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ARRIANO: LA MEJOR FUENTE CLÁSICA DE ALEJANDRO

 Por Joaquín Acosta

 

“Arriano no es segundo de nadie que haya escrito bien historia.”

Focio

 

A Arriano, el pionero en desentrañar al verdadero Alejandro.

 

Como se exlicó en los correspondientes apartados, las fuentes relativas a Alejandro con las que se cuenta actualmente son a menudo contradictorias, dejan vacíos en muchos aspectos y su confiabilidad queda en entredicho por muchas razones, políticas entre otras.

Así mismo, ninguna fuente contemporánea de Alejandro ha llegado a nuestros días. Los autores más cercanos, o mejor dicho, menos alejados de Alejandro, son posteriores al menos en tres siglos a la vida del hijo de Filipo. Para empeorar la situación, ninguno de ellos es macedonio. Es algo análogo a estudiar la vida y obra de Fernando el Católico, a través de escritos de autores ingleses o franceses de finales del siglo XVIII y posteriores exclusivamente. Ahora bien, la dificultad para interpretar tales fuentes se aumenta, debido a que la historiografía de la edad antigua dejaba de lado temas evidentes y conocidos en aquella época, pero que en la actualidad son un completo misterio.

Sin embargo, semejante realidad da derecho a resignarse a quedarnos en la ignorancia? Con cuáles documentos cuenta la humanidad acerca de las condiciones de la vida en este planeta, con anterioridad a la aparición de nuestra especie? Y sin embargo, varias películas recrean las condiciones de la vida con anterioridad a la aparición de la escritura y de la especie humana inclusive, en donde cualquier aficionado al tema podrá identificar la tergiversación de la realidad conocida. Diferenciar la duda de la certeza. Qué se sabe, y qué se ignora.

Si se ha podido desentreñar más de un misterio prehistórico, es igualmente posible hacerlo con los enigmas históricos. Difícil existiendo siempre, al acecho, el enemigo del error y el equívoco. Pero a pesar de todo –tal y como nos lo han enseñado César y Alejandro- más de un imposible reside en la mente, y no en la realidad. Tal es el caso de develar ciertos vacíos y contradicciones relativas a Alejandro de Macedonia. Difícil, pero posible.

De la misma forma en que se ha podido saber la estructura biológica de una criatura más grande que tres elefantes a partir de un hueso más pequeño que la mano de un ser humano,  o conocer aspectos de la forma de vida de nuestros ancestros prehistóricos y hasta averiguar los detalles de una trama política que constituye secreto de Estado, en donde el gran objetivo de círculos poderosos es crear una fortaleza que proteja el misterio, podemos entonces develar algunos malentendidos relativos a Alejandro Magno.

Ha sido así como la historiografía contemporánea ha solucionado aspectos tales como la infundada animadversión edípica entre Filipo y su hijo, el asesinato del primero y la falsa participación de Alejandro, o el supuesto romance entre éste y su lugarteniente Hefestión, la difundida ninfomanía de Olimpia, o los verdaderos móviles del saqueo del palacio de Persépolis, temas ya tratados en artículos anteriores. Veamos otros aspectos que igualmente ameritan ser analizados.

 

EL PROBLEMA

Uno es el Alejandro retratado por los moralistas o autores de la corriente denominada “Vulgata” (Justino, Diodoro y Curcio) y otro muy diferente es el que nos describe Arriano. Plutarco por su parte, en una genial solución de compromiso, dando gusto tanto a los detractores como a los defensores, aparentemente halla al verdadero Alejandro. En sus obras, lo retrata como el joven que durante la mayor parte de su existencia vivió virtuosamente, pero que al final de sus días renegó de algunos de los valores griegos que le inculcara Aristóteles. Que viva la historia objetiva pero al parecer, ésta sólo prefiere residir en el Demiurgo.

A partir de estos puntos de vista, los diferentes autores han prolongado el debate hasta la actualidad. Grote describe de tal manera al macedonio, que hasta los mismos moralistas se escandalizarían; W. W. Tarn nos retrata a un precursor de Jesús, y fundador de la actual ONU, lo cual evidentemente desborda el verdadero planteamiento de Arriano. Y entonces?

No faltará la voz que sensatamente sugiera que la solución se encuentra en el punto medio, y de esta manera acabar con la presente discusión, que perfectamante se podría considerar bizantina. Pero en dónde se encuentra tal punto medio? En reconocer que Alejandro fue un genio, pero que como todo poder corrompe, sus últimos días fueron decadentes? O que el macedonio tuvo la fortuna de contar con soldados y generales de primer orden que pudieron vencer al enfrentarse a un enemigo en decadencia?

El problema con tales soluciones de compromiso, es que son falseadas o desvirtuadas por acontecimientos debidamente comprobados, como es el caso de las espontáneas muestras de afecto que tanto macedonios como asiáticos, nobles y plebeyos, sacerdotes y laicos tuvieron con Alejandro, no sólo en vida o al momento de su fallecimiento, sino con posterioridad a su desaparación, o la cantidad de veces que los asiáticos pusieron en jaque a las fuerzas macedonias, por ejemplo.

Cuál es el punto medio entre el blanco y el negro? El gris? Cuál tono, claro u oscuro?  Un sólo tono, o muchos? Cuáles? Por qué no las franjas negras y blancas? En tal caso, verticales, horizontales o diagonales? Cuántas? Por qué? En ocasiones, no es tan fácil identificar el centro. Cierto que hay muchísimas probabilidades y “combinaciones”, pero este sólo hecho no garantiza que todas las soluciones propuestas sean acertadas. En determinado contexto espacial, una misma cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, a pesar de la relatividad inherente al cosmos. Alejandro, en sus últimos días o fue un tirano, y por lo tanto aborrecido por sus súbditos, o un verdadero líder visionario y adelantado a su tiempo, y en consecuencia amado por ellos.

 

LOS PUNTOS DE PARTIDA

Como no siempre el camino más fácil u obvio es el más acertado, ha de buscarse otro. Tal es el caso de analizar las particulares circunstancias y condiciones de las fuentes menos indirectas con las que hoy contamos. Este no es un ejercicio nuevo. En este sentido, biógrafos del macedonio como Paul Faure habla del “Examen crítico de los antiguos historiadores de Alejandro el Magno”, obra del barón Sainte-Croix (1775), la cual tendría una segunda edición en 1804. Pero en realidad semejante trabajo historiográfico es mucho más antiguo. Ya podemos ver la propuesta de sopesar las fuentes relativas a Alejandro en el propio Arriano. Y con todo, un sector de la historiografía contemporánea prefiere la obra de los moralistas de la Vulgata, esto es, la de los autores que sostienen que Alejandro se dejó corromper por el mundo asiático.

Tal es el caso de Harold Lamb, quien a propósito de las obras de los testigos presenciales del reinado de Alejandro, comenta:

“El Anábasis de Calístenes es todo adulación; Ptolomeo, hijo de Lagos, y rey-consorte de Tais, le elogia por razones políticas, y lo mismo le sucede al escritor llamado Aristóbulo. Nearco hizo una escueta relación de los viajes; Onesícrito, un epítome de Amazonas y prodigios. Baeton y Diognetes hicieron una recopilación de sus trabajos (...)

Arriano, estoico y soldado, pinta al macedonio como un caudillo ideal, y aunque sus elogios se deben, más que a la realidad, a las fuentes donde se inspiró...”

Paul Faure por su parte, confía más en la obra de Plutarco, Quinto Curcio o Justino, al considerar que tales escritos corresponden a “los relatos de los soldados, más que los del rey y sus oficiales”. Por qué semejantes afirmaciones?

En primer lugar, debido a que Arriano, en su “Anábasis de Alejandro”, a la hora de exponer las fuentes en las cuales basó su obra, manifiestó:

“Ptolomeo y Aristóbulo merecen el mayor crédito, Aristóbulo por haber hecho la campaña con Alejandro y Ptolomeo no sólo por haberle acompañado, sino porque un rey como él tendría más vergüenza que nadie si mintiera.  Y como escribieron tras la muerte de Alejandro, no tenían ninguna obligación ni la menor necesidad de dinero que les impulsara a deformar la realidad”

A partir de la anterior cita, Faure expone que Arriano parte del paradigma imperialista de que los monarcas son seres superiores, incapaces de mentir. En realidad, Faure sencillamente malinterpreta a Arriano. El autor de la Anábasis de Alejandro en realidad dice que Ptolomeo, al momento de escribir su biografía, lo hizo para contemporáneos del Magno. Por lo tanto, en su condición de rey, Ptolomeo se exponía a ser motivo de ridículo (vergüenza) entre sus súbditos, soldados y adversarios políticos si deformaba la historia de Alejandro ante los mismísmos testigos presenciales de su reinado. Tal es el verdadero significado del texto de Arriano. Y tiene toda la razón. Es como si algún cortesano de Sila, Calígula, Nerón, Caracalla o Heliogábalo elaborara una biografía reivindicativa de alguno de estos depravados, para ser leída por las víctimas de sus excesos. Obviamente, semejante temeridad se vería recompensada con el descrédito ante tales lectores, cuando menos. Tales eran las circunstancias en las que Ptolomeo redactó su historia del reinado de Alejandro, con el agravante de que sus enemigos políticos (también reyes y contemporáneos del Magno) jamás le contradijeron, con la única excepción de Casandro (hijo del leal Antípatro) cuyo caso particular será analizado posteriormente.

Que Ptolomeo redactara la biografía de Alejandro con la única intención de reivindicar la memoria del Magno, dice mucho acerca de la confiabilidad de su trabajo, tal y como acertadamente lo expone Arriano. Como también que el resto de diádocos -enemigos de Ptolomeo sin duda alguna- se abstuvieran de atacar su biografía. Siempre será un error considerar que Arriano, por las razones que se quieran exponer, fue un ingenuo.

Mucha trascendencia tiene en este proceso de análisis de las fuentes, que ciertos tarados que no tuvieron escrúpulo alguno en deformar la historia para justificar campos de concentración, exterminios masivos de seres humanos y otras abominaciones, predicaran que Alejandro fue la prueba científica de la superioridad de la raza aria al unificar a griegos, macedonios y persas, tres naciones de origen ario. Será racional entonces concluir que el Magno es el precursor del nazismo? Que los autores de la vulgata son -por las atrocidades de ciertos tarados- la fuente más confiable?

Profundizando en sus argumentos, el propio Faure expone:

“Desde una perspectiva estrictamente marxista, Alejandro, como emanación de la clase y la educación  de los nobles macedonios, es el símbolo de la explotación de los más débiles por los más fuertes. Ha sustituido un imperialismo por otro, el de la nobleza iraní por el de sus compañeros de armas. Al apoderarse de los medios de producción y poder, los macedonios no han hecho sino perpetuar métodos de explotación típicamente asiáticos, pues el suelo y las aguas pertenecen al rey, que deja su disfrute a las grandes familias, al clero, a pequeños campesinos libres, por medio de toda una jerarquía de prestaciones...”

Es con semejante planteamiento con el que este biógrafo expone las razones por las cuales desconfía de Arriano. Sería interesante que el actualmente mencionado autor francés manifestara cómo según los cánones marxistas, Alejandro debió distribuir los puestos en el banquete de Opis, festín en el cual el Magno promovió la reconciliación entre griegos, macedonios y asiáticos (por citar un ejemplo) para convencer a Faure de que la finalidad de las medidas políticas del conquistador macedonio era la de cerrar la brecha entre vencedores y vencidos.

No es satisfaciendo los yerros de Marx como se debe ponderar una fuente histórica. Lo adecuado es confrontar los diferentes testimonios con acontecimientos debidamente verificados, como se debe establecer la confiabilidad de los diferentes autores. Si Alejandro se limitó a darle gusto a la oligarquía macedónica, tal y como Faure expone, por qué los complots de los aristocráticos Filotas y Calístenes? El descontento de altos jerarcas macedonios y allegados del propio Alejandro como Parmenión, Clito o Aristóteles son acaso la prueba de que la oligarquía macedonia estaba contenta? Qué decir de la conmovedora despedida entre Alejandro y sus soldados en Babilonia, poco antes de la muerte del rey? Del trato que los egipcios dieron al cadáver del Magno, igual que el dedicado a sus dioses patrios? O de las muestras de dolor de la madre de Darío al enterarse del fallecimiento del Magno? (Esta mujer se encerró en sus aposentos y se dejó morir de hambre, medida que no tomó al enterarse del asesinato de su propio hijo). Es que acaso el pueblo llora la muerte de un tirano?

Arriano no fue el ingenuo que retratan los detractores de Alejandro, pues el bitinio jamás quiso idealizar al macedonio, sino retratarlo tal cual era, pero recordando igualmente las circunstancias que le rodearon. Ya el mismo Arriano advierte en relación con las fuentes relativas al Magno que “Acerca de ningún hombre se han dicho tantas cosas, ni tan dispares”. Historiadores como Carl Grimberg reconocen que Arriano nunca pretendió ocultar o esconder los defectos y errores de Alejandro. Por el contrario, este político, general e historiador del imperio romano enfatiza la admirable capacidad del Magno para reconocer públicamente sus pecados y procurar sinceramente no volver a incurrir en ellos, tal y como se relfeja en el episodio de Clito.

 

Los autores que confían más en la obra de Diodoro o Justino sencillamente desconocen que lo más probable de todo es que fuera el mismo Clitarco quien motivara a Tolomeo a convertirse en historiador de Alejandro, ya que se puede conjeturar que el Hetairo-Faraón terminara asqueado por la sarta de mentiras y sandeces escritas por el historietador griego, principal fuente de los clásicos hostiles a Alejandro. Desde una perspectiva historiográfica resulta ilustrativo que mientras el adulador de Clitarco sostuvo que Ptolomeo le salvó la vida a Alejandro en la India, el posterior soberano de Egipto desmintiera a Clitarco al decir en su propia obra que fueron Leonato y Peucestas, mientras que él se encontraba en otro lugar. Clitarco fue un adulador que no tuvo escrúpulo alguno en tergiversar los hechos. Ptolomeo por el contrario, al menos procuró ser honesto en su registro del reinado de su amigo y rey, como este ejemplo lo ilustra.

En consecuencia, los autores de la Vulgata (Justino, Diodoro, Curcio y en menor medida Plutarco) simplemente se fundaron en mentiras abiertas y vulgares charlatanerías a la hora de registrar masacres y depravaciones de Alejandro, y no como Faure sostiene, en los “relatos de los soldados”. Algo que los detractores deberían tener en cuenta a la hora de atacar al macedonio, como nos lo recuerda Quintiliano. Una buena razón que explica esta credulidad, radica en que los autores de la Vulgata asistieron a los excesos y depravaciones de Calígula y Nerón. Por el estado de la historiografía en aquella época, no pudieron evitar asimilar al emperador macedonio a través de los dos monstruosos césares romanos. Arriano por el contrario, entendió la antipatía que Clitarco como griego sintió hacia los macedonios y sopesó las fuentes con un rigor que ni siquiera ciertos autores de nuestros días observan. Arriano es un verdadero adelantado de la historia.

La anterior realidad explica por qué mientras leer a Arriano es tan enriquecedor, placentero y sorprendente como estudiar las obras de Jenofonte, Polibio o Julio César (eruditos que al mismo tiempo fueron hombres de estado,  valientes soldados y grandes generales) analizar la obra de Justino o Diodoro produce ataques de risa en unos apartes, y fuertes accesos de indignación en otros: estos autores recrean las batallas en condiciones francamente ilusas, pues se limitan a repetir los esquemas tácticos descritos en la Ilíada a la hora de narrar las acciones militares de Alejandro. Algo análogo acontece con el registro de los hábitos personales del macedonio. Arriano no sólo dejó de lado la obra de Clitarco, sino que ni siquiera menciona a este autor, tan criticado como retórico e historiador.

 

La humanidad tiene una deuda gigantesca con Flavio Arriano, pues este admirable hombre de estado y escritor perpetuó registros de primera mano relativos a Alejandro Magno, contenidos a su vez en fuentes que posteriormente habrían de perderse. Su obra es un excelente contrapeso a las habladurías contenidas en los escritos de Clitarco que, si bien en nuestros días se han perdido, han sido recogidos por los denominados autores de la Vulgata. Arriano es la pieza clave en el equilibrio de la balanza alejandrina.

 

Copyright by Joaquín Acosta 2003.

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