.

EL TRASFONDO DE LA CALUMNIA
Cualquiera
que hable mal de Alejandro, que lo haga contando no sólo las cosas censurables que
Alejandro hizo, sino que junte todo lo que Alejandro llevó a cabo, y vea así el
conjunto. Que considere ese tal quién es él mismo y cuál es su suerte, y frente a eso,
que calcule quién llegó a ser Alejandro y hasta qué grado de humana felicidad llegó...
Que hable mal ese tal de Alejandro, él que será un personajillo insignificante que se
ocupa en pequeñeces y es incapaz incluso de poner orden en ellas.
Arriano
Otro aspecto que
vale la pena tratar de Alejandro, es el cargo de que en sus últimos días vivió en la
decadencia. El propio Lamb considera:
Indudablemente,
durante los últimos años Alejandro agotó su cuerpo y su espíritu. Los síntomas de
locura se aprecian claramente después del asesinato de Parmenión. Casandro declara que
Alejandro había perdido el espíritu y la confianza en el poder de los dioses, y
tenía sospechas de sus antiguos amigos... En aquella época comenzó a beber y a
sufrir los ataques de melancolía que se hicieron constantes después de la muerte de
Hefestión.
Los honores
póstumos que el Magno le confirió a Hefestión, o la solicitud de honores divinos a las
ciudades griegas, son los fundamentos de las acusaciones de demencia y megalomanía.
Retomemos pues los
temas de Casandro y Hefestión. A manera de gratitud hacia los dioses, Alejandro proyectó
la construcción de magníficos templos dedicados a Zeus, Atenea, Apolo y Artemisa. Lo
más admirable de esto, es que el Magno fue el primero en reconocer la deuda que tenía
con su propio padre, pues proyectó la construcción de un montículo tan grande como la
más alta pirámide de Egipto, como homenaje a Filipo. Así las cosas, los honores
dedicados a Hefestión hicieron parte de las numerosas muestras de agradecimiento de
Alejandro hacia sus dioses, maestros y colaboradores, las cuales encontramos desde la
victoria de Gránico, es decir al poco de iniciar su reinado, y estar en condiciones
económicas de levantar monumentos a sus súbditos.
En lo referente al
sentido de afecto hacia los amigos, basta con recordar la estrecha amistad que hubo entre
Alejandro y Lambaro, el monarca de los temibles agrianos, desde que estos dos reyes
guerreros eran apenas príncipes muy jóvenes, o la camaradería que el Magno tuvo con sus
compañeros de estudios de Mieza, o el afecto demostrado hacia su ayo Lisímaco.
El problema al
valorar el verdadero papel que representó Hefestión durante el reinado de Alejandro, es
que este notable lugarteniente era preferido al mismo Ptolomeo, la principal fuente en la
que se basó Arriano. Una comprensible envidia del biógrafo de Alejandro hacia sus
colaboradores favoritos (Hefestión y su sucesor Pérdicas) permitirían entender que
Ptolomeo haya tratado injustamente a estos competentes lugartenientes del Magno,
menospreciando sus méritos, tal y como lo advierte Renault. De ahí a conjeturar que el
único motivo por el cual el conquistador apreció a estos allegados fuera el de su
devoción absoluta, no hay más que un paso. Que Ptolomeo apreciara sinceramente a
Alejandro no implica que sintiera lo mismo hacia estos individuos que fueron superiores
jerárquicos del futuro rey de Egipto, y gozaron de la pública estima del Magno,
probablemente más mimados que el propio Ptolomeo. De hecho, el biógrafo del
Magno terminaría rebelándose contra Pérdicas, y combatiéndole en el campo de batalla.
Como quiera que el resto de reyes sucesores de Alejandro sentían hacia Hefestión y
Pérdicas la misma envidia, Ptolomeo sabía que ningún poderoso reivindicaría la memoria
de los segundos de Alejandro.
Así las cosas,
las conjeturas de demencia no deben olvidar el concepto de amistad del mundo en que
vivió el macedonio: Heracles e Iolas, Aquiles y Patroclo, Epaminondas y Pelópidas,
Filipo y Parmenión.... Lo verdaderamente sorprendente no es que los moralistas sostengan
que Alejandro y Hefestión fueron más que hermanos, sino que se hayan abstenido de
manifestar que Alejandro sintió afecto erótico por su corcel de batalla, a quien le
erigió una ciudad como muestra de cariño.
Las verdaderas
razones para entender la magnitud de los honores póstumos conferidos a Hefestión, es que
éste había sido designado Quiliarca, cargo persa con el que se investía al principal
colaborador del Gran Rey, y a su muerte se dispuso que su luto se efectuara a la manera
persa. Sin olvidar el sincero afecto de Alejandro hacia Hefestión, debe entenderse que
los honores recibidos por el segundo hombre de Asia fueron igualmente otra genial medida
política del Magno, y malinterpretada por sus detractores, la mayoría de ellos poco
interesados en conocer las costumbres persas y asiáticas.
El mismo Lamb, tan
escéptico ante la obra de Arriano, termina reconociendo:
los
monumentos que mandó erigir (Alejandro), y las ceremonias celebradas después de las
batallas, eran más para honrar a los muertos que para exaltar la memoria del Macedonio;
la única excepción son las columnas que mandó construir en la orilla del Beas (India)
donde no se había dado ninguna batalla.
Ahora bien, en lo
referente al tema de los honores divinos, es necesario tener presente que la historia de
Grecia verifica que con anterioridad al reinado de Alejandro, Lisandro de Esparta recibió
tal distinción. Más diciente es el caso del propio Filipo, quien igualmente recibió
honores divinos. El sueño de Alejandro era el de superar a su propio padre. Y desde el
333 aC (es decir diez años antes de su muerte) algunas ciudades-estado del Egeo y Jonia
le habían conferido espontáneamente semejante distinción, dedicándole a Alejandro su
respectivo templo, juegos y sacrificios, a manera de gratitud por la liberación del yugo
persa. Y aún quedaba pendiente el duelo político con Demóstenes. En vez de desollarlo
vivo, Alejandro se contentó con desmentir con obras y medidas diplomáticas los ataques
que el viperino ateniense lanzó contra Filipo, un aspecto que los detractores de los dos
macedonios pasan por alto.
Como Lamb mismo
reconoce, la principal fuente del cargo de locura contra Alejandro es Casandro, hijo de
Antípatro. Según este Hetairo, el Magno en sus últimos días cometió masacres y
carnicerías propias de un típico rey persa, y vivió en el mismo ambiente decadente del
propio Darío.
Lo que Lamb no
recuerda en su obra, es la manifiesta animadversión existente entre Alejandro y Casandro.
El Magno no se llevó consigo al hijo de Antípatro en ninguna de sus campañas. A
diferencia del resto de compañeros, este hombre se privó de la gloria y botín de las
victorias macedónicas en Asia. Lo que demuestra sin duda alguna el resentimiento de
Casandro, es que ejecutara a Olimpia, la madre de Alejandro, así como a Roxana (la
esposa) y al prometedor hijo habido entre ésta y el Magno, el cual apenas tenía unos
doce años al momento de su asesinato. Fue este artero lugarteniente quien dio inicio a la
leyenda negra del Magno, la cual sería difundida por los discípulos de Aristóteles,
resentidos por el arresto y muerte de Calístenes colega de estos moralistas.
Tales habladurías fueron las recogidas por Clitarco.
Pero lo más
diciente de todo, es que el propio Antípatro, quien hasta el final de sus días se
mostró leal a Alejandro, se haya abstenido de nombrar a su hijo Casandro como su sucesor
en la regencia de Macedonia. Casandro obtuvo el poder mediante un golpe de Estado, y con
posterioridad a la muerte de Antípatro. Es igualmente indicativo que cuando este
despreciable sucesor de Alejandro ordenó a los soldados macedonios que ejecutaran a
Olimpia éstos se negaran, declarando que jamás tocarían un sólo cabello de la madre
del Magno. Casandro se vio obligado a apelar a los parientes de Eurídice, la joven
macedonia asesinada por Olimpia al poco del regicidio de Filipo, y al resto de las
víctimas de la temible madre de Alejandro. Las calumnias de Casandro no tuvieron eco
entre los soldados que habían servido bajo las órdenes del Magno, sino entre los
discípulos de Aristóteles[1] y los seguidores de Demóstenes
en Atenas, otra realidad a tener en cuenta a la hora de establecer la credibilidad que
merecen los detractores de Alejandro. Los ataques de Casandro contra el hijo de Filipo
determinaron que los macedonios retiraran su apoyo contra el indigno hijo de Antípatro.
La dinastía de Casandro terminaría perdiendo el trono de Macedonia, el cual sería
ocupado posteriormente por los descendientes de Antígono el Cíclope, el temible padre de
Demetrio Poliorcetes, otro acontecimiento a tener en cuenta a la hora de sopesar la
confiabilidad de las injurias del asesino de la madre, esposa e hijo de Alejandro.
Ptolomeo hizo el
mejor de los servicios a su rey, amigo y probable hermano (según ciertos rumores que
circulaban) al apropiarse del cadáver de Alejandro, el cual iba a ser sepultado en
Macedonia. De no ser por el futuro rey de Egipto, lo más probable es que Casandro hubiera
profanado la tumba del Magno, tal y como lo hizo con su familia y memoria. Lo
verdaderamente lamentable es que Ptolomeo no se hubiera apoderado igualmente del hijo de
Alejandro, para salvarlo así de las garras de Casandro. Al menos, Ptolomeo se dedicó los
últimos días de su vida a reivindicar la memoria del gran conquistador, sin tener
ninguna necesidad de manipular la biografía del Magno, pues al momento de redactar su
obra la muerte del Diádoco (nombre con el que se conoce a los reyes sucesores de
Alejandro) era inminente (rondaba los ochenta años) el trono de Egipto ya estaba
consolidado, y sus aspiraciones de dominio ya habían sido colmadas, pues Ptolomeo era
bien consciente de que nadie podría igualar el poderío de Alejandro, al carecer de su
grandeza. Otra realidad más a tener en cuenta.
Si Alejandro
hubiese sido el tirano demente y depravado retratado por los detractores, Ptolomeo se
hubiera limitado a negar su parentesco con el Magno, y a abstenerse de elaborar historia
alguna. En el mejor de los casos, el nuevo rey de Egipto hubiera redactado una
autobiografía que relatara sus propias hazañas, negándole todo mérito a Alejandro. Es
igualmente esclarecedor que la totalidad de soberanos sucesores y ex-generales de
Alejandro, colegas y rivales de Ptolomeo, y los macedonios y demás testigos presenciales
del reinado del Magno, se hubieran abstenido de atacar la obra biográfica del rey de
Egipto, pues curiosamente, la mayoría de diádocos fueron muy longevos. Lisímaco, otro
sucesor de Alejandro y rey de Tracia, intentó ejecutar la construcción de la pirámide
proyectada por el Magno, como otra espontánea muestra de afecto de otro diádoco con
posterioridad a la muerte del héroe. Este tipo de realidades las tuvo en cuenta Arriano a
la hora de sopesar las diferentes fuentes, lo cual le honra como historiador.
A los clásicos no
sólo hay que leerlos, sino también sopesarlos, indagando las circunstancias en que sus
obras fueron elaboradas, porque de lo contrario se cometerá un simple acto de
arbitrariedad a la hora de quedarse con tal o cual testimonio, satisfaciendo gustos o
convicciones personales que sencillamente tergiversan el pasado y prostituyen la historia.
hay un frontera clara entre el rigor y la superficialidad, y mal podemos hacer alarde de
conocer la historia por repetir una cita de determinada fuente clásica de la misma manera
que un talibán repite hasta el infinito tal o cual sura del Corán.
La historiografía
de Alejandro apenas comienza a cuestionar planteamientos clásicos que hasta fecha
reciente se entendían como inamobibles, so pena de incurrir en la manipulación. Sin
embargo, ha sido gracias al cuestionamiento racional y debidamente soportado en pruebas y
acontecimientos confirmados por fuentes diversas como más de un mito ha sido revaluado.
Ya es hora de que entendamos que poner el dedo en la llaga no implica ser enemigo de la
democracia ni nada por el estilo. Por el contrario, es inegable que el mundo civilizado de
hoy es consecuencia del aporte de los motores de la historia del pasado, edad antigua
inclusive. Queda mucho por aprender de la vida y obra del macedonio, pero para ello es
necesario que determinadas suposiciones dejen de ser entendidas como algo lógico y hasta
evidente. A menudo, la propaganda resulta más agradable de aceptar que la verdad. Pero la
ecuanimidad de cuestionar nuestra escala de valores, si bien puede reportarnos profundas
crisis, de igual manera nos quita velos de encima, y así nos permite entender mejor la
realidad que nos rodea.
[1] Hay que recordar que los atenienses habían desterrado a Aristóteles por sus vínculos macedonios. El sucesor en la rectoría del Liceo fue Teofrasto, quien vió a Alejandro por última vez cuando éste tenía 18 años. Fue Teofrasto y no Aristóteles quien desarrolló el conjunto de Calumnias contra Alejandro, registrando como verdad revelada las mentiras de Casandro.
Copyright by Joaquín Acosta 2003.