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6.- Los godos y el Imperio Romano. De Italia a la Galia.
Saqueada Roma, los godos ponen rumbo al
Sur, con la vaga idea de embarcar para Cartago y las ricas provincias agrícolas del Norte
de África. Tarea difícil ya que los godos desconocían el arte de navegar. Como fuera,
la muerte de Alarico en 411 paraliza estos planes, y entonces los godos, guiados ahora por
Ataúlfo, invierten su marcha y se dirigen al Norte de Italia para luego marchar a la
Galia. Saqueando por el camino, eso sí.
Aquí hacemos una digresión para hablar
(no por última vez) de Gala Placidia, hermanastra del emperador Honorio y rehén de los
godos desde el saqueo de Roma.
Esta dama debió influir mucho en la corte
goda, porque los godos pasaron de ser el mayor problema de orden público del Imperio de
Occidente a unos fieles aliados que, si bien nunca dejaron de mirar por su beneficio, en
lo sucesivo serían uno de los apoyos más firmes del trono en las Galias y en Hispania.
No me creo que Gala Placidia hiciera esto por amor a su hermano, ni por amor a Roma.
Aunque no es algo más allá de toda duda, casi con seguridad lo que trató de hacer fue
elevar al trono de Occidente a su descendencia con el apoyo de la fuerza militar goda. Y
para llevar a cabo tal deseo necesita dos cosas: que los godos acepten apoyar el trono
imperial, y que los godos acepten vivir conforme a un marco legal (que diríamos hoy)
estable. El discurso que Paulo Orosio pone en boca de Ataúlfo durante su boda no puede
provenir sino de las maniobras de Gala Placidia. De lo contrario, no se entiende que el
cuñado del difunto Alarico de repente comienza a cantar loas al Imperio y a la ley
romana. ¡Con la cantidad de veces que la había quebrantado!
Por supuesto, a cambio de este apoyo godo
al Imperio no quedaba más remedio que reconocer el dominio godo sobre Provenza,
legalizando su posesión.
Como paso previo, el emperador Honorio
usó a Ataúlfo para restablecer su autoridad en la Galia, donde, desde 407, se sucedían
emperadores a una velocidad de vértigo, apoyados unos por pueblos bárbaros,
otros por la aristocracia galorromana, en unas relaciones de poder que cambiaban de mes en
mes. La Galia en aquella época era un Rick´s
Café Americain en el que se mezclaban vándalos, suevos, alanos, francos,
burgundios, godos, hunos... que estaban en guerra unos con otros, cambiando de bando cada
poco tiempo y apoyando como emperador a marionetas que les pudieran hacer el
juego.
Ataúlfo cumplió bien su obligación,
barriendo de enemigos de Honorio la Galia y sometiendo (más o menos) a los demás pueblos
bárbaros a su autoridad. A cambio, Ataúlfo asienta a su pueblo en la Provenza, ocupando
Narbona, Toulouse y hasta Burdeos, aunque no puede tomar Marsella. Con estos dominios
Ataúlfo se ha convertido en amo y señor del Imperio de Occidente. Basta echar un vistazo
al mapa para ver que los godos se asentaron justo donde cortaban las comunicaciones
terrestres entre Italia y la Galia, y entre Italia e Hispania.
Ataúlfo fija su capital en Narbona, y
allí mismo, en 414, se casa con Gala Placidia.
No se sabe con absoluta certeza si el
feudo con los visigodos fue renovado antes o después de esta boda. Las negociaciones se
iniciaron antes porque Honorio exigía la devolución de su hermana, cosa que no tendría
sentido de otro modo, pero parece que la ratificación del acuerdo debió ser posterior a
la boda.
Éste es el primer jalón en la
creación del Reino godo de Tolosa. Con el asentamiento en Provenza y posterior feudo los
visigodos tienen una base territorial sobre la que asentar su señorío. De ahí a poco
(de hecho, lo dirán los hijos de Teodorico I) los godos dirán que aquellos trozos de la
Galia en que se asientan es su patria, su tierra paterna. Casi
simultáneamente al feudo comienzan a aparecer en la corte visigoda condes, secretarios, y
otros funcionarios menores, que actúan al servicio de los godos en la administración de
las tierras que habitan. Dicho de otro modo, los visigodos comenzarán a usar para su
propio provecho y gobierno el aparato estatal del Imperio, lo que configura el segundo
jalón del Reino de Tolosa.
Poco después de restablecido el feudo, y
en uso del mismo, Honorio usa a los godos para imponer orden en Hispania. En 415 los
visigodos entran por primera vez en territorio peninsular como mandados del poder
imperial. Y en ese papel limpian la Tarraconense de oponentes, destacando además
guarniciones godas en Barcelona y Tarragona.
Poco le dura su triunfo a Ataúlfo. En 415 es asesinado en Barcelona por un cliente de Sarus, un godo que primero fue aliado de Honorio, luego su enemigo, y con el que acabó Ataúlfo. Se hace con el poder de los godos un tal Sigerico, al que asesinan también al poco, haciéndose con el poder Valia, de la familia de Ataúlfo. Esta riña a puñaladas marca el comienzo del morbus gothorum, el regicidio, que era la manera más usual que tenían los visigodos para discutir los asuntos sucesorios. Andando los siglos, el morbus gothorum acabaría, para siempre, con el reino visigodo y también con el propio pueblo visigodo.