.

0001_link_alejandro_redu_01.gif (8329 bytes)

EL TRASFONDO DE LA CALUMNIA

 Por Joaquín Acosta

 

 

“Cualquiera que hable mal de Alejandro, que lo haga contando no sólo las cosas censurables que Alejandro hizo, sino que junte todo lo que Alejandro llevó a cabo, y vea así el conjunto. Que considere ese tal quién es él mismo y cuál es su suerte, y frente a eso, que calcule quién llegó a ser Alejandro y hasta qué grado de humana felicidad llegó... Que hable mal ese tal de Alejandro, él que será un personajillo insignificante que se ocupa en pequeñeces y es incapaz incluso de poner orden en ellas.”

Arriano

 

Otro aspecto que vale la pena tratar de Alejandro, es el cargo de que en sus últimos días vivió en la decadencia. El propio Lamb considera:

“Indudablemente, durante los últimos años Alejandro agotó su cuerpo y su espíritu. Los síntomas de locura se aprecian claramente después del asesinato de Parmenión. Casandro declara que ‘Alejandro había perdido el espíritu y la confianza en el poder de los dioses, y tenía sospechas de sus antiguos amigos’... En aquella época comenzó a beber y a sufrir los ataques de melancolía que se hicieron constantes después de la muerte de Hefestión.”

Los honores póstumos que el Magno le confirió a Hefestión, o la solicitud de honores divinos a las ciudades griegas, son los fundamentos de las acusaciones de demencia y megalomanía.

Retomemos pues los temas de Casandro y Hefestión. A manera de gratitud hacia los dioses, Alejandro proyectó la construcción de magníficos templos dedicados a Zeus, Atenea, Apolo y Artemisa. Lo más admirable de esto, es que el Magno fue el primero en reconocer la deuda que tenía con su propio padre, pues proyectó la construcción de un montículo tan grande como la más alta pirámide de Egipto, como homenaje a Filipo. Así las cosas, los honores dedicados a Hefestión hicieron parte de las numerosas muestras de agradecimiento de Alejandro hacia sus dioses, maestros y colaboradores, las cuales encontramos desde la victoria de Gránico, es decir al poco de iniciar su reinado, y estar en condiciones económicas de levantar monumentos a sus súbditos.

En lo referente al sentido de afecto hacia los amigos, basta con recordar la estrecha amistad que hubo entre Alejandro y Lambaro, el monarca de los temibles agrianos, desde que estos dos reyes guerreros eran apenas príncipes muy jóvenes, o la camaradería que el Magno tuvo con sus compañeros de estudios de Mieza, o el afecto demostrado hacia su ayo Lisímaco.

El problema al valorar el verdadero papel que representó Hefestión durante el reinado de Alejandro, es que este notable lugarteniente era preferido al mismo Ptolomeo, la principal fuente en la que se basó Arriano. Una comprensible envidia del biógrafo de Alejandro hacia sus colaboradores favoritos (Hefestión y su sucesor Pérdicas) permitirían entender que Ptolomeo haya tratado injustamente a estos competentes lugartenientes del Magno, menospreciando sus méritos, tal y como lo advierte Renault. De ahí a conjeturar que el único motivo por el cual el conquistador apreció a estos allegados fuera el de su devoción absoluta, no hay más que un paso. Que Ptolomeo apreciara sinceramente a Alejandro no implica que sintiera lo mismo hacia estos individuos que fueron superiores jerárquicos del futuro rey de Egipto, y gozaron de la pública estima del Magno, probablemente más “mimados” que el propio Ptolomeo. De hecho, el biógrafo del Magno terminaría rebelándose contra Pérdicas, y combatiéndole en el campo de batalla. Como quiera que el resto de reyes sucesores de Alejandro sentían hacia Hefestión y Pérdicas la misma envidia, Ptolomeo sabía que ningún poderoso reivindicaría la memoria de los segundos de Alejandro.

Así las cosas, las conjeturas de demencia no deben olvidar el concepto de amistad del  mundo en que vivió el macedonio: Heracles e Iolas, Aquiles y Patroclo, Epaminondas y Pelópidas, Filipo y Parmenión.... Lo verdaderamente sorprendente no es que los moralistas sostengan que Alejandro y Hefestión fueron más que hermanos, sino que se hayan abstenido de manifestar que Alejandro sintió afecto erótico por su corcel de batalla, a quien le erigió una ciudad como muestra de cariño.

Las verdaderas razones para entender la magnitud de los honores póstumos conferidos a Hefestión, es que éste había sido designado Quiliarca, cargo persa con el que se investía al principal colaborador del Gran Rey, y a su muerte se dispuso que su luto se efectuara a la manera persa. Sin olvidar el sincero afecto de Alejandro hacia Hefestión, debe entenderse que los honores recibidos por el segundo hombre de Asia fueron igualmente otra genial medida política del Magno, y malinterpretada por sus detractores, la mayoría de ellos poco interesados en conocer las costumbres persas y asiáticas.

El mismo Lamb, tan escéptico ante la obra de Arriano, termina reconociendo:

“los monumentos que mandó erigir (Alejandro), y las ceremonias celebradas después de las batallas, eran más para honrar a los muertos que para exaltar la memoria del Macedonio; la única excepción son las columnas que mandó construir en la orilla del Beas (India) donde no se había dado ninguna batalla.”

Ahora bien, en lo referente al tema de los honores divinos, es necesario tener presente que la historia de Grecia verifica que con anterioridad al reinado de Alejandro, Lisandro de Esparta recibió tal distinción. Más diciente es el caso del propio Filipo, quien igualmente recibió honores divinos. El sueño de Alejandro era el de superar a su propio padre. Y desde el 333 aC (es decir diez años antes de su muerte) algunas ciudades-estado del Egeo y Jonia le habían conferido espontáneamente semejante distinción, dedicándole a Alejandro su respectivo templo, juegos y sacrificios, a manera de gratitud por la liberación del yugo persa. Y aún quedaba pendiente el duelo político con Demóstenes. En vez de desollarlo vivo, Alejandro se contentó con desmentir con obras y medidas diplomáticas los ataques que el viperino ateniense lanzó contra Filipo, un aspecto que los detractores de los dos macedonios pasan por alto.

Como Lamb mismo reconoce, la principal fuente del cargo de locura contra Alejandro es Casandro, hijo de Antípatro. Según este Hetairo, el Magno en sus últimos días cometió masacres y carnicerías propias de un típico rey persa, y vivió en el mismo ambiente decadente del propio Darío.

Lo que Lamb no recuerda en su obra, es la manifiesta animadversión existente entre Alejandro y Casandro. El Magno no se llevó consigo al hijo de Antípatro en ninguna de sus campañas. A diferencia del resto de compañeros, este hombre se privó de la gloria y botín de las victorias macedónicas en Asia. Lo que demuestra sin duda alguna el resentimiento de Casandro, es que ejecutara a Olimpia, la madre de Alejandro, así como a Roxana (la esposa) y al prometedor hijo habido entre ésta y el Magno, el cual apenas tenía unos doce años al momento de su asesinato. Fue este artero lugarteniente quien dio inicio a la leyenda negra del Magno, la cual sería difundida por los discípulos de Aristóteles, resentidos por el arresto y muerte de Calístenes “colega” de estos moralistas. Tales habladurías fueron las recogidas por Clitarco.

Pero lo más diciente de todo, es que el propio Antípatro, quien hasta el final de sus días se mostró leal a Alejandro, se haya abstenido de nombrar a su hijo Casandro como su sucesor en la regencia de Macedonia. Casandro obtuvo el poder mediante un golpe de Estado, y con posterioridad a la muerte de Antípatro. Es igualmente indicativo que cuando este despreciable sucesor de Alejandro ordenó a los soldados macedonios que ejecutaran a Olimpia éstos se negaran, declarando que jamás tocarían un sólo cabello de la madre del Magno. Casandro se vio obligado a apelar a los parientes de Eurídice, la joven macedonia asesinada por Olimpia al poco del regicidio de Filipo, y al resto de las víctimas de la temible madre de Alejandro. Las calumnias de Casandro no tuvieron eco entre los soldados que habían servido bajo las órdenes del Magno, sino entre los discípulos de Aristóteles[1] y los seguidores de Demóstenes en Atenas, otra realidad a tener en cuenta a la hora de establecer la credibilidad que merecen los detractores de Alejandro. Los ataques de Casandro contra el hijo de Filipo determinaron que los macedonios retiraran su apoyo contra el indigno hijo de Antípatro. La dinastía de Casandro terminaría perdiendo el trono de Macedonia, el cual sería ocupado posteriormente por los descendientes de Antígono el Cíclope, el temible padre de Demetrio Poliorcetes, otro acontecimiento a tener en cuenta a la hora de sopesar la confiabilidad de las injurias del asesino de la madre, esposa e hijo de Alejandro.

Ptolomeo hizo el mejor de los servicios a su rey, amigo y probable hermano (según ciertos rumores que circulaban) al apropiarse del cadáver de Alejandro, el cual iba a ser sepultado en Macedonia. De no ser por el futuro rey de Egipto, lo más probable es que Casandro hubiera profanado la tumba del Magno, tal y como lo hizo con su familia y memoria. Lo verdaderamente lamentable es que Ptolomeo no se hubiera apoderado igualmente del hijo de Alejandro, para salvarlo así de las garras de Casandro. Al menos, Ptolomeo se dedicó los últimos días de su vida a reivindicar la memoria del gran conquistador, sin tener ninguna necesidad de manipular la biografía del Magno, pues al momento de redactar su obra la muerte del Diádoco (nombre con el que se conoce a los reyes sucesores de Alejandro) era inminente (rondaba los ochenta años) el trono de Egipto ya estaba consolidado, y sus aspiraciones de dominio ya habían sido colmadas, pues Ptolomeo era bien consciente de que nadie podría igualar el poderío de Alejandro, al carecer de su grandeza. Otra realidad más a tener en cuenta.

Si Alejandro hubiese sido el tirano demente y depravado retratado por los detractores, Ptolomeo se hubiera limitado a negar su parentesco con el Magno, y a abstenerse de elaborar historia alguna. En el mejor de los casos, el nuevo rey de Egipto hubiera redactado una autobiografía que relatara sus propias hazañas, negándole todo mérito a Alejandro. Es igualmente esclarecedor que la totalidad de soberanos sucesores y ex-generales de Alejandro, colegas y rivales de Ptolomeo, y los macedonios y demás testigos presenciales del reinado del Magno, se hubieran abstenido de atacar la obra biográfica del rey de Egipto, pues curiosamente, la mayoría de diádocos fueron muy longevos. Lisímaco, otro sucesor de Alejandro y rey de Tracia, intentó ejecutar la construcción de la pirámide proyectada por el Magno, como otra espontánea muestra de afecto de otro diádoco con posterioridad a la muerte del héroe. Este tipo de realidades las tuvo en cuenta Arriano a la hora de sopesar las diferentes fuentes, lo cual le honra como historiador.

A los clásicos no sólo hay que leerlos, sino también sopesarlos, indagando las circunstancias en que sus obras fueron elaboradas, porque de lo contrario se cometerá un simple acto de arbitrariedad a la hora de quedarse con tal o cual testimonio, satisfaciendo gustos o convicciones personales que sencillamente tergiversan el pasado y prostituyen la historia. hay un frontera clara entre el rigor y la superficialidad, y mal podemos hacer alarde de conocer la historia por repetir una cita de determinada fuente clásica de la misma manera que un talibán repite hasta el infinito tal o cual sura del Corán.

La historiografía de Alejandro apenas comienza a cuestionar planteamientos clásicos que hasta fecha reciente se entendían como inamobibles, so pena de incurrir en la manipulación. Sin embargo, ha sido gracias al cuestionamiento racional y debidamente soportado en pruebas y acontecimientos confirmados por fuentes diversas como más de un mito ha sido revaluado. Ya es hora de que entendamos que poner el dedo en la llaga no implica ser enemigo de la democracia ni nada por el estilo. Por el contrario, es inegable que el mundo civilizado de hoy es consecuencia del aporte de los motores de la historia del pasado, edad antigua inclusive. Queda mucho por aprender de la vida y obra del macedonio, pero para ello es necesario que determinadas suposiciones dejen de ser entendidas como algo lógico y hasta evidente. A menudo, la propaganda resulta más agradable de aceptar que la verdad. Pero la ecuanimidad de cuestionar nuestra escala de valores, si bien puede reportarnos profundas crisis, de igual manera nos quita velos de encima, y así nos permite entender mejor la realidad que nos rodea.



[1] Hay que recordar que los atenienses habían desterrado a Aristóteles por sus vínculos macedonios. El sucesor en la rectoría del Liceo fue Teofrasto, quien vió a Alejandro por última vez cuando éste tenía 18 años. Fue Teofrasto y no Aristóteles quien desarrolló el conjunto de Calumnias contra Alejandro, registrando como verdad revelada las mentiras de Casandro.

 

Copyright by Joaquín Acosta 2003.

ÍNDICE Alejandro