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5.- Los godos y el Imperio Romano. Roma.

En Occidente reinaba un nuevo emperador, el español Teodosio, veterano y experimentado militar que no iba a consentir que los godos fueran los amos de los Balcanes. En consecuencia entre 378 y 382 guerreó contra ellos hasta lograr su derrota y sumisión. Teodosio renovó el feudo y por él los godos recibieron tierras en Tracia y Mesia, provincias que ellos mismos habían despoblado y arruinado. 

El feudo trajo la paz, y la paz duró mientras Teodosio vivió, porque Teodosio (y los godos) comprendió lo que Valente no fue capaz, que sólo la mano dura podía mantener quietos a los godos y hacerlos respetar el feudo con el Imperio. 

Pero Teodosio murió y como consecuencia inmediata los godos reanudaron sus correrías sin que nadie se lo impidiera. Tras agotar los recursos de Tracia y Mesia se desplazaron hacia Grecia, en la que se asentaron... de momento. Corría el año 390. 

El regente del Imperio de Oriente, Rufino [1], un ostrogodo que había llegado a ser el tutor del legítimo emperador y hombre fuerte del Estado, le propuso en 401 un pacto a Alarico, rey de los godos. Le nombraría “magíster militum” de Iliria y le daría tierra allí a cambio de su abandono de Grecia y la paz con el Imperio. Con semejante nombramiento, Rufino reconocía una vez más la debilidad del Imperio, que ahora se agravaba un grado más puesto que darle a Alarico ese nombramiento significaba reconocerle como amo absoluto de Iliria, sin subordinación al Imperio mas que a través de un pacto (pacto que los godos y Rufino con ellos ya sabían lo que duraban). Sin embargo, la jugada era astuta porque Iliria era una provincia fronteriza con el Imperio de Occidente que normalmente pertenecía a éste, pero que por los tumultos habidos tras la muerte de Teodosio estaba en poder del Imperio de Oriente. De ese modo Rufino le traspasaba el problema de los godos al emperador de Occidente, Honorio, hijo de Teodosio. 

Y en efecto, esta tarea de pasar la patata caliente le salió de perlas a Rufino porque una vez que los godos vieron que Iliria era una tierra más agreste y pobre que la que habían dejado, imposibilitados de dar la vuelta, planearon invadir Italia para pasar a la Galia. Los godos pasaron a ocupar el Norte de Italia (aquella Galia Cisalpina que en otro tiempo gobernara César), y ya no como amigos. Sin embargo sus planes de invasión fracasaron tras ser derrotados por Estilicón, un general vándalo que era el regente de Honorio, emperador de Occidente. Tras derrotar a los godos Estilicón les propuso un nuevo pacto: Alarico mantendría su título de “magíster militum” de Iliria y tendría oro. 

Los godos aceptaron (qué remedio les quedaba), pero Alarico no volvió a Iliria, y sus guerreros se quedaron donde estaban, porque el godo, que no era tonto, comprendió que el pacto sólo tendría validez mientras Estilicón fuera lo bastante fuerte como para sostenerlo. Alarico podía esperar. 

Estilicón hacía lo que podía por mantener la dignidad imperial, y por ello su plan a largo plazo era atacar y acabar con los godos, pero mientras tanto otros bárbaros invadieron en Norte de Italia, y ya para acabarlo todo, Estilicón desapareció de la escena en 407 para atender unas gravísimas noticias que le llegaron del “limes” del Rin: una coalición de suevos, vándalos y alanos había cruzado el río la Nochevieja de 406 y derrotado a los francos, otro pueblo germano federado al Imperio y que era responsable de la seguridad del Rin. 

Con Estilicón fuera del juego, Alarico reanudó sus correrías por el Norte de Italia, poniendo cerco a Milán (la que no llegó a tomar), llegando a las cercanías de la capital de Honorio, Rávena (ciudad rodeada de pantanos y bien abastecida desde un puerto inexpugnable... para los godos, que no tenían flota), e incluso amenazando Roma. 

La reacción de Honorio fue digna de un emperador de aquellos tiempos. No hizo nada. Él vivía feliz en Rávena dedicado a labores... digamos lúdicas, con su corte de efebos. Peor aún, fue lo bastante idiota como para dejarse enredar en una conspiración palaciega, llamar de vuelta a Estilicón y asesinarle en el año 408. 

Parte de las tropas de Estilicón se unieron a Alarico. Estas tropas no eran romanas, sino que estaban formadas por bárbaros: hunos, godos, alanos... y en consecuencia no se sentían vinculadas con el Imperio mas que a través de la fidelidad de su general. Pero su general ya estaba muerto y en consecuencia se buscaron un nuevo patrón. 

Con estos refuerzos Alarico asoló la mitad septentrional de Italia sin impedimentos, hasta llegar al fatídico día del 24 de Agosto de 410 en que saqueó con sus tropas Roma. Lo que Aníbal no fue capaz de hacer, lo que Atila no conseguiría, lo había logrado Alarico con la complicidad de un emperador rastrero e incompetente y de un puñado de patricios romanos que no tuvieron reparos en abrir las puertas de Roma a los godos a cambio de que sus propiedades no fueran tocadas.



[1] La degeneración de ambos Imperios puede verse con claridad en el hecho de que el gran Teodosio dejara a dos bárbaros como regentes de sus hijos, los emperadores de Occidente y Oriente. Sin embargo, Teodosio fue listo, porque Rufino y Estilicón defendieron los intereses de sus señores con una lealtad que ningún patricio romano hubiera prestado.

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