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ELOGIO DE ALEJANDRO MAGNO Y JULIO CÉSAR

 

Son tan sólo dos los elegidos, dos hombres que han hecho que la Historia se postrara a sus pies dócilmente. Un macedonio y un romano que compartieron el mismo sueño, que consiguieron alzarse por encima de hombres y de circunstancias para alcanzar esa gloria inmortal que les pertenece porque han sido ellos sus absolutos creadores. ¿Quién hay tras Alejandro Magno y Julio César? Hombres grandes como Aníbal, Carlomagno, Gengis Khan, Carlos I, Napoleón... pero tan por debajo, tan humanos, tan alejados del triunfo completo y total, de la consecución de una obra que siglos después permanezca clara y diáfana, tangible. Tan sólo el macedonio y el romano consiguieron transformar el mundo, tan sólo ellos le dieron la vuelta a la Historia, tan sólo ellos dejaron a su muerte una realidad que ya nada tenía que ver con el que habían encontrado. Ambos murieron militarmente invictos, su herencia militar es la más grandiosa jamás legada, sus conquistas, su estrategia, su táctica jamás ha sido ni será sino copiada y recopiada. Pero ambos son mucho más que un compendio de batallas y territorios conquistados, ambos dejaron una herencia sobrecogedora que ha servido para construir nuestro mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

Alejandro Magno, el único hombre de toda la Historia que merece ese sobrenombre, es mucho más que un conquistador, que un guerrero. Alejandro fue el primer hombre en darse cuenta de la importancia de la cultura como factor de civilización, y su sueño fue utilizar esa cultura, la griega, para cimentar un Imperio Universal cuyo motor fuera cultural por encima de todo. Sencillamente genial. Alejandro sacó la cultura griega del ágora de Atenas y la llevó hasta el Indo, a golpe de espada, la única manera de hacerlo en el siglo IV aC, venciendo militarmente a todos los pueblos que encontró a su paso, pero siempre respetando su cultura para integrarla, para sumarla, para engrandecer así su sueño. Alejandro es el último nexo con la época heroica de Homero, con ese mundo fantástico construido a base de esfuerzos individuales. Alejandro es la encarnación absoluta de la potencia humana puesta al servicio de la creación, del progreso, del ir más allá, del cruzar todos los límites y barreras. Ése es Alejandro Magno.

Julio César nació en una Roma vuelta sobre sí misma, asfixiada en su propia soberbia. Sólo él podía tomar sobre sus hombros la herencia del macedonio y llevarla al triunfo, a su culminación. Siempre estadista por encima de soldado, César se impregnó del sueño de Alejandro, lo adaptó a su época y lo convirtió en una realidad. El Imperio Romano, el primer Imperio Universal, de ciudadanos italianos, españoles, británicos, galos o egipcios es obra de César. De un César capaz de conquistar el mundo con un puñado de legionarios, pero también de legislar un cuerpo jurídico sorprendentemente abierto a las necesidades y anhelos de los hombres que vivían en ese mundo. César es la encarnación de la ambición puesta al servicio del progreso, de la igualdad entre hombres de distintos pueblos al que él quiso unir para construir juntos un sueño. Ése es Julio César.

Y este es el elogio que un romano de hoy hace del Macedonio y un macedonio de hoy del Romano.

 

EL MAGNO

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 Por José I. Lago

Muchos hombres se han autotitulado "grandes", pero sólo Alejandro es "el Magno". El Grande. Y no fue él quien se llamó así, sino los que después de él admiraron su grandeza durante milenios. Alejandro y César son dos almas gemelas como bien lo describió Plutarco en sus Vidas Paralelas. Alejandro es el inicio, el Prometeo que enseña el camino a los que habrán de venir después. Pero Alejandro no le robó el fuego a los dioses: les robó su propia deidad convirtiendo lo humano en divino.

Alejandro Magno, hijo de Filipo de Macedonia, nació genio. Estaba tan por encima de las de los demás que tan sólo Aristóteles "la Inteligencia" pudo enseñarle a razonar usando esa Lógica que el filósofo había inventado. Nadie mejor que el joven príncipe para probar la bondad de aquel método fabuloso, para probarlo no en el ágora, sino en un campo de batalla. A pesar de tener a Aristóteles, a Alejandro siempre le faltó algo fundamental: una madre. La que el destino le dio no estuvo a la altura. A César la Fortuna le sonrió. Aurelia le sirvió de confidente, de apoyo, de revulsivo. Alejandro creció sin ese complemento esencial, y la memoria de su madre acabó pasándole factura duramente los últimos momentos de su vida. Una vida que había ido más allá de lo meramente humano. Como a Ícaro, a Alejandro se le fundieron las alas, pero aún sin ellas su impulso le permitió continuar volando hacia el Sol hasta que entró en él.

Alejandro es la personificación del afán que ha movido a los hombres hasta pisar la Luna: ir más allá de lo que dictaban las meras normas geográficas o físicas. Más allá de lo puramente militar, más allá de la conquista, de la guerra, el macedonio encarna por vez primera en la Historia valores que en principio serán individuales para siglos después convertirse en colectivos. Hoy una obra como la de Alejandro o César es inconcebible a cargo de una sola persona, pero en aquella época en la que todo estaba por hacer sólo hombres con sangre divina podían realizar tales proezas. Si los hombres inventamos a los dioses de Homero inventamos también a Alejandro y a César. Cada uno con sus defectos y virtudes. Alejandro tuvo ambas y ambas resultan igual de fascinantes.

Cometió un crimen, pero no fue cruel. Jamás se regocijó en el sufrimiento y la desgracia, si no que siempre actuó con una caballerosidad de la que César hizo su ley. Venció a naciones pero no las esclavizó, respetó sus costumbres y trató de integrarlas en su sueño que era el de todos. Alejandro es el primer hombre de la Historia que hizo de lo universal una idea, y un acto. Lo inventó y lo puso en práctica. Sus apoteósicas campañas militares siempre ciegan al que le estudia, fue más que un general victorioso, mucho más. Murió demasiado joven y su sueño se desintegró porque sus sucesores no fueron más que hombres, y habría de aguardar ese sueño dormido más de tres siglos para verse hecho realidad, no donde él penso que se haría, sino más al oeste, pero con la misma base, la cultura griega que él sacó de la península griega para expandirla por medio mundo.

Alejandro, a quien no pocos griegos consideraban "bárbaro", demostró una caballerosidad como ningún general griego había mostrado antes. Esa cultura que para los griegos era una bandera, en sus manos se convirtió en el más poderoso instrumento, más aún que su falange de invencibles soldados. Con él, gracias a él, la filosofía, el arte, la literatura, se convertirán no en disciplinas académicas, sino en instrumentos de progreso que llevarán a la Humanidad a cotas jamás alcanzadas. Alejandro fue la potencia unificadora que puso en marcha todas aquellas fuerzas que hasta entonces habían permanecido dormidas, y el eco de su sueño llegó claro hasta un patricio romano que recogió su legado, un legado que Alejandro dejó cuando Roma apenas era una aldea de adobe y que la habría de convertir en una urbe de mármol en el que se reflejaba esa cultura transmitida pacientemente durante siglos y ahora ya adueñada de todo un imperio. Un Imperio realmente Universal.

El ideario universal de César tiene una base en Alejandro, que fue el primero en promover esa idea inconcebible de la igualdad de todos los pueblos. Si Balbo llegó a ser cónsul y Trajano emperador fue gracias a ese ideal que colocaba a unos y a otros no como dominadores, sino como iguales. Si Alejandro se empeñó en que sus generales se casaran con mujeres persas fue para fusionar ambas culturas extrayendo lo mejor de cada una y poniéndola al servicio de la otra. Su gesta fue cruzar un río, uno el Gránico, otro el Rubicón, ambos movidos de ambición, de espíritu de superación, de ir más allá. Cruzando esos ríos es como la Humanidad ha conseguido salir de las cuevas y se encamina ahora hacia Marte en una carrera que comenzó una mañana un joven rey de Macedonia. Felipe II, en el cenit del poder español en el siglo XVI, cuando ni siquiera el Sol hacía sombra a su imperio, se descubría e inclinaba cada vez que pasaba ante el retrato de Fernando V mientras decía "A él se lo debemos todo".

La Humanidad se descubre e inclina ante este rey cuya sangre se remonta a Aquiles. Verdaderamente a él se lo debemos todo.

 

PRO CAESAR

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 Por Joaquín Acosta

Para un admirador de Alejandro Magno, es casi inevitable ver el desarrollo de la historia como la evolución de lo que algún autor calificó como la imitatio alexandri. Desde Demetrio Poliorcetes hasta Napoleón Bonaparte, los señores de su tiempo fueron tras la estela del macedonio, inmortal astro de la historia, tratando de igualarlo, pero como Plutarco mismo anotó (con perfecta visión de profeta) a lo sumo estos poderosos sólo alcanzaron a adoptar la famosa inclinación del cuello, y el gusto por ser representados por los mejores artistas de su tiempo. 

Cuántos hombres hicieron realidad lo imposible, asombrando al mundo y señalando el camino por el que la humanidad habría de transitar? Cuantos míseros mortales han dejado una huella tan profunda como indeleble en la historia? ¿Cuántos protagonistas de la historia han superado a las mentes más sabias del mundo, y han legado senderos de progreso para la humanidad, al tiempo que contemplaron al planeta desde la palma de su mano? ¿Quién como Alejandro? 

La mejor manera de honrar al maestro, es superándolo. Pero para asumir este reto tan impresionante, se necesita una dosis de genio y grandeza si no iguales, al menos sí muy similares. Lo mínimo, es atreverse a creer que dicha hazaña es factible. Y Cayo Julio César cumplió con creces éste y el resto de requisitos. ¿Cómo fue posible? 

Las circunstancias que rodearon a Alejandro fueron tan parecidas a las de César, como el Partenón es en relación con El Escorial. César no comandó un ejército a los 16 años, ni encabezó la maniobra táctica que cambió el curso de Europa cuando era un joven de 18, ni inició su inmortal gesta a la edad de 21, mucho menos cambió el rumbo de la historia a los 25. Bien podría pensarse con Plutarco, que al compararse con el macedonio, el gran romano debería derrarmar amargo llanto. 

Sin embargo, es igualmente justo recordar que César no fue hijo del hombre más poderoso de Italia, ni fue alumno de Aristóteles, ni fue macedonio. Fue un romano. Al principio, su familia fue más motivo de desgracia que de fortuna. Miembro de un linaje impecable, pero con un futuro más bien poco prometedor, al pertenecer al bando derrotado: Mientras Alejandro se paseaba con el gran Aristóteles en Mieza, César huía, proscrito por el temible Sila. Mientras Alejandro cabalgaba a la diestra del gran Filipo, y se codeaba con los más ilustres artistas e intelectuales de su tiempo, el romano era raptado por los piratas. Cuánto delirio por parte de quien profetizara que aquel romano epiléptico, extravagante aristócrata arruinado, ejecutaría una gesta que rivalizaría con la del macedonio... 

Y sin embargo, César deliraba. No sólo deliraba, sino igualmente estudiaba magistralmente las circunstancias que le rodeaban. Así, César encontró en el propio César el maestro que Alejandro tuviera en Aristóteles. El romano también tuvo su Filipo espiritual: la gran Aurelia. Pero a diferencia del macedonio, la madre de César sólo pudo legarle buenos consejos, y un imborrable ejemplo de gallardía y dignidad. El ejército y generales de primer orden, habría de obtenerlos de otra manera. Como la experiencia militar. 

Si Alejandro dio sus primeros pasos de guerrero salvando la vida del propio Filipo, César tuvo su bautismo de sangre salvando la vida de un conmilitón, obteniendo merecidamente la honrosísima corona cívica, ganándose a golpes de espada lo que su arruinado bolsillo no le pudo proporcionar: el imprescindible ingreso al Senado romano. Si Alejandro derrotó un ejército antes de que le saliera la barba, César capturó a los piratas que le secuestraron, restableciendo así su dignitas, y demostrando que él también, aunque joven, era igualmente un prometedor capitán. Si el oráculo de Amón vaticinó la grandeza de Alejandro, Sila profetizó que César sería mucho más grande que Mario. El romano no sólo soñaba. También seducía a la fortuna mediante un admirable despliegue de tenacidad, fe y genio. 

Pero a diferencia de Alejandro, las precoces hazañas de César no fueron contempladas por Parmenión ni por Antípatro. Sin embargo, César no se amilanó. Persistió y exhibió su inmortal genio no sólo en el campo de batalla, sino también en donde su astucia, aguzada por la necesidad, se lo indicara: el foro, plaza en donde obtuvo la atención de los hombres del momento: Craso y Pompeyo. Su histórica evolución como hijo de su tiempo, en una época en que los avances sociales se arrojaron por la borda, fue impecable: su cursus honorum, su carrera del honor fue perfecta, todas las magistraturas las obtuvo in suo anno, al tiempo que desafiaba los consejos más prudentes y lógicos, los cuales le sugerían que negara su realidad individual, y disimulara sus relaciones de parentesco con los populares, puesto que de lo contrario su precaria situación política se iría por el caño. 

Pero al igual que Alejandro, César se negó a obtener su sitial histórico mediante la humillación y el arribismo. De esta manera, logró que la principal causal de su desgracia se convirtiera en su mayor ventaja, verdadera magia del ser humano genial. Se enorgulleció de quién era, de lo que era, y con coraje y valor lo reconoció ante amigos y enemigos, siempre leal a sus principios, y conquistando así la admiración del pueblo y los sectores progresistas, y el temor y envidia de los poderosos. Y análogamente, fueron estas mafias clasistas quienes iniciaron la leyenda negra de este héroe de la historia. Pero ni siquiera los más grotescos libelos difamatorios han podido empañar la gloria de la grandeza, ante los ojos críticos e implacables de la historiografía contemporánea.

Como los más grandes, César derrotó a sus enemigos en todos los campos de batalla planteados, no sólo en la guerra, sino también en el foro y la academia, legando una obra literaria comparable a sus inmortales hazañas militares: Alesia rivaliza con Tiro, y Farsalia mira a los ojos a Issos. César no sólo fue un gran hombre, sino igualmente una verdadera mente universal: guerrero, estadista, orador, literato, jurista, historiador, arquitecto... un verdadero humanista. Aristóteles bien se sentiría orgulloso de semejante alumno, que en perjuicio de un gran maestro, se convirtió en un gran autodidacta. La personalidad y obra de César da para llamar la atención de todas las exigencias y gustos.

Cayo Julio César simplemente hizo realidad proyectos tachados de utopías, demeritados por voces envidiosas, que juzgan con principios más propios de ángeles que de humanos con carne y hueso. Un hombre que se crió en un mundo sanguinario, pero que le ofreció a su tiempo un paréntesis en donde se invitó a la reconciliación y a la concordia. César no fue un santo, pero tampoco sus circunstancias le situaban en el Demiurgo. En pleno siglo XXI, en donde los ideales trazados son muy superiores a los de la Roma del I antes de Cristo, ningún líder mundial ha podido hacer realidad proyectos que hoy son tachados de utopías. De hecho, ningún líder mundial ha podido acercarse siquiera a la obra truncada por el puñal asesino. Alejandro fue único, pero César también. La mejor forma de honrar al maestro es superándolo, y César enseñó que se puede rivalizar con Alejandro, pese a no tener las mismas circunstancias. Alejandro cruzó el Indo, y César el Rin y el canal de la Mancha. Nadie mejor que César, porque nadie como César entendió y valoró a Alejandro. Nosotros, con mayores ventajas que las que el mundo ofreció a César, por mero pundonor deberíamos honrar al gran romano superándolo. El mundo espera que volvamos a cruzar el Rubicón, y ampliemos la ciudadanía, acabando con la guerra mediante un apoteósico triunfo.

 

Copyright por Joaquín Acosta y José I. Lago 2002.

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