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8.- El reino visigodo de Tolosa.

Dejábamos a nuestros amigos los visigodos, después de un pequeño “intermezzo” sangriento, con un nuevo rey, Valia, establecidos en la Provenza, aunque sin dominar las grandes ciudades, y con parte de sus tropas en Hispania. 

Los godos eran indispensables para mantener el control imperial sobre las Galias, y conscientes de esto los visigodos se dedicaron a expandir su reino a costa de otros bárbaros, y también de los galorromanos, que tuvieron que defender de sus ataques Toulouse, Narbona, Marsella y Arlés, la capital de la prefectura de las Galias. En ningún momento recibieron castigo alguno del emperador Honorio, que bastante tenía con evitar que sus cortesanos no se apuñalaran entre ellos, o le apuñalaran a él mismo. 

La posición de los godos se vio incluso reforzada cuando, a la muerte de Honorio (423), y tras un breve interregno también un tanto sangriento, subió al trono de Occidente Valentiniano III, hijo de Gala Placidia, que se convertía en regente de su hijo (que sólo tenía 4 años) con el apoyo del Imperio oriental. Dados sus lazos con los visigodos, la dama Placidia perdonó a los visigodos pecadillos sin importancia como el saqueo de Arlés (427) y la práctica anexión a su reino de Septimania. 

Éste constituye el tercer jalón en la construcción del Reino de Tolosa. El Imperio ya no tenía poder para someter a los visigodos a su obediencia. El curso de los acontecimientos había dado de hecho la independencia a la nación visigoda respecto al Imperio. Y por ello este punto debe considerarse como la auténtica fecha de fundación del Reino de Tolosa. Paralelamente, los visigodos van reforzando su control sobre el aparato gubernativo de la Galia. En este punto ya destituyen y nombran condes (gobernadores locales o comarcales y jueces de los “romanos” ahora súbditos de los visigodos) a su antojo. 

Pero sigamos. En el juego de poder que siguió a la coronación de Valentiniano, en el cual la Galia, y no Italia, era el centro de atención, la posición de los visigodos sólo tenía rival en la figura de Aecio, un patricio romano que era amigo de los hunos y que contando con ellos como aliados impuso su poder en la parte central y septentrional de la Galia. Además intervino en la política imperial hasta derrotar a los “placidistas” y hacerse con el control del joven emperador. Llegó a un “modus vivendi” con la corte de Bizancio [1], y buscó y obtuvo la alianza con los visigodos, a los que renovó el feudo en 439. En 435 el Imperio había llegado a un acuerdo con los vándalos, según lo cual se les reconocía el dominio de Mauritania y parte de Numidia, lo que en la práctica era un reconocimiento de la independencia vándala, ya que el Imperio no podía derrotarlos militarmente. Las cosas fueron aún peor porque los vándalos (que sabían de sobra el valor de estos tratados) rompieron el pacto, haciéndose con Cartago, y dejando en la práctica al Imperio sólo con Tripolitania y parte de Mauritania como provincias soberanas. El Imperio volvió a pactar. No podía hacer otra cosa. 

¿Las consecuencias? La más importante, que el Imperio no podía pagar a los bárbaros los alimentos estipulados en los feudos. ¿El resultado? El aumento de los impuestos que pagaban los ciudadanos del Imperio para pagar el grano del que vivían Italia y los bárbaros. ¿La consecuencia? Rebelión contra el Imperio (un poco de bagaudas por todas partes); agitación de los bárbaros (que nunca necesitaban una excusa demasiado válida)... En estas circunstancias el Imperio de Occidente no era más que un árbol comido de parásitos que tenía los días contados. La fecha de su caída dependía de cuanto tiempo pudieran mantener el equilibrio de poder entre los bárbaros, y en este juego Aecio y sus aliados hunos eran la pieza clave. 

No es de extrañar que en estas circunstancias muchos nobles y magnates galorromanos, incluso obispos católicos que hasta entonces habían echado pestes de los “bárbaros herejes” (esto es, arrianos) se acercaran a los príncipes bárbaros buscando su ayuda o su protección. 

Éste es el cuarto jalón sobre el que se edificó el Reino visigodo de Tolosa. La corte visigoda pasa de ser un centro autónomo de poder (un Estado dentro del Estado) para ser el poder sin el que no se pude hacer nada en la Galia. Es decir, los visigodos suplantan al Estado romano allá donde llegan con sus guarniciones. El Imperio no puede hacer mas que resignarse y ceder el gobierno de los galorromanos a los visigodos. Esto es un reconocimiento de soberanía que ha añadirse al ya realizado de hecho reconocimiento de independencia que conformaba el tercer jalón del Reino de Tolosa. 

Pero sigamos, que la fiesta no ha acabado. Los hunos llevaban varios años recibiendo sobornos (o subsidios, tanto da) del Imperio. Los hunos no querían feudos ni tierras. Querían oro. Punto. Si había oro había paz. Si no... Y así estaban las cosas cuando Honoria, hermana de Valentiniano III, le envió una carta a Atila, jefe de la confederación de los hunos, en la que ¡le pedía su ayuda! porque su hermano pretendía casarla con el rey Genserico de los vándalos. Ella le ofrecía a Atila ¡casarse con él! a cambio de su ayuda [2]. Corría el año 450. 

Atila cazó la oportunidad al vuelo y pidió de dote la mitad del Imperio. O dicho de otro modo, pidió el Imperio de Occidente para sus herederos. Valentiniano III se negó, claro, y estalló la guerra. 

Valentiniano ordenó a Aecio que organizara un ejército que se enfrentase a Atila. El ejército “romano” que resultó de ello estaba formado por visigodos, francos, alanos, burgundios, algunos hunos fieles todavía a Aecio, y sorprendentemente, también por romanos. La principal fuerza de este ejército radicaba en la caballería visigoda y romana. 

Por su parte las tropas de Atila, aunque mayoritariamente de hunos, estaban integradas también por ostrogodos y por diversos pueblos germánicos. 

Ambos ejércitos chocaron el 20 de Junio de 451 en los Campo Cataláunicos, cerca de Mauriac (Francia). La victoria fue de las tropas al servicio del Imperio. Sin embargo, Atila no murió y los hunos siguieron siendo, aunque debilitados, algo a tener en cuenta. Justo lo que Aecio quería. Porque los visigodos eran enemigos acérrimos de los hunos, y tras esta victoria (en que murió su rey Teodorico I) se convirtieron en el pueblo bárbaro más poderoso de Occidente. Aecio necesitaba a los hunos como contrapeso. 

El hijo y heredero de Tedorico I, Turismundo, se hizo nombrar rey en su capital de Tolosa (Toulouse) y, consciente de su fuerza, rompió el feudo con el Imperio. 

Sin embargo esta política duró poco. Teodorico II y Federico, hermanos de Turismundo, le quitaron de en medio según práctica habitual visigoda (“morbus gothorum”), y restablecieron el feudo con el Imperio.

Como consecuencia inmediata, Valentiniano ordenó a los dos hermanos (453-454) que marcharan a la Tarraconense para limpiarla de bagaudas. Cosa que hicieron. Pero en este caso, una vez liquidado el trabajo, los visigodos se aseguraron de dejar guarniciones permanentes en la provincia. Además, y según un pacto con los suevos por el Imperio, éstos abandonarían las provincias Tarraconense y Cartaginense. Como garantía de este pacto los visigodos ocuparon, en nombre del Imperio, varios puntos estratégicos en estas provincias. Se sabe que en Barcelona y Tarragona tuvieron guarniciones. También las hubo en otros puntos del valle del Ebro: Zaragoza y Calahorra, apoyos sin los cuales era imposible controlar a los bagaudas. No se sabe con absoluta certeza qué otros puntos controlaban los visigodos. Es fácil presumir que controlaban Cartagena y también Elche defendiéndolas a la vez de vándalos y suevos. Pero de otras ciudades sólo puede hacerse conjeturas. 

La siguiente convulsión del Imperio llegó en 455 cuando Valentiniano decidió quitarse de en medio a Aecio del mismo modo en que lo había hecho Honorio con Estilicón. Lo mandó llamar a Rávena y le asesinó. Poco después, dos clientes de Aecio (de origen alano) asesinaron al emperador. Muchos contemporáneos de aquellos sucesos (como Hidacio, obispo de la actual ciudad portuguesa de Chaves, entonces ciudad de Gallaecia) vieron en este asesinato el fin del Imperio. Con Valentiniano se extinguía la dinastía de Teodosio. 

Se autoproclamó emperador un tal Petronio Máximo, pero los visigodos apoyaron a Avito, un colaborador cercano de Aecio. Tras proclamar a Avito emperador en Tolosa y Narbona los visigodos marcharon a Italia. Pretendían ocupar la sede imperial y con ello, el reconocimiento del Imperio de Oriente a su candidato al trono [3]

Éste es el quinto jalón en la historia del reino de Tolosa. Los visigodos comienzan ahora a desplegar una política exterior que ya no se basa tan sólo en su supervivencia, sino que tiene intereses a medio y largo plazo, en este caso, controlar el emperador y al Imperio. Y ¿quién se lo podía impedir? 

Oriente no reconoció a Avito y además usó a los vándalos (entre los cuales se había refugiado la viuda de Valentiniano, que reclamaba el trono para sus hijos) para combatir a los visigodos. En la lucha entre godos y vándalos por Italia salieron ganadores los primeros y como figura destacada Ricimero, un suevo al servicio visigodo. Ricimero, además, en 457, recibió honores del Imperio de Oriente, que ya no estaba gobernado por la familia de Teodosio y que por tanto no se sentía obligado hacia la familia de Valentiniano. 

¿Alguien se ha perdido en este culebrón? Pues aún hay más. Los suevos aprovecharon las circunstancias para romper su alianza con los visigodos y volvieron a ocupar parte de la Cartaginense y Tarraconense. 

Como consecuencia, Teodorico II atacó a los suevos en Hispania, derrotándolos en la batalla del río Órbigo (5 de Octubre de 456) y capturando posteriormente a su rey Rekhiario. Los visigodos ocuparon varios puntos del reino suevo: Astorga, Oporto, Lugo... De hecho el reino suevo, aunque nominalmente independiente, quedaba subordinado a los visigodos y además perdía buena parte de su territorio [4]. En teoría Teodorico actuaba en nombre del “emperador” Avito, pero no parece que éste tuviera mucho margen de maniobra para poder opinar. 

No por ello los combates acabaron, sino que los suevos, organizados en varios grupos torno a la familia de Rekhiario y sus sucesores siguieron resistiendo, aunque esto se explicará con más detalle en otro apartado. 

Así, con la victoria sobre los suevos tras la obtenida contra los vándalos, y la de los Campos Cataláunicos, ya no podía dudar nadie de que los visigodos eran los amos de Occidente, y no sólo un Estado dentro del Estado imperial. 

¿La prueba? Ricimero (al servicio de los godos, no lo olvidemos) depuso a Avito y nombró emperador a un tal Mayoriano (457). Lo primero que hizo éste fue marchar a Arlés a ganarse la confianza de los visigodos, posiblemente algo muy parecido a arrodillarse delante de ellos. 

Mayoriano se ganó esa confianza, y junto a Teodorico organizó una expedición contra los vándalos partiendo de Elche, pero los vándalos destruyeron la flota. De regreso a Italia, Mayoriano fue asesinado por orden de Ricimero (461). En su lugar nombró a Libio Severo, que a cambio, entre otras cosas, permitió que un comes ocupase Narbona en nombre de los visigodos. Con ello legitimaba la posesión de Septimania por los visigodos y de paso ponía en sus manos las rutas entre Hispania, el Norte de la Galia  e Italia. 

No contento con eso, Ricimero se aseguró de que todos los mandos imperiales de Hispania leales a Mayoriano fueran depuestos. Los nuevos mandos fueron todos hombres de confianza de los visigodos. Además, Libio Severo los subordinó a la autoridad de Teodorico, por lo que “de facto” el gobierno civil de las provincias de Hispania pasó de manos imperiales a visigodas entre  462 y 464. 

Esta circunstancia señala el fin del proceso iniciado alrededor del feudo firmado en 415 y que antes he señalado como segundo jalón en la creación del Reino de Tolosa. 

A finales de 465 Libio Severo murió (parece que también de “morbus gothorum”). Ricimero no nombró a otra marioneta como emperador sino que mantuvo el puesto vacante mientras él era el hombre fuerte de Italia y Teodorico II el amo de las Galias e Hispania. No es de extrañar que los contemporáneos de estos hechos (e Hidacio lo era) dieran por liquidado al Imperio. 

En 466 Teodorico II murió (otro caso más de “morbus gothorum”). Le sustituyó su hermano Eurico, que decidió no renovar el feudo con el Imperio (cierto ¿para qué?), aunque reclamó a Bizancio el nombramiento de otro emperador, posiblemente para usarlo de títere. Por esas fechas el Imperio de Oriente sufrió una derrota en Cartago frente a los vándalos, que reafirmaron así su independencia. Como consecuencia, los bizantinos hubieron de dejar tranquilos a Eurico y a Ricimero, ya que no tenían medios para atacarles. 

Con Eurico el reino de Tolosa llega a su cenit. Ya era desde los Campos Cataláunicos el reino más poderoso, pero ahora era el más extenso y a él estaban subordinados (de mejor o peor gana, generalmente de peor) otros pueblos tales como burgundios y alanos. Por ello Eurico sufrió ataques de sus vecinos que buscaban derrocar el poder godo que se avecinaba. Sin embargo Eurico derrotó a bretones y burgundios (470-471), ocupando la Septimania de forma completa. Los galorromanos, que ya no esperaban nada del Imperio, habían apoyado a bretones y burgundios para quitarse de encima a los visigodos, pero habían fallado. 

De este enfrentamiento arranca el conflicto religioso que hasta 589 haría enemigos a los visigodos arrianos y a sus súbditos católicos galorromanos (primero) e hispanorromanos (después). Aunque la población galorromana (con sus obispos a la cabeza) siempre había visto a los visigodos como bárbaros y herejes, hubieron de tolerar a la fuerza su presencia ya que su poder era delegado del Imperio, pero según los visigodos aumentaban su fuerza, y más y más tierras dependían para su gobierno civil de los visigodos, los obispos, en su doble calidad de pastores del pueblo católico y de líderes de la población nativa (frente a los invasores extranjeros), plantaron cara a los visigodos. Junto con los magnates galorromanos los obispos aspiraron a quebrar el poder visigodo por sus propios medios, tramando para ello alianzas antigodas con ayuda de otros pueblos bárbaros [5]. La primera de ellas fue la de 470. Desde entonces, los visigodos podían contar con la enemistad de la aristocracia galorromana, con los obispos católicos a la cabeza. 

Aunque no liquidado (de manera fornal) el Imperio de Occidente, el poder real de sus emperadores no llegaba más allá de los Alpes y Sicilia, y aun eso si Ricimero les dejaba. En cambio los godos controlaban la Galia al Sur del Loira y desde los pasos alpinos a Burdeos. Además controlaban la mayor parte de las provincias Tarraconense, Cartaginense, Lusitania [6] y Bética. 

Para acabar de rematar el asunto, Ricimero derrotó a los ostrogodos (471) que habían entrado en Italia en apoyo del emperador Antemio. Ricimero asesinó a Antemio y le dio la púrpura a otra marioneta, Olibrio. 

Poco después (475) Eurico compilaba su código legal, en esencia un refrito del código legal de Teodosio con las actualizaciones imprescindibles, más las leyes que regían las relaciones entre romanos y godos, además de (y esto es vital) algunas leyes godas, hasta entonces expresadas sólo de forma oral. Con este código el reino de Eurico disponía de ley escrita, lo que le situaba a la misma altura que el Imperio. 

Éste es el sexto jalón y último de los que conforman los procesos históricos (que no dialécticos) que culminaron en la aparición del Reino de Tolosa como Estado y como nación. 

Parecía que el viejo sueño de Alarico de reemplazar la Romania por la Gotia se iba a cumplir. 

La convulsión final del Imperio tuvo lugar a renglón seguido. 

Cierto Glicerio había sido hecho emperador según el modo habitual, pero Oriente apoyaba a Julio Nepote (Iulius Nepos), que llegó al trono en 474 con el apoyo bizantino, aprovechando que Ricimero ya no contaba en Italia (¿había muerto o se encontraba en la corte de Eurico?) y que su sucesor Gundobado (un burgundio al servicio de los visigodos) no estaba a la altura de su patrón. 

Sin embargo Glicerio tuvo tiempo de hacer que los ostrogodos derrotados por Ricimero se desplazaran de sus posesiones en Panonia a Iliria a la Provenza, pero al hacerlo así descubrió los accesos a Italia por esa parte. Julio Nepote no tuvo ocasión de hacer nada, estaba muy ocupado preparando el acto de rendición que significaba entregarle Auvernia a Eurico. Julio fue expulsado del trono por Orestes, magíster militum, es decir, jefe del ejército, aunque de ejército el Imperio debía tener más bien poco. Orestes nombró emperador a su hijo Rómulo Augústulo (Rómulo el Pequeño Augusto). Al año siguiente (476) una confederación de bárbaros entró en Italia por el boquete dejado por los ostrogodos. Su jefe, Odoacro, pidió tierras en Italia. Se le negaron. Entonces asesinó a Orestes y depuso a Rómulo. Pero eso sí, siendo un bárbaro de buena educación, le envió las insignias del emperador de Occidente al de Oriente, Zenón. Zenón tenía bajo su protección a Julio Nepote, que había huido del golpe de Estado de Orestes, pero no nombró a un nuevo emperador. Ordenó almacenar (con respeto, eso sí, el también tenía unos modales exquisitos) las insignias imperiales, y a eso se redujo el Imperio de Occidente: a un par de trastos viejos en un baúl del palacio de Zenón en Bizancio. 

El Imperio de Occidente ya no existía. Sic transit

Inmediatamente (477) Zenón firmó acuerdos con ostrogodos y visigodos que en esencia eran un compromiso de status quo con los visigodos, a los que reconocía de hecho como potencia hegemónica de Occidente. Y de momento, así dejó las cosas. Zenón usó a Julio Nepote para combatir a los bárbaros de Odoacro, y a la muerte de Julio, usó con el mismo fin a los ostrogodos de Teodorico, los cuales se desplazaron a Italia, destruyendo a Odoacro y los suyos, y estableciendo un reino ostrogodo que con base en Italia cubría también Retia, Iliria, Panonia, y parte de Provenza. El rey de los ostrogodos no nombró a nadie emperador de Occidente, con lo que también en Oriente daban por liquidado el Imperio occidental, sustituido por un conglomerado de señoríos bárbaros en los cuales la potencia dominante la formaban los godos con sus dos grandes reinos. 

Eurico gozó de cierta paz en sus últimos años de reinado. Murió en 484, sucediéndole su hijo Alarico II. El nuevo rey visigodo perfeccionó la tarea de gobierno de su padre, consolidando la estructura gubernativa del Reino de Tolosa. El momento cumbre de tal proceso lo constituyó la promulgación de la Lex Romana Visigotorum, un nuevo texto legal compilado sobre la base del código de Eurico. 

Mientras esto sucedía al Sur de la Galia, un nuevo poder tomaba forma al Norte y el Este: el de los francos. Los francos habían estado asentados hasta el fin del Imperio en el Rhin Superior. Estaban divididos en varias ramas y la relación entre ellos eran tormentosas. El fin del Imperio les dio la ocasión de expandir sus dominios sin restricciones (o casi). El primero en verlo así fue Clodoveo, rey de los francos salios. Derrotó a sus parientes los francos ripuarios de los que fue nombrado rey. La victoria de Clodoveo sobre los ripuarios fue interpretada por éste como una señal divina. Como consecuencia, se convirtió al catolicismo, el primer rey bárbaro en hacerlo. De inmediato extendió su reino hasta el Sena eliminando a Siagrio, un noble galorromano que se había proclamado Rex romanorum a la vista de lo poco que cabía esperar del Imperio. Tras ello Clodoveo extendió sus dominios hasta el Loira, lo que le hacía en ese momento vecino de los visigodos. 

Clodoveo contaba con el apoyo de la mayor parte de los nobles y eclesiásticos de la región que controlaba. Puestos a elegir, los galorromanos católicos preferían a un bárbaro católico (Clodoveo) que a uno arriano (Alarico). Este apoyo fue decisivo puesto que sin él Clodoveo hubiera carecido de retaguardia y de fuerzas como para enfrentarse a los visigodos, que eran la mayor potencia militar del Occidente. Además de ello, Clodoveo obtuvo el apoyo de los burgundios [7]

El escenario estaba listo para que ambas potencias, franca y visigoda, chocaran. La guerra estalló alrededor de 501, pese a los intentos del rey ostrogodo Teodorico por mantener la paz. Tras varias escaramuzas sin mucha importancia la batalla decisiva se libró en Vouillé, cerca de Poitiers, en 507. Los visigodos fueron inapelablemente derrotados, y su rey muerto. 

Los francos aprovecharon de inmediato su victoria. Tomaron Burdeos y saquearon Tolosa. Tomaron Arlés y pusieron cerco a Narbona. El hundimiento del reino visigodo en la Galia pudo ser aún más catastrófico de no haber intervenido el ostrogodo Teodorico, al que no le interesaba ni la derrota de sus parientes ni que los francos fueran demasiado poderosos. Teodorico se convirtió en regente y protector del rey visigodo (que era su sobrino). Prestó apoyo militar a los visigodos para salvaguardar sus posesiones en Septimania, con lo que evitaba que los francos tuvieran salida al Mediterráneo. Usó a los burgundios como contrapeso al poder de los francos en la Galia dándoles tierras en Borgoña. A largo plazo la política de Teodorico no tuvo mucho efecto, pero a los visigodos les rindió un servicio crucial: la supervivencia de su pueblo y de su reino, aunque ahora el centro de poder de este reino se tenía que trasladar de la Galia a Hispania.



[1] El emperador en aquel momento era Teododio II, hijo de Arcadio, que era a su vez hermano de Honorio e hijo de Teodosio I. Por tanto Teodosio II era sobrino de Gala Placidia y primo de Valentiniano III. Por aquello de que la familia es lo más importante, Teodosio II no podía ver con buenos ojos que su tía fuera eliminada de la política del Imperio, pero dejó hacer a Aecio mientras no amenazase la legitimidad de su primo, que a fin de cuentas era la misma legitimidad que le sostenía a él en el trono de Bizancio.

[2] No deja de ser curiosa la escala de valores de la patricia: mejor un huno que un vándalo.

[3] Curioso detalle. Los visigodos, al buscar el reconocimiento de su candidato por parte de Bizancio, reconocían implícitamente que la legitimidad imperial estaba asociada a la legítima descendencia de Teodosio I, que aún ocupaba el trono de Oriente en la persona de Pulqueria, hermana de Teodosio II.

[4] Aunque seguían manteniendo guarniciones en Lisboa, Mérida y la parte occidental del Bética (parece que incluso en Sevilla), perdienron todo lo que habían ganado en la Tarraconense y la Cartaginense.

[5] Porque del Imperio ya no esperaban nada, y con razón.

[6] Esta provincia a partir de 469, en que tropas visigodas acabaron con la resistencia de los suevos, y aunque el reino suevo no fue aniquilado, quedó sujeto al rey visigodo.

[7] No debe interpretarse esta guerra entre francos y visigodos como una guerra de religión. Hubo nobles galorromanos, católicos, que apoyaron a Alarico. Entre ellos, un descendiente de Aecio.

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