a la carrera!, aunque algunos miles de ellos, que no pueden correr tanto, se quedarán en los campos de Numancia para servir de abono a la próxima cosecha. En Roma, los senadores se muerden los puños. ¿Cómo es posible que el ejército vencedor de Cartago sea humillado de tal forma por aquellos salvajes hispanos?.

Sin embargo, la mayor humillación sufrida jamás por Roma en campaña en toda su historia llega en 138 aC, cuando el cónsul Cayo Hostilio Mancino al mando de su flamante ejército consular llega para acabar la guerra de una vez por todas. Pero España arde. Los saqueos y la destrucción causada por Roma han colmado la paciencia de los enfurecidos españoles de tal manera que la mayor parte de las tribus se unen de nuevo para combatir juntas al odiado enemigo romano. Incluso las temibles tribus cántabras marcharán para unirse a esta gran coalición de pueblos que luchan por su Libertad e Independencia contra un poder opresor que se basa nada más que en la fuerza bruta, la injusticia y el crimen para imponer su ley sanguinaria. El cónsul Mancino sitia ¡de nuevo! Numancia y las tribus libres corren desde todos los puntos a socorrer a la ciudad hermana. Mancino, al enterarse de la inminente llegada de toda aquella gente enfadada con él, no se lo piensa dos veces y apresuradamente levanta su campamento e inicia eso que algunos llaman "retirada estratégica" o como decimos los castizos "marica el último". Los numantinos, que tenían preparada otra bonita "fiesta de las espadas" a los romanos se entristecen tanto al verlos partir que salen en tropel dispuestos a montar la fiesta allí mismo. Los romanos se aterrorizan y emprenden la huída a marchas forzadas, pero lo que el cónsul Mancino no sabe es que está siendo llevado a una inteligente trampa igual que se lleva una oveja al matadero. Los numantinos empujan a las legiones que, con sus flancos rodeados por las tribus que llegan, sólo tienen un camino posible... precisamente aquel que los españoles les están dejando libre... y que conduce, a través de un desfiladero a una hoya sin salida donde todo el ejército consular romano queda encerrado.

Los españoles, a pesar de ser gente capaz de hacer cualquier cosa por defender nuestra Libertad no somos un pueblo que guste de la sangre innecesaria, y por eso les perdonamos la vida a esos romanos que tantas vidas españolas habían segado a traición y tantas matanzas de inocentes habían cometido. En aquel ejército estaba el cuestor Sempronio Graco, hijo de aquel Sempronio que tan gratos recuerdos despertaba en los españoles y en atención a su venerada memoria y a la tan añorada Pax Sempronia, los romanos fueron liberados. Desarmadas, las legiones de Roma, son obligadas a desfilar ante los orgullosos españoles y enviadas a Roma con el cabizbajo cónsul al frente, que se ha visto obligado a firmar un tratado de paz... otro tratado de paz... Es la mayor humillación jamás soportada por Roma, que ha visto muchas veces a sus ejércitos ser derrotados y aniquilados en múltiples guerras, pero nunca jamás ser humillados de esta manera. Ni siquiera la humillación en las Horcas Caudinas cuando los samnitas enviaron al ejército romano de vuelta a casa tras hacer pasar a todos los legionarios por debajo de un yugo es comparable al espectáculo de todo un ejército consular rendido y humillado, con el cónsul en ejercicio firmando tratados y devuelto junto a sus hombres a los dominios romanos, escoltados por sus vencedores hispanos para evitar que las poblaciones tan terriblemente castigadas se cebaran en represalias contra los desarmados romanos. ¡Inaudito!

La escena ante el Senado de Roma es inolvidable. Los enfurecidos senadores acusan a gritos a Mancino de alta traición, le repudian y le ordenan que vuelva a España para ser entregado a los Numantinos. A él, ¡nada menos que un cónsul romano! Y el pobre Mancino es llevado ante los muros de Numancia y allí le dejan sus compatriotas romanos, desnudo y atado con cadenas, esperando que los numantinos le den muerte. Pero los numantinos han firmado con él la paz y los españoles ni faltábamos entonces ni  faltamos ahora a los tratados, así que no le tomaron prisionero. Los sucesivos cónsules llegados a España: Emilio Lépido (137 aC), L. Furio Filón (136 aC) y Q. Calpurnio Pisón (135 aC) no se atreverán a acercarse a Numancia, contentándose con saquear los territorios fronterizos a las posesiones romanas.

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Hispania en 133 aC. Como puede verse, se ha estrechado el cerco a Numancia, el único baluarte que impide la progresión de Roma hacie el noroeste español.

Roma mientras tanto ha proseguido su camino de conquistas contra sus enemigos. Venció en 147-148 aC la resistencia de Macedonia, Épiro e Iliria y toda Grecia quedó bajo su control total. Pero la guerra se saldará con la destrucción total de Corinto, arrasada hasta los cimientos y sembrada con sal para que nada volviera a crecer allí. Y es entonces cuando, con ambos extremos del Mediterráneo bajo su control, pudo planear su esperada venganza contra la odiada Cartago que será aplastada en 146 aC por otro Escipión, nieto adoptivo de aquel grande entre los grandes llamado Escipión el Africano. Este descendiente suyo arrasará la centenaria ciudad fenicia hasta los cimientos, sembrándola con sal y destruyendo los restos de su cultura. El mundo quedará completamente aterrorizado ante estas dos sangrientas e innecesarias demostraciones de terror total a las que pronto habrá de sumarse una tercera... esta vez en España.

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