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7.- Suevos, alanos y vándalos.
He hablado de estos tres pueblos de pasada
al referirme a su cruce del Rhin en el 406. Conviene hacer una digresión para hablar con
más detalles de estos tres pueblos porque su historia va pareja con la de la propia
Hispania.
Los suevos eran un pueblo indoeuropeo, de
la familia germánica. El origen geográfico de los suevos no está demasiado claro.
Parece que estaban asentados en la costa del Báltico cuando la migración de godos y
otros pueblos los empujó al Sur, estableciéndose a finales del siglo I d.C. en el alto
Danubio. Allí son citados por primera vez por los historiadores romanos como uno de los
pueblos germánicos contra los que luchó Marco Aurelio. Los suevos no eran un pueblo
seminómada, como los godos, sino que eran agricultores y, cuando entran en la historia
romana, estaban completamente sedentarizados. Sin embargo, la irrupción de los hunos a
finales del siglo IV los empuja hacia el curso alto del Rhin, donde, coaligados con alanos
y vándalos, intentarán varias veces el cruce del río, siendo rechazados por las tropas
de frontera y por los francos al servicio del Imperio, hasta la Nochevieja de 406 en que
lograrán el cruce sobre el curso del río congelado.
Los vándalos eran otro pueblo indoeuropeo
de familia germánica. Se cree que habitaban las regiones ribereñas del Báltico (en las
actuales Alemania y Polonia) hasta que la llegada de los godos los obligó a desplazarse
hacia el Sur, un poco actuando como vanguardia de los godos, hasta asentarse en las
riberas del Mar Negro, siendo por tanto vecinos y en ocasiones aliados de los godos. Los
ataques hunos que destruyeron el reino ostrogodo movieron a los vándalos hacia el Oeste,
saltando del valle del Dniester al valle medio del Danubio, donde se encontraron con los
suevos ya en movimiento, y con ellos siguieron avanzando hasta el curso alto del
Rhin.
Los alanos eran un pueblo también
indoeuropeo pero de familia irania. Por tanto, de lengua distinta a la de suevos y
vándalos. Se cree que los alanos eran primos de los hunos. Su origen no está claro. Unos
apuntan a las estepas de Centroasia, mientras otros los hacen proceder del Norte del
Irán. Se trataba de un pueblo nómada en el más amplio sentido de la palabra, y además
sometidos s la presión de los hunos, lo que motivó que se desplazaran hacia el Oeste,
hasta llegar a las costas y estepas de lo que hoy es Ucrania, donde formaron alrededor del
siglo III un reino que abarcaba buena parte de lo que hoy es esta nación. En
consecuencia, los godos se los encontraron allí cuando se asentaron en su vecindad. Las
relaciones entre ambos pueblos, aunque no se les puede calificar de amistosas, tampoco
parecen que estuvieran marcadas por el odio que más tarde sentirían los godos por los
hunos. De los alanos los godos aprendieron el uso de la caballería, los estribos, los
arqueros a caballo y parte de las artes metalúrgicas que practicaban. Por tanto el
contacto entre ambos pueblos debió ser fructífero, especialmente por parte goda. Con los
ostrogodos, los alanos trataron de resistir el empuje de los hunos, pero al ser derrotados
marcharon hacia el Oeste siguiendo más o menos la ruta que antes siguieron los vándalos
hasta llegar al limes romano situado en el Rhin.
Explicados los orígenes de estos pueblos
se puede comprender que su alianza era algo provisional. Los suevos, pueblo sedentario,
buscaban tierras y estabilidad. Alanos y vándalos, seminómadas, buscaban botín.
Como ya se ha dicho, estos tres pueblos
cruzaron el Rhin la Nochevieja del 406, derrotaron a los francos defensores del limes
occidental, y entraron en las Galias. ¿Cuántos eran? No es fácil saberlo. Las
estimaciones oscilan entre 100.000 y 500.000 personas. La última cifra es exagerada,
mientras que la primera es escasa si se tiene en cuenta que, después de perder rezagados
en la Galia [1], su
número seguía siendo lo bastante numerosos como para poblar parcialmente tres
provincias. Quizá la cifra de 300.000 personas, de los cuales unos 80-100.000 serían
guerreros, es una estimación aceptable. De esta cifra el mayor contingente correspondía
a los suevos.
La coalición bárbara cruzó las Galias
con rapidez, dejando una estela de pánico y saqueos detrás. Amagaron con asentarse en
Bretaña, pero la resistencia de la población local les hizo desistir. A finales del
Verano o principios del Otoño de 409 se plantaron frente a la vertiente atlántica de los
Pirineos, prácticamente desguarnecidos, y los cruzaron en un amplio frente que iba de
Roncesvalles a Somport. Habían entrado en Hispania.
La entrada de estos bárbaros en la
Península causó un efecto secundario de un alcance inimaginable para ellos. Las comarcas
altas del Ebro, y las situadas más al norte, para entendernos, lo que hoy es La Rioja, la
Baja Navarra, Álava, con parte de las actuales provincias de Burgos y Cantabria, eran de
las más pobres de la Hispania romana, aunque bastante menos que las zonas aún más
norteñas (lo que hoy son las provincias de Cantabria, Vizcaya y Guipúzcoa). La entrada
de los germanos empujó a masas de población hacia el Norte y el Oeste desde las comarcas
mencionadas en primer lugar. Entre ellos a los vascones que hasta entonces habían vivido
al Sur del Ebro. Esta masa de gente se volcó sobre unas tierras ya de por sí pobres y
azotadas además por revueltas (más antiseñoriales que antirromanas) desde finales del
siglo III. Con lo cual se creó una situación explosiva. Los habitantes de estas tierras
no tenían muchas más alternativas que dedicarse al pillaje y al saqueo. Se formaron
bandas de bagaudas, gente pobre que no tenía nada que perder y que sólo
subsistía de lo que saqueaba. Por contagio se alzaron bandas de cántabros y astures
(pueblos ambos poco romanizados [2]) que se unieron a la revuelta
bagauda. Los bagaudas pronto fueron un problema serio para el
orden público en las mitades Norte de las provincias Tarraconense y Cartaginense. Sin
fuerzas militares para contrarrestar la amenaza, el Imperio vio como en las comarcas
indicadas la autoridad imperial o simplemente provincial se esfumaba.
Ajenos de momento a lo que habían
provocado, los bárbaros deambularon sin rumbo fijo por Hispania, saqueando a su paso, y
sobre todo, creando en la hasta entonces tranquila Hispania un pánico tremendo.
Aprovechando la confusión, un tal Máximo se proclamó emperador en Tarragona, aumentando
el alboroto en Hispania. Ésta era, a grandes rasgos la situación en Hispania cuando
Honorio decidió, con la ayuda de los soldados visigodos, poner un poco de orden.
El Imperio ofreció a los bárbaros en 411
un pacto: aceptarían la condición de federados y a cambio recibirían tierras en
Hispania. El trato fue aceptado. Los suevos se establecieron en la provincia Gallaecia,
entre el Miño y el Duero. Los vándalos asdingos en las tierras situadas entre Lugo y
Astorga. Los vándalos silingos en el Occidente de la provincia Bética, entre el Guadiana
y el Guadalquivir. Los alanos en las tierras comprendidas entre Ávila, Salamanca,
Plasencia y Toledo. Es de destacar que en ningún caso los bárbaros ocuparon o habitaron
las ciudades romanas de estas comarcas.
Sin embargo, mientras los suevos buscaban
tierra y al obtenerla se quedaron tranquilos, para vándalos y alanos el feudo no
significaba la paz. Los asdingos comenzaron una guerra con los suevos que acabó con su
propia derrota, por lo que migraron al Sur junto a sus primos silingos. Llegados allí,
los vándalos ahora reunidos nombraron un antiemperador, obligando a intervenir al
Imperio. Las tropas imperiales fueron derrotadas (422), lo que, aparte de otras
consecuencias, abrió a los vándalos la posibilidad de ocupar los puertos de la Bética,
desde los cuales se dedicaron a ejercer piratería contra el Levante hispano, las islas
Baleares, y el África romana. Esto último era gravísimo para el Imperio, pues ponía en
peligro el suministro de grano a Roma e Italia. Ya de paso, los vándalos saquearon a
conciencia Sevilla, Cartagena y otras localidades.
Curiosamente, no por ello perdieron la
condición de federados, y por ello organizaron una campaña contra los suevos, que
amenazaban Mérida, pero al morir el jefe de los suevos cesó la amenaza y no hubo
campaña.
En la Primavera de 429 los vándalos,
mejor dicho, su rey Genserico, decidieron embarcar para África con el fin de hacerse con
las mejores zonas agrícolas del Imperio. Por increíble que pareciera, dado que nadie se
les oponía, lograron barcos con los cuales lograron cruzar el Estrecho, llegando a
Tánger y Ceuta [3]. Luego
se desplazaron al Este, haciéndose (después varios años de lucha) con el control del
África romana y controlando por tanto las fuentes de producción de la mayor región
cerealera del Imperio, que en lo sucesivo tuvo que comprar el grano a los vándalos,
además de soportar sus razzias piratas en el Mediterráneo Occidental.
En Hispania el terreno queda despejado
para que los suevos sean el poder predominante. Los suevos estaban más asentados que
vándalos y alanos, pero no por ello eran menos bárbaros (culturalmente hablando) y en
consecuencia, no desaprovecharon la oportunidad de expandir su reino, ocupando primero las
comarcas abandonadas por los asdingos (422), luego la mitad norte de la Gallaecia
(428-438), para luego saltar al valle del Tajo y posteriormente al del Guadiana,
estableciendo guarniciones tan al Sur como Lisboa y Mérida (439). Contaban con dos puntos
fuertes para esta expansión: su sólido asentamiento gallego (que garantizaba una
retaguardia estable) y el hecho de que sus reyes eran católicos [4], por lo
que eran vistos por muchos hispanos como mal menor frente a alanos y vándalos, arrianos
teóricos, las más de las veces paganos puros y duros. Para el 446 los suevos ocupaban la
Gallaecia, Lusitania, Bética y la mayor parte de la Cartaginense [5].
El cenit del reino suevo llegó en 449, cuando el rey Rékhila, católico, se casó con una hija del rey Teodorico de los visigodos, con lo que se convirtió en aliado de los godos a la vez que federado del Imperio y poder dominante de facto de la Península. Tan segura era su posición que actuando en salvaguarda de los intereses del Imperio, organizó dos expediciones contra los bagaudas [6].
[1] Un grupo de alanos lo bastante numeroso como para tener rey propio se asentó en Valence (Francia), donde aún se les encuentra treinta años más tarde según las crónicas de la época.
[2] ¿Y cómo podían estar poco romanizados si llevaban cerca de cuatro siglos bajo gobierno romano? Pues porque la romanización, entendida como proceso de aculturación de todos los pueblos comprendidos dentro del Imperio, y cuyo vehículo en Hispania es la urbanización, se hace menos intensa, hasta desaparecer, a partir de finales del siglo II, a consecuencia de la situación política del Imperio.
[3] El punto de origen del cruce fue Tarifa, según Gregorio de Tours. Tarifa, o Julia (Iulia) Traducta, según su nombre romano. Conviene no olvidar este nombre cuando lleguemos al final del reino visigodo.
[4] A partir de 448, aproximadamente.
[5] Esto no quiere decir que hubiera asentamientos suevos en todas estas regiones, ni tan siquiera que hubiera guarniciones o gobernantes suevos en ellas. Las más de las veces los suevos simplemente aprovechaban las discordias internas entre los hispanorromanos para colocar como obispos o condes a sus partidarios.
[6] Que por otro lado ya se habían llevado varios escarmientos a manos de las autoridades romanas de la Tarraconense con ayuda de los federados visigodos.