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LA SOMBRA DE LA LEYENDA

 Por Joaquín Acosta 

 

“-Qué estás leyendo?

(...)

-Es la historia de un rey llamado Alejandro Magno y de cómo conquistó tierras maravillosas de Oriente, donde las piedras preciosas crecen en las viñas y las plantas pueden hablar.”

Ken Follett (Los Pilares de la Tierra)

 

A la familia forista, digna acreedora de las mejores obras consulares.

 

Uno de los principios de análisis con el que más de un historiador y sociólogo decanta los hechos del pasado, es que las victorias las cuentan los vencedores y que por lo tanto es necesaria una dosis de sano escepticismo ante los supuestos méritos de los grandes de la historia. Pero, realmente es así? En todos los casos, los vencedores aniquilan a todos y cada uno de sus adversarios? La respuesta es no. De hecho, hay ocasiones en que son los enemigos políticos quienes sobreviven a sus vencedores. La historia de individuos como Alejandro, Escipión y César son ejemplos típicos de esta realidad. Casandro y Demóstenes, Catón el Censor o Cicerón y Bruto, junto con sus respectivas facciones y seguidores tuvieron el tiempo suficiente para enlodar la vida y obra de sus aborrecidos y envidiados adversarios.

En buena medida, es la magnanimidad y pundonor de estos vencedores lo que contribuyó a que sus enemigos quedaran en condiciones de enlodar su memoria. Pero es esa misma grandeza de alma -adecuada expresión acuñada por Plutarco- lo que determinó una reacción sincera contra la “leyenda negra” de tales personajes por parte de autores admirables. El problema radica en que, generalmente con posterioridad a la desaparición de los victoriosos, sus sucesores se muestran indignos herederos. Y la opinión pública contemporánea de los decadentes, endilga a los grandes los mismos vicios que a sus corruptos descendientes políticos.

De ahí que ciertos autores juzguen a Alejandro por los excesos cometidos por los antigónidas en Grecia, los seléucidas en oriente medio, la debilidad y depravación de los lagidas de Egipto, o el despotismo y afeminamiento de los reyezuelos de Asia Menor, con los cuales se toparon los romanos al llegar al Mediterráneo oriental, pues todas estas dinastías descendían de los generales y lugartenientes del Magno. Posteriormente, los anticesaristas meterían al macedonio en el mismo saco de Calígula y Nerón, planteamiento tan adecuado como equiparar las legiones de Farsalia con las de Adrianópolis. Asimilar un burro a un pura sangre, por el mero hecho de ser ambos cuadrúpedos y equinos.

Lo verdaderamente valioso de la lectura de los dectractores de Alejandro, es que a pesar de sus ataques, se ven obligados una y otra vez a reconocer la grandeza del macedonio, y que frecuentemente tales acusaciones se efectuaron para enmascarar ataques políticos, o efectuar interpretaciones erradas, consecuencia a su vez del desconocimiento del mundo macedonio y asiático de la época de Alejandro, muy diferente al existente en los tiempos de los Escipiones, Mario o César. Más aún con la época de Calígula y Nerón. En darle credibilidad a determinados rumores que a su vez se sustentaron en otras habladurías.

Es muy indicativo, por citar un ejemplo, que sea el propio Lamb (autor escéptico ante las obras clásicas reivindicadoras de Alejandro, como se demostrará posteriormente) quien desvirtúe la injusta afirmación de que Alejandro se limitó a cosechar la semilla sembrada por Filipo, en los siguientes términos:

“Filipo había pasado su juventud en Tebas sin conseguir aplacar ni someter a la rebelde ciudad, cosa que Alejandro hizo (...)

Era (Alejandro) un caudillo sin rival o un simple figurón del veterano ejército macedonio?

A esto último se opone el hecho de que Alejandro, cuando partió de Ecbátana, prescindió del viejo estado mayor, sin tener malas consecuencias. También reorganizó el ejército introduciendo los arqueros de a caballo, reemplazando a los lanceros por lanzadores de jabalina y aumentando su caballería. En el Turkestán tuvo que habérselas con los jinetes de las estepas, y supo hacer frente a su nueva manera de combatir. En aquella empresa murieron más tarde cinco emperadores romanos y perecieron innumerables legiones. En las montañas del Afganistán, donde los macedonios pasaron sus peores años, Alejandro creó un nuevo sistema de lucha. Los historiadores griegos y romanos no han sabido ver las durezas de las campañas de Asia, que conocían mucho menos que la batalla del Gránico y la sorprendente victoria de Iso” (Subrayas ajenas al texto original)

 

Es precisamente en este tipo de defensas que hacen los más escépticos, donde cobra mayor valor la obra de los autores hostiles al macedonio. La gran conclusión de Faure (otro autor escéptico, al menos en determinados aspectos) en relación con los testimonios contradictorios existentes en torno a Alejandro, es que a cada autor le corresponde interpretarlos. Es probable que este biógrafo acierte en su panteamiento. Pero tales interpretaciones no deben efectuarse de acuerdo con gustos o prejuicios momentáneos, sino con pruebas debidamente analizadas, así la conclusión a la que se llegue desvirtúe más de un paradigma ideológico o político. La historia no debe constituirse en un instrumento encaminado a sustentar la superioridad de deteminada raza, nacionalidad o ideología.

El pasado debe ser averiguado tal cual es, sin dejarse llevar por miedos ni paradigmas que obliguen a encuadrar los hechos en tal o cual sentido. Lo correcto es primero averiguar los hechos y luego llegar a las conclusiones y juicios, no a la inversa, pues es así como se malinterpretan las fuentes y su procedencia.

La manera de analizar la historia no es a partir de prejuicios como “todos los vencedores son malvados”. Cierto que el poder corrompe, y que la decadencia es directamente proporcional al poderío detentado, pero esto no quiere decir que elaborar hipótesis maniqueas  al reconstruir el pasado sea lo adecuado. Lo correcto antes de lanzar juicios es analizar detenidamente todas y cada una de las pruebas con las que se cuenta, su concordancia y su convergencia, es decir, analizar tanto los testimonios de historiadores y biógrafos como el resto de documentos (inscripciones funerarias, edictos, etcétera) y demás hallazgos arqueológicos, los cuales deben “engranar”, encajar perfectamente. Si acontece lo contrario, es porque hay alguna o varias pruebas que merecen ser ponderadas, re-digeridas, sopesadas, y finalmente revaluadas.

Por otra parte, la historia no debe construirse para servir de instrumento propagandístico a las preferencias o necesidades políticas e ideológicas de turno. Un verdadero análisis historiográfico debe tener un riguroso estudio y ponderación de todas las pruebas con las que se cuenta, no aisladamente sino en su conjunto, y de acuerdo con un análisis lógico sensato, aprovechando los conocimientos adquiridos por los diferentes saberes, epistemología y lógica inclusive. El pasado es lo que fue, y no lo que nos hubiera gustado que hubiera sido, para “demostrar” tal o cual hipótesis.

Analizar las fuentes de Alejandro es toparse con historias contradictorias. Una ley de la lógica es que cuando hay dos juicios absolutamente contradictorios (“la tierra es redonda” y “la tierra no es redonda”, por ejemplo) uno de tales juicios es falso: La tierra no es perfecta y absolutamente redonda, por cuanto es achatada en sus polos, por lo cual afirmar que la tierra es redonda es una falsedad o un error, dependiendo del contexto en que dicha afirmación se efectúe. Es igualmente pertinente anotar que no es lo mismo decir “la tierra es plana” que negar “la tierra no es redonda”. En estricto sentido, lo contrario de decir “A es blanco” no es “A es negro”. Lo estrictamente contrario en realidad es “A no es blanco”. Diferencia y contradicción no son sinónimos. La lógica bien empleada diferencia la apariencia de la realidad, como aconteció con el ejemplo empleado anteriormente. Empecemos pues con el análisis lógico de los testimonios de los diferentes autores, especialmente en lo referente a su aspecto contradictorio.

Las primeras fuentes de Alejandro fueron autores contemporáneos y allegados al macedonio: Eumenes de Cardia, Secretario de Filipo y Alejandro, y autor de las “Efemérides”, el diario oficial de los monarcas macedonios; Ptolomeo, hetairo de Alejandro y posterior rey de Egipto; Aristóbulo,  ingeniero  y arquitecto de Alejandro; Onesícrito, oficial de la flota macedonia; Nearco, superior del propio Onesícrito al ser el almirante de toda la armada; Cares, mayordomo de Alejandro, y Calístenes, el cronista del Magno que terminaría atentando contra la vida del propio soberano macedonio. Indudablemente hay otras fuentes menores. La influencia que tuvieron sobre los escritores cuyas obras han llegado hasta nuestros días es dudosa[1]. Los discursos de Foción, Demóstenes y Esquines, atenienses contemporáneos de Filipo y Alejandro, también merecen ser tenidos en cuenta, aunque sin perder de vista su contexto político.

Lo que sabemos en la actualidad de Alejandro es -principalmente- gracias al griego Diodoro Sículo (siglo I aC), Pompeyo Trogo, recogido a su vez por Justino, y Quinto Curcio Rufo; también Plutarco y Arriano elaboraron obras de lectura imprescindible. Cada uno de estos autores elaboraron sus escritos bajo particulares condiciones, y con sus propios objetivos. No fue con el mismo conocimiento, técnica o finalidad con los que se elaboraron los diferentes trabajos. (Al respecto, ver la bibliografía recomendada de esta misma web)

Así pues, los diferentes testimonios deberán ponderarse de acuerdo con los conocimientos con los que cuente cada autor, pues no es lo mismo las consideraciones de alguien que ignore lo que es conducir a los hombres en batalla, que el de un general victorioso que haya probado el fragor del combate en el mismo terreno pisado por Alejandro. Un general de salón que un verdadero guerrero. Un ratón de biblioteca no equivale a un curtido político. Un autor que quiera satisfacer los sentimientos del público de determinado momento, a uno que pretenda separar la verdad del mito.

De la misma forma que un juez da mayor credibilidad al dictamen médico de un verdadero científico, experto e interesado en saber qué fue lo que verdaderamente aconteció con un paciente, en vez de atender las suposiciones de un estudiante de primer año de astronomía empeñado en demostrar que sus hipótesis son las correctas, la historiografía debe dar mayor crédito a la obra de un político y general competente, que a la de un moralista que jamás ha sentido el pánico que precede a la batalla, o la incertidumbre de vivir un día más en plena guerra, más aún cuando desconoce el terreno y circunstancias en los cuales venció el ejército macedonio.

De acuerdo con lo anteriormente expuesto, es como se analizarán ciertos juicios y acusaciones contra Alejandro Magno, dependiendo de la fuente de la cual provenga, y confrontándola a su vez con el resto de pruebas históricas con las que actualmente se cuenta.

 

Es innegable que Ptolomeo o Aristóbulo, cercanos colaboradores y admiradores de Alejandro Magno, de ninguna manera fueron objetivos. Y como quiera que los registros de estos contemporáneos de Alejandro son las fuentes principales de Arriano, autores como Lamb, Faure, Grote, Bosworth o Haefs se muestran escépticos ante la mejor obra antigua relativa al soberano macedonio.

Pero asimismo, es un error considerar que Casandro, Demóstenes, Calístenes y los discípulos del decepcionado Aristóteles -principales fuentes de los moralistas- fueron ajenos a sus revaluadas concepciones ideológicas y políticas a la hora de dar su verdecito sobre el monarca macedonio. No hay mayor ingenuo que aquel que se queda a mitad de camino, reconociendo las limitaciones de un bando, pero olvidando las del otro. A lo largo de la historia, los poderosos han deformado la realidad para dar cabida a sus propias ambiciones políticas. De ahí que ciertas ideologías gocen de un prestigio mayor que otras.

Ni siquiera el arte o la filosofía misma han sido inmunes a la politización. De la misma manera que los príncipes del renacimiento se sirvieron de los más notables artistas  y pensadores para deslumbrar, entretener y alienar a sus súbditos, Augusto se sirvió de Virgilio y demás artistas de su tiempo para hacer propaganda a sus ambiciones políticas[2], tal y como lo hicieran el mismísimo Pericles y los antiguos tiranos griegos. Ni siquiera la sublime e inabarcable obra del propio Homero es ajena a este fenómeno. Al predicar el superior origen divino y heroico de sus mecenas, de los nobles que le daban el sustento para vivir, el divino poeta hacía propaganda política pagada, al convertir a unos piratas en héroes. El arte y la filosofía también podrían considerarse “opio de los pueblos”. Es necesario recordar que lo mismo ha pasado con la historia?

El presente trabajo de ninguna manera es objetivo. Tiene el claro propósito de invitar a la reflexión acerca de la importancia de identificar los móviles políticos de los diferentes enfoques historiográficos, y proponer algunas herramientas para la consecución de tal fin. El método de las leyendas negras a lo largo de la historia ha sido un eficaz instrumento de propaganda, tan efectivo como el de la idealización de la realidad y del pasado. Hasta la frase “todo tiempo pasado fue mejor” obedece a una finalidad política concreta, al defender el estancamiento de determinados valores y estructuras políticas.

César y Augusto oficializaron su admiración hacia Alejandro. En consecuencia, tanto los optimates como sus herederos, vetaron la figura del macedonio para satisfacer sus propias necesidades ideológicas. Denigrando de Alejandro, atacaron sutilmente las ambiciones políticas de Augusto y sus sucesores. Hay alguna objetividad en ello? Si Arriano hubiera querido hacer una labor propagandística en favor de su emperador Adriano, pues habría redactado una biografía panegirista del monarca español, o cuando menos de la de su antecesor Trajano. Arriano, al igual que la mayoría de los autores de nuestros días, tuvo la finalidad de diferenciar la deformación propagandística de los registros confiables en torno a Alejandro. Es por esto que un sector mayoritario de la historiografía contemporánea confía en su obra.

Todo lo contrario acontece con Clitarco, autor de “Sobre Alejandro”, obra ya criticada desde la antigüedad misma por autores como Estrabón, Quintiliano y probablemente lo más indicativo de todo, por el mismísimo Marco Tulio Cicerón a pesar de ser enemigo político de César, reconocido admirador del macedonio. No obstante, el compendio de chismes de Clitarco fue recogido –al menos en parte- por autores como Diógenes Laercio, Diodoro, Ateneo, Estrabón Eliano, Curcio, Clemente de Alejandría, Estobeo y otros, entre los cuales se encuentra el mismísimo Plutarco. A esta tradición de ataques a Alejandro basada en habladurías, los diferentes estudiosos del tema le han puesto el nombre de “Vulgata”[3].

Clitarco fue hijo de Dinón, quien escribiera una historia de Persia. Probablemente fue ciudadano de Colofón (Asia Menor) y terminó viviendo en Alejandría de Egipto, invitado por el mismísimo Ptolomeo. Clitarco estudió filosofía y nunca combatió en Asia. De hecho, Antonio Bravo García (otro autor escéptico ante ciertos planteamientos de Arriano) considera poco probable que Clitarco haya acompañado siquiera al macedonio en sus campañas; Hammond va más allá al establecer que mientras Alejandro estuvo en Asia Clitarco estudiaba filosofía en Grecia. Sin embargo, su obra -publicada según Hammond entre 315 y 290 aC- fue ampliamente leída en la época romana. Pero desde ese mismo tiempo sus chismorreríos fueron puestos en evidencia por los eruditos: según Quintiliano, Clitarco fue “mejor orador que historiador... ingeniosamente brillante, pero notablemente poco digno de crédito”. Cicerón por su parte aclara que este escritor sensacionalista se tomó la libertad de “mentir abiertamente”. Estrabón formula denuncias similares. Como si semejantes advertencias no bastasen, vale la pena recordar que Longino sencillamente consideró a Clitarco como un “charlatán superficial”.

 

Tales son los grandes peligros de tragar entero tal o cual enfoque histórico. Los métodos con los que se ha manipulado la historia de Alejandro, Escipión o César se siguen implementando en nuestros días, y se hace necesario desarrollar los métodos pertinentes para aprender a diferenciar el rigor de la propaganda, a efectos de combatir de esta manera la politización de la historia y contribuir así a que este saber cumpla cabalmente con su función social, pues la academia no sólo debe limitarse a entender la realidad, sino que igualmente debe dedicarse a transformarla. Pero mediante cambios que traigan progreso. La desmitificación de Alejandro y César puede suministrar valiosas lecciones para tal objetivo.

[1] A título informativo se pueden mencionar los siguientes nombres: Medio de Larisa, Hetairo y amigo personal de Alejandro,Efipo de Olinto, Policlito de Larisa, Hegesias de Magnesia, Anaxímenes de Lampsaco, Potamón de Mitilene, Menecmo de Sicione, Anticlides de Atenas, Ninfis de Heraclea del Ponto y Marsias de Pela, otro Hetairo. Mención aparte merecen los escritos de Clitarco.

[2] En tal sentido, véase el impresionante estudio que  J. I. Lago en colaboración con la implacable Patricia A. L. Efectuaron al respecto

[3] Tal término no carece de agrias críticas, como acontece con Hammond, para quien la vulgata no es más que “un término comodín dentro del cual encuentra un claro predominio de (sic) Clitarco”.

 

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