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LAS MOCEDADES DE ALEJANDRO

 Por Joaquín Acosta

 

“¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: ‘Es mucho más valiente que su padre’ Y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije el alma de su madre.”

 

Ilíada VI, 476

 

A la paciencia de Meister Manuel G., tan grande como la de Job, por soportar durante tantos años a J.I. Lago

 

 

 

 

 

Hasta los héroes tienen un origen. El de Alejandro es bien particular, debido a que abarca las dos terceras partes de su vida. Los primeros veinte años del Magno son los menos registrados por los historiadores. Otra razón más que explica el misterio, y el malentendido. La vida anterior al reinado de Alejandro es la menos documentada, al haberse perdido las fuentes que se enfocaron en los primeros lustros del macedonio. La mayor parte de esta época está registrada exclusivamente por Plutarco. No obstante, el estudio de la infancia y adolescencia del Magno permitirá una mayor comprensión de las circunstancias y personalidad de este titán histórico, cuyo legado es trascendental para la humanidad entera.

 

 

 

EL REINO

 

La antigua Macedonia era una tierra de hombres rudos, bravucones, orgullosos hasta la muerte y muy preciados de su honor. Carl Grimberg anota que los corpulentos compatriotas de Alejandro Magno tienen muchas similitudes con los vikingos. Para que un macedonio fuese considerado un hombre, tenía que haber cazado un jabalí, aunque lo ideal es que hubiese dado muerte a un guerrero enemigo en batalla, ambas cosas al cumplir los quince años. Igualmente, en la patria de Alejandro un auténtico hombre era buen bebedor, jactancioso con sus cicatrices adquiridas en batalla, y dispuesto a dar muerte a todo aquel que se atreviese a atentar contra su honor.

 

Semejante idiosincrasia explica cómo la historia de esta tierra es principalmente la crónica de sempiternas pendencias entre los diferentes clanes. Así las cosas, Macedonia no era más que un país hecho jirones por las endémicas guerras tribales entre sus revoltosos y conflictivos habitantes. El rey era una simple figura decorativa, pues el verdadero poder estaba repartido entre las diferentes casas nobles, las cuales acostumbraban pactar con las fuerzas políticas extranjeras, con tal de aumentar en unas cuantas hectáreas sus dominios.

 

Como Macedonia limitaba en el norte con los ilirios, peonios, agrianos y tracios, en el sur con Tesalia y Grecia, en el este con el imperio persa y en el occidente con el reino de Epiro, se podrá verificar que los países fronterizos eran los que más se beneficiaban con la situación reinante en ese tiempo. De hecho, hubo una época en que Macedonia fue una satrapía o provincia del imperio persa.

 

Tal situación se acabó con las guerras médicas. El lugar que ocupaba el imperio persa en relación con los griegos orientales y los macedonios, fue reemplazado por la Liga de Delos, es decir por Atenas. Esta polis se dedicó a consolidar su propio imperio en el mar Egeo y Tracia, principalmente en el Quersoneso, y tal acontecimiento implicó que Macedonia dejara de ser una satrapía persa para volverse un títere más en el juego de poder ateniense, el cual fomentaba los conflictos internos entre los aristócratas macedonios, para beneficio de la facción dominante en Atenas.

 

El verdadero amo de Macedonia volvió a cambiar de nombre con las nefastas guerras del Peloponeso, en donde los aterradores guerreros espartanos arrebataron a los atenienses la hegemonía helénica. Sin embargo, la victoria de los lacedemonios fue pírrica, por cuanto el verdadero ganador en estas guerras fratricidas fue el imperio persa, quien aprovechó el desgaste de las potencias griegas para recuperar sus dominios occidentales.

 

La situación cambiaría gracias a uno de los caudillos más geniales y admirables de la antigüedad, y de la historia entera: Epaminondas de Tebas. Este genial general y estadista fue lo suficientemente ignorante como para atreverse a intentar una quimera, y de esta manera se enfrentó a los invencibles espartanos. Como buen iluso, logró el imposible de derrotar a una de las tropas más disciplinadas y temibles de todos los tiempos con una milicia claramente inferior, tanto en calidad como cantidad de soldados, pues los tebanos y sus hermanos beocios no eran más que una raza de brutos, según el resto de pueblos helénicos consideraba. Tal situación fue trastocada por Epaminondas, y gracias a él los tebanos se ganaron el merecido título de mejores soldados del mundo, especialmente la élite de su ejército, los magníficos guerreros de la célebre Hueste Sagrada tebana.

 

Semejante hazaña determinó que Macedonia cambiara nuevamente de amo, al igual que Grecia entera. Estamos ya en los años 369 y 368 aC, época en la que el rey decorativo de Macedonia era el joven Alejandro II (tío del  Magno) al parecer un buen guerrero, pero un soberano inexperto. En medio de la sempiterna crisis interna de su reino (a lo mejor para distraer a sus traicioneros nobles) el joven monarca emprendió la alegre empresa de invadir Tesalia, lo cual implicaba desafiar a Tebas y su ejército de primer orden. La potencia hegemónica del momento envió al lugarteniente y mejor amigo de Epaminondas, el gran general Pelópidas, y el ejército improvisado de Alejandro fue barrido del mapa.

 

 

LA HERENCIA

 

Al poco de la victoria de los tebanos sobre el monarca macedonio, parece ser que un noble llamado Ptolomeo (no confundir con el Hetairo de Alejandro Magno que se convirtió en faraón de Egipto), fiel a la tradición histórica macedonia, asesinó a su rey y se apoderó del trono en calidad de tutor del heredero. Una historia digna de la imaginación de Eurípides, Sófocles o Esquilo. Para garantizar que el impetuoso soberano macedonio se abstendría de emprender molestas aventuras que incomodasen a Tebas, Pelópidas se llevó unos cuantos nobles como rehenes. Entre éstos se encontraba el hermano menor del rey Alejandro, un adolescente llamado Filipo, quien recientemente había dejado de ser a su vez rehén de los brutales ilirios. Fue breve el tiempo que este joven pudo pasar con su familia. La infancia de este príncipe, cuyo linaje se remontaba hasta los mismísimos Perseo y Heracles, no fue ningún cuento de hadas.

 

Al año de su crimen, el regente Ptolomeo fue a su vez ultimado por su pupilo Pérdicas, hermano menor del asesinado Alejandro. La situación del nuevo rey era sumamente precaria, y necesitaba a su lado colaboradores que no pretendieran asesinarle. Tebas accedió a devolverle a su hermano menor Filipo. El chico había crecido, y así mismo aprendido de uno de los políticos más grandes que hubiera dado Grecia. Pérdicas lo nombró gobernador.

 

Tiempo después, los ilirios invadieron Macedonia nuevamente. Pérdicas les hizo frente mientras Filipo mantenía vigilados a los nobles. Como de costumbre, el ejército macedonio fue aniquilado, y el rey perdió la vida en la batalla. Los ilirios se dedicaron a saquear el norte del país, violar a las mujeres y esclavizar a los habitantes de la zona.

 

Cuando un soberano macedonio fallecía, por tradición ancestral los guerreros del reino se reunían en asamblea, y elegían a un miembro de la familia real como nuevo monarca, generalmente el primogénito del rey anterior. En el 359 aC, el hijo del difunto Pérdicas era apenas un niño. En consecuencia, la diezmada asamblea de macedonios nombró regente a Filipo mientras el heredero de Pérdicas -llamado Amintas- alcanzaba la mayoría de edad.

 

Era costumbre reiterada que al perecer un rey macedonio con su ejército, los diferentes aspirantes a suceder al monarca difunto pactasen con los ilirios, tracios, peonios y atenienses, y al frente de estas fuerzas invasoras saquearan Macedonia, generando desastrosas guerras civiles que generalmente terminaban cuando uno de los pretendientes se hacía con el poder, para beneficio de los países circunvecinos y desgracia de los macedonios.

 

El joven, soñador e inexperto regente cambió la historia. Hammond dice de este hombre admirable: “Filipo infundió ánimo y valor en su ejército reuniendo asamblea tras asamblea, rearmando y entrenando su infantería, y lo inspiró con su propio espíritu indomable.” Gracias a sus conocimientos adquiridos en Tebas, los desmoralizados macedonios conocieron finalmente el sabor de la victoria. El nuevo regente, de 24 años de edad, derrotó al ejército de mercenarios financiado por Atenas -que apoyaba las pretensiones de un hermanastro de Filipo- y  seguidamente a las invictas hordas ilirias, ganándose así el respeto de los tracios y la animadversión de la facción dominante en Atenas, que veía con lógico disgusto el renacer de Macedonia.

 

Olimpia, la futura madre de Alejandro, era hija del rey de Epiro. La tradición histórica la dibuja como una ménade furiosa, ninfómana y depravada. Tal leyenda carece de asidero racional. Si bien esta hermosa y fascinante mujer era muy aficionada a los misterios sagrados, es poco lo que se sabe de estos rituales. Lo único certero hasta la presente fecha, es que las ceremonias incluían música y danzas. Olimpia no era ninguna hetaira, sino una princesa de rancio abolengo, perteneciente a la casa real que descendía tanto de Aquiles como de Príamo, el último rey de Troya. La única forma en que Filipo podría poseerla, sería mediante el matrimonio.

 

Hammond y Faure consideran que el enamoramiento a primera vista de Filipo hacia Olimpia durante su iniciación en los misterios de Samotracia, es otra de las muchas ficciones y leyendas habientes en torno a Alejandro, en donde los portentos y buenos augurios son numerosos: el día del nacimiento estuvo saturado de truenos y relámpagos, al tiempo que las águilas de Zeus se posaban sobre los aposentos de la reina, y Filipo obtenía tres victorias simultáneas: una en los juegos olímpicos y dos en el campo de batalla, la primera a través de él mismo y otra mediante su lugarteniente Parmenión. En Asia, un demente incendió el templo de Artemisa en Éfeso, presagiando así el futuro que le esperaba a ese continente, según cuentan este tipo de relatos.

 

Dejando a un lado el romanticismo mitológico de los griegos, podrá entenderse que el enlace matrimonial con el contiguo reino de Epiro fue como las otras tres bodas entre Filipo y las restantes princesas de los países vecinos. Así las cosas, el soberano macedonio se desposó con la heredera molosa, la embarazó un par de veces -durante los intermedios de sus campañas- mientras ejecutaba sus planes de dominio y conquista. De esta unión nacerían Alejandro (356 aC) y su hermana Cleopatra. El linaje de Perseo y Heracles se había unido al de Aquiles y Héctor, por lo que Alejandro era descendiente de Zeus, a través de las dos ramas de su impresionante árbol genealógico.

 

Mary Renault describe a la madre del gran Alejandro de la siguiente manera:

 

“Olimpia fue una mujer de gran capacidad e inteligencia, cuyo juicio quedaba totalmente nublado por sus emociones; fue visionaria y orgiástica, aunque no en un sentido sexual; tuvo un tipo de orgullo que no se habría rebajado a cometer un vulgar adulterio. Para muchas mujeres el frenesí dionisíaco representó una especie de viaje liberador con drogas, pese a que sólo utilizaban vino y el resto correspondía a la autosugestión y a la emoción compartida. Olimpia le añadía una poderosa imaginación. Para cólera y disgusto de Filipo, que tenía aspiraciones helénicas, Olimpia mantuvo a su alrededor las serpientes domesticadas del culto tracio primitivo. Es posible que sufriera alucinaciones autoinducidas. Con toda probabilidad Alejandro todavía era muy pequeño cuando ella le dio a entender que Filipo no era su padre.

 

En aquellos tiempos la vida cotidiana gozaba de poca intimidad, incluso en el caso de los grandes. Por eso resultaba significativo que, pese a las acusaciones que Olimpia provocó, nunca se mencionara a nadie como su amante. Dado que odiaba a su marido, quiso poseer totalmente a su hijo. Acontecimientos posteriores demuestran que, cualquiera que fuese el misterio que Alejandro creyó que rodeaba su nacimiento, él lo consideraba sobrenatural.”

 

Ésta es la dura cuenta de cobro de Olimpia hacia Alejandro, de la que habla el maestro Lago. Y el propio Magno, quien medio en broma y medio en serio, solía decir que su madre le había cobrado un alto alquiler por los nueve meses de alojamiento que le dio al macedonio.

 

En poco tiempo, Filipo pasó de la defensiva a la ofensiva. Una vez aseguradas sus fronteras, se dispuso a expandirlas. El regente macedonio demostró que aprendió lecciones muy interesantes en Tebas. La asamblea de guerreros lo entendió así, y los recientemente victoriosos soldados decidieron finalmente que Filipo se convirtiera en su rey, por lo que el infante Amintas fue desplazado del trono por su tío. Esta medida era legítima de acuerdo con las leyes ancestrales del país, pues -como ya lo anotó J. I. Lago- la corona no pasaba automáticamente de padre a hijo. La asamblea de los macedonios en armas era quien escogía al monarca, el cual debía estar emparentado con antiguos reyes del país.

 

Al poco, el nuevo rey probó que los macedonios acertaron en su decisión. Filipo creó por primera vez un ejército permanente y profesional. Así mismo, el futuro padre de Alejandro aprovechó las particularidades de la estructura social homérica en que se hallaba su reino, para incorporar a sus nobles en condición de oficiales y jinetes. Tanto Grimberg como Renault apuntan que se puede considerar a Filipo como el creador de la caballería como unidad táctica.

 

Su genio innovador no fue menor en infantería. El padre de Alejandro se inventó la sarissa, la pica macedonia que sólo sería superada siglos después por las legiones romanas. Igualmente mezcló la infantería pesada con arqueros y honderos, y mandó construir las máquinas de asedio asiáticas, y así mismo las inventadas por encargo de Dionisio, el famoso tirano de Siracusa. Se evidencia así que este general fue algo más que un mero imitador de su maestro Epaminondas. Droysen por su parte, hace la siguiente acotación:

 

“Y además de formar este ejército, supo imprimirle la disciplina necesaria y una formidable capacidad militar. Refieren de él las fuentes que suprimió todo lo que consideraba bagaje innecesario, incluyendo los carros de impedimenta de la infantería, que asignó solamente un caballerizo a cada jinete y que obligaba a sus tropas a marchar con gran frecuencia, incluso en los días más calurosos del verano, hasta 6 y 7 millas, con toda su impedimenta y provisiones para varios días. La disciplina mantenida en este ejército era tan rígida, que en la guerra del año 338 fueron dados de baja dos jefes por llevar al campamento a una tocadora de laúd.”

 

Y al igual que los grandes, Filipo fue algo más que un general con genio. Era un virtuoso de la diplomacia, las intrigas y el engaño. Una vez conquistados los países ubicados al norte de Macedonia, y asegurada su alianza con Epiro mediante su enlace matrimonial con Olimpia, la siguiente etapa en su carrera de dominio fue el Quersoneso tracio, posesión ateniense hasta ese entonces. Fue de esta manera como Filipo dirigió sus miras a los territorios griegos.

 

 

EL ADIESTRAMIENTO

 

El genio propagandístico de Filipo hizo su jugada maestra: Para demostrarle a la opinión griega que el soberano macedonio también era un heleno, desde la más tierna infancia instruyó a su hijo en la típica educación griega, formándole así en la senda de la paideia. Para tales efectos, Filipo trajo de Epiro al severo Leónidas, quien inició al pequeño Alejandro en el rigor espartano y la cultura ateniense, para obtener de esta manera al heleno perfecto. Y de paso demostrar que el soberano de los macedonios no era ningún bárbaro.

 

Para el pequeño Alejandro esto significó una vida austera y rígida, en donde el rudo entrenamiento físico y militar del gimnasio y la palestra se mezcló con la enseñanza del idioma griego y su poesía, teatro, matemáticas, historia, geografía y en fin, las artes por medio de las cuales el joven hijo de Filipo sería capaz de manejar la espada con la misma habilidad con la que recitaría la Ilíada. Según algunas fuentes, Alejandro fue un hábil cantante e intérprete de la cítara, una especie de arpa o laúd, mismo arte en el que se destacara Aquiles.

 

Esta severa educación no impidió que el niño recibiera afecto familiar. Hammond menciona ciertos hallazgos arqueológicos para concluir que la abuela paterna de Alejandro -llamada Eurídice- una reina madre que gozó del más alto prestigio, influyó decisivamente en los primeros catorce años del Magno, época en la que finalmente falleció. Fue así como gracias a su madre y abuela, el joven príncipe de los macedonios creció en medio de las historias relativas a sus antepasados Heracles, Aquiles y demás héroes helenos, y del legendario viaje de Dionisios a oriente, a Nisa y la India. 

 

De esta manera se inculcó en el chico el ideal de Areté, el culto al honor y el amor por la gloria. Fue así como nació en Alejandro el sueño de emular a los semidioses y dioses griegos, y de este modo alcanzar igualmente la fama inmortal. Semejantes ilusiones permitieron que asumiera con entereza el rudo entrenamiento al que era sometido por parte de Leónidas y demás preceptores (hasta los esclavos del palacio real podían comer golosinas, andar calzados y abrigarse en invierno) pues para lograr sus sueños Alejandro debía ser el mejor en todo, e inclusive superar a sus propios maestros. Es probable que la madre de Filipo impidiera que Olimpia haya convertido a su hijo en un Nerón. Así las cosas, la leyenda de perfidia que rodea a Eurídice y de la que se hace eco el propio Droysen, puede considerarse una más de las muchas calumnias antimacedónicas.

 

Mary Renault recuerda de esa época:

 

“En el año 348 a.C., cuando Alejandro contaba ocho años, después de un asedio plagado de incidentes, Filipo capturó Olinto, ciudad tracia colonizada por los griegos y aliada de Atenas. Había refugiado a sus dos hermanastros supervivientes, que se rebelaron abiertamente, por lo que los mató. «Semejantes tragedias fueron bastante frecuentes en la familia real macedónica», señala Grote con irrefutable veracidad.”

 

Tal fue la época en la que se crió Alejandro. Los reyes macedonios eran polígamos, por lo que la rivalidad y hasta el odio entre hermanastros era frecuente. Que el Magno una vez entronizado perdonara y hasta protegiera a su único hermano varón, fue algo único en la historia de Macedonia. Es igualmente justo anotar que la ejecución de los hermanastros de Filipo fue decidida por la asamblea de macedonios en armas.

 

Acontecimientos posteriores indican que Alejandro no sintió aprecio hacia el inclemente Leónidas, sino al afable Lisímaco, quien alentaba en el niño sus fantasías heroicas, y cariñosamente le llamaba Aquiles. El vigor físico que adquirió el príncipe de los macedonios gracias a este severo entrenamiento es histórico. Cuando el Magno culminó su instrucción básica, recibió propuestas de participar en los juegos Olímpicos. Como entre su madre y abuela paterna le inculcaran al chico una ética homérica, éste se negó, debido a que sólo estaría dispuesto a enfrentarse contra reyes, tal y como lo hizo su modelo y antepasado Aquiles. Lamb comenta al respecto:

 

“El correr, el montar a caballo y el hacer ejercicio habían endurecido a Alejandro. Se mantenía derecho, con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, sus honrados ojos azules fijos en el adversario, y sus rizos dorados apartados de sus ojos. Tenía la delicada piel de su madre, que se enrojecía en vez de oscurecerse al contacto del sol. Y, como su madre, era hermoso.”

 

Así las cosas, mientras Alejandro se ejercitaba en la lucha, esgrima, lanzamiento de jabalina, carrera, equitación, cacería y demás disciplinas físicas, Filipo se dedicaba a expandir sus fronteras. De esta forma, luego de superar varios reveses y derrotas, el monarca macedonio finalmente logró la empresa en la que su hermano Alejandro (tío del Magno) fracasara: la ocupación de Tesalia. Dicha conquista recrudeció el odio de Atenas hacia Filipo. Y de la figura política del momento: Demóstenes.

 

Mary Renault comenta del enemigo jurado de Filipo:

 

“… no tenía el más mínimo sentido del humor, aunque poseía un talento notable para los vituperios. Fue heredero de un gran ideal y su último defensor. De forma inevitable, su nombre está tocado por la grandeza del ideal y por el aura de una causa perdida. Sin duda, se trataba de un patriota por convicción y por profesión; su fe en la ciudad-estado libre era sincera... siempre y cuando se tratara de Atenas. Sólo con esfuerzo se soporta la lectura de los discursos de Demóstenes, bien pulidos y publicados por él mismo.”

 

Se inició así la “guerra fría” entre Atenas y Macedonia, o lo que es lo mismo, entre Demóstenes y Filipo. Una conflagración que se caracterizó ante todo por los manejos que se daban por debajo de la mesa, en donde el soborno, espionaje e intrigas desplazarían por un buen tiempo el entrechocar de las espadas. Así las cosas, ambos adversarios llevaron al paroxismo el principio por el cual “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, y cada bando hizo sus propios manejos. Renault anota de semejante política:

 

“(Demóstenes) No tuvo escrúpulos a la hora de sostener contactos secretos con Persia y sacar ingentes sumas al rey Oco para utilizarlas en propaganda y sobornos contra Macedonia. Por supuesto, Filipo también contaba con su propia quinta columna, compuesta en parte por agentes puramente venales y en parte por hombres preocupados por sus propias ciudades que, al igual que Isócrates, vieron en la hegemonía macedónica el final de las guerras constantes entre estados y un atisbo de esperanza para las ciudades griegas de Asia. Filipo, descarado practicante de la realpolitik, al menos no fue mojigato.”

 

Las relaciones políticas entre Macedonia, Atenas y Persia marcarían la vida de Alejandro. Como Demóstenes tenía de su lado al imperio, Filipo se dedicó a buscar alianzas con fuerzas políticas adversas al Gran Rey. Si bien Persia en la época de Jenofonte estaba desgarrada por las guerras civiles, tal situación acabó gracias al rey Ocos, un hombre de hierro que fue algo así como un Aureliano en versión persa. Este hábil monarca sometió uno a uno a los sátrapas y países rebeldes que se habían independizado, con una eficaz crueldad que causaría la admiración del propio Sila. Como Egipto y demás satrapías occidentales se rebelaron, contratando numerosos mercenarios griegos (tebanos especialmente) Ocos -asesorado por generales atenienses- hizo lo propio y así forjó un ejército de primer orden, en donde la formidable infantería griega actuó coordinadamente con la magnífica caballería asiática, por lo que luego de varios reveses y derrotas para los persas, Egipto y todo el Mediterráneo oriental fue finalmente reconquistado. Oriente vencía a occidente una vez más. El líder de la rebelión, el valiente y caballeroso Artabazos, una vez derrotado por Ocos optó por refugiarse en Macedonia. Se llevó consigo a su preciosa hija, la exquisita Barsine, y a su futuro yerno, el gran Memnón de Rodas, su asesor militar.

 

Fue así como el joven Alejandro entró en contacto por primera vez con el mundo persa. Gracias a esta experiencia, constató la veracidad de los escritos de Jenofonte, y entendería que su futuro maestro Aristóteles estaba equivocado al considerar salvajes a los asiáticos. Así mismo, es probable que desde esa época el soñador Alejandro se cautivara con la belleza de Barsine, y gracias a su sentido del honor, fantaseara con enfrentarse de hombre a hombre con Memnón para así ser digno del amor de la beldad persa, quien en el futuro le daría un hijo. Acontecimientos posteriores demostrarían el gran afecto que hubo entre Alejandro y Artabazos. Como quiera que tanto el padre de Barsine como Memnón fueran excelentes generales, y Ocos los necesitara para mantener el orden en las satrapías occidentales, el Gran Rey les perdonó y permitió su retorno a Asia.  Unas fuentes afirman que fue Memnón quien conquistó Egipto para el imperio, luego de una contienda titánica. Así mismo, según lo recogió Plutarco, el joven Alejandro causó la admiración de unos embajadores persas, por la gran cantidad de preguntas ambiciosas y sagaces que el muchacho hizo acerca del ejército organizado por Ocos, y los recursos con que contaba en sus infinitos dominios.

 

Filipo por su parte, a través de sus contactos asiáticos dio con Hermias, un sátrapa que había sido castrado por los persas, por razones análogas a las esgrimidas por los césares bizantinos: la creencia de que un hombre privado de su virilidad era menos proclive a la traición. Error que demostraría el propio Filipo, quien inició negociaciones secretas con el resentido Hermias. Este sátrapa había cursado estudios en la academia de Platón, y tenía una sobrina a la que quería como si fuera su propia hija. La dio en matrimonio a un ex compañero de estudios: Aristóteles, quien a su vez conocía a Filipo desde la niñez, pues el padre del filósofo fue el médico de la familia real macedónica. Fue así como Filipo, con la intención de establecer contactos que neutralizaran las medidas de Demóstenes, escogió a Aristóteles como preceptor de su hijo Alejandro.

 

Y como Filipo tenía que tener en cintura a sus susceptibles y traicioneros nobles, Aristóteles no sólo educaría al príncipe, sino también a un grupo escogido de jóvenes aristócratas, costumbre ancestral macedónica, en donde estos adolescentes recibirían formación como cadetes al tiempo que se constituían en garantía de lealtad de la nobleza hacia la corona. Estos afortunados muchachos no sólo alternarían su instrucción militar con clases de ciencias y filosofía, sino igualmente de alta política y gobierno. Obviamente, el joven Alejandro recibiría lecciones exclusivas de estos temas. Se puede imaginar al maestro caminando con el brazo echado sobre el hombro de su genial alumno, discutiendo de ética, leyes, medicina, biología, historia y demás saberes que tanto marcarían al mundo, en la hermosa finca de Mieza, especialmente acondicionada por Filipo para tales efectos. Las enseñanzas duraron entre tres y cuatro años.

 

Filipo y Aristóteles forjaron en Mieza un grupo de jóvenes formidables, de los cuales el mundo oiría hablar en breve. Fue en esta escuela donde Alejandro conoció a la mayoría de sus amigos más íntimos, los miembros de su “pandilla” con quienes tuvo un apego profundo, como lo refleja la amistad con Hefestión, Ptolomeo o Harpalo. Camaradería de la que se valieron los detractores para tachar de homosexual al Magno, acusación desvirtuada por acontecimientos históricos posteriores.

 

 

LA INICIACIÓN

 

Una vez culminados sus estudios superiores (probablemente a la edad de quince años) Alejandro y su pandilla ingresaron en el ejército, pues los cadetes o escuderos reales debían servir como guardias del monarca macedonio apenas se “graduaran”, en cuanto fueran consagrados como guerreros y ordenados escoltas reales. Tales deberes incluían asistir “a los miembros de la familia real que por ley debían cazar a caballo”, dice Hammond. No fue una experiencia del todo nueva, pues Filipo era un rey guerrero, y su corte era al mismo tiempo un cuartel. En consecuencia, Alejandro se familiarizó con los soldados y comandantes macedonios aún antes de aprender a caminar o hablar. Con toda probabilidad el ejército contempló por primera vez a su príncipe cuando aún era un bebé, a lo mejor llevado en los brazos del mismo rey. Como era un chico precioso, despierto y muy indagador, resulta fácil deducir que Alejandro gozaba de las simpatías de los soldados y oficiales con anterioridad a su designación como escudero real.

 

Así mismo, el vigor físico, la agilidad y valentía del hijo de Filipo ya eran célebres con anterioridad a su ingreso en el ejército. Como su astucia. Para ese entonces, Alejandro había obtenido prestigio gracias a su popular doma de Bucéfalo, el magnífico semental de guerra. Como las fuentes sobre los años previos a la ascensión del Magno al trono son escasas y poco rigurosas, inclusive en lo referente a la cronología, se ignora la fecha exacta en que el príncipe logró su hazaña. Fue la primera vez que Alejandro logró lo que los expertos consideraban imposible, y superaba de esta manera a su propio padre. Para regocijo de toda Macedonia, que ya empezaba a ver a Alejandro como el digno sucesor de Filipo. Hammond dice de la primera proeza del Magno:

 

“En su manejo de la situación Alejandro mostró una independencia de criterio, una comprensión del animal, y un grado de coraje notable en un joven de su edad. No es de extrañar que los espectadores experimentaran un gran temor, ya que Alejandro estaba arriesgando su vida. Una medida de esa aprensión fueron las lágrimas de alegría que, según se dice, derramó Filipo cuando regresó su hijo triunfante. Para aquéllos que vivieron para ver a Alejandro en Asia, este acontecimiento presagió muchas ocasiones en las cuales su independencia, inteligencia y coraje trajeron un triunfo tras otro… Alejando se esforzaba por competir con su padre y estaba dispuesto a arriesgar su vida hasta las últimas consecuencias.”

 

La disciplina del ejército macedónico era de hierro. Los azotes y demás reprimendas eran frecuentes. Se sabe que Filipo en una ocasión ejecutó a un escudero por desobedecer una orden del soberano macedonio. Con todo, como Alejandro estaba acostumbrado al rigor de Leónidas, su desempeño como guardia real fue impecable. El debut guerrero del Magno es el colmo de la hazaña de un soldado: El muchacho salvó la vida de su general. La fuente es Curcio:

 

“Cuando estalló una reyerta entre soldados macedonios y mercenarios griegos, Filipo recibió un mal golpe, cayó y no pudo más que fingirse muerto; Alejandro cubrió con su escudo el cuerpo inerte del padre y mató con su propia mano a los hombres que lo atacaron. Todo lo cual su padre nunca fue hombre suficiente para reconocer, pues no estaba dispuesto a deberle la vida a su hijo.”

 

Se ignoran las circunstancias y detalles en que se verificaron los anteriores acontecimientos. Lo mejor es mostrarse escéptico ante la leyenda de ingratitud de Filipo hacia su hijo, pues acontecimientos previos y posteriores demuestran que entre el rey y el príncipe hubo amor, confianza y admiración mutua. Para despecho de Olimpia. Como consuelo, esta temible mujer se debió solazar con la idea de que la fulgurante carrera de su hijo implicó un prestigio especial para ella, que de ser una esposa más se convirtió gracias a Alejandro en la reina madre de Macedonia.

 

Con semejante hazaña, la valoración de Filipo hacia su hijo creció. Mientras el padre se comprometía en un complicado asedio en Tracia, designó a Alejandro regente. Plutarco cuenta que los maidoi o medios al ver que sólo un muchachuelo estaba encargado del trono, se rebelaron. Alejandro tendría unos dieciséis años. Al frente de las milicias o reservas que Filipo dejó en Pella, la capital (ciertamente que los mejores soldados estaban en ese entonces en Tracia, con el rey) Alejandro se enfrentó y derrotó a los insurrectos. Como anotó Asimov, los medios se equivocaron, y juzgaron mal al muchacho. Desgraciadamente, se desconocen los detalles de la primera campaña del Magno como general. A manera de precedente de lo que haría como señor del mundo, el imberbe regente de Macedonia (como digno alumno de Aristóteles y Filipo) asentó una colonia de veteranos en el lugar de la victoria, fundando así su primera ciudad: Alejandrópolis. Dieciséis años tenía el Magno cuando logró su primera gesta como general y estadista. Renault comenta de semejante proeza:

 

“La primera «colonia» de Alejandro fue, sin lugar a dudas, una simple aldea en una colina. Su padre había fundado Filipópolis en Tracia; sólo posteriormente se revelaría el orgullo que el joven debió de sentir por ese acto de emulación. Pero es más significativo el hecho de que a los dieciséis años estaba en condiciones de convocar al ejército permanente de Macedonia, de hacerse seguir incondicionalmente hasta las fortalezas de los bárbaros y de ser obedecido en una dura campaña de montaña. Sería interesante saber dónde y cómo llegaron previamente (los soldados) a confiar en él.”

 

Como la precoz hazaña del Magno neutralizó una invasión que de haber salido exitosa habría traído nefastas consecuencias para Macedonia, el rey recompensó a su más joven general confiándole la reconquista de algunas plazas rebeldes a la autoridad de Filipo en el sur de Tracia. Esta cordialidad del padre hacia el hijo demuestra el aprecio mutuo existente entre estos dos genios, realidad que la propaganda antimacedónica pasa por alto.

 

Mientras Alejandro asumía con éxito las misiones encargadas por Filipo, éste probaba de nuevo la hiel de la derrota en los sitios de Perinto y Bizancio, plazas que recibieron el apoyo de Atenas y Persia. Esta última maniobra de Demóstenes hartó al soberano macedonio. Hasta la fecha, el “tirano” Filipo se había comportado más gallardamente que la arrogante Atenas. Por puro respeto hacia la capital espiritual de la Hélade, el monarca macedonio se había abstenido de emplear la fuerza armada contra Demóstenes. Pero este hábil intrigante había propinado más de un golpe certero contra Filipo, a través de sus aliados: Hermias, el sátrapa amigo de Aristóteles, fue delatado ante el Gran Rey y atrozmente torturado para que confesara sus relaciones secretas con Filipo. El amigo de Aristóteles demostró ser tan valiente como cultivado, y se abstuvo de traicionar a su aliado macedonio. La trágica muerte de Hermias a manos del emperador persa tuvo mucho que ver con el espíritu xenófobo del gran filósofo.

 

Más de un autor sospecha que la propia Olimpia haya delatado a Hermias. Si bien a la presente fecha no hay una prueba contundente que permita demostrar la veracidad de tales acusaciones, los acontecimientos posteriores indican una relación entre Demóstenes y cierto sector de la nobleza macedónica, hostil a Filipo. Olimpia bien pudo hacer parte de tales intrigas.

 

Así pues, la paciencia de Filipo se vio colmada con sus fracasos ante Perinto y Bizancio. En consecuencia, ordenó a su general Alejandro que tomara su victorioso ejército de Tracia y lo alistara para una próxima campaña contra los atenienses. Para no alertarlos, el rey macedonio proclamó que pensaba invadir el territorio de los ilirios. El plan le salió tan bien, que hasta los ilirios se creyeron el cuento y tomaron la ofensiva. Alejandro se vio obligado a expulsarlos del norte de Macedonia. Esta nueva campaña del hijo de Filipo (la tercera) se vio igualmente coronada por la victoria. El Magno tendría unos diecisiete años. Faure por su parte, anota que estas expediciones tienen otra importancia histórica adicional: Alejandro estableció una estrecha amistad con Lambaro, príncipe de los leales agrianos, una de las numerosas tribus que habitaban al pie del Estrimón, y la futura crema de las tropas auxiliares del ejército alejandrino.

 

En vista de que los falsos rumores podían volverse en contra de Filipo, éste cambió de estrategia. Mediante hábiles manejos diplomáticos, provocó que la Liga Sagrada (una especie de Vaticano de los Griegos) le declarara la guerra a los Anfisos. La astuta maniobra tendía a que la Liga solicitara la intervención armada de Macedonia en Grecia.

 

A pesar de las medidas de Demóstenes, Filipo insistió en una solución diplomática, pues su sueño era ser un segundo Agamenón, no un nuevo Jerjes. Por tal razón, al acceder a las peticiones de la Liga Sagrada, el monarca macedonio se mostró magnánimo en la victoria, lo cual implicó un revés para Demóstenes, quien cometió un nuevo error político a la hora de devolverle el golpe a su odiado rival: Convenció a la asamblea ateniense de abstenerse de enviar delegados a la siguiente reunión de la Liga, y sin voces que se opusieran, ésta volvió a solicitar la ayuda de Filipo.

 

Demóstenes reaccionó solicitando una alianza militar con Tebas, que hasta ese entonces poseía el mejor ejército del mundo, desde la época de Epaminondas. Filipo mantuvo sus intenciones de llegar a una paz negociada, y envió sus propios diputados a Tebas. La ciudad recibió las embajadas ateniense y macedónica el mismo día. Demóstenes hizo a los tebanos una oferta que éstos no pudieron rechazar,  magistralmente descrita por Renault:

 

“… entregar a Tebas dos pueblos protegidos por solemnes promesas atenienses: los beocios del campo circundante, sostenidos contra el gobierno tebano en el sagrado nombre de la democracia, y, por si eso fuera poco, los habitantes de Platea. A esta tribu fronteriza, única aliada de Atenas en la heroica defensa de Maratón, se le había concedido a perpetuidad la ciudadanía ateniense honoraria. Los tebanos dudaban. Demóstenes, que jamás había pisado un campo de batalla, les echó en cara su cobardía. Este recurso sencillo tuvo un éxito total.”

 

A pesar de tales provocaciones, Filipo se abstuvo una vez más de marchar contra Atenas. Se limitó a cumplir los encargos de la Liga Sagrada, y a derrotar los ejércitos de mercenarios enviados por los atenienses. El santuario de Delfos honró públicamente a Filipo, lo cual supuso otro fuerte revés contra Demóstenes. Fue así como los acontecimientos desembocaron en la batalla de Queronea.

 

La coalición tebano-ateniense esperó a Filipo en un terreno flanqueado por montes y ríos, para neutralizar así cualquier maniobra envolvente de la caballería macedónica, al tiempo que estaría en un terreno elevado. Fiel a la costumbre ancestral, el ala derecha pertenecería a las mejores tropas, a los imbatibles guerreros de la Hueste Sagrada tebana, mientras que la izquierda sería ocupada por los atenienses. En el centro estaban aqueos, corintios y demás hoplitas de otras ciudades. La superioridad numérica, aunque escasa, pertenecía a este bando.

 

El ejército macedonio tenía en su ala derecha al rey Filipo, es decir que sería el propio monarca quien se enfrentaría a los atenienses. En el centro estaría el general más veterano de Filipo, el gran Parmenión. Y el encargado de hacer frente a la invencible Hueste Sagrada sería el propio Alejandro, quien para ese entonces tendría como máximo dieciocho años. Si Filipo era un nuevo Agamenón, su comandante de caballería tenía que ser un segundo Aquiles, desde luego.

 

Filipo retrocedió, fingiendo debilidad ante los atenienses. Y éstos mordieron el anzuelo, y efectuaron un temerario avance sin contar con sus aliados tebanos, por lo que se creó una profunda brecha. El comandante tebano Teágenes se vio obligado a disminuir la profundidad de su ejército para llenar el vacío generado por los atenienses. Ése fue el momento en que Alejando -cabalgando a Bucéfalo- encabezó una furiosa carga de caballería contra el batallón sagrado. Hammond lo explica mejor:

 

“Cuando las tácticas de su padre abrieron una brecha en la falange adversaria, Alejandro avanzó sobre la misma y condujo el ataque sobre la banda sagrada de 300 tebanos. La victoria macedonia fue total.”

 

Como era la costumbre en esa época, el general combatía en primera fila, por lo que Alejandro fue el primer caballero de la cuña macedónica que cargó contra la Hueste Sagrada. Una cosa era atacar desde un corcel a otro jinete, pero cuando una fuerza de caballería arremetía contra un destacamento disciplinado de infantería, lo normal es que el infante derrotase al jinete, tal y como ya lo ha explicado en esta web J. I. Lago. Como Filipo era consciente de esta realidad, designó a su principal general de caballería, con el objetivo de que éste supiera sortear el peligro. Y la solución fue genial: Alejandro comandó un ataque de flanco, para así poder derrotar a la fuerza de infantería más disciplinada y temible de la época. Es por esto por lo que el maestro Lago expone que el Magno  demostró ser el mejor comandante de caballería del mundo.

 

A pesar de la derrota, la Hueste Sagrada se negó a rendirse, y combatió con un valor que cautivó a los mismos dioses. La lucha fue titánica, y sólo acabó cuando la caballería de Alejandro aniquiló hasta el último hombre.

 

Para desconcierto de los atenienses, el vencedor Filipo se abstuvo de invadir el Ática, y demostró que el monstruo retratado por Demóstenes sólo existía en la mente de este político, pues en vez de ver soldados macedonios, los centinelas atenienses divisaron a un compatriota que había sobrevivido a la batalla, liberado por el mismísimo soberano macedónico en calidad de embajador. Este enviado contó que el padre de Alejandro trató generosamente a los atenienses que se habían rendido, al tiempo que honró los cadáveres de los caídos, dedicándoles las debidas exequias. Igualmente, el guerrero redimido contó que Demóstenes había huido de la batalla.

 

La asamblea ateniense decidió enviar una embajada a Filipo, y solicitar las condiciones del vencedor. Éste envió a su comandante de caballería, al hombre que había decidido la victoria macedónica. Fue así como Alejandro y Bucéfalo, y probablemente el resto de la pandilla de Mieza, conocieron Atenas.

 

Filipo sabía lo que hacía. El carisma de Alejandro sedujo igualmente a los atenienses, quienes le rindieron todo tipo de honores, y hasta levantaron estatuas en honor del nuevo Agamenón y su hijo, e igualmente les concedieron la ciudadanía. Esto es lo que el pueblo ateniense de aquel entonces opinó del bárbaro macedonio retratado por Demóstenes. Y aprovechando el golpe de popularidad que Alejandro había logrado, Filipo convocó un congreso en la ciudad de Corinto, en donde se reunieron todos los representantes de las polis griegas, con excepción de Esparta. Una vez allí, proclamó el proyecto que constituía el sueño de helenos sensatos como Isócrates: La unión de todos los griegos para combatir al enemigo secular, al imperio persa, quien desde las guerras del Peloponeso no hacía otra cosa que aprovecharse de las interminables contiendas fratricidas entre griegos, y liberar así mismo a los helenos habitantes de la Grecia asiática (Jonia) El soberano macedonio fue elegido Hegemón (comandante en jefe) de la nueva alianza helénica.

 

Probablemente fue este proyecto el que decidió la muerte de Filipo. Como sus enemigos no pudieron derrotarlo con la espada, recurrieron al puñal, a semejanza de lo que le ocurrió a César.

 

La estrecha amistad que unía a Alejandro con su padre habría de deteriorarse igualmente. Filipo decidió casarse una vez más. Esto de ninguna manera significaba que se divorciaba de Olimpia, pues los reyes macedonios eran polígamos, como se indicó anteriormente. Sin embargo, durante la fiesta de bodas, el nuevo suegro de Filipo (llamado Atalo) hizo una acotación que daría origen al fin de las buenas relaciones habientes entre Alejandro y su padre. Este noble efectuó un brindis pidiendo que por fin Filipo engendrara un hijo legítimo, digno heredero del trono. No eran pocos los macedonios que veían a Alejandro como un mestizo, medio moloso, hijo de una hechicera extranjera. El ataque al hijo de Filipo era evidente.

 

El Magno, lívido de ira, arrojó su copa contra la cara de Atalo, al tiempo que le vociferaba: “¡Canalla! ¿Y yo qué soy? ¿Acaso un bastardo?” Como era típico en los festines macedónicos, la fiesta primero degeneró en borrachera, y luego en tragedia. La agresión de Alejandro contra Atalo provocó una reyerta, en la que Filipo -igualmente ebrio- se dirigió a su hijo. Éste le replicó de tal manera, que el rey se enfureció y desenfundando su espada se encaminó contra Alejandro. Afortunadamente, Filipo tropezó y cayó cuan largo era. El Magno, probablemente dolido por sentir que su padre se había puesto del lado de Atalo, exclamó estas amargas palabras: “He ahí al hombre que pretende pasar de Europa al Asia, y no puede ir de una litera a la otra sin caerse.” Acto seguido, Alejandro abandonó la fiesta. Y a Macedonia también. Olimpia le siguió. De ser cierto este relato, lo más probable es que la pandilla de Mieza igualmente escoltara a su líder. Aquiles disputaba con Agamenón nuevamente.

 

Alejandro instaló a su madre en el Epiro, y se dirigió a Iliria. Renault considera probable que durante su estancia en Dodona -la capital de Epiro- el Magno haya visitado el célebre oráculo de esa ciudad, casi tan prestigioso como el de Delos o Delfos. Es factible, si se tiene en cuenta la conducta desplegada por Alejandro en Egipto, y que antes de morir el conquistador del mundo haya proyectado construir magníficos templos en las ciudades anteriormente mencionadas.

 

Que Alejandro haya sido recibido hospitalariamente en Iliria dice mucho de sus anteriores campañas en aquella zona. Renault apunta: “Hacía menos de dos años que (Alejandro) había repelido al derrotado ejército ilirio, devolviéndolo a esas tierras belicosas. El hecho de que pudiera presentarse y ser recibido como invitado demuestra con qué decencia libró la campaña y cuánto respeto suscitó.”

 

Filipo debió haber lamentado profundamente su actitud durante la fiesta de bodas. Su mejor general había sido recibido como un huésped de honor por sus enemigos más temibles en el norte, mientras que la implacable Olimpia hacía de las suyas en Epiro, cuya amistad con Macedonia quedaba en entredicho gracias al impasse diplomático del Hegemón de Grecia. En estas condiciones sería una temeridad adelantar la proyectada campaña sobre Asia. El Magno jugó bien sus cartas, y pronto un amigo de Filipo (Demarato de Corinto) visitó a Alejandro en Iliria. La leyenda se repetía, y Agamenón enviaba una embajada al furibundo Aquiles. Al poco, padre e hijo se reconciliaban. El Magno no era ningún Alcibíades. Hammond por su parte, considera que la disputa entre Alejandro y su padre durante la fiesta de bodas no es más que exageración, y que lo más probable es que Alejandro haya ido a Iliria en calidad de embajador de Filipo.

 

Unas fuentes dicen que Olimpia se quedó en el Epiro. Tal versión resulta poco creíble. Es probable que Filipo prefiriera tener al enemigo cerca, donde podía ser controlado, en vez de dejarle en condiciones de convertir un país aliado en enemigo. Alejandro por su parte también vería que el retorno de Olimpia a Macedonia restituiría su honor mancillado. Con todo, la  brecha entre padre e hijo estaba creada, y Atalo se dedicó a aprovecharla al máximo.

 

Plutarco cuenta que la tormenta volvió a estallar cuando Filipo proyectó un enlace matrimonial entre su hijo ilegítimo Arrideo, y la hija de un sátrapa persa. Según este relato Alejandro sospechó que Filipo quería entronizar a Arrideo como heredero de la corona, y decidió enviar a su amigo Tésalo (famoso actor de teatro) al Asia, para contarle al gobernador asiático que Filipo le estaba engañando, pues Arrideo era retrasado mental, y que en cambio el propio Alejandro se ofrecía para el proyectado enlace. Al enterarse de esto (Renault conjetura que Filotas fue el delator) Filipo recriminó ásperamente al Magno, y le censuró su injusta desconfianza. Como castigo, Tésalo fue conducido a Macedonia encadenado (lo cual debió atormentar a Alejandro) y los mejores amigos del Magno, los miembros de la pandilla con la que andaba desde la época de Mieza, fueron desterrados, a excepción de Hefestión, Casandro y Filotas, estos dos últimos hijos de Antípatro y Parmenión respectivamente. Si bien se criaron desde la infancia con Alejandro, acontecimientos posteriores demuestran que no fueron verdaderos amigos del Magno.

 

Con todo, Hammond se muestra escéptico ante el relato de Plutarco, por varios motivos: “Los asuntos de la realeza eran entonces, como ahora, del mayor interés para los escritores, para quienes lucrar con el escándalo era más importante que informar con veracidad.” Así mismo, el mejor historiador de Alejandro explica que Arrideo era un hijo extramatrimonial y encima tenía serios problemas mentales, por lo que nadie lo consideraba como un aspirante al trono, mucho menos el propio Filipo. Alejandro de tonto no tenía un pelo, y en consecuencia debía ser plenamente consciente de esta realidad. De igual manera, Hammond recuerda que un sátrapa no era más que un súbdito del emperador persa y que así cualquier alianza con uno de estos gobernadores debería ser secreta (como pasó con Hermias, el amigo de Aristóteles) por lo que un matrimonio no serviría de nada.

 

Con todo, el destierro de los mejores amigos del Magno es histórico, por lo que algo debió acontecer, que disgustara profundamente a Filipo. Que éste haya permitido que Hefestión -el mejor amigo de Alejandro-  se quedara, significa indudablemente que el padre, excelente juez del alma humana, veía en el “Patroclo” del Magno una buena influencia. En este sentido Renault apunta que Aristóteles se escribía con Hefestión, lo cual indica que era uno de los alumnos favoritos del gran filósofo. Igualmente, a propósito del futuro lugarteniente de Alejandro, esta historiadora comenta:

 

“(Hefestión) Inició su carrera militar como compañero (es decir, miembro del regimiento de caballería del propio monarca) y fue ascendido, evidentemente por méritos propios, hasta los más altos rangos civil y militar… jamás fue derrotado en ninguno de sus encargos de gran responsabilidad; cumplió de manera impecable múltiples misiones diplomáticas de importancia decisiva, e intercambió correspondencia con dos filósofos… Apenas se sustentan las teorías que sostienen que fue un mero compañero de cama o un amigo íntimo apreciado por su devoción absoluta.”

 

Poco después del destierro de la mayoría de los amigos de Alejandro, Filipo dio inicio a la guerra contra Persia: el rey destacó una vanguardia encargada de hacer una cabeza de puente, bajo las órdenes de Parmenión. Atalo estaba con esa columna.

 

Antes de dejar Europa, Filipo decidió garantizar definitivamente la lealtad de Epiro, y dispuso que su hija (la inteligente Cleopatra) se casara con el rey Alejandro de Epiro, hermano de Olimpia. Esto implica que el tío se casaría con su sobrina, lo cual no tenía ningún inconveniente en aquella época. Como Filipo era el nuevo Agamenón de Grecia, y todos los ojos estaban fijados en Macedonia, las bodas se celebraron por lo alto. Durante estas fiestas, ante todos los espectadores, el comandante de la guardia real (llamado Pausanias) apuñaló al Hegemón de la alianza helénica. 

 

Los escoltas reales reaccionaron con la disciplina de siempre. Mientras un grupo rodeaba al propio Alejandro, el resto persiguió al asesino. Cuando el regicida estaba a punto de llegar a los caballos previamente ubicados para facilitar la huída, Pausanias tropezó y cayó. Los guardias reales Leonatos y Pérdicas alcanzaron al delincuente, y al parecer lo mataron inmediatamente. Los detractores de Alejandro sugieren que estos soldados fueron cómplices del Magno en el complot contra Filipo. Tal planteamiento olvida que en primer lugar, los mejores amigos de Alejandro habían sido desterrados, y que el único que pudo haber actuado como cómplice del Magno (Hefestión) se abstuvo de perseguir y dar muerte al asesino, y probablemente optó por ir a proteger a su amigo. La fuente que permite esgrimir este argumento es Arriano, quien a propósito aclara:

 

“Cuando Filipo aún era rey, Harpalo estaba exiliado porque era leal a Alejandro. Tolomeo, hijo de Lago, Nearco, hijo de Andrótimo, Erigio, hijo de Larico, y Laomedón su hermano fueron acusados del mismo cargo, porque existía recelo entre Filipo y Alejandro cuando el primero se casó con Eurídice deshonrando a la madre de Alejandro, Olimpia. A la muerte de Filipo regresaron del exilio en el que habían incurrido por su falta.”

 

La asamblea, a instancias de los lugartenientes y amigos de Filipo (Parmenión desde Asia y Antípatro en Macedonia) eligió rey a Alejandro, quien inmediatamente llamó a su maestro Aristóteles y le encargó que investigara las ramificaciones que tuvo el asesinato de su padre. Las indagaciones permitieron concluir que la casa noble de los Lincéstidas estaba implicada en el complot. Pronto aflorarían más nombres, a los que Alejandro habría de pasar la correspondiente cuenta de cobro.

 

Poco antes del asesinato de Filipo, el temible Ocos era igualmente asesinado por su Gran Visir, el eunuco Bagoas, quien se encargó de que el artero Darío Codomano sucediera a Ocos, asesinando igualmente al legítimo heredero del cruel emperador. El veneno jugaba en Persia el mismo papel que el puñal en Macedonia.

 

Tanto Leonatos como Pérdicas fueron sospechosos de participar en la conjura, al haberle quitado la vida al individuo que sabía quiénes planearon la muerte de Filipo. Sin embargo, las pesquisas de Aristóteles constataron que estos hombres actuaron al calor de la ira al matar -y vengar- al asesino de su rey, impidiendo que aquel huyera. A partir de entonces, estos guardias de élite gozaron de la estima del propio Alejandro, quien los incluyó en su círculo de amigos. Otra medida acertada, pues ambos se comportaron con un talento y lealtad admirables, llegando a ser generales y gobernadores del Magno. De hecho, Leonatos le salvaría la vida a Alejandro en la India, mientras que Pérdicas sería el sucesor de Hefestión como lugarteniente del Magno en Asia.

 

Así mismo, el informe que Aristóteles presentó a Alejandro, manifestó que “Pausanias asesinó a Filipo porque éste toleró el abuso sexual que había padecido por parte de criados de Atalo.” Por su parte Atalo -el último suegro de Filipo- injurió de esta manera a Pausanias por un asunto de celos entre éste y un escudero real amigo o pariente de Atalo, que terminó suicidándose, debido a ciertas burlas del futuro asesino material de Filipo. Luego de ser violado, Pausanias acudió al rey, quien le ascendió en la guardia real, pero se abstuvo de castigar a Atalo, y por el contrario le convirtió en su suegro. Así las cosas, el asesinato de Filipo fue un acto de venganza.

 

Los sospechosos mencionados en el informe de Aristóteles fueron juzgados por la asamblea. El líder de los Lincéstidas (igualmente llamado Alejandro) fue exonerado por el Magno debido a que fue el primer macedonio en aclamar al hijo de Filipo como rey. Renault considera que el primogénito de los Lincéstidas nada tuvo que ver en la muerte de Filipo. El resto de acusados fueron condenados. A pesar de todo, Alejandro el Lincesta sería posteriormente procesado por conspirar con Darío para tratar de asesinar al Magno. Según algunas fuentes, por lo menos uno de los líderes del clan de los Lincéstidas habría huido y obtenido asilo en la corte de Darío. Acontecimientos posteriores evidencian que más de un macedonio combatiría en el bando persa.

 

Los cadáveres de Pausanias y los Lincéstidas ejecutados fueron enterrados al pie de la magnífica tumba que Alejandro levantó en honor de Filipo. El Magno prometió públicamente que haría realidad el sueño de su padre. No fue un juramento en vano. La observancia de la palabra empeñada por Alejandro III, nuevo rey de Macedonia, redundaría en un aporte colosal para la humanidad. En la campaña de conquistas más espectacular de toda la historia.

 

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