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ALEJANDRO Y LA CONQUISTA DEL MEDITERRÁNEO ORIENTAL
Alcé los ojos y miré, y he aquí un
carnero que estaba delante del río, y tenía dos cuernos; y aunque los cuernos eran altos
uno era más alto que el otro; y el más alto creció después. Vi que el carnero hería
con los cuernos al poniente, al norte y al sur, y que ninguna bestia podía parar delante
de él, ni había quien escapase de su poder; y hacía conforme a su voluntad y se
engrandecía. Mientras yo consideraba esto, he aquí un macho cabrío venía del lado del
poniente sobre la faz de toda la tierra, sin tocar tierra; y aquel macho cabrío tenía un
cuerno notable entre sus ojos. Y vino hasta el carnero de dos cuernos, que yo había visto
en la rivera del río, y corrió contra él con la furia de su fuerza. Y lo vi que llegó
junto al carnero, y se levantó contra él y lo hirió, y le quebró sus dos cuernos, y el
carnero no tenía fuerzas para pararse delante de él; lo derribó, por tanto, en tierra,
y lo pisoteó, y no hubo quien librase al carnero de su poder.
(
)
Y aconteció que mientras yo Daniel
consideraba la visión y procuraba comprenderla, he aquí se puso delante de mí uno con
apariencia de hombre. Y oí una voz de hombre entre las riveras del Ulai, que gritó y
dijo: Gabriel, enséñale a éste la visión. Vino luego cerca de donde yo estaba; y con
su venida me asombré, y me postré sobre mi rostro (
) Y dijo: He aquí yo te
enseñaré lo que ha de venir al fin de la ira; porque la visión es para el tiempo del
fin. En cuanto al carnero que viste, que tenía dos cuernos, éstos son los reyes de Media
y de Persia. El macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tenía entre sus
ojos es el rey primero.
(Daniel
8, 3 21)
(La Iglesia Católica considera que el versículo 21 del
texto citado hace referencia a Alejandro Magno)
Sólo quien se propone
hacer milagros obtiene resultados extraordinarios.
Leonardo Da Vinci
A María
del Mar Puente, Arturo González, Pantócrator y J. I. Lago, voces en la distancia que dan
fuerzas
En la primavera del año 334 antes del nacimiento
de Cristo, en la esquina noroccidental del imperio persa (Helesponto) un joven de 21
años, revestido con su mejor armadura, incrustada de piedras preciosas y tan brillante
como si fuera toda de plata, había sido el primer guerrero de un minúsculo ejército
proveniente de un país bárbaro, en desembarcar y poner el pie en Asia. Lo primero que
hizo fue clavar su lanza en el continente, simbolizando así que aceptaba de los dioses el
dominio de aquellas exóticas y exquisitas tierras de leyenda. La solemnidad del momento
vibraba en cada uno de los vigorosos músculos de aquel joven y gallardo rey guerrero,
quien de esa manera dio inicio a una gesta tan gloriosa como la adelantada por unos
antepasados suyos, unos mil años atrás. En efecto, tanto Heracles como Aquiles lucharon
victoriosamente contra Troya. Ahora era el turno de aquel joven descendiente de héroes y
dioses, quien estaba allí para vengarlos así como a su padre, asesinado por el amo de un
imperio extremadamente gigantesco y como jamás había visto el mundo.
EL PRINCIPIO DE LA GESTA
El maestro
Lago en su especial aclara que las cifras oscilan entre los diferentes historiadores, por
lo que los lectores cuentan con un amplio margen para decidir. Las conclusiones de
Nicholas Hammond resultan atractivas, y arrojan la cifra de veinte mil jinetes y otros
veinte mil infantes, que componían el ejército comandado por Memnón y los Sátrapas
occidentales. J. G. Droysen da la misma cifra. En cuanto a los efectivos de Alejandro, el
historiador sajón concluye que no todo el ejército se comprometió en la batalla, por lo
que sugiere que en el Gránico formaron trece mil infantes y cinco mil jinetes greco
macedonios.
El
despliegue táctico efectuado por ambos contendores ya ha sido claramente expuesto en el
especial dedicado al tema en esta web, por lo que resultaría improcedente repetirlo. Pero
vale la pena agregar que Alejandro con su radiante armadura, era plenamente identificable
al frente de su escuadrón de élite, lo determinó que los comandantes persas lo
enfrentaran con sus mejores jinetes, en el más clásico estilo homérico. Alejandro se
desplazó hacia su derecha, seguido por la crema y nata de la caballería persa, la cual
cayó en la emboscada táctica del macedonio, al ubicarse en una posición propicia para
que los arqueros macedonios y los agrianos, las tropas favoritas de Alejandro, hicieran de
las suyas en el flanco del enemigo. Cuando la élite de las tropas imperiales estuvo en la
posición deseada por Alejandro, el comandante macedonio ordenó el ataque de todo su
ejército y se entrabó en un furibundo combate cuerpo a cuerpo.
LAS PRIMERAS CONQUISTAS
En cuanto
a las poblaciones propiamente asiáticas, Alejandro se mostró igualmente magnánimo.
Garantizó sepulturas honorables a los oficiales persas que habían estado a punto de
matarle, perdonó a ciudades como Zelea, que sirvió de base al ejército persa derrotado,
desviándose así del precedente dejado por Parmenión en Grineo, en donde esclavizó a la
población bajo cargos de colaboracionismo con Persia. ¿Estamos ante el comienzo del fin
de la luna de miel existente entre Alejandro y Parmenión, Antípatro y Aristóteles?
¿Qué pensaría el viejo león de la conducta del joven rey? ¿Qué le comentaría
a sus amigos e hijos? Para mentes normales del siglo XXI es un incuestionable avance que
el vencedor sea magnánimo con el derrotado. Pero para los griegos de esa época (salvo
unos pocos como Jenofonte) los persas y asiáticos en general no eran más que un hatajo
de materia prima para la esclavitud. Lo contrario podría significar traición a la
superior raza griega. Alejandro ya estaba en la atenta mira de su maestro y de los
veteranos oficiales de Filipo.
Y es que
el propio Alejandro sorprendió al mundo helénico cuando al restaurar las democracias,
impartió estrictas órdenes en cuanto a las represalias, prohibiéndolas, para evitar que
justos pagaran igual que pecadores, en lo que se denominaba stasis. (Para entender mejor
el significado de este vocablo ver el artículo de Paco T publicado en esta misma
sección) Como si lo anterior fuera poco, el rey macedonio trató con la misma
caballerosidad a las poblaciones asiáticas: al ocupar Sardes (capital de la satrapía de
Lidia) mantuvo las leyes ancestrales por las cuales se regía aquella nación, y dispuso
que los jóvenes lidios fueran entrenados para que en un futuro se encuadraran en el
ejército macedonio. La mentalidad del soberano siempre iba más allá del horizonte. De
Sardes Alejandro se dirigió a Éfeso, en donde reiteró su voluntad de restaurar la
democracia en las polis Jonias, pero insistiendo en una amnistía hacia las facciones
favorables a los persas.
LA TOMA DE MILETO
La derrota
del Gránico apenas si causó consternación en Susa, maravillosa metrópoli en la que se
encontraba el Gran Rey y señor del imperio. La victoria del reyezuelo bárbaro y su
partida de bandoleros se debió más a la incompetencia de los generales persas y a la
división del mando, que desatendió los planes de Memnón de Rodas, quien en el Gránico
fue como Casandra en Troya, es decir, un consejero acertado que fue desoído. En
consecuencia, el rey de reyes dispuso que la conducción de la guerra recayera
exclusivamente en Memnón, y ordenó a todos los Sátrapas occidentales que obedecieran
las instrucciones del estratega heleno como si las impartiera el mismo Darío en persona.
Otra medida acertada por parte del señor del imperio, pues mientras Memnón tuvo el mando
exclusivo, las fuerzas macedonias comandadas por Parmenión mordieron el polvo. Y ahora lo
harían de nuevo.
Y Memnón
ya había forjado sus nuevos planes. Alejandro había logrado su victoria en tierra. Pero
Persia seguía invicta en el mar. Y la flota del imperio era formidable, al estar
compuesta por los aportes en barcos y marineros procedentes de Egipto, Chipre, Fenicia y
toda nación marítima perteneciente al imperio hasta Éfeso. Todos estos pueblos
tributaban al gran rey navíos y tripulaciones de primer orden. Y el estratega heleno
pensaba sacarle el mayor provecho a esta ventaja sobre la fuerza invasora macedonia. Su
gran objetivo era el de llevar la guerra hacia la misma Grecia, en donde esperaba fomentar
una nueva rebelión contra Macedonia por parte de Atenienses, Espartanos y demás polis
aliadas a ambas potencias helénicas. Esta maniobra desarticularía cualquier logro
táctico alcanzado por Alejandro, quien se vería obligado a desistir de sus proyectos de
conquista asiáticos. Un gran plan, en realidad.
Pero el Magno ya había previsto esta posibilidad.
Una vez afianzado su dominio sobre Éfeso, (en donde organizó un apoteósico desfile
triunfal) el macedonio se dirigió al sur, rumbo a la ciudad de Mileto, y comenzó el
asedio sobre esta urbe. La clave estaba en mantener la iniciativa en las operaciones, e
impedir así cualquier espacio u oportunidad de dirigir fuerzas persas a Grecia. Pero a
los tres días de haber comenzado el sitio, apareció amenazadora la flota imperial,
compuesta por 400 trirremes. La flota macedonia contaba con 160, es decir, era
prácticamente tres veces inferior. ¿Qué hacer?
Parmenión
era partidario de entablar combate naval. Su principal argumento era el prodigio
acontecido recientemente, pues un águila (símbolo de Zeus) fue vista en donde se
encontraban los trirremes griegos, lo que significaba que el rey de los dioses apoyaría a
la flota de Alejandro y le otorgaría la victoria en el mar.
La diosa
fortuna, tan veleidosa como siempre, hacía de las suyas. Cuantas guerras se han decidido
por el mero capricho de esta deidad, cuantos planes geniales se han ido al traste por un
arrebato de esta voluble señora
Y Alejandro lo sabía. Pero este formidable
guerrero también sabía que la fortuna era conquistable, que concedía sus favores al
contrincante más tenaz y astuto, y que le correspondía a él seducirla en perjuicio de
su rival, antes que éste hiciera lo propio. El macedonio también sabía que un prodigio
o profecía podía interpretarse en más de una forma, y que el menor error le conduciría
inexorablemente al fracaso. Así, el joven rey se valió de su cerebro para dar con el
significado más conveniente al portento acontecido, y llegó a una conclusión diferente
a la expuesta por Parmenión.
El rey de los macedonios sabía que la flota
imperial estaba mejor motivada y entrenada que la de los heterogéneos marineros griegos,
y que tanto en la Hélade como en el norte de Macedonia los recientemente pacificados
pueblos estaban a la espera del más mínimo revés del ejército greco macedonio para
volver a insurreccionarse. Al mismo tiempo, era bien conciente de que el verdadero fuerte
de las huestes europeas estaba en su ejército, no en su marina, y terminó considerando
que el verdadero significado de que el águila estuviera sobre la playa consistía en que
vencería a la flota persa desde tierra. Así las cosas, Alejandro se abstendría de
presentar batalla alguna en el mar, y se dedicaría a capturar todas y cada una de las
bases de suministro de la marina asiática, para derrotarla por el hambre y mediante el
factor aprovisionamiento, privándola así de los imprescindibles alimentos para la
tripulación y del resto de pertrechos que habitualmente consume cualquier fuerza naval.
En otras
palabras, el Magno decidió adelantar contra la flota imperial una estrategia
inequívocamente fabiana. El macedonio volvía a demostrar que era tan
flexible y adaptable como el agua, cualidad imprescindible en un general, tal y como lo
manifestó el sabio chino Sun -Tzú. Fue esta capacidad de adaptación a cada
circunstancia lo que le reportó los éxitos obtenidos, y el sitial de honor alcanzado en
la historia, como uno de los genios más grandes que haya impuesto su ley sobre el
planeta.
Así las
cosas, la flota imperial vio impotente, como el macedonio despreciaba cualquier tipo de
provocación, y declinaba la invitación a entablar batalla naval, mientras se dedicaba a
copar el cerco sobre Mileto. La urbe, aislada de cualquier apoyo que le pudieran
suministrar los persas, se defendió como pudo. Lo cual significó que esta ciudad cayera
en manos del conquistador macedonio con considerables pérdidas. Con todo, Alejandro
mantuvo su típico espíritu caballeresco y magnánimo, respetando las leyes de la
metrópoli, y hasta perdonando a 300 mercenarios que habían mostrado un valor que rayaba
en el fanatismo. Como hombre valeroso que era, el rey guerrero admiraba el valor, y no
sólo respetó la vida de estos valientes, sino que los enlistó en su ejército. Durante
el sitio, un destacamento del ejército macedonio impidió a la armada persa el desembarco
en Micala, dejando a su tripulación en una escasez de suministros tal, que la obligó a
retirarse. Rechinando los dientes de impotencia, obligada a presenciar la conquista de
Mileto, la fuerza naval persa se replegó hacia la isla de Samos. Mileto, la ciudad más
poderosa de la costa occidental del imperio, había caído en manos de Alejandro, ante las
narices de la formidable flota imperial.
EL IMPERIO CONTRAATACA
Alejandro
continuó con su plan de capturar por tierra todas las ciudades que sirvieran de base de
suministros a la flota del imperio. El proyecto de Memnón de desembarcar en Grecia se
había ido al traste, pues sus propias bases estaban en peligro, y en la Hélade
Antípatro ya había sido alertado por Alejandro. Era la propia escuadra persa la que
corría un peligro de muerte, pues de no detener al ejército greco macedonio, Memnón y
sus hombres quedarían aislados en el mar e irrevocablemente condenados a perecer de sed y
hambre.
Para
empeorar la situación de los persas, mientras éstos se cocinaban dentro de sus barcos
por el calor del sol, Alejandro encabezaba un gigantesco desfile triunfal desde Mileto, en
donde las diferentes ciudades le aclamaban como libertador. Debió ser todo un
espectáculo contemplar a este apuesto y gallardo rey con sus rubios rizos ondeantes al
viento, sonriente y ataviado con su armadura de plata y su ya legendario escudo mágico,
cabalgando sobre su magnífico caballo negro, encabezando el desfile de sus valientes,
gigantescos y disciplinados soldados macedonios en medio de una lluvia de pétalos y las
aclamaciones de las diferentes poblaciones. Al llegar a Caria, restituyó en el trono de
esa Satrapía a la depuesta Ada, quien agradecida le adoptó como hijo, y le colmó de
presentes, especialmente de las más exquisitas golosinas.
El austero
Alejandro agradeció los presentes, probó unos cuantos dulces, encuadró en su ejército
algunos destacamentos de los valerosos guerreros carios para compensar la guarnición que
dejaba en esa nación, y se dispuso a capturar la ciudad de Halicarnaso, trayendo el
equipo de asedio con el cual conquistó Mileto.
Hay un
pequeño detalle que merece mencionarse: Memnón se apoderó de Halicarnaso mientras
Alejandro se ocupaba de la conquista de Caria. En consecuencia, Memnón esperaba a
Alejandro con lo más selecto de sus tropas mercenarias greco persas, y una buena parte de
la flota estacionada dentro del puerto. Además, las defensas de la ciudad eran
magníficas: un amplio y profundo foso que obstaculizaba la aproximación, un muro de unos
dos metros de espesor, altas torres, almenas, poternas, y una espectacular ciudadela
o acrópolis, por lo que en realidad hablamos de dos fortalezas a tomar. Como si lo
anterior fuera poco, en Halicarnaso había abundante provisión de proyectiles para
catapultas y la plaza se podía abastecer desde el mar, que seguía en indiscutido poder
de los persas, por lo que habría que descartar que la plaza se rindiera por hambre. Así
mismo, como Memnón no era de los que dejaba nada al azar, contaba dentro de su estado
mayor con un desertor macedonio que le suministró valiosa información sobre el ejército
de Alejandro.
El duelo
celebrado entre estos dos señores de la guerra merecería todo un tratado al respecto. El
sitio se desarrolló con una genial exhibición del arte de la estratagema por parte de
ambos contrincantes. Cuando Alejandro instaló su campamento para sitiar Halicarnaso,
recibió un mensaje de la cercana ciudad de Mindo, la cual le prometía que se le
entregaría si el rey en persona se presentaba por la noche ante sus puertas. Acudiendo al
punto convenido, los macedonios fueron engañados. Sospechando que la felona plaza estaba
en connivencia con Memnón, Alejandro decidió concentrar sus esfuerzos ante Halicarnaso,
oliéndose un artificio por parte del mercenario, y retirando a sus hombres de Mindo para
evitar algún tipo de emboscada, admirado ante la astucia de su adversario.
Lo primero
que hizo Alejandro fue tratar de rellenar el foso, para poder aproximar las torres y
demás material de asedio. Los macedonios se pudieron acercar a las murallas con seguridad
para neutralizar la fosa, gracias a una pared protectora rodante que se construyó
previamente, y a que las catapultas y balistas macedonias alejaron a los defensores de las
murallas. Una noche, los macedonios fueron arrancados de su sueño al ver que sus
centinelas luchaban con el valor de la desesperación, intentando rechazar a los
mercenarios de Memnón, que pretendían prender fuego a las torres. La respuesta de
Alejandro fue rápida. Tras un combate librado bajo la luz de las antorchas macedonias,
los sitiados fueron rechazados sin haber alcanzado su objetivo, y dejando unos ciento
setenta cadáveres, entre los que se encontraban algunos desertores macedonios. De esta
manera Alejandro averiguó las razones por las cuales Memnón sabía tantos detalles de
los sistemas de centinelas del ejército griego. Los macedonios sólo perdieron a 10
hombres, pero quedaron con trescientos heridos, como consecuencia del sorpresivo ataque.
Los
defensores no pudieron prever que los macedonios rellenaran la formidable fosa en poco
tiempo, y tampoco lograron neutralizar a los arietes de Alejandro, que rápidamente
abrieron una brecha en un sector de la muralla. En el momento en que los soldados
macedonios se aproximaron al punto en donde se iba a efectuar el asalto, encontraron
desconcertados que los defensores habían construido una segunda muralla en torno a la
brecha creada por los sitiadores, flanqueada por dos torres más altas que las de los
macedonios, en cuya cima Memnón ubicó unas catapultas de tal manera, que estas máquinas
de guerra alcanzaban fácilmente a los soldados parapetados en las torres de asalto
macedonias. Ante el desconcierto de los soldados del Magno, Memnón sonreía, satisfecho
de sí mismo y del genio marcial desplegado por este gran condotiero.
Alejandro,
con el ceño fruncido, decidió comandar personalmente un segundo ataque sobre la brecha
obstaculizada por la nueva muralla y las dos torres. La fuerza asaltante macedonia aclamó
a su rey con su ancestral grito de guerra, mientras entrechocaban sus armas en un fragor
aterrorizante. Como era costumbre, el joven general se ubicó a la cabeza de la columna de
asalto. La falange macedonia avanzó con una disciplina que sólo sería igualada por las
legiones romanas.
El avance
de la falange era desesperantemente silencioso y uniforme, con paso cadenciado; sólo
resonaba el claveteo de las botas macedonias, rítmico e intimidante. Cuando la falange se
encontraba a pocos pasos de la hueste enemiga, rompía bruscamente su silencio, elevaba
estridentemente su grito de guerra y se lanzaba contra el enemigo con un orden tan
impecable, que la formación se mantenía y golpeaba al ejército contrario con la
contundencia propia de un cincel que se clava sobre la roca, impulsado por el martillo.
Pero los
macedonios se enfrentaban a otra falange, igualmente disciplinada y comandada por un
capitán valiente y astuto. El ruido del choque de ambas fuerzas debió ser terrible, como
cuando dos toros de lidia se embisten mutuamente, pero multiplicado por diez mil. Memnón
reaccionó con toda la fuerza de sus defensores, efectuando dos salidas perfectamente
coordinadas, una de ellas comandada por el ateniense Efialtes, mientras que la otra salió
por la puerta menos vigilada por los macedonios, en un magistral movimiento de tenaza que
estuvo a punto de rechazar por segunda vez al ejército de Alejandro. Pero para desgracia
de Memnón, al otro lado de la muralla se encontraba uno de los tácticos más formidables
que haya visto la humanidad. Así mismo, las balistas y catapultas greco macedonias,
diseñadas por Diadés y Carias, discípulos de Polido (jefe de ingenieros de Filipo) eran
capaces de disparar piedras gigantescas y flechas del tamaño de una jabalina, con un
alcance increíble, por lo que neutralizaron las catapultas de Memnón pese a estar éstas
en lugares más elevados. Efialtes combatió con el valor de un león, y sus hombres se
aproximaron amenazadoramente a las máquinas macedonias. Tolomeo fue gravemente herido al
tratar de defender las torres de Alejandro, así como el comandante de los hipaspistas
Adaios y el jefe de los arqueros Clearco. El valiente Efialtes estaba a un paso de
alcanzar su objetivo. Pero un contundente contraataque del rey macedonio, apoyado por las
tropas ubicadas en las torres de asedio griegas, logró rechazar la arremetida enemiga. El
magno había destacado una reserva que esperó impasible y como ajena a la batalla, hasta
que las trompetas le dieron la orden de atacar el flanco de los destacamentos del enemigo
que trataban de envolver la falange de Alejandro. Los defensores de Halicarnaso fueron
rechazados con un gran número de bajas (Droysen habla de más de mil) y el propio
Efialtes terminó encontrando la muerte.
Con todo,
Alejandro dio la orden de cesar la persecución a sus macedonios, pues como hombre de
guerra que era, sabía que si permitía a sus soldados que tomaran la plaza en medio de la
euforia de la victoria, la orgía de sangre que esperaba a los ciudadanos de Halicarnaso
hubiera arrasado con la ciudad, de manera análoga a como aconteció con Tebas. Y
Alejandro no era ningún carnicero.
Al final
de la batalla, era Memnón quien tenía el ceño fruncido. Sus fuerzas estaban tan
golpeadas, que no podrían resistir otro asalto del macedonio. En consecuencia, esa misma
noche incendió algunas máquinas de guerra que no podía transportar, y replegó
sus tropas a la ciudadela o acrópolis de Halicarnaso, ubicada en un islote vecino a la
ciudad. Al día siguiente, Alejandro entró en la metrópoli sitiada. Fiel a su espíritu
caballeresco, respetó a la población civil. Al ver a Memnón y lo que quedaba de sus
hombres encerrados en la ciudadela, el joven general debió sonreír, viendo lo que sólo
los genios podían ver: a un almirante sin flota, y a una otrora poderosa flota sin
almirante. Que Memnón se desgastara defendiendo aquel islote. Los macedonios irían
directamente contra las bases del poderío naval persa. Alejandro decidió seguir adelante
con la estrategia planeada, al ver los resultados que estaba obteniendo.
LA CONQUISTA DE LICIA Y PANFILIA
Las golpizas sufridas por el gran Memnón,
impartidas por el muchachuelo y su banda de forajidos, alcanzaron a llamar la atención
del mismísimo Darío. En el otoño del 334 antes de Cristo, el servicio de espionaje
macedonio informó a Alejandro que el imperio estaba reuniendo un ejército tan grande
como jamás había visto el mundo hasta entonces, en donde todas las provincias, desde
Egipto hasta la Bactriana (límite occidental de la India) recibieron la orden de su amo y
señor de aportar numerosos contingentes. La hora de la verdad se aproximaba.
Y el Magno
se dedicó a culminar su objetivo de capturar todas las ciudades costeras mediterráneas
antes de que el gran rey reuniera al nuevo ejército imperial. Sin embargo, la ruta
deseada por Alejandro le generaba un nuevo inconveniente: el sur de Asia Menor es
esencialmente montañoso, es decir, territorio desfavorable a su falange y caballería, el
80% de los efectivos del ejército macedonio. Y las poblaciones de aquella zona eran
altamente belicosas, y obviamente contarían con la ventaja de conocer absolutamente aquel
teatro de operaciones. Pero nada de esto desalentó al macedonio. Simplemente, le sirvió
de acicate para exhibir nuevamente su supremo genio marcial.
Después
de la conquista de Halicarnaso, el Magno recompensó a sus soldados casados,
confiriéndoles permiso para que pasaran el invierno en Macedonia junto a sus mujeres.
Esta hábil medida no sólo aumentó su popularidad entre el ejército, sino que le
sirvió de propaganda para que un gran número de voluntarios griegos se alistara,
compensando así la disminución de combatientes generada por las guarniciones destacadas
en las ciudades conquistadas. La generosidad también rinde frutos en el ámbito político
y estratégico.
Igualmente,
el Magno decidió dividir a su ejército. Como iba a conquistar una zona montañosa, dejó
su caballería en las generosas llanuras limítrofes de Anatolia, bajo el mando de
Parmenión. Y Alejandro se adentró con su infantería en las montañas de Licia (no
confundir con Lidia) nación de magníficos guerreros. Las ciudades que no se rindieron
fueron tomadas al asalto, siempre encabezado por el rey en persona. Si en Macedonia se
confiriera la corona muralis, Alejandro tendría el monopolio de esta distinción.
Igualmente,
Alejandro adoptó las medidas pertinentes para que los jóvenes licios fueran adiestrados
en las artes guerreras macedonias. Una vez conquistada la Licia, el ejército macedonio se
dispuso a invadir Panfilia.
La
estrategia desplegada para invadir esta satrapía fue sencillamente genial. Alejandro
decidió invadir esta zona mediante un gigantesco movimiento de tenaza, dividiendo
sus fuerzas en dos columnas, en donde una se adentraría por la ruta montañosa, mientras
que la segunda seguiría por la franja costera, supremamente escarpada y conformada por
acantilados. Como este era el camino más peligroso, sería el recorrido por el Magno en
persona. Aunque el riesgo era alto, bien valía la pena seguir este camino, por significar
un buen atajo y ser la ruta menos esperada por las fuerzas defensoras.
De cualquier manera, el mar había invadido el
sendero del litoral, amenazando a la columna de marcha macedonia tan inequívocamente, que
los supersticiosos soldados de Alejandro empezaron a ver este fenómeno natural como un
mal augurio. Era intimidante ver como el camino costero finalmente desaparecía en el mar,
mientras la tierra se elevaba verticalmente, dejando como única ruta un sendero de rocas
resbaladizas. Las turbulentas olas, al chocar furiosamente contra las rocas, anunciaban
que barrerían a la imprudente criatura que transitara ese terreno. Los nativos de esa
región decían que el dios Océano hacía que las aguas subieran tempestuosamente por
entre las rocas y que así destruía a los hombres, a menos que el destino los protegiese.
Pese a todo, Alejandro se atrevió. El rey macedonio sabía que cuando se aprovechan
debidamente determinados conocimientos, se obtiene el favor de los dioses.
La forma
en que Alejandro superó las montañas y los acantilados sin la pérdida de un solo
hombre, fue construyendo un paso análogo a la escalera con la que atravesó
el monte Osa, en Tesalia (sobre esta hazaña ver mi artículo Las Campañas de
Alejandro en Europa) Con todo, el camino de la costa no dejaba de representar un
gran riesgo, pues el mar había inundado aquel sendero. En algunos sitios el agua llegaba
hasta la cintura, pero la tranquilidad del rey, que sabía el verdadero significado de la
palabra imposible, hizo parecer que las penalidades afrontadas eran un juego de niños.
Para neutralizar el peligro de las olas, los magníficos agrianos plantaron palos en las
hendiduras de las rocas, y ataron cuerdas a las cuales aferrarse al momento de la
marejada. Finalmente, Alejandro logró abrirse paso a través de la Escalera de
Panfilia.
En todo
caso, también el viento del norte había facilitado la hazaña, pues el joven comandante
aprovechó que las corrientes provinieran del lado del continente, disminuyendo así la
intensidad del oleaje. Fue por todos estos factores que la columna macedonia pudo cruzar
con sus armas esos riscos. El historiador de la alianza griega, Calístenes, registró que
el mar se doblegó ante Alejandro. La creencia de que los dioses protegían al rey de
Macedonia alentaba enormemente a los guerreros macedonios y griegos. Y la conquista de
Panfilia hubiera sido análoga a la de Tesalia (sin el derramamiento de una sola gota de
sangre) de no ser por que la ciudad de Aspendo se decidió a desafiar al ejército
macedonio alistándose para el asedio. Como esta ciudad era una base ideal para la fuerza
naval del imperio, Alejandro debía ocuparla. El problema era que el cruce de los
acantilados panfilios se efectuó sin el equipo de asedio. La diosa fortuna puso a prueba
a su favorito. Y el gran general la superó con creces.
El
macedonio entabló negociaciones con la renuente ciudad. Reconoció que no tenía su
equipo de asedio consigo. Pero recordó a los de Aspendo que estaba en condiciones de
traerlo, aunque se demorase un poco más. Y que dicha demora la pagaría la misma ciudad
con creces. Adicionalmente recordó la suerte que habían tenido todas las ciudades que se
habían resistido a los macedonios. Con mucha sensatez, Aspendo optó por rendirse ante
Alejandro. ¿Qué golpe de suerte tan grande, verdad? Pero en algo influyó el
impresionante palmarés de conquistas de ciudades con el que contaba el Magno. Y la suerte
sufrida por la traicionera Tebas. Y la victoria del Gránico. Y la derrota de Memnón. La
diosa fortuna sabe cuando y a quien conceder sus favores. Después de todo, la genial
marcha de sus columnas sí logró la conquista de esta satrapía sin el menor
derramamiento de sangre.
Tras la
rendición de Aspendo, el servicio secreto macedonio alertó a su rey de un nuevo complot
organizado en su contra: en poder de Parmenión se encontraba preso un agente persa
llamado Sisines, quien al momento de su captura portaba una carta remitida por el
mismísimo Darío, dirigida a un noble macedonio también llamado Alejandro y apodado el
Lincesta, al cual le proponía el asesinato del hijo de Filipo, a cambio del respaldo
persa para que el propio Lincesta ascendiera al trono de Macedonia, y mil talentos de oro
por los servicios que prestaría al felón Darío. Este Lincesta pertenecía a
la familia real macedonia, y Alejandro sospechaba que había participado en el asesinato
de Filipo. El Magno lo acusó de traición ante la asamblea de macedonios libres, pero
como ésta lo exonerara de los cargos, el joven rey acató el veredicto, respetando las
leyes ancestrales de su pueblo. Al enterarse de estos acontecimientos, Alejandro ordenó a
Parmenión que arrestara inmediatamente al Lincesta. Este episodio evidencia
la responsabilidad del trono persa en el asesinato de Filipo, y lo acertado de las
acusaciones de Alejandro. Y también demuestra la inocencia del macedonio. Qué lástima
que los detractores del Magno olviden este pequeño detalle.
LA SOLUCIÓN AL ENIGMA DEL NUDO
GORDIANO
Como
Alejandro no era de los que se intimidaba por las intrigas, más bien al contrario, sus
maniobras bélicas se redoblaron pese a estar ya avanzado el invierno. Y se dispuso a
conquistar Frigia y Pisidia. El rey macedonio se puso al frente de sus mejores infantes y
se adentró en las nevadas mesetas. Los griegos pensaron que era una empresa muy
arriesgada adelantar una campaña en pleno invierno. Las tribus que habitaban estas
montañas heladas, quedaron desconcertadas al ver aparecer en sus inaccesibles territorios
las disciplinadas columnas de un ejército que ascendía los collados en un clima tan
riguroso. Alejandro conocía perfectamente a sus macedonios, agrianos y tracios,
montañeses que por lo tanto estaban en su terreno, y este genial estratega sabía que los
belicosos guerreros de aquellas alturas eran más vulnerables en invierno, debido a que la
nieve les impediría retirarse a las cumbres. El ejército macedonio terminó imponiendo
su ley. De los magníficos guerreros frigios y pisidas, Alejandro reclutó un importante
contingente de voluntarios. Con estas hazañas el Hegemón de la alianza helénica
cumplía su primer año de guerra en Asia. En un año había logrado el sueño de su
padre. Ahora faltaba vengarlo.
Estos
milagros no sólo se debían al genio táctico del joven rey, sino también a su dominio
de la estrategia, poliorcética y logística, pues gracias al magistral empleo de esta
ciencia, Alejandro había neutralizado la flota imperial persa, y había evitado su
desembarco en Grecia, solucionando al mismo tiempo las necesidades de abastecimiento para
su propio ejército y garantizando el orden en los nuevos territorios conquistados, sin
menguar excesivamente sus propios efectivos, los cuales disminuían a medida que el Magno
destacaba guarniciones en cada plaza capturada.
Para celebrar su primer aniversario de victorias, Alejandro
efectuó un golpe de propaganda que le reportaría otro motivo de gloria más. En la
ciudad de Gordio había un carro que el rey Midas -el mismo que convertía en oro todo lo
que tocaba- había consagrado a Zeus. En torno a esta leyenda surgió una profecía: el
hombre que lograra desatar el nudo que unía el carro a su eje, se convertiría en el
señor de Asia. Nadie lo había logrado. Era como sacar la espada excálibur de la piedra,
y convertirse así en señor de Britania. Pero en este caso se trataba del dominio del
mundo. Y obviamente, Alejandro iba a lograrlo.
En el mes
de abril del año 333 antes de Cristo, el rey de los macedonios se atavió con su mejor
armadura, y a lomos del magnífico Bucéfalo, embrazando el escudo mágico que había
pertenecido a Aquiles y seguido por todo el ejército, se dirigió al templo en donde
estaba el carro de Midas. Era un momento decisivo. Ese mismo día se sabría si el hado,
el destino, era que la expedición macedonia triunfara o no. Alejandro entró con paso
seguro al santuario, seguido por sus hetairos o compañeros, y los soldados que alcanzaron
a entrar en el recinto. El calor reinante debió ser insufrible. Todos los ojos se
depositaron en el joven monarca que se enfrentaba a su destino, con el mismo valor que los
héroes de leyenda. Una vez encarado con el enigma de la profecía, el rey favorecido por
los dioses debió sorprender a todos los que expectantes, le seguían con la mirada: luego
de estudiar el nudo, y verificar que efectivamente era ciego, el Magno, con la misma
astucia con la que domó a Bucéfalo, desenvainó su espada, la levantó, y ante millares
de guerreros que contenían el aliento, descargó un feroz golpe sobre el yugo del carro
consagrado a Zeus. El siguiente sonido que debió oírse en el templo, fue el golpe de la
soga al chocar contra el suelo. El nudo había sido deshecho. El enigma se había
resuelto.
Los muros
del santuario debieron haber temblado ante los vítores de los soldados que asistieron a
la verificación de este nuevo prodigio, mientras que su rey levantaba en alto su espada,
y con su otra mano mostraba a todos la realización de su hazaña, los despojos del otrora
nudo gordiano. La conquista de Asia era un hecho. El respaldo de los dioses se verificaba
una vez más. Alejandro era un protegido de Zeus, Atenea y Heracles, y del resto del
panteón helénico. La victoria estaba garantizada.
En cuanto
a Memnón y el destino de lo que quedaba de la flota imperial, éste fue más bien
trágico. La toma de Halicarnaso significó el que Memnón perdiera la iniciativa en el
mar. Para dar el golpe de gracia, Alejandro ordenó a la flota griega que ocupara el
Helesponto. El aislamiento de la fuerza naval persa se consumó en el Egeo. Lejos de darse
por rendido, el mercenario del gran rey, en un último estertor de agonía, ordenó a las
islas que le suministraran los hombres que había perdido en su duelo contra Alejandro, y
los imprescindibles víveres. Desgraciadamente para Memnón, muchas de estas islas
llevaban generaciones siendo independientes de facto en relación con el imperio.
Preferían mantenerse neutrales en la guerra, y algunas hasta proclamaron su adhesión a
Alejandro, como fue el caso de la ciudad de Mitilene. Memnón se vio en la
obligación de capturar algunas de estas rebeldes plazas para evitar que su diezmada flota
y él mismo perecieran de sed. Quizás como consecuencia de las privaciones y carencias
del abastecimiento, el gran Memnón murió en junio del 333. Se verificaba así que la
profecía empezaba a cumplirse.
Alejandro
siguió con sus proyectadas conquistas. El primer foco de resistencia de Anatolia había
ocupado una garganta de difícil acceso, bien defendida: las famosísimas Puertas de
Cilicia, tan estrechas que sólo permitían el paso de un carro a la vez, y que
constituía una poterna creada por los dioses tutelares asiáticos para proteger una
llanura del color de la sangre, cuyo límite se perdía entre brumas y selvas tropicales.
Alejandro acampó para dar la impresión de que no atacaría en el acto. Y los defensores
mordieron el anzuelo, bajando la guardia. Al anochecer, Alejandro dejó al grueso de sus
fuerzas en el campamento, para mantener incauto al enemigo, y con sus tropas ligeras
atacó el lugar. Cuando los confiados defensores divisaron en medio de la oscuridad de la
noche a un demonio occidental, del cual sólo se podía ver las blancas plumas del penacho
de su yelmo, en medio del aterrador grito de guerra de la fuerza de asalto macedonia,
debieron sentir una punzada de terror en sus intestinos. Los defensores de las Puertas
Cilicias abandonaron intempestivamente sus puestos. Al fin y al cabo, el gran rey ya se
acercaba con sus incontables huestes, por lo que la aniquilación de las hordas invasoras
era inminente. ¿A cuento de qué sacrificar la vida?
Esta
victoria le permitió al rey de Macedonia avanzar en la satrapía de las llanuras rojas,
cuyo color motivó que los macedonios creyeran que era una de las entradas al Hades, al
mundo de ultratumba, en donde reinaban extraños dioses: Baal, ante el cual se quemaban
niños; Así mismo, se decía que durante las noches volaban serafines, mientras que el
Gran Dios Cronos velaba eternamente; sobre el mar había una ciudad inconquistable, Tiro,
construida por los fenicios sobre las aguas, encima de columnas de piedra, y en donde se
adoraban rocas metálicas caídas desde los cielos y tan negras como la noche. También
había otra ciudad mágica llamada Jerusalén, de la que se decía que tapaba un camino
que conducía al centro de la tierra, y que estaba protegida por gigantescos muros que se
elevaban sobre un mar interior donde las plantas eran venenosas, la tierra salada y
también había piedras caídas del cielo.
Como si
tales leyendas fueran insuficientes para inquietar el ánimo de los soldados, al abandonar
las Puertas Cilicias entraron en una zona de calor infernal, en donde había una roca
amarilla sobre la cual había una inscripción en caracteres extraños. Temerosos, los
griegos quisieron averiguar su significado. Los nativos indicaron que el idioma era
asirio. El texto decía:
Sardanápalo
construyó en un solo
día la ciudad de Tarso. Pero tú, extranjero, come, bebe, y yace con mujeres, pues eso es
lo que hay de mejor en la vida humana.
Al conocer
la traducción, los hombres estallaron en sonoras carcajadas. Pronto se enteraron que otro
pueblo guerrero, los Sagalasios, les esperaban en una colina.
Alejandro
contaba con unos 7.500 hoplitas, apoyados por tropas ligeras. En la batalla murieron unos
500 asiáticos y el resto huyó, abandonando así la capital de Anatolia, la cual fue
ocupada rápidamente por los griegos. Alejandro perdió unos veinte hombres. Antes de que
su victoria se enfriara, ocupó lo que faltaba de la Frigia. El respectivo
sátrapa había huido en cuanto Parmenión se aproximó con la caballería macedonia.
Alejandro designó a Antígono el tuerto (el padre de Demetrio Poliorcetes) como
gobernador de Frigia, y se reunió con Parmenión y su caballería, así como con los
macedonios que habían pasado el invierno en Grecia, y los nuevos voluntarios
recientemente reclutados.
EL DUELO DE LOS REYES
Los cuatro
meses siguientes al prodigio efectuado por Alejandro en Gordio, consistieron en el avance
del ejército macedonio hasta el Mar Negro. La alianza helénica había igualado la
hazaña de Jasón y los Argonautas. Con lo conquistado hasta ese momento, los macedonios
habían logrado una gesta digna de convertirse en leyenda. Pero Alejandro no se
detendría. No sólo quería igualar a los héroes que reverenciaba, sino también
superarlos. Y la mesnada macedonia ocupó la Cilicia, dispuesta a enfrentar al colosal
ejército reunido por Darío.
Tras
finiquitar la conquista de Cilicia, Alejandro se aprestó para la tan anhelada batalla
contra el mismísimo gran rey. La hora de la verdad había llegado. Como era su estilo,
antes del choque el ejército macedonio celebró juegos en honor de sus dioses,
agradeciéndoles los éxitos obtenidos, e invocando nuevamente su respaldo. El servicio de
espionaje de Alejandro le informó que las tropas imperiales estaban acampando en Soches
(Siria), una gigantesca llanura que permitiría cómodamente las temibles maniobras
envolventes del cuasi infinito ejército imperial. El joven rey se mostró satisfecho.
Todo iba conforme a sus planes. El ejército macedonio se interponía entre las tropas de
Darío y los restos de la maltrecha flota imperial.
Como todo
iba viento en popa, el Magno partió de Tarso (en donde un par de siglos después nacería
el apóstol Pablo) y se dirigió a la ciudad de Issos, en donde dejó sus pertrechos
y soldados enfermos y heridos, para continuar su avance hacia Soches y enfrentarse así
con Darío. Cuando estaba a medio camino, en la ciudad de Miriandro, unas tormentas
detuvieron su avance. Al día siguiente, cuando se aprestaba para continuar su marcha
hacia Soches, sus informadores le notificaron que el ejército imperial se encontraba en
la retaguardia de las fuerzas macedonias, de tal manera que los generales de Darío
habían interceptado la ruta de suministros de Alejandro, y al mismo tiempo, la hueste
imperial se encontraba en condiciones de reunirse con la flota persa. El Magno no lo
podía creer. Envió a unos compañeros para verificar la veracidad de los nefastos
informes. Y efectivamente, éstos eran fidedignos. Parecía que la diosa fortuna se había
cansado de conferir sus favores a la alianza de las naciones helénicas.
Tal y como
se le había indicado a Alejandro inicialmente, Darío había acampado en Soches, un
terreno llano y favorable a sus inmensas huestes, especialmente para la magnífica
caballería asiática. Pero como el imperio también contaba con un soberbio servicio de
espionaje, el estado mayor persa -que igualmente contaba con desertores macedonios- se
enteró de las disposiciones de Alejandro, y de sus dificultades para avanzar por el mal
tiempo. Por lo tanto, el ejército de Darío tomó un camino ubicado más al norte de la
ruta seguida por Alejandro, y alcanzó la base macedonia de Issos. Una vez ocupada la
plaza, Darío mutiló y luego masacró a los heridos macedonios, y seguidamente ocupó una
posición defensiva. Si las inmensas tropas imperiales mantenían su posición, lograrían
que el ejército de Alejandro pereciera de hambre, pues como se dijo anteriormente, su
línea de suministros había sido interceptada, al haberse tomado la ciudad de Issos, en
donde se habían depositado los víveres para los soldados macedonios.
Mucho se
ha hablado acerca de la ineptitud militar de las huestes guerreras persas, y de la
incompetencia de Darío. Ciertamente que este amo del imperio no fue un genio militar,
pero tuvo la virtud de elegir subalternos competentes, que adoptaron medidas acertadas, lo
que demostró habilidad en el mando. La agilidad con la que la colosal hueste persa se
interpuso entre el ejército macedonio y su base de suministros, refleja la habilidad
militar del estado mayor de las tropas imperiales, y la capacidad de los soldados para
cumplir cabalmente las órdenes impartidas. Los oficiales de Darío en Issos tuvieron la
misma suerte que generales competentes como Labieno y Pompeyo, sufrirían en Farsalia:
planes habilidosamente elaborados de acuerdo a los principios bélicos de ese momento, se
desmoronarían como un castillo de naipes al enfrentarse a los más grandes señores de la
guerra, maestros consumados en el arte de convertir la principal fortaleza del enemigo en
su mayor desgracia. De nada sirve elaborar un ingenioso plan que funciona sobre el papel
cuando se enfrenta al mayor amo de la táctica que el mundo hubiera visto.
Con todo,
la hábil maniobra persa generó un impacto contundente en la moral de los soldados greco
macedonios. Recordaron sus burlas ante la inscripción de Sardanápalo en Tarsos, y ahora
entendían que los dioses reinantes en Asia, como venganza hacia la insolencia de los
griegos, habían enviado la tormenta que determinó la ventaja para las colosales huestes
imperiales. Estaban condenados a perecer en la tierra de las infernales deidades
orientales. Pero Alejandro no se iba a dejar vencer por las divinidades bárbaras. Arengó
a sus soldados, los alabó, bromeó con ellos y los reconfortó. Su inconmensurable
confianza contagió a sus guerreros, y así renació en ellos la esperanza. Les recordó
que el terreno en que estaban los persas era estrecho, y que así cubriría los
flancos de los macedonios, impidiendo que éstos fueran rodeados. Evocó las hazañas
realizadas, su condición de hombres libres, e invictos además; En suma, les hizo ver que
este aparente desastre era su mayor oportunidad de vencer como jamás ejército alguno
había vencido, lo que les reportaría la gloria inmortal.
La
maniobra efectuada por los asesores de Darío era una buena decisión, en la medida en que
se ejecutara correctamente. Para desgracia de los persas, esto no ocurrió así. La
superioridad material del ejército del imperio volvió a sus oficiales excesivamente
confiados, y nada hicieron para impedir la aproximación de los soldados greco macedonios.
En defensa del mando persa, hay que reconocer que en ese momento nadie apostaba por la
victoria macedonia, salvo el propio Alejandro y sus leales. Además, los persas habían
garantizado la derrota de Alejandro, al haber destacado un contingente en la
estribación de la montaña, que desbordó el flanco derecho de los macedonios. Así las
cosas, ni el terreno impediría que los yauna fueran rodeados.
La batalla
propiamente dicha ya se ha expuesto en esta web. Hammond considera que Alejandro tenía a
su disposición en Issos 5.300 jinetes y 26.000 infantes. Harold Lamb habla de un total de
27.500 efectivos. La primera maniobra del general macedonio, fue desplegar un feroz ataque
contra el contingente persa destacado a la derecha de los griegos, neutralizándolo con la
élite de sus tropas ligeras, y aislándolo del grueso del ejército persa. Todo el
despliegue táctico descrito en el respectivo especial, condujo a que Alejandro y sus
tropas de élite se enfrentaran de poder a poder a Darío y su formidable
guardia de élite, los legendarios Inmortales, de manera análoga a como
aconteció en Gránico, o en Leuctra y Mantinea, entre la hueste sagrada tebana y los
espartiatas lacedemonios. El gran caudillo macedonio dirigió un ataque en cuña contra el
flanco derecho de los persas, que él mismo rebasó mediante hábiles maniobras que
burlaron a los generales de Darío, que hasta el último momento pensaron que el rodeado
era el propio Alejandro. Una verdadera pieza maestra de la táctica, emulada por Aníbal,
Escipión y César, entre otros generales posteriores.
Hubo un
momento en esta batalla, en que los dos reyes se encontraron de frente. El señor del
imperio se acobardó en cuanto vio a Alejandro a lomos de Bucéfalo, abriéndose paso
hasta donde se hallaba el mismísimo gran rey a golpes de lanza. Quinto Curcio Rufo cuenta
que en Issos, Darío pudo salvarse porque delante del carro real, enfrentando a los
macedonios encabezados por el propio Alejandro, se plantó su hermano Oxatres,
espantoso debido a su tamaño, logrando así detener el avance de los griegos.
Sólo Alejandro se enfrentó al gigantesco persa. El encuentro entre estos dos temibles
guerreros debió ser tan magnífico como el duelo habido entre Aquiles y Héctor. En lo
más reñido del combate, una flecha procedente de las filas persas acertó a Alejandro en
un muslo. Se ha conjeturado que la saeta pudo haber sido disparada por el propio
Darío, que fue un excelente arquero. Como verdadero macedonio, el Magno hizo caso omiso
del punzante dolor y redobló sus golpes contra el hercúleo Oxatres; como éste viera que
su derrota era inminente, pues la guardia persa se batía en retirada mientras que los
macedonios ganaban terreno, al tiempo que se enfrentaba a un demonio inmune a cualquier
herida, el imponente hermano de Darío se unió a la fuga de las tropas de élite persas,
de las cuales era el propio Oxatres su comandante.
Como J. I.
Lago lo indicó en su trabajo, la huída de Darío no decidió la batalla. En el lado de
la costa, la formidable caballería asiática -comandada por el gran Nabarzanes- estaba
derrotando a Parmenión. Genialmente -como verdadero señor de la táctica- el Magno se
abstuvo de perseguir a Darío en cuanto éste emprendió su huída. Sólo cuando el rey
macedonio y sus hetairos apoyaron a Parmenión, las huestes persas de esa ala emprendieron
la fuga. Una vez que Alejandro ejecutó magistralmente las maniobras que decidieron la
batalla, y aseguró la victoria, se dedicó sin tomar descanso alguno a intentar la
captura del gran rey. Pero como el día ya estaba bien avanzado, el soberano macedonio,
pese a estar herido, llevaba cabalgando 37 kilómetros en una implacable persecución
contra Darío, cuando cayó la noche. El comandante de los griegos decidió volver al
escenario de su magistral victoria. Sus jinetes, al borde del agotamiento por ejecutar una
tormentosa cabalgata luego de haber librado una pesadísima batalla sin haber disfrutado
de reposo, pero impulsados por el ejemplo de su rey, que seguía tan fresco como si
acabara de levantarse no obstante estar lesionado, sólo podían entender que su joven
adalid era de hierro, lo que explicaba su invencibilidad. También hay que tener en cuenta
su supremo genio táctico.
Al volver
de la persecución, Alejandro y sus exhaustos jinetes, cubiertos de sangre, sudor y polvo,
se dirigieron a la tienda imperial, quedando asombrados ante la exhibición de lujo del
majestuoso pabellón del monarca persa:
Cuando vio los cuencos, los cántaros, las
bañeras y los frascos de perfume, todo en oro superiormente cincelado, y la sala
divinamente embalsamada con perfumes y ungüentos, cuando al llegar a la tienda, admirable
por su altura y anchura, vio el lujo de los divanes, las mesas y los manjares, se volvió
hacia sus compañeros y les dijo: En esto consiste, según parece, el
reinar. (Plutarco, Vida, XX, 13)
La derrota
del imperio fue absoluta. Sin embargo, hay que mostrarse escéptico ante las cifras
suministradas por Calístenes. Quizás lo acertado sea entender que en la batalla de Issos
perecieron 110.000 efectivos, entre mercenarios griegos al servicio del imperio y soldados
asiáticos. Gracias a la asombrosa rapidez del ataque, las pérdidas para Alejandro fueron
insignificantes (300 infantes y 150 jinetes) y la victoria rotunda. La parte del ejército
imperial que no fue masacrada huyó a la desbandada. Issos es un hito dentro de las obras
maestras de la táctica.
LA CONSOLIDACIÓN DEL DOMINIO
OCCIDENTAL DEL IMPERIO
Después
de esta aplastante victoria, lo más obvio sería perseguir implacablemente a Darío,
impedir que reuniera otro ejército, y garantizar prácticamente el desmoronamiento del
imperio. Cualquier manual militar de esa época -y algunos de la actualidad- le daría la
razón a esta propuesta.
Pero tal
planteamiento ignora muchas realidades a tener en cuenta: Alejandro había ganado una
batalla, pero en manera alguna la guerra. La captura efectiva de Darío no significaría
la caída del imperio, pues a rey muerto rey puesto. Y Persia todavía contaba con
infinitos contingentes de tropas de primer orden para hacer frente a las fuerzas invasoras
occidentales. Si Alejandro se hubiera internado en Asia bajo las condiciones existentes al
momento de vencer en Issos, el rey que sucediera a Darío podría ordenarle a las
provincias de Fenicia, Chipre y Egipto que reunieran una nueva y colosal escuadra de
navíos de guerra, y ejecutaran el plan concebido por Memnón de desembarcar en Grecia y
fomentar una rebelión en el corazón de los dominios de Alejandro.
Las
batallas sólo son la punta del iceberg de las guerras. Alejandro lo sabía perfectamente.
Cuando un enemigo tiene superioridad material aplastante, unas pocas batallas no deciden
la victoria. Se debe entonces minar uno a uno los pilares del poder del enemigo para estar
en condiciones de asestar el golpe mortal. Por esto, Alejandro siguió con su plan inicial
de apoderarse de la zona occidental del imperio, para acabar así con la esperanza para
los persas de llevar la guerra a Grecia, y asegurar de esta manera la retaguardia de las
fuerzas macedonias.
Esta
política constituye un ejemplo sublime de lo que hoy en día se denomina Estrategia
de Aproximación Indirecta, por medio de la cual a un enemigo antes de asestarle
directamente la estocada fatal, se le minan todas y cada una de las fuerzas que garantizan
su poderío, como se hace en tauromaquia, en donde a un adversario formidable y
materialmente superior, como es el caso del toro de lidia, primero se le aguijonea,
ocasionándole al principio más molestia que un golpe mortal, y luego se le agota
mediante una superior astucia y movilidad; sólo cuando el coloso se encuentra agotado, el
matador se decide a darle el golpe de gracia. Si todo se ejecutó soberbiamente, al final
de la contienda el vencedor debe encontrarse prácticamente intacto. Alejandro lo logró
al lidiar al gigantesco toro asiático, con la misma maestría que el colombiano César
Rincón desplegó en la arena de la plaza de Las Ventas. Y al igual que los madrileños
con el colombiano, la historia sacó en hombros y por la puerta grande al macedonio.
La familia
de Darío cayó en poder de Alejandro: La reina madre, la esposa de Darío, su bella hija,
y lo peor de todo, su hijo varón y heredero. La oportunidad para la venganza había
llegado. Pero Alejandro no era ningún Octavio. Su guerra era impulsada por el honor, no
por la vileza. Su cruzada era contra Darío y los formidables guerreros del imperio, no
contra ancianas, damas desprotegidas y niños. Alejandro trató con la mayor
caballerosidad a la familia imperial, y hasta mantuvo su rango. Esta es la grandeza que le
aplaude la historia, la valentía, la majestuosidad por la que se le calificó de Magno.
Cuanta falta hace en estos días que los líderes mundiales imiten esta faceta del gran
héroe. Ojalá y vuelva a la tierra este honor milenario. Este gallardo gesto inspiró una
maravillosa pintura de Paolo Veronese, como eco de la grandeza que sigue sugestionando al
mundo de hoy, más de dos mil años después.
Cuando Darío detuvo su huída, cayó en la cuenta
de que su familia no estaba con él. Entonces le dirigió una carta al macedonio, en donde
le recriminaba su injusta invasión, y le ofrecía el reconocimiento de las
conquistas que la alianza griega había efectuado, a cambio de que el Magno le devolviera
al gran rey la familia imperial. La correspondencia epistolar habida entre estos dos reyes
acaso sea una de las más grandiosas de toda la historia. Al responder, Alejandro replicó
que era Persia la agresora, evocando las guerras médicas, y llamando las cosas por su
nombre: le recordó a Darío su condición de asesino de Filipo, haber promovido la
insurrección de Tebas, y hasta su ascenso al trono mediante el asesinato de su predecesor
Arses. Alejandro se constituía así como el paladín de la justicia y la espada vengadora
de los dioses. Con el honor no se negocia. Un extracto de la respuesta de Alejandro
enviada a Darío, dice así:
Ahora soy
yo quien domina las tierras, ya que los dioses me lo han concedido, y conservo aquellos de
vuestros soldados que se me han unido por propia voluntad. Venid pues a mí como Señor de
toda el Asia
si estáis en desacuerdo con la cuestión del reino
¡luchad por
él!!!
La victoria de Issos, no sólo le reportó al
macedonio la captura de la familia imperial. Alejandro envió a Parmenión a Damasco, por
encontrarse allí la mayor parte del botín abandonado por Darío. El segundo de Alejandro
no sólo capturó un inmenso tesoro, sino también a embajadores griegos que en ese
momento se encontraban negociando con Darío, espartanos inclusive. Pero la mejor parte
fue cuando el lugarteniente envió a Alejandro a la bellísima Barsine, la viuda de
Memnón. Según las descripciones de los historiadores, tuvo ojos de gacela, cuerpo de
onza y voz de sirena. Alejandro no sólo superó a Memnón en la guerra, sino también en
el amor. Barsine habría de darle al rey macedonio un hijo que se llamó Heracles.
Alejandro era un caballero, pero le gustaba así mismo superar a sus rivales en todos los
aspectos. Y quedarse con las más exquisitas mujeres.
Así mismo, Issos determinó que ciudades
mediterráneas como Arado, Biblos y Sidón se pasaran al lado de los griegos. Como
Alejandro gustaba de asegurar su retaguardia, al dejar Sidón entronizó como rey de la
ciudad a Abdalónimo, quien hasta ese entonces se desempeñaba como jardinero en el
palacio real. Y hasta para estos asuntos el Magno acertaba: este humilde ex-sirviente
se convirtió en un rey impecable, muy humanitario y querido por su pueblo. Las
conquistas de Alejandro no sólo le reportaron la gloria inmortal, sino también la
gratitud de sus contemporáneos.
Pero la inconquistable ciudad-isla de Tiro,
confiada en su inexpugnabilidad, optó por rechazar las propuestas macedonias. Alejandro
se dirigió al rey de Tiro, solicitando su amistad, por cuanto deseaba ingresar en la
ciudad para rendir homenaje a su antepasado Heracles, llamado por los fenicios Melkart. La
respuesta tiria fue desobligante. Tiro, al igual que Alejandro, también era invicta, pues
jamás había sido tomada. El babilonio Nabucodonosor la sitió durante ¡15 años!!!, y
fracasó en su tenaz empeño. ¿Por qué razón iba a cambiar la historia entonces? Se dio
inicio a uno de los asedios más tenaces que el mundo recuerde jamás. Cuando Alejandro
inició sus obras, los abucheos y burlas de los tirios casi acallaban el ruido de las
labores de los ingenieros griegos. En cuanto los trabajos descritos por J. I. Lago en el
respectivo especial estuvieron adelantados, los de Tiro dejaron de burlarse. Ahora el que
sonreía era Alejandro.
Pero los fenicios de Tiro, con el valor que
centurias después haría que sus hermanos de Cartago hicieran temblar a Roma y sus
legendarias legiones, y con una chispa que rivalizaría con la de Arquímedes, se negaron
a resignarse. Comenzó el inmortal duelo de ingenio y tenacidad: los tirios efectuaron
ataques sorpresa con sus buques de guerra incendiarios, que -favorecidos por los vientos
marítimos- averiaron los trabajos adelantados por los macedonios. Impertérrito, el rey
dio la orden de reiniciarlos inmediatamente, al tiempo que ordenó la construcción de
máquinas de asalto flotantes, y poder hostigar a Tiro por más de un punto. Los tirios
ocultaban sus sorpresivas arremetidas mediante una cortina de velas dispuesta en su
puerto:
Alejandro,
que disfrutaba con esta carrera de velocidad e ingenio, trasladó al otro lado del muelle
sus mejores elementos, y dio la vuelta a la isla, situándose ante el puerto de donde
habían salido los buques tirios y cortándoles la retirada.
Las baterías
flotantes de los macedonios podían entonces acercarse a la muralla que daba al mar
(
)
Para poder usar
sus máquinas, los buques tenían que anclar. De la ciudad salieron nadadores que,
buceando, fueron a cortar los cables de las anclas. Los ingenieros macedonios pusieron
cadenas en lugar de cables. Entonces los tirios lanzaron rocas inmensas sobre los lugares
donde trataban de anclar los buques. Con la marea, los navíos se quebraban el fondo con
las puntas de estas rocas. Se montaron grúas sobre barcas y se quitaron las rocas. Se
dotó a los navíos de puentes volantes colocados en los mástiles para que los soldados
pusieran pasar a la muralla. Los tirios respondieron construyendo torres más altas que
los mástiles de los barcos. Pero las máquinas de los macedonios habían abierto brecha
en la muralla, en dos puntos cercanos a los puertos. La batalla no estaba entablada ya
entre las máquinas; los hombres comenzaban a enfrentarse con los hombres, y Tiro estaba
condenada. (LAMB Harold, ALEJANDRO DE MACEDONIA, Pág. 163-4. Ed. Latino
Americana S.A., México D. F., 1957)
La inspiración y tenacidad del macedonio, el
talento de sus ingenieros (Diadés y Carias especialmente) y la disciplina de sus
soldados, volvió a lograr un inesperado milagro. El sitio de Tiro comenzó en enero de
332 a. C., y terminó en julio, según Hammond; Droysen dice que en Agosto. Hammond indica
que la calzada de Alejandro tenía casi 800 metros de largo.
Se cuenta
que poco antes que Alejandro comandara en persona el asalto final, el rey de Tiro había
soñado con la imagen de un príncipe tocado con un penacho blanco, lanzándose el primero
desde su pasarela de madera sobre el muro de piedra, de 45 metros de alto, protegido por
un escudo mágico y el dardo adelantado:
(
)
Valor extraordinario, con el mayor peligro; era reconocible por las insignias de la
realeza y el brillo de sus armas, y sobre todo era él el más visible. ¡Qué
espectáculo verle atravesar con su lanza a los defensores de la muralla! Incluso
precipitó a algunos rechazándoles a golpes de espada y escudo. La alta torre desde la
que se batía estaba casi pegada a los muros del enemigo. (Quinto Curcio, IV, 10-11)
En efecto,
el asalto final sobre Tiro se produjo en las condiciones magistralmente narradas por esta
web. El primero en poner pie en la muralla enemiga no fue Alejandro, sino el comandante de
los hipaspistas Admeto, que cayó muerto. Con la ayuda de un puente volante lanzado desde
la parte alta de una torre de madera unida a dos navíos emparejados, el rey y sus
escuderos saltaron sobre la empalizada cercana al arsenal de Tiro, seguidos por el resto
de la fuerza de asalto macedonia. Alejandro no sólo fue un genio en estrategia,
poliorcética y logística, sino también se convirtió en un verdadero dios de la
táctica, venciendo a sus enemigos no sólo en tierra, sino también en el mar y hasta en
el cielo inclusive, como aconteció en las altísimas murallas de Tiro.
Alejandro
no pudo hacer uso de su acostumbrada magnanimidad. Los tirios fueron crueles con los
prisioneros macedonios, y violaron sagradas leyes al martirizar a la embajada griega que
les hizo una última oferta de rendición honorable. Alrededor de 8.000 tirios cayeron en
el asedio, y los 30.000 sobrevivientes fueron esclavizados. Sólo el rey de Tiro, sus
nobles y unos embajadores cartagineses fueron perdonados. Arriano registra 400 bajas
macedonias y más de 3.000 heridos. Finalmente, Alejandro cumplió con su voluntad de
rendir honores a Heracles, a quien dedicó el éxito del asedio. El ejército desfiló en
orden de parada, y se realizaron juegos dentro del santuario. Nada podía alejar a
Alejandro de lo que se proponía, y quien le obstaculizara el camino debería atenerse a
las consecuencias.
Durante el
asedio de Tiro ocurrió un episodio que refleja el verdadero carácter del rey macedonio:
mientras se adelantaban las geniales obras encargadas por el predilecto de Zeus y Atenea,
como éste era incapaz de permanecer ocioso, se dedicó a conquistar las indómitas tribus
del interior de la costa, comandando personalmente a sus favoritos agrianos (equivalente
de los iberos de César) Una noche, al efectuar una incursión en Galilea, el joven rey
notó que su ex tutor Lisímaco se había rezagado de la columna de marcha. El comandante
de los griegos no dudó un instante en abandonar a sus soldados y rescatar al anciano, en
donde fuera que se encontrara. ¿Por qué tanta vehemencia en defender un viejo inútil?
Alejandro
desde su más tierna infancia fue criado como si fuera un espartano, por su severo maestro
Leónidas. No sólo en lo referente a las artes marciales, sino igualmente privado de
cualquier lujo o trato cariñoso, formación que ni el más rústico de los macedonios
hubiera recibido jamás. El joven príncipe ignoraba el sabor de un dulce, la sensación
de estar abrigado en invierno, disfrutar un refresco en verano, o siquiera de andar
calzado. Sólo dos voces protestaron ante ese trato tan infame. Una fue la de Olimpia, la
madre de Alejandro. La otra, la del viejo Lisímaco. El Magno jamás habría de olvidar
esta protección desinteresada, y quizás el único trato tierno que recibiera de una
figura paterna, pues su padre el rey andaba ocupado conquistando Grecia.
Finalmente,
Alejandro dio con el anciano. Estaba a punto de ser asesinado por una partida de
samaritanos, pueblo hostil a los macedonios, que atacaba y robaba a los rezagados:
(
) cargaba la noche y los enemigos se
hallaban cerca
(Alejandro) no echó de ver que estaba muy separado de sus tropas con
sólo unos pocos, y que iba a tener que pasar en un sitio muy expuesto aquella noche, que
era sumamente oscura y fría. Vio, pues, no lejos de allí encendidas con separación
muchas hogueras de los enemigos, y confiado en su agilidad y en estar hecho a aliviar
siempre con sus propias fatigas los apuros de los macedonios, corrió a la hoguera más
próxima, y dando con el puñal a dos bárbaros que se calentaban a ella, cogió un tizón
y volvió con él a los suyos. Encendieron también una gran lumbrada, con lo que
asustaron a los enemigos; de manera que unos se entregaron a la fuga, y a otros que
acudieron los rechazaron, y pasaron la noche sin peligro. (Plutarco, Vida, XXIV, 21)
¿Qué sentirían los
soldados agrianos y macedonios, cuando al momento de encontrar a su rey, lo hallaran
conversando con aquel bondadoso anciano, recordando sus travesuras infantiles y los
cuentos que le narraba acerca de Heracles, Aquiles y demás héroes? Pues que bien
valdría la pena seguir hasta el infierno a aquel general que arriesgaba su propia vida
para defender la de un abuelo que no le reportaría utilidad alguna. He aquí al verdadero
Alejandro.
LA CONQUISTA DE GAZA
Ahora era
esta plaza la que se interponía en los proyectos del favorito de los dioses. Los
ingenieros de Alejandro, que tanto renegaron durante el sitio de Tiro, ahora juraban que
la toma de Gaza era imposible. El rey sonería. No era la primera vez que los expertos le
decían que soñaba metas irrealizables. No era la última vez que realizaría otro
milagro más.
Pero la
cuestión no iba a ser fácil. Gaza estaba emplazada sobre un monte de laderas verticales
de ¡75 metros de altura!!!!, y como si esto fuera poco, la ciudad estaba rodeada por una
impresionante muralla. De nada serviría el ingenio desplegado en Tiro, pues la barrera no
era el mar, sino la misma tierra. Alejandro no se desanimó. El ejército levantó una
rampa tan gigantesca como el monte y la muralla misma, en el punto considerado como más
vulnerable. Cuando la obra alcanzó la altura deseada por el Magno, (los trabajos se
culminaron en apenas 2 meses) el rey alistó su equipo de sitio y ofrendó un sacrificio
para propiciar el éxito del asalto.
Durante la
ceremonia de libación, ocurrió un prodigio que impactó a los macedonios: un ave rapaz
dejó caer una piedra sobre la cabeza del mismísimo Alejandro. Aristandro, el augur de
cabecera del rey de los macedonios dio el siguiente veredicto: Oh Rey, tomarás la
ciudad pero deberás cuidar de tu propia persona.
Respetuoso
de la voluntad de los dioses, Alejandro determinó hacer una excepción a su costumbre de
acaudillar la toma de las plazas fuertes. Pero la fuerza de asalto macedonia fue
rechazada. El comandante de Gaza se llamaba Batis. Contaba con un fuerte contingente de
mercenarios árabes, que lucharon con el coraje que milenios después les garantizaría la
creación de su propio imperio. No sólo rechazaron a los macedonios una, sino TRES veces.
Esto fue demasiado para Alejandro. Decidió encabezar la siguiente entrada. El ataque no
sólo se efectuó con la infantería de asalto, sino que ésta también fue apoyada por
las catapultas, arietes y hasta un equipo de zapadores que cavó túneles que minaron las
murallas de Gaza. Cuando una buena parte de la muralla cayó, Alejandro condujo a sus
hipaspistas (más tarde rebautizados como Escudos de Plata) al asalto. Como el
rey combatía en primera fila y su magnífica panoplia lo diferenciaba del resto de sus
huestes de élite, una lanza disparada por una catapulta le alcanzó. Afortunadamente, el
escudo de Aquiles alcanzó a desviar en algo el disparo, y el impacto no fue mortal. Pero
el proyectil alcanzó a atravesar el hombro de Alejandro.
Con la
palidez de la muerte, Alejandro se negó a abandonar la batalla. Ante el asombro de sus
hombres, el rey -con los huesos de su hombro izquierdo fracturados- se mantuvo firme en su
puesto de combate, venciendo el insoportable dolor y arengando a sus tropas una y otra
vez. Los macedonios, avergonzados por haber permitido que su adorado general fuera
impresionantemente herido, redoblaron su coraje. Finalmente, debilitado por la pérdida de
sangre, Alejandro perdió el sentido y fue retirado de la lucha.
Pero ésta
ya se había decidido. Gaza cayó, y la profecía de Aristrando se cumplió cabalmente. En
esta ocasión, el premio al valor lo recibió Neoptólemo, miembro de la casa real molosa,
y por lo tanto compatriota de Pirro de Epiro, el temible primer gran rival de la
república romana. Quinto Curcio Rufo cuenta que Alejandro trató vilmente a Batis tras la
caída de Gaza, pero la historiografía contemporánea no da crédito a este relato, ya
que Alejandro siempre honró al valiente, bien fuera éste aliado o enemigo. Si el Magno
trató caballerosamente al pérfido rey púnico de Tiro, quien vilmente apresó una
indefensa embajada macedonia, y a la vista de Alejandro los torturó infamemente, ¿Por
qué iba a tratar peor al valiente Batis? La toma de esta plaza inconquistable aconteció
en diciembre del 332 a. C.
Fuentes
hebreas cuentan que Alejandro se dirigió a Judea y Samaria después de la conquista de
Gaza. Según Josefo y la tradición talmúdica, al pie de Jerusalén Alejandro fue
recibido por el sumo sacerdote y una multitud que festejaba la llegada del rey de
Macedonia, a quien aclamaban como el héroe prometido por las sagradas escrituras, y que
los liberaría del yugo persa. Alejandro los trató con su acostumbrado respeto y
caballerosidad. Inclusive honró al sumo sacerdote Jaddua (Jadeo), prosternándose ante
él y ofreciendo un sacrificio al soberano del universo, el Dios único de los judíos.
Alejandro preguntó a los líderes del pueblo elegido la forma de complacerles.
Poder vivir según las leyes de nuestros padres y estar exentos de impuestos una vez
cada siete años, lo cual les fue concedido por el noble conquistador, inclusive a
las comunidades hebreas de Babilonia y Media (Antigüedades Judaicas, XI, 326-339)
Droysen
advierte de la gran cantidad de relatos contradictorios que existen en relación con el
paso de Alejandro por Jerusalén. Paul Faure señala que Plutarco, Quinto Curcio y Polieno
guardan silencio en este punto. (Frente al tema, resulta interesante la alusión que J. I.
Lago hace de este episodio en su web dedicada a la historia del cristianismo) La profecía
judía también se hizo realidad, y fue la más verídica de todas. De ahí el trato
benévolo que la Biblia y la tradición judeocristiana tienen para con Alejandro, muy
diferente de la recibida por sus indignos sucesores, tanto diádocos como epígonos. Junto
con los Macabeos, Roma habría de ajustarles las cuentas.
Una
diferencia existente entre la conducta desplegada por Alejandro y Pompeyo al conquistar
Palestina, fue el trato amable del general macedonio para con el pueblo hebreo,
diametralmente diferente de la arrogancia desplegada por el comandante romano. De hecho,
resulta interesante verificar cómo la buena estrella de Pompeyo empezó a declinar desde
la profanación efectuada por el rival de César en el templo de Jerusalén, mientras que
la de Alejandro jamás decrecería, sino todo lo contrario. El escrupuloso respeto hacia
las creencias ajenas también reporta beneficios en el mundo material. No hay que olvidar
que años más tarde, Herodes, futuro rey de Jerusalén y posteriormente apodado
Grande se sentiría enormemente halagado cuando en su propio idioma un
victorioso romano alabara su valor desplegado en batalla, y se mostrara respetuoso hacia
las tradiciones de su pueblo. El nombre de este romano fue Cayo Julio César.
EL ORÁCULO DE AMÓN
El avance
desde Gaza hasta Egipto se demoró siete días, lo que arroja la impresionante cifra de 32
kilómetros diarios de marcha en pleno terreno desértico, otra gran proeza lograda por el
Magno. Para medir la grandeza de esta hazaña, hay que tener en cuenta que hay 300
kilómetros desde Alejandría a Mershah Matruh, a lo largo de la costa desértica, y otro
tanto desde esa costa hasta el oasis de Siwah. Según la tradición, en ese desierto de
fuego el rey Cambises (hijo y heredero de Ciro el Grande) perdió un ejército de 50.000
hombres:
El
viaje a emprender apenas era soportable para hombres ligeramente armados y poco numerosos:
en la tierra y el cielo el agua se echaba en falta. Tiene por delante la extensión
estéril de las arenas. Cuando el ardor del sol les abraza, el suelo se vuelve tórrido y
quema la planta de los pies. Se eleva un calor intolerable y no sólo hay que luchar
contra la sequedad ardiente del clima, sino también contra la aridez extrema de la arena,
que cediendo bajo el paso estorba el movimiento de marcha. (Quinto Curcio, IV, 7,
6-7)
Egipto
acogió a Alejandro como a un libertador. Finalmente, la flota persa fue derrotada desde
tierra. Las ciudades fenicias y los reyes de Chipre pusieron sus naves de guerra a
órdenes de Alejandro, y éste les acogió con regios honores. El rey de Chipre le regaló
a Alejandro un inigualable cinturón forjado en la isla de Rodas, constelado todo de joyas
y tan radiante como el rostro de Atenea. Alejandro lo usaría por el resto de su vida, no
sólo en las ceremonias, sino también en pleno campo de batalla. Debió lucir majestuoso,
haciendo juego con el escudo de Aquiles y el yelmo de plumas blancas.
El rey
macedonio acababa de demostrar que su visión estratégica era la acertada. La milenaria
lucha habida entre griegos y fenicios por el dominio del Mediterráneo Oriental había
llegado a su fin. La paz impuesta por Alejandro dio inicio a un comercio que determinó
una prosperidad económica sin precedente alguno en aquella región del planeta. Hammond
enfatiza que dicho logro tendría efectos hasta la época del poderío romano y bizantino.
La
comunidad helénica obsequió a Alejandro una corona de oro por la hazaña recientemente
lograda. Y como un misterioso nexo entre Alejandro y César, el Magno premió a la ciudad
de Mitilene por su valiente oposición a Persia. Mitilene y el valor. Valor que le
reportaría la corona cívica a César y su ascenso a la gloria inmortal. Mitilene, la
bendecida de Alejandro y la que bendijo a César.
Alejandro
fue aclamado por los egipcios como faraón, y por lo tanto como hijo de Ra y predilecto de
Amón. El nuevo faraón decidió hacer algo más que los tradicionales juegos para
celebrar sus victorias, y decidió fundar una nueva ciudad, respecto de la cual aconteció
todo tipo de augurios favorables. La nueva plaza se eligió por haber sido cantada por
Homero en su inmortal Odisea: la isla de Faros, tierra de los perros marinos. El rey,
interpretó magistralmente el texto del viejo poeta, y el terreno fue bautizado
Alejandría, la ciudad de Alejandro. Los planos se trazaron de acuerdo con las
concepciones de Pitágoras. Esta maravillosa metrópoli habría de servir de cuna a
hombres de todas las nacionalidades, y dejaría su propio legado artístico, científico y
cultural a la historia, uniendo al mundo occidental con el lejano oriente.
El Magno,
verdadero visionario, vivió un eterno sueño que día a día hizo realidad: en esa
ocasión, convirtió un terreno pantanoso en el que se refugiaban todos las serpientes,
ratas y forajidos de Egipto en una ciudad provista de tres puertos que no sólo fue un
inmenso emporio comercial, sino también un centro cosmopolita; Alejandría no sólo fue
habitada por egipcios, griegos, macedonios y persas. También fue poblada por judíos,
cuyos antepasados habían sido expulsados de Egipto durante el reinado de Ramsés, en la
época narrada por el Éxodo. La ciudad de Alejandro logró reunir un millón de
habitantes (cifra récord en la antigüedad) y convertirse en la ciudad más grande del
Mediterráneo. Paul Faure dijo de la ciudad fundada por Alejandro: Tomando
Alejandría como base, César, Antonio, Octavio, el futuro Augusto, Germánico, los
Antoninos y los Severos, rehicieron el sueño de Alejandro de someter Asia a su
Imperio.
Pero como
hijo de su tiempo, Alejandro también tenía un viejo anhelo: cumplir una peregrinación,
de significado tan sagrado como la visita a Jerusalén por parte de los cristianos, o La
Meca para los musulmanes. Alejandro deseaba ver el santuario de Amón, emplazado en el
oasis de Siwah, tal y como lo habían hecho sus antepasados Perseo y Heracles. Se trataba
de un santuario más antiguo que el oráculo de Delfos, al que lejanos pueblos enviaban
embajadas para consultar sobre sus destinos. Alejandro no fue la excepción.
Los dioses
propiciaron la peregrinación enviándole a su favorito lluvias y aves que lo guiaron
cuando sus guías se desorientaron. Alejandro fue recibido por el sumo sacerdote en
persona, y calificado de Hijo de Ra, honor que jamás había recibido un
mortal hasta ese entonces. Sólo el rey pudo entrar en el templo. El diálogo habido entre
el héroe y el dios quedó en secreto. Pero las conjeturas de sus contemporáneos indican
que Alejandro indagó por la adecuada venganza de su padre y el éxito de su empresa.
Alejandro se mostró satisfecho con las respuestas del dios. Los macedonios quedaron
profundamente impresionados. Al interior del ejército circularon todo tipo de rumores:
que Zeus-Amón había adoptado a Alejandro como hijo, y que le había prometido el dominio
del mundo; o que se le había informado que la paternidad del rey era doble, como la del
legendario Teseo.
La leyenda
de Alejandro comenzó antes de la muerte de este gran caudillo. Lo realmente acontecido
durante la peregrinación a Siwah hace parte del misterio del fabuloso rey macedonio. Como
consuelo, es vivificante pensar que el joven general salió del milenario templo
reconfortado, rodeado por un aura sobrenatural y considerado por sus muchachos
como verdadero hijo de Zeus-Amón. Los soldados del ejército griego empezaron a ver a su
rey con cierto temor reverencial. Los macedonios habían alcanzado el límite de lo
imposible llegando en tres años al extremo oriental del Mediterráneo. Ahora encontraban
la explicación a tantas hazañas y prodigios acontecidos.
Y aún
faltarían muchos más por sobrevenir, pues estaba pendiente liquidar cuentas con Darío.
Pero esta, es otra historia.
Copyright by Joaquín Acosta 2002.