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SOBRE LA LIBERTAD, LA DEMOCRACIA Y EL IMPERIALISMO

 Por Joaquín Acosta

 

“Hay que pronunciarse con moderación y circunspección sobre personajes tan grandes, por miedo a condenar, como sucede muy a menudo con lo que no se entiende.”

Quintiliano

 

 

Para que un juicio, histórico inclusive, sea justo y no arbitrario, debe respetar una serie de normas y principios de análisis, parámetros o puntos de referencia que enmarquen el veredicto sobre determinado acontecimiento y/o personaje. Un verdadero juicio debe ser algo más que la imposición de gustos y preferencias. Tal veredicto debe respetar y ser acorde con una serie de verdades sabidas y comprobadas por diferentes ciencias, disciplinas y saberes.

Tal es el caso de tener en cuenta las circunstancias propias de la vida y obra de los diferentes personajes históricos, de manera integral, es decir, tanto en lo que les favorece como en lo que les perjudique, así las conclusiones a las que se lleguen sean dolorosas. Así, es racional y adecuado reconocer que Alejandro nunca obró como San Francisco de Asís, y que jamás repartió sus riquezas entre los más pobres, ni se retiró del mundo para meditar sobre sus pecados. Sólo que es igualmente necesario aclarar que las circunstancias de Alejandro no eran como las de San Francisco, ni como las de sus detractores, quienes tampoco han regalado el fruto de su trabajo desinteresadamente.

Alejandro no escogió el mundo en el que le tocó vivir. No fue él quien se inventó la monarquía electiva que imperaba en Macedonia, de la misma manera que Demóstenes jamás redimió a los esclavos de su época, ni mejoró la situación social de la mujer en la antigüedad, ni satisfizo las necesidades de los pobres e indigentes de su tiempo, ni siquiera en Atenas. Alejandro recibió la enemistad política de Demóstenes por el mero hecho de ser hijo de Filipo. Y el gran pecado de Filipo fue el de acabar con la indignante situación en la que vivían los macedonios gracias a la facción dominante en Atenas y Persia. Un rey de Macedonia tenía el sagrado deber de conducir a los macedonios a la victoria, no el de flajelarse la espalda en ayunas mientras permitía que los enemigos de los macedonios les esclavizaran.

En cuanto a Atenas, la gloriosa y sacrosanta creadora de la democracia, es necesario reconocer que se trata de la patria de Solón, Clístenes, Arístides el Justo y Pericles. No obstante, no hay que olvidar que la ciudad luz, el bastión de la libertad contra la tiranía y la maldad magistralmente descrito por Demóstenes, es la misma polis que condenó a muerte a Sócrates. La que injurió a Fidias, y proscribió a Anaxágoras o Aristóteles. La que renegó de Milcíades,  Temístocles (gracias al propio Arístides) y Tucídides. La que pretendió conquistar Sicilia, y al fracasar condenó a Alcibíades en oscuras circunstancias. La que entregó a los helenos de Asia al emperador de Persia por un gigantesco puñado de monedas. Por qué? Por que Atenas no es tan democrática como podría considerarlo un ciudadano democrático de la edad contemporánea.

En el tomo I de la laureada obra de Arnold Hauser “Historia Social de la Literatura y del Arte”, se aclara:

“Comparada con los despostismos orientales, la Atenas del siglo V (aC) puede considerarse democrática; pero al lado de las democracias modernas, resulta una verdadera ciudadela de la aristocracia. Atenas era gobernada en nombre de los ciudadanos, pero por el espíritu de la nobleza. Las victorias y las conquistas políticas de la democracia fueron logradas en su mayor parte por hombres de origen aristocrático: Milcíades, Temístocles, Pericles, son hijos de familias de la vieja nobleza... El ‘progreso’ consite a lo sumo en que, en lugar de la aristocracia de nacimiento, aparece una aristocracia del dinero y en que el Estado nobiliario organizado según el criterio de las estirpes es sustituido por un estado plutocrático fundamentado sobre las rentas. Atenas es, además, una democracia imperalista; hace una política belicista, cuyas ventajas disfrutan sus ciudadanos libres y sus capitalistas, a costa de los esclavos y de las clases excluidas de los beneficios de la guerra. En el mejor de los casos, los progresos de la democracia significan una ampliación de la clase de los rentistas.”

Las apariencias engañan, y la historiografía debe tener en cuenta esta realidad a la hora de comprender mejor el pasado. De ahí que la democrática Atenas pactase con los reyes persas, e imitara los métodos de los déspotas orientales a la hora de asumir su política exterior, lo cual redundó en perjuicio del mundo helénico. Tal realidad fue comprendida desde esa misma época, y desde el interior mismo del mundo ateniense. Isócrates, renombrado catedrático de Atenas, uno de tantos griegos conscientes de la triste realidad de su época, le escribió a Filipo solicitándole que uniera a los griegos y adelantara una cruzada panhelénica contra los persas; este pensador soñaba con “delimitar en Asia un territorio tan grande como sea posible y cortarla en dos, desde la Cilicia hasta Sinope... fundar ciudades en esas tierras y establecer allí a los soldados y mercenarios vagabundos de la Hélade”. Semejante sueño, quimérico para la mayoría de individuos de aquel entonces, se refería a la mitad occidental del Asia menor (Turquía actual). Y Alejandro llegaría hasta la India. Por otra parte, el mismísimo Aristóteles en su “Política”, define al buen rey como el monarca que adquiere nuevos territorios para el pueblo.

Tales eran los ideales del mundo en que vivió Alejandro. Y es de acuerdo a estos como debe evaluarse el reinado del macedonio. Los personajes históricos son seres humanos, con sus propias necesidades y limitaciones. Es injusto pretender que un miembro de la especie humana adivine cuáles van a ser los valores imperantes de un futuro que ha de verificarse unos dos mil quinientos años después. Alejandro acostumbraba oír con una oreja las acusaciones, pero reservaba la otra para escuchar la defensa del acusado. Es un principio que sigue teniendo vigencia en nuestros días, y es por esto que es un error evidente analizar a tal o cual protagonista o acontecimiento de la historia bajo la óptica de sus enemigos políticos exclusivamente. Tal planteamiento es igualmente aplicable para encuadrar la obra de Aníbal, Escipión, César y demás personajes históricos.

Así pues, no es bajo las consideraciones del mundo actual como debe evaluarse acontecimientos del pasado. La evolución histórica y social de la especie humana es tan compleja y polifacética, que no sólo es inadecuado hacer reduccionismos maniqueos, sino también evaluar el devenir histórico en función de las estructuras políticas imperantes en nuestros días. Los personajes de la antigüedad no deben dividirse entre amigos y enemigos de la democracia de hoy, ni nada por el estilo. A pesar de las notas comunes, cada época histórica tiene sus propias circunstancias.

En el mundo en que le tocó vivir a Alejandro, los griegos estaban asfixiados por la alianza imperante entre atenienses y persas, pues no hay que confundir la época de las guerras médicas, con la posterior a las nefastas guerras del peloponeso, las cuales iniciaron la decadencia del poderío helénico, e implicaron un renacer del imperio persa. Tal situación de   cosas fue trastocada por Alejandro, para beneficio de ambos mundos, tanto el occidental como el oriental. Que sea Faure, el mismo que desconfía del propio Arriano quien lo reconozca, resulta más que diciente:

“... el verdadero enemigo de la Liga Helénica, y no solamente para su conductor, el hegemón Filipo, sino también después para su hijo y sus compañeros macedonios, no es ni Darío ni siquiera el imperio persa: el verdadero enemigo lo forman los comerciantes de Fenicia, los negociantes, los traficantes, los marinos fenicios, dueños de todos los puertos... desde el golfo de Alejandreta hasta Egipto, dueños, con Cartago, del mar Tirreno, de Cerdeña y de España.

Desde hacía posiblemente mil años, entre griegos y fenicios guerra militar y competencia comercial iban a la par... La victoria de Salamina, en el otoño del 480 a. De C., no afectó prácticamente nada el potencial militar de los persas, pues sólo había consistido en un enfrentamiento naval entre una escuadra fenicia  y un centenar de trirremes atenienses...”

Alejandro encaró la anterior problemática con el mismo genio y grandeza de estadista con el que deslumbró al mundo entero. El acierto económico de las medidas del macedonio nos lo indica Estrabón, quien en su “Geografía” (XVII, 1, 7), registra a propósito de Alejandría:

“... el único lugar de todo Egipto situado igualmente bien para el comercio marino, por la excelencia de su puerto, y para el comercio interior, porque el río permite transportar hasta allí fácilmente todas las mercancías, reuniéndolas en el mayor mercado  de la tierra habitada.”

Pero el legado social de Alejandro se refleja igualmente en los aspectos político e ideológico, no sólo en el económico. La obra de Hauser, cuya temática es igualmente universal y lo más indicativo de todo, de corte eminentemente sociológico, reconoce:

“En la época helenística, esto es, en los trescientos años que siguen a Alejandro Magno, el centro de gravedad de la evolución se traslada por completo desde Grecia al Oriente. Los influjos, empero, son mutuos, y nos encontramos -por primera vez en la historia de la humanidad- con una cultura mixta verdaderamente internacional. Esta nivelación de las culturas nacionales es lo que da primordialmente a la época helenística su carácter eminentemente moderno... A pesar de las diferencias siempre crecientes de fortuna... se lleva a cabo una cierta nivelación social, que pone fin a los privilegios de nacimiento... La antigua aristocracia, por su afán de distinguirse y aislarse, de mantener la pureza de su raza y de su cultura tradicional, no resulta en absoluto adecuada para la organización y administración de tal imperio... El racionalismo, al que ahora el Estado valora más que ninguna otra cosa, adquiere validez en todos los campos de la vida cultural: no sólo en la nivelación de razas y de las clases, no sólo en la abolición de todas las tradiciones que estorban a la libertad de concurrencia económica, sino también en la organización supranacional de la actividad científica y artística, en aquel commercium litteratum et artium que une, en una gran comunidad de trabajo, a los literatos y sabios de todo el mundo civilizado, crea instituciones centrales de investigación, museos y bibliotecas, y pone en vigor, también en el terreno del espíritu, los principios de la división del trabajo... También la producción intelectual se basa ahora no en postura éticas y afectivas, sino en la competencia y en el rendimiento.”

Esta es una realidad que los moralistas no tuvieron en cuenta a la hora de condenar el legado político del conquistador macedonio. Arriano por el contrario, al crecer y vivir en el mundo forjado por Alejandro y mantenido por Roma, vivió en carne propia el progreso descrito en la cita de Hauser. Otra razón más para reconocer el mérito y acierto de la obra de Arriano.

 

Copyright by Joaquín Acosta 2003.

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