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.4.- Los godos y el Imperio Romano. Adrinópolis.

Pero los godos eran imprescindibles para la seguridad del “limes” danubiano, y así, Constantino el Grande los convirtió en federados del Imperio el año 332. En ese punto de la historia, los godos eran un pueblo semibárbaro, si se les compara con otros vecinos como sármatas y alanos: estaban asentados, habían comenzado a aceptar la prédica cristiana (en la versión arriana)... Quizá Constantino y sus ministros consideraron un precio razonable pagar a los godos por proteger la frontera danubiana, en lugar de protegerla el Estado romano. 

Pero como un César, un Trajano, un Marco Aurelio, hubieran comprendido de inmediato, los subsidios eran vistos por los godos, correctamente, como lo que eran: una prueba de la debilidad del Imperio, de la impotencia del Imperio para mantenerlos fuera de sus fronteras. En lo sucesivo, si querían más oro, los godos sólo tenían que cruzar el río, saquear un par de pueblos y renegociar al alza los subsidios recibidos del Imperio. Oro que, por cierto, cada vez escaseaba más en el Imperio. 

Aplicando la lección, los godos cruzaron el Danubio en 348 para reclamar su soborno, perdón, quiero decir sus subsidios (que el Imperio había interrumpido con la excusa de que los godos habían atacado a los sármatas), derrotando después a un contingente de tropas imperiales. El emperador Constancio tuvo que pactar con ellos. No obstante, en 370 fueron derrotados por Valente en la guerra que éste libró contra un rebelde que pretendía su trono porque cometieron el error de aliarse con el bando perdedor. En ese momento volvieron a perder sus subsidios. 

La situación estaba más que clara: si quieres oro, amenaza al Imperio; si quieres que te paguen, derrótalos. Esto hubiera acabado en buena lógica con una guerra a muerte entre godos e imperiales a partir del momento en que el Imperio ya no pudiera pagar más o a partir del momento en que los godos no quisieran mantener el feudo. 

Pero la situación se precipitó cuando los hunos arremetieron contra la retaguardia de los godos, los derrotaron, y los godos corrieron a pedir auxilio al Imperio (¿no eran federados suyos, después de todo?). El emperador Valente, con gesto magnánimo, les permitió cruzar el Danubio en 376 y asentarse en Tracia. Con ello Valente había metido al enemigo en casa y además había desguarnecido la frontera danubiana, que al Norte, carecía ya de toda defensa. 

Los godos que cruzaron el Danubio fueron los que vivían en la Dacia, es decir, los visigodos, más algunos primos suyos ostrogodos que habían cruzado el Dniester empujados por los hunos. El resto de los ostrogodos tuvo que rendir vasallaje a los hunos. Más difícil es precisar el número de godos que cruzaron el río. Si se calcula una media de 5 miembros por familia, el número de 200.000 guerreros más sus familias se antoja exagerado. Quizá 200.000 godos en total, con una estimación máxima de unos 300.000, incluyendo no combatientes, estaría más cerca de la realidad, con un número de guerreros que oscilaría entre 40 y 100.000, dependiendo de si los campesinos-soldados tomaban las armas o no. 

Bueno, y a todo esto ¿dónde están los subsidios en oro? Los godos querían su oro aunque ahora estuvieran al otro lado del Danubio. Los imperiales tenían otro punto de vista. Si no había defensa del “limes” no había oro. 

Y en buena lógica, los godos hicieron lo que cabía esperar, recorrer Tracia, Mesia y el resto de los Balcanes saqueando y pillando. 

El emperador Valente se asustó lo bastante (no por los saqueos, ojo, sino porque los godos amenazaban su espléndida capital, Constantinopla) como para enviar contra ellos un ejército al frente del cual se puso él mismo. Además, pidió ayuda al emperador de Occidente, que era su sobrino Graciano. 

Sin embargo, Valente decidió no esperar a su sobrino, quizá para llevarse él todo el mérito, y atacó a los godos, que mientras él avanzaba habían intentado tomar Adrinópolis. Las fuerzas de Valente se elevaban a unos 50-60.000 soldados, bien entrenados y encuadrados, aunque algo inferiores en caballería. Sin embargo, era una fuerza impresionante. 

Ambos ejércitos chocaron. Corría el año 378 d.C. El relato de la batalla de Adrinópolis se cuenta en otra parte de la web del mestre José I. Lago, y por ello no será relatada de nuevo. Para nuestro relato es suficiente saber que tras la derrota imperial los godos se hicieron los amos y señores de los Balcanes. Sólo su inexperiencia en el arte de los asedios impidió que las grandes ciudades, y entre ellas Constantinopla, cayeran en sus manos.

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