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EXTRACTO DEL LIBRO "EL EJÉRCITO ROMANO"
Por
Antonio Duarte
http://antonio-duarte.iespana.es/antonio-duarte/
http://webs.ono.com/adduartes
3.1.-
Expansión por el Mediterráneo. Las Guerras Civiles. Cayo Julio César.
Ni
siquiera tras terminar con Cartago tuvo Roma un momento de respiro. Grecia se rebelaba, en
parte por culpa de los mismos romanos, quienes
no gobernaban y tampoco permitían la formación de un gobierno fuerte. Un aventurero
llamado Andrisco se proclamó rey en el 148 a.d.C., pretendiendo ser hijo de Perseo. Se
alió con varias ciudades-estado griegas y con la agonizante Cartago. Quinto Cecilio
Metelo le derrotó con facilidad en la llamada Cuarta Guerra Macedónica. Macedonia fue
transformada en provincia. Al sur, la Liga Aquea desafió a Roma, quizá confiada en la
suavidad con que Metelo, un filoheleno, había tratado a los derrotados. No contaron con
el Senado, que le reemplazó por Lucio Mummio, buen militar y poco amigo de extranjeros.
Los griegos no pudieron mantener su pose y Corinto, la principal instigadora de la
rebelión, se rindió sin lucha; no le sirvió de mucho pues fue asaltada y saqueada
igualmente.
En
el oeste, desde el 149 a.d.C. al 133 a.d.C., Viriato y Numancia trajeron en jaque a las
legiones romanas. Solo la presencia de un jefe prestigioso como Escipión el Joven impuso
disciplina y moral a las tropas italianas. Viriato murió asesinado por los suyos y
Numancia resultó completamente destruida. Excepto el noroeste peninsular y algunas zonas
de los montes cántabros y vascos Hispania era romana. El 133 a.d.C. fue un buen año para
la República. Destruyeron a los numantinos y pusieron el pie en Asia Menor.
Cuando
Atalo III, rey de Pérgamo murió sin descendencia, se cumplió su testamento, por el que
legaba el reino de Roma. No era traición, en modo alguno; así lo preservaba de la
rapiña de los reinos vecinos. ¿Quién osaría enfrentarse a la vencedora de Aníbal?. El
país pasó a ser la provincia de Asia y, tras sofocar una pequeña rebelión, quedó
definitivamente pacificado en el 129 a.d.C.
Toda
la orilla mediterránea estaba en manos romanas o de aliados romanos. Solo el imperio
seleúcida, en Oriente Medio, conservaba un cierto poder que pronto se esfumaría al
conquistar Roma la que se convirtió en la provincia de Siria.
Pero
la acumulación de riquezas no fue la única consecuencia de las conquistas. La afluencia
de esclavos minó la competitividad del pequeño agricultor que, sobre el 250 a.d.C. era
la base de la ciudadanía. Los ejércitos fueron progresivamente profesionalizándose, ya
que resultaba imposible mantener tan largas campañas y regresar para las labores
agrícolas, como antaño. La gente emigraba a Roma, donde su ciudadanía se transformaba
en un voto que estaba en venta. Panem et circenses, decían, y era cierto. En el 133
a.d.C. y en el 121 a.d.C. vieron la muerte de cada uno de los hermanos Gracos, tribunos
que consiguieron que el cargo fuera reelectible y que plantearon una reforma agraria
extensa que devolvería sus medios de vida a buena parte de los antiguos agricultores y
que proporcionaría tierras en Italia y otras provincias donde establecer como colonos a
los soldados licenciados. Fallaron los Gracos y sus sucesores porque mantenían junto a
las demás propuestas la del otorgamiento de la ciudadanía romana a todos los habitantes
de las ciudades italianas, siquiera fuese por su lealtad en los momentos difíciles. El
espíritu egoísta y conservador de los más pobres quiso negarles (y lo consiguió
durante 50 años) ese derecho. Solo la necesidad de disponer de paz interna, justo cuando
se produjo la Guerra Social (de socios, aliados) por la rebelión de unas ciudades
italianas de mayoría samnita, al tiempo que el Ponto estallaba consiguió para los
italianos un derecho que tenían bien merecido .
Sila
y Mario, Mario y Sila, disputaron en suelo italiano un terrible guerra civil que solo
amainó, que no cesó, con la muerte de ambos (de muerte natural) y el debilitamiento de
un Senado que no quiso nunca devolver el poder que el pueblo le había otorgado de modo
extraordinario en el momento de las Guerras Púnicas.
Los
generales se habían dado cuenta de que un ejército, inteligencia y la suficiente
ambición bastaban para conseguir el poder frente a un Senado cada vez más débil y cada
vez más dispuesto a ceder ante uno de los suyos con tal de mantener su posición.
Pompeyo, aún en vida de Sila, celebró un triunfo completamente ilegal por una campaña
en Africa mediante la que consiguió hacerse con el control de las fuerzas partidarias de
Mario que allí había. Se enfrentó a Sertorio en España, donde éste había acaudillado
a las tribus nativas y fracasó en los combates, si bien Sertorio fue asesinado el 71
a.d.C. (asesinato pagado con buen dinero romano, según se sospecha), lo que salvó a
Pompeyo de perder su prestigio militar.
También
sonó la hora para Craso el Rico con motivo de la rebelión de Espartaco. Buen militar,
consiguió derrotar al ejército de esclavos y gladiadores y hacerse de fama y gloria.
Justo cuando se dedicaba a barrer las bandas dispersas, Pompeyo regresó de España, se
unió a él y recibió más méritos de los que le correspondían. Ambos ganaron el
consulado en el 70 a.d.C. y se dedicaron a seguir debilitando aún más al corrupto
Senado, donde destacaba uno de los ladrones más competentes de la Historia: Cayo Verres.
Este individuo actuó en Asia, donde se embolsó una gran cantidad de riquezas en
compañía del gobernador de la provincia. Cuando fueron llamados a Roma para ser juzgados
presentó pruebas contra su superior y él quedó libre. Después fue enviado a Sicilia
donde llegó a quedarse hasta con el dinero destinado a fletar los buques que debían
llevar el cereal desde la isla hasta Roma. Era algo acostumbrado: el gobernador de una
provincia siempre se enriquecía....., pero todo tenía un límite y Verres tuvo la mala
suerte de encontrarse frente al único hombre que podía conseguir lo que fuera hablando:
Marco Tulio Cicerón, el más grande orador romano de todos los tiempos.
En
una República donde la locuacidad del abogado podía decidir el resultado de un juicio,
Cicerón era un arma formidable para los expoliados sicilianos. Cayo Verres huyó a
Massilia con parte de sus bienes y vivió allí, cómodamente instalado durante los
siguientes veinticinco años, aunque sin atreverse a volver a Roma.
La
estrella del momento era Pompeyo. En el 67 a.d.C. limpió en tres meses las costas
mediterráneas de piratas; Roma enloqueció de
placer con su niño mimado. Marchó a Asia donde enfrentó a Mitrídates, rey del Ponto.
Lo derrotó y el Ponto se convirtió en provincia el año 64 a.d.C., al igual que los
territorios de Siria y Judea, regresando finalmente a Italia el 61 a.d.C. Recibió un gran
triunfo, licenció sus tropas y pasó a ser un ciudadano más. Supuso, erróneamente, que
la sola magia de su nombre bastaría para dominar Roma.
Hasta
debió soportar la República la rebelión de Catilina. Cicerón, cónsul por entonces, le
descubrió, acusó y derrotó, haciéndole ejecutar sin juicio ante la premura de la
amenaza que suponía el ejército que el rebelde había conseguido reunir a las afueras de
Roma. Esa fue la cima del poder de Cicerón. Cinco años más tarde se vería obligado a
exiliarse al Epiro tras la acusación de no haber respetado la ley que exigía un juicio
para el conspirador.
César,
nacido en el 102 a.d.C., había estado en Asia, combatiendo, fue prisionero de unos
piratas a los que persiguió y ejecutó después de ser liberado. Marchó a España, donde
ganó gloria militar sometiendo a diversas tribus, allí consiguió una clientela que le
sería de utilidad más tarde, cuando se enfrentó a Pompeyo; y también reunió el
suficiente dinero para pagar sus deudas con Craso, quien le había asistido en el pasado.
Formó triunvirato con ambos y,
deseoso de superarles en poder, comprendió que necesitaba un triunfo militar; fijó su
mirada en la Galia Transalpina y en el 58 a.d.C. se hizo asignar ambas Galias. Luchó
contra los helvéticos, contra Ariovisto (caudillo germano), derrotó e hizo pagar tributo
a Casivelauno en Gran Bretaña (donde entraron, siquiera por poco tiempo, las caligæ de
los legionarios), en el 52 a.d.C. se rebelaron los galos nuevamente al mando de
Vercingetórix, lo derrotó y llevó a Roma cargado de cadenas donde murió en la cárcel
mamertina. En el año 50 a.d.C. la Galia quedó en paz y fue transformada en provincia.
Pero
los acontecimientos se precipitaron al morir Craso en Partia. En el año 52 a.d.C. Pompeyo
fue nombrado cónsul único por el Senado que le pidió protección contra César. Este se
las compuso para mantener su mando provincial hasta el 49 a.d.C. En el 50 a.d .C. el
Senado decretó que cada ejército debía ceder una de sus legiones para hacer frente a
los partos. Además de la suya, César había pedido prestada a Pompeyo una de sus
legiones para usarla contra los galos; ahora el Senado (a instancias de Pompeyo) le
reclamaba ambas legiones. Con la Galia pacificada, César podía permitírselo; las
legiones fueron entregadas y el Senado creyó
que aquello era una muestra de debilidad por parte de César.
El
7 de enero del 49 a.d.C. decretaron que Julio debía disolver sus legiones y entrar en
Roma como un ciudadano más. Era perfectamente legal..., y también una trampa para acabar
con él. Afortunadamente, los dos tribunos de la plebe eran partidarios suyos y huyeron a
refugiarse en el campamento de César diciendo que sus vidas (inviolables por ley)
corrían peligro. Julio tenía que defender a los tribunos; tal vez ello fuese considerado
traición por los senadores, pero el pueblo común apreciaba demasiado a sus únicos
representantes ante el poder aristocrático como para disentir de la defensa. El 10 de
enero cruzó el Rubicón: Alea jacta est.
Tres
meses después César dominaba toda Italia y Pompeyo había huido a Grecia. Controló las
Hispanias, donde unió al suyo el ejército senatorial allí estacionado, con lo que
dobló sus fuerzas. En el 48 a.d.C. se hizo nombrar cónsul y pasó a Grecia, donde
Pompeyo había reunido un ejército y una flota. El 29 de Junio del 49 a.d.C. Pompeyo fue
derrotado en Farsalia, su ejército se pasó a César y él tuvo que huir a Egipto, tras
impedírsele desembarcar en Antioquía. Sin embargo, llegado al reino de los faraones, el
28 de septiembre del 49 a.d.C., con 58 años, Pompeyo es asesinado por Aquila y Septimio.
César
llegó a Egipto y contempló, horrorizado, la cabeza de su rival asesinado... Poco podía
sospechar que, casi cinco años más tarde, él habría de correr la misma suerte bajo la
mirada de la estatua de Pompeyo. Entre tanto, César libró algunas batallas en apoyo de
Cleopatra, con quien su hermano Tolomeo no quería compartir el trono, como estaba
dispuesto. Tras algunas dificultades iniciales provocadas por la escasez de tropas
cesarianas, Tolomeo XII murió y su hermana gobernó en unión de su pequeño hermano
Tolomeo XIII. Una marcha al Ponto acabó con las últimas tentativas de independencia de
Farnaces y una célebre frase fue enviada, a modo de informe, al Senado: Veni, Vidi,
Vinci.
Regresó
a Italia y, en contra de lo habitual, mostró generosidad y magnanimidad: incluso perdonó
a Cicerón. Aún hubo de luchar en Africa y España contra los restos de los ejércitos
pompeyanos. Elegido para el consulado para cinco años, tras la victoria de Farsalia, le
fue ampliado el plazo a diez tras la victoria de Tapso, en Africa. Vuelto de España, en
el 45 a.d.C. fue nombrado dictador vitalicio y a nadie se le ocultaba su intención de
proclamarse rey. Hasta su muerte, ocho meses después, hizo reformas contundentes:
aumentó el número de senadores a 900, incluyendo a muchos provincianos. Extendió la
ciudadanía romana a la Galia Cisalpina y a algunas ciudades de la transalpina y de
España. Reformó el sistema de impuestos, comenzó la reconstrucción de Cartago y
Corinto, creó la primera biblioteca pública de Roma, reformó el calendario (reforma
que, con el retoque del papa Gregorio, ha llegado hasta nuestros días) con ayuda de
Sosígenes, un astrónomo egipcio. Si hubiese ideado un tipo de gobierno como el que
habría de iniciar su hijo adoptivo Augusto, en vez de juguetear con la (para un romano
medio) odiosa idea de convertirse en rey, tal vez hubiera podido eludir la muerte. El 15
de marzo del año 44 a.d.C. fue asesinado por un grupo de senadores conjurados entre los
que se contaba su propio hijo adoptivo, Bruto. Aún hoy, en las ruinas del foro de Roma,
hay un ramo de flores perenne sobre el túmulo en que se incineró a Caius Iulius Cæsar.
3.2.
Organización Militar.
Muchas
cosas ocurrieron en el periodo descrito, como hemos visto. Muchas batallas políticas
produjeron víctimas tanto en el campo de batalla como en el Foro. Roma luchó contra
múltiples enemigos y contra ella misma, aprendiendo de todos y de sus propias
debilidades. A finales del siglo II a.d.C. un general muy competente vino a poner un poco
de orden en el maremágnum legionario: Mario.
Mario
ingresó en el ejército a los 16 años y su pundonor, honradez, valentía y competencia
le valieron ser indicado por Escipión Emiliano como el único que podría sustituirle en
la jefatura del ejército de Hispania. Conocía la organización militar y sus defectos y
tenía la suficiente ambición y capacidad para ejecutar la reforma que exigía la época.
Repasando
lo visto, recordaremos que en la organización de Servio Tulio los aristócratas y
caballeros servían en la caballería, los ciudadanos propietarios de más de 11.000 ases
servían como infantería pesada y los pobres servían como vélites, desarmados o,
simplemente, no combatían. Así, la defensa de la República recaía en la clase media.
De
las Guerras Púnicas y de la conquista de la Hélade salió Roma señora del mundo, pero
perdió sus clases medias: los labradores y artesanos, antaño ciudadanos libres, dignos y
razonablemente prósperos murieron o vieron confiscadas sus propiedades por la
aristocracia..., era el pago que la República daba a quienes soportaron varios siglos de
conflictos y sacrificios continuados.
Mario
decide llamar al ejército a los proletarii (de la expresión romana que significa
productores de prole), así la milicia se convierte en un cuerpo democrático;
más no debemos dejarnos engañar, sus motivos son puramente militares, no políticos o
éticos: no había suficientes legionarios. Las clases populares consiguen así un medio
digno de ganarse la vida y de promocionarse socialmente, los no ciudadanos pueden
conseguir la preciada ciudadanía para sí y sus hijos.... Se fija el primer enganche en
veinte años y así se convierten en excelentes profesionales que no tienen reparos en
servir en cualquier parte bajo el jefe que le paga y al que reconocen...., más de un
golpe de estado se dio por la pérdida del sentimiento patriótico entre los soldados: se
es soldado del general X, no de la República.
Relata
Plutarco: En la marcha hacía de camino trabajar a la tropa, ejercitándola en especie de
correrías y en jornadas largas, y precisando a los soldados a llevar y preparar por sí
mismos lo que diariamente había de servirles. De aquí dicen provenir el que desde
entonces a los aficionados al trabajo, y que con presteza ejecutan lo que se les manda, se
les llama mulos marianos. Sin embargo, él era el primero en dar ejemplo: Era
espectáculo muy agradable al soldado romano un general que no desdeñaba de comer
públicamente el mismo pan, de tomar el mismo sueño sobre cualquier mullido y de echar
mano a la obra cuando había que abrir fosas o que establecer los reales; pues no tanto
admiran a los que distribuyen los honores y los bienes como a los que toman parte en los
peligros y en la fatiga, y en más que a los que les consienten el ocio tienen a los que
quieren acompañarles en los trabajos.
Obligó
a los legionarios a tomar clases de esgrima, contratando instructores de las escuelas de
gladiadores que les enseñarían a herir y a evitar los golpes del contrario. Acostumbró
a sus hombres a la visión del enemigo; antes de lanzarlos a la lucha contra Teutones y
Ambrones les hacía asomar por el valladar, en turnos, para que la costumbre de la visión
de los bárbaros atenuase el miedo y la prevención. Hasta tal punto se ha identificado la
actividad y el ejercicio con la vida castrense, que el sustantivo exercitus ha pasado de
su sentido abstracto ejercicio al concreto soldados reunidos por el
ejercicio.
La
gran unidad táctica básica, la Legión, sufrió una reforma radical. En lugar de los
treinta manípulos de infantería pesada, se forman ahora diez cohortes, cada cual con su
estandarte, compuestas por cinco o seis centurias de cien hombres. Se pierden los 1.200
hombres de la infantería ligera, pero el total legionario pasa de 4.500 a 6.000 hombres.
El motivo de este cambio fue que la anterior organización, muy apta para luchar por los
Apeninos o contra la poco móvil falange griega, resultaba demasiado vulnerable ante la
acometida masiva y a la ligera de los germanos. Ya antes de Mario se habían agrupado
varios manípulos, normalmente tres, pero ahora la agrupación se hace permanente. La cohorte consta de tres manípulos
de dos centurias cada uno, según Gelio. Se conservan las tres líneas, formadas a base de
cohortes, no de manípulos; conservarán también sus nombres, más su composición ya no
dependerá del censo o la edad de los soldados.
Sobre
la cohorte dice Delbrück: La táctica de cohortes representa el punto culminante
del progreso que podía alcanzar el arte de combatir de la antigua infantería. La misión
del artista, esto es, del caudillo, será, en adelante, más que hallar nuevas formas,
perfeccionar y utilizar las ya inventadas. La mejor alabanza que puede recibir la
cohorte de Mario viene dada por la evidencia de que ni César ni Pompeyo sintieron
necesidad de cambiar su estructura.
Como
hemos visto, desaparecen los vélites y la caballería romanos. La infantería ligera y la
caballería serán reclutadas entre los pueblos aliados o conquistados: Serán cohors de
infantería o alae de caballería que se reunirán genéricamente bajo el título de
auxilia.
Desaparecen
también los cuatro estandartes tradicionales: el lobo, el jabalí, el minotauro y el
caballo. Se provee a cada cohorte de un estandarte, un guión, que se renueva cada año.
La legión adopta el águila, primero de plata y después de oro. El aquila será el
emblema distintivo de cada legión, se venerará en un santuario especial y su pérdida
será el mayor vilipendio de la unidad, llegando a disolverse tales unidades, a diezmarse
sus componentes y repartir al resto por otras unidades si tal llega a suceder.
Finalmente,
se aligera el tren de la impedimenta y se carga a cada legionario con un equipo mayor. Se
van organizando los grados militares: optiones, tribunos, evocati, centuriones, tribunos
militares y legati, los lugartenientes del Imperator. El armamento se normaliza. El pilum
pasa a ser el arma característica de los legionarios, un arma para soldados que luchan a
la ofensiva: Su punta de hierro dulce se clava profundamente en el escudo enemigo, la
parte metálica del asta se dobla y el adversario se tiene desembarazar del escudo que
ahora es un estorbo a sus movimientos, quedando también más desprotegido ante el temible
embate del gladius hispanicus, una derivación aún más mortífera de la falcata, de
entre 50 y 65 cms. de largo, con punta y doble filo. Cada hombre lleva un puñal, esté en
campaña o paseando por la ciudad, y sabe manejarlo perfectamente; se trata de un arma de
tipo griego, corto y suspendido de un cinturón especial.
Durante
el siglo I a.d.C. se va extendiendo el escudo rectangular cilíndrico, muy probablemente
copiado del que usaban los gladiadores, hecho de madera contrachapada, recubiertos de piel
muy dura y con refuerzos de bronce o hierro en los bordes y centro. Se adoptó de los
celtas un nuevo tipo de casco, fuerte, sin adornos inútiles, con un poco de visera,
protección para la nuca y una curvatura para la oreja. Era de bronce con refuerzos de
hierro y se apoyaba en un coselete de cuero..., sólo dos mil años después, con la
producción de nuevos materiales sintéticos, se cambió la composición de los cascos de
batalla que no su diseño, pues los cascos modernos siguen el que los romanos adoptaron y
perfeccionaron a instancias de Mario. La coraza más habitual es la cota de mallas, da la
impresión de una túnica que llega hasta medio muslo y se sujeta al talle con el
cinturón. Debajo de esta coraza llevaban los
soldados un jubón de cuero con faldillas y bajo el jubón una túnica de lino o lana
cuyos rebordes sobresalían por brazos, piernas y cuello, donde los soldados solían poner
una bufanda que protegía su piel de los cortes del metal de la coraza. El cinturón
ciñe, como hemos dicho, la coraza y de él pende la espada, podía ser metálico o de
cuero con apliques de metal. Las grebas van quedando reservadas a los oficiales, de
centurión para arriba, mientras que los soldados irán adoptando de sus contactos con los
germanos unos pantalones de lana que les cubrían hasta la espinilla.
3.3.- La batalla
de Pidna. La batalla de Farsalia.
He
decidido mostrar dos batallas para este periodo. La batalla de Pidna se libró con un
ejército romano que aún mantenía en gran medida las antiguas formaciones de batalla.
Las unidades tácticas legionarias eran los manípulos, con los vélites y la caballería
al viejo estilo, aún formados por ciudadanos romanos. La batalla de Farsalia enfrenta a
dos caudillos entre sí, César y Pompeyo, a dos ejércitos romanos guiados por voluntades
y competencias diametralmente opuestas pero con una formación y estructura muy parecida.
Ambas batallas suponen un antes y un después: la primera abre a Roma, de modo definitivo,
las puertas del Oriente; la segunda supone el fin de una República que, pese al asesinato
de César, no puede evitar el advenimiento del principado.
3.3.1.-
La Batalla de Pidna.
Para
ambientar la batalla de Pidna, diremos que Roma hacia el 188 a.d.C. había confiado en
mantener dividida Grecia y equilibrado el poder en Asia. A esta distancia histórica, y
conociendo el carácter griego, esa pretensión no puede menos que resultarnos ingenua. Se
libraron continuas batallas diplomáticas que fueron enrareciendo el ambiente hasta que en
el 172 a.d.C., el intento de asesinato de Eumenes por criminales a sueldo de Perseo de Macedonia provocó
la Tercera Guerra Macedónica.
De
hacer atacado entonces, Perseo (que se había estado preparando a conciencia para la
guerra) podría haber puesto a los romanos en situación harto crítica. Mas se limitó a
esperar el ataque enemigo, adoptando una actitud defensiva. El ejército macedónico de
Perseo formaba una falange de dieciséis filas, armados los hoplitas con una lanza larga
(sarissa) de más de seis metros. Aquel inmenso y lento puercoespín blindado era
formidable en terreno llano..., pero Grecia lo es todo menos llano; si no se elegía
cuidadosamente el campo de batalla, la legión podía abrir brechas en la falange y
destrozarla.
El
mando romano se mostró particularmente inadecuado. Durante 3 años, P. Licinio Craso,
Aulo Hostilio Mancino y Q. Marcio Filipo dieron cumplida muestra de su incompetencia
militar y de la incapacidad del Senado para nombrar generales hábiles en vez de
políticos militarmente estúpidos. Por fin, en un rasgo de sensatez, el Senado eligió
para un segundo mandato a Lucio Emilio Paulo, cuñado de Escipión el Africano y que se
había distinguido extraordinariamente en España y Liguria, tenía sesenta años por
entonces y, según su contemporáneo Polibio, era uno de los pocos romanos de relieve
capaz de resistir la tentación del dinero.
Su
primer acto fue enviar una comisión a Grecia para aclarar la situación; tres delegados,
a cuyo frente se encontraba Gneo Domicio Enobarbo, triunfador de Magnesia. Una vez
regresaron e informaron de la caótica situación, Paulo recibió autorización para
nombrar los tribunos de sus dos legiones, reclutó cuatro legiones más y partió para
Delfos. Prohibió a los centinelas llevar armas porque su misión no era luchar sino
vigilar, organizó un sistema de relevos, asignó trabajos a todos y repuso las
escasas existencias de alimentos y agua. Reunió a los oficiales y, tras estudiar su
estado de ánimo, empezó a trabajar secretamente en sus planes.
La
idea de Paulo era atacar de frente a Perseo a la vez que efectuaba un movimiento de
diversión con la flota para amenazar las comunicaciones septentrionales de su enemigo.
Entre escaramuzas, maniobras, marchas y contramarchas pasó un buen lapso de tiempo que el
romano aprovechó para afianzarse sobre el terreno y conocer a su adversario. Por fin,
tras el eclipse de luna ocurrido la noche del 21 al 22 de junio del 168 a.d.C., tuvo lugar
la batalla decisiva.
Según
Livio y Plutarco, los dos campamentos se surtían de agua en el Leucus, que en aquella
época del año debía estar convertido en un riachuelo. Para proteger a sus columnas de
aguada, los romanos habían establecido un destacamento de dos cohortes y dos agrupaciones
de jinetes en la orilla occidental del rio, mientras otras tres cohortes y dos escuadrones
de caballería vigilaban el campamento macedónico. Es de suponer que los de Perseo
hicieran lo mismo, así que la corriente fluvial dividiría a los contingentes enemigos.
Sobre
las tres de la tarde del día 22, un caballo romano se soltó y empezó a galopar hacia la
orilla griega, seguido por tres soldados. El agua les llegaba a las rodillas. Dos tracios
del ejército macedónico quisieron capturar al animal, resultando muerto uno de ellos.
Aquelló irritó tanto a un cuerpo de 800 jinetes tracios que se lanzaron a la lucha,
siendo imitados por las dos cohortes romanas. Ante el ruido, Paulo salió de su tienda
para averiguar qué pasaba. El romano pensó que lo mejor sería aprovechar el ardor de
sus soldados y convertir en oportunidad favorable lo que no era sino un motivo casual.
Nasica, al tiempo, anunció a Paulo que Perseo estaba formando en orden de batalla a sus
soldados.
No
sabemos con exactitud el orden de batalla de ambas fuerzas; sin embargo, teniendo en
cuenta que la falange solía ocupar el centro, puede conjeturarse más o menos lo
siguiente: los tracios se colocaron a la derecha, en el centro la falange de los
leucáspidas y la de los calcáspidas y, por último, los mercenarios, que ocuparían el ala izquierda, con
la caballería a un flanco o en los dos. Sobre los romanos podemos aventurar que las dos
legiones se hallaban en el centro, con los aliados latinos a la derecha, los griegos a la
izquierda y la caballería en ambos flancos. Se ha dicho que en la batalla intervinieron
también algunos elefantes, colocados a la derecha de la formación romana.
Según
el informe de Nasica, recogido por Plutarco, las cosas se desarrollaron aproximadamente
como sigue: Primero avanzaron los tracios, cuyo aspecto, según Nasica, era terrible
por tratarse de hombres de aventajada estatura, vestidos con túnicas negras que
destacaban bajo el color blanco de sus resplandecientes armaduras y escudos, enarbolando
en la diestra hachas de combate, con grandes hojas de hierro. Siguiendo a los tracios, los
mercenarios avanzaron. Su equipo era variado y mezclados a ellos iban los peonios. Seguía
una tercera división (falange de los leucáspidas), hombres escogidos, la flor de los
macedonios tanto por su vigor juvenil como por su valentía, muy vistosos con sus
brillantes armaduras doradas y sus túnicas escarlatas. Mientras éstos ocupaban su lugar
en la línea, salieron a la palestra los componentes de la falange de los calcáspidas,
con escudos de bronce, que llenaron la llanura y las montañas circundantes con el
refulgir de sus armas y con sus tumultuosos vítores y gritos.
El
ataque de Perseo fue muy rápido porque, según afirma Livio, los primeros muertos
cayeron a doscientos cincuenta pasos del campamento romano. Según eso, los
macedonios debieron cruzar el Leucus y avanzar hasta la ladera del monte Olocrus. Paulo,
sorprendido antes aquella muralla de lanzas, disimuló su agitación y, sin proteger
cabeza ni cuerpo, dispuso a sus hombres para la batalla. Los pelignos, de origen sabino,
iniciaron el contraataque sin conseguir abrir brecha en la falange. En vista de ello,
Salvio, su comandante, arrojó el estandarte en medio de la formación enemiga, se luchó
encarnizadamente y la legión debió retirarse en desorden hacia el monte Olocrus. Esta retirada arrastró al resto de la línea y el
ejército entero buscó la protección de la montaña. Es evidente que siempre y cuando el
terreno resultara favorable a la falange, nada podían los romanos contra aquel muro de
acero. Pero el avance empeoró las condiciones para los macedónicos: su frente empezó a
curvarse y hendirse hasta presentar algunas brechas debidas tanto a la irregularidad
del terreno como a la gran longitud del frente..., haciendo que quienes intentaban ocupar
posiciones más altas se vieran separados contra su voluntad de quienes quedaban más
abajo que ellos....
Según
Plutarco: Ante aquello, Paulo dividió sus cohortes y les ordenó lanzarse contra
los intersticios y espacios abiertos en la línea oponente, entablando así combate cuerpo
a cuerpo, aunque no librando una batalla general, sino muchas de ellas separadas y
sucesivas. Las instrucciones dadas por Emilio a sus oficiales pasaron de éstos a los
soldados, los cuales apenas se introdujeron entre las filas enemigas, separando a los
grupos, atacaron a algunos de ellos por los flancos, es decir, allí donde su armadura no
podía protegerlos, y a otros por retaguardia. Una vez quebrantada su unidad, la falange
perdió toda fuerza y eficacia.
Livio,
aunque de modo algo confuso, deja claro que además de las pequeñas brechas mencionadas,
se había producido una considerable entre el centro y el ala izquierda macedónica . El
motivo probable fue el de que al perseguir a los derrotados pelignos, el ala izquierda se
adelantó algo al centro, que aún seguía combatiendo con las dos legiones romanas. Dice
así Livio: Luego que Emilio hubo ordenado a sus cohortes introducirse como cuñas
en las hendiduras, se puso a la cabeza de una de sus dos legiones y la situó en el
espacio comprendido entre los mercenarios macedónicos y la falange, rompiendo así la
línea enemiga. Tras él se encontraban los mercenarios armados con escudos y a su frente
la falange de los calcáspidas. Simultáneamente, Lucio Albino lanzó a la segunda legión
contra la falange de los leucáspidas, mientras los elefantes y algunas cohortes de caballería aliada
avanzaban contra los ahora aislados mercenarios macedónicos. Como el ataque no dio el
resultado apetecido, intervinieron los aliados latinos que obligaron a ceder al ala
izquierda griega. Entretanto, en el centro, la segunda legión de Emilio cargaba contra la
falange de los calcáspidas, dispersándola.
Al
ver la batalla perdida, Perseo huyó hacia Pella con su caballería y desapareció de la
Historia. Cuando las noticias de la victoria llegaron al Senado, éste resolvió que todos
los Estados implicados en la campaña, amigos o enemigos, serían despojados de su fuerza.
Macedonia desapareció, en toda Grecia se incoaron procesos por alta traición, cuantos
sirvieron en el ejército de Perseo fueron liquidados, se saquearon setenta ciudades y se
vendió como esclavos a 150.000 epirotas. Grecia triunfó al fin con su cultura, que
gracias a Roma se expandió por todo el Mediterráneo, pero perdió cualquier protagonismo
político...., lo que no se puede menos que considerar un avance, dado el precio en sangre
pagado por su desunión e individualismo.
3.3.2.- La
Batalla de Farsalia.
Ya
se ha explicado la situación política que condujo al enfrentamiento de César y Pompeyo.
Tras el asedio de Dyrraquium, cuyo final podemos considerar como una derrota cesariana,
ambos ejércitos se encontraron en la llanura de Farsalia, más allá de los montes
Cinoscéfalos (cabeza de perro, en griego); Pompeyo había unido sus fuerzas a las de
Escipión en Larissa y César hizo lo propio en Aeginium con las de Domicio.
Julio
cruzó el Enipeo cerca de Farsalia y acampó en la orilla norte. Pompeyo estableció su
campamento a unos cinco kilómetros al noroeste del de su enemigo, en las faldas del monte
Dogandzis. Diariamente formaba César su ejército en línea de batalla fuera del
campamento, avanzando cada vez un poco más en dirección al adversario. Pero éste no se
mostraba dispuesto a abandonar el terreno
favorable en que se hallaba situado, y cuando César empezó a comprobar que sus graneros
se vaciaban, decidió marcharse al nordeste, hacia Scotussa, para amenazar las
comunicaciones pompeyanas y forzarles a abandonar su posición actual.
La
mañana del 9 de Agosto del 48 a.d.C., a punto ya de iniciarse la marcha, César notó que
Pompeyo estaba formando a su ejército y, volviéndose a sus hombres, les dijo:
Tendremos que suspender la marcha por el momento y pensar en librar la batalla como
siempre hemos deseado. Preparémonos con ánimo para el combate, puesto que podemos ahora
librarlo.
De
sus 80 cohortes (8 legiones), con un total de 22.000 hombres, dejó a dos para proteger el
campamento y maniobró con las otras 78 hasta situarlas en 3 líneas: el ala izquierda se
apoyaba en el Enipeo. Su enemigo contaba con 110 cohortes (11 legiones) con un total de
45.000 soldados aproximadamente. Sin embargo, en disciplina y moral el ejército cesariano
era muy superior al de su contrincante...., por no mencionar la tremenda diferencia
cualitativa entre ambos jefes.
El
orden de batalla de Pompeyo era el siguiente: Colocó a la derecha 600 jinetes del Ponto y
a continuación toda su infantería en tres líneas, agrupada en tres divisiones, la de la
derecha al mando de Léntulo, la del centro bajo Escipión y la de la izquierda dirigida
por Domicio Enobarbo. Concentró en el ala izquierda toda la caballería, menos los 600
hombres ya mencionados, junto con los arqueros y los honderos bajo el mando de Labieno.
Destacó a siete cohortes para proteger el campamento e intercaló entre las líneas a
algunas tropas auxiliares para que actuaran como infantería ligera.
César,
comprendiendo las intenciones de su rival, concentró en el ala derecha a sus 1000 jinetes
apoyados por la infantería ligera, para enfrentarse a los 6.400 de Labieno. Toda el ala
derecha iba mandada por Publio Sila, el centro por Domicio Calvino y la izquierda por Marco Antonio. Temió
César que el ala derecha quedase envuelta por la numerosa caballería adversaria y
retiró varias cohortes de la tercera línea (unos 3.000 hombres en total), formando con
ellos una cuarta situada oblicuamente al frente, tras la caballería, para no ser
detectados por su adversario. Dio estrictas órdenes de que nadie hiciera nada sin las
instrucciones correspondientes.
Dejó
Pompeyo que los de César iniciaran el combate, en la confianza de que llegaran al mismo
fatigados por la marcha de aproximación. Este consideró las cosas de otro modo, como él
mismo dice: .... aquello nos pareció un acto insensato por parte de Pompeyo, porque
el hombre posee por naturaleza cierta impetuosidad y agudeza de espíritu que se ven
incrementadas por el ardor de la batalla. Es deber de todo jefe no reprimir dicho
sentimiento, sino, por el contrario, incrementarlo. No en vano se instituyeron desde
antiguo señales que eran lanzadas en todas direcciones mientras los hombres prorrumpían
en estentóreos gritos, con el propósito de aterrorizar al enemigo y estimularse a sí
mismos.
César
lanzó su ataque, pero al ver que Pompeyo no se adelantaba para hacerle frente, detuvo a
sus hombres cuando éstos habían recorrido aproximadamente menos de 200 metros, para que
recuperasen el aliento. Al reanudar el avance, Pompeyo lanzó su caballería, arqueros y
honderos contra la derecha de César, obligando a retroceder a la caballería cesariana y
comenzando a rodear su flanco.
Al
observar esto, César dio la señal a la cuarta línea, la cual avanzó con rapidez
desplegando sus estandartes, y atacaron con tal furia a la caballería pompeyana que ésta
no pudo resistir y emprendió la huida. Aquí hemos de mencionar la costumbre instituida
por Julio de instruir a sus tropas ligeras para actuar junto a la caballería, usando
jóvenes ligeramente armados, de entre los mejores del ejército, provistos de armas de
fácil manejo. Así, 1.000 jinetes pudieron luchar y vencer a los 7.000 pompeyanos sin aterrorizarse ante su gran número.
Sin
la protección de la caballería, los arqueros y honderos pompeyanos fueron aniquilados.
Llevados de su ardor, las cohortes rodearon la izquierda de Pompeyo y atacaron su
retaguardia. Al ver derrotada su caballería, Pompeyo se refugió en su campamento, donde
esperó el resultado de la batalla. César animó a sus hombres para que echaran el resto
y asaltaran el campamento, con el brillo del rico botín que les esperaba. Despojándose
de su manto de general, Pompeyo montó a caballo y huyó hacia Larissa. Ni siquiera
entonces quiso César detenerse. Prohibió a sus hombres entretenerse con el pillaje,
arrojó a los restos del ejército enemigo de un monte, los obligó a refugiarse en otro,
rodeándolos, y les forzó a rendirse. Se mostró magnánimo con ellos y salió
inmediatamente hacia Larissa.
Según
Apiano, César perdió 30 centuriones y 200 soldados muertos por 6.000 muertos de Pompeyo
quien sería asesinado, como ya vimos, en Egipto, donde huyó.
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