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10.- El reino de los suevos en Hispania.

Dejábamos a nuestros amigos suevos en mala situación, después de haber sido derrotados en la batalla del río Órbigo. Su rey, Rekhiario, fue hecho prisionero poco después, y finalmente asesinado. Con él se extinguía su dinastía, lo que sería fuente de no pocos problemas cuando empezó el baile de candidatos al reino suevo. 

Para los visigodos estos hechos tuvieron la consecuencia de someter al reino suevo a su dominio. Pero para los suevos y demás habitantes de Gallaecia las consecuencias de esta derrota fueron mucho más tremendas. 

Para empezar, los visigodos entraron en Gallaecia como en provincia recién conquistada. Saquearon, robaron y cometieron esos desmanes que han dado en castellano ese sentido a la palabra “bárbaro”. Los visigodos destacaron guarniciones en varios puntos clave del reino suevo y dejaron a un gobernador del reino suevo nombrado por ellos, pero no ocuparon el territorio completo. De inmediato en la estela de los visigodos se levantaron varios presuntos sucesores de Rekhiario en el trono suevo, y estalló entre ellos una guerra civil, que se agravó por la sublevación de parte de la población hispanorromana, harta ya de bárbaros y de sus pleitos, y se complicó por el hecho de que los suevos no iban a tolerar el gobierno de los visigodos. En consecuencia, la confusión y la destrucción se hizo la señora de Gallaecia. 

El gobernador visigodo, Aiulfo, se proclamó rey, quizá con la intención de encabezar a los suevos a la independencia, pero fue asesinado. Dos pretendientes, Framta y Maldras, eran en este momento (Verano de 457) los más fuertes, aunque sólo controlaban Gallaecia entre el Miño y el Duero, y la parte de la Lusitania que habían ocupado previamente. La parte Norte de la provincia quedó más o menos en manos de los “romanos”. 

Para poner un poco de orden, Teodorico II echó a las guarniciones suevas de la Bética y la mayor parte de la Lusitania, y finalmente, él mismo volvió a entrar en la Península (Verano de 458). 

Surgió por entonces en el centro de Gallaecia otro pretendiente, Rekhimundo, que se dedicó a guerrear contra los “romanos” de Orense y Lugo. Poco después Maldras fue asesinado, pero surgió otro pretendiente llamado Frumario. 

Desde Sevilla, Teodorico II intentó por la diplomacia llegar a algún acuerdo con vándalos y suevos, pero en semejante panorama eso era imposible, así que envió a uno de sus generales a que pusiera orden a punta de espada. Este general, Sunyerico, conquistó Santarem y limpió Lusitania de suevos de uno u otro bando (finales de 460). 

Pero el interés de Teodorico estaba centrado en la política del Imperio (en sus restos, más bien). Por ello el problema suevo se fue arrastrando hasta que en 465 y resueltos a finalizarlo de una vez por todas, los visigodos hicieron asesinar a Frumario e impusieron en el trono a Remismundo [1], el cual juró fidelidad a Teodorico. Éste anvió además a uno de sus hombres para que a punta de espada arreglase las diferencias entre suevos e hispanorromanos, actuando de juez. La jugada le salió bien y logró devolver una cierta paz a la provincia. El éxito de los visigodos fue tal que la familia real sueva volvió al arrianismo. 

Pero no por ello volvió plenamente la paz. Los suevos reclamaban sus antiguas posesiones en Lusitania. Los visigodos se las negaban. Poco después (466) moría Teodorico II y aprovechando la situación los suevos reanudaron la guerra contra los visigodos atacando Orense, Coimbra y Lisboa. En este caso contaban con ayuda notable de los hispanorromanos, que por lo visto preferían a los suevos antes que a los visigodos. Eurico, sucesor de Teodorico, envió más tropas a la Península. Eurico logró derrotar a los suevos haciéndoles retroceder a los límites de Gallaecia e imponiendo de nuevo el juramente de fidelidad de Remismundo a Teodorico (468 ó 469). 

Desgraciadamente llegados a este punto surge un problema grave de falta de información sobre los suevos. Los cronistas que mencionan a los suevos lo hacen de pasada y sólo con relación a su influencia en la historia de los visigodos, lo que no es gran cosa. Precisamente por estas pocas menciones y de pasada, podemos deducir que el reino suevo se mantuvo más o menos independiente y en paz con los visigodos después de 469. Esto se debió tanto a lo rotundo de la victoria visigoda como al agotamiento de la población de Gallaecia después de una década de practicar el todos contra todos. A los visigodos las complicaciones en Hispania no les interesaban demasiado. Su reino estaba centrado en la Galia y miraba a Italia. Dejaron guarniciones en Astorga, Coimbra y Lisboa como freno a los suevos, y eso fue todo. 

No hay constancia de que inmediatamente después de Vouillé los suevos se alzaran contra los visigodos. Poco después la situación era como pensárselo dos veces. El asentamiento masivo de godos en la Meseta Norte convirtió al Bierzo en una región de frontera entre suevos y godos, pero ahora la relación de fuerzas estaba claramente a favor de los visigodos. Por eso los suevos se mantuvieron tranquilos dentro de sus fronteras en los años en que el reino de Toledo se consolidaba. 

Los suevos y los godos vuelven a entrar en rumbo de colisión a causa, curiosamente, de la intervención bizantina en Hispania. Los bizantinos, entre otras cosas, reabrieron las líneas de comunicaciones entre el Oeste y el Este del Mediterráneo gracias a las conquistas de Justiniano, y eso permitió la llegada a la Península de misioneros católicos enviados desde Constaninopla. 

Uno de estos misioneros, San Martín, oriundo de Panonia, que había estudiado en Tours, llegó hacia 545 a Gallaecia para fundar monasterios y convertir arrianos. Este santo obró en 550 la curación milagrosa del hijo del rey, Teodemiro, y a consecuencia de ello la familia real sueva se convirtió al catolicismo [2]. Además, los reyes suevos otorgaron importantes concesiones de tierras y bienes para que San Martín pudiera fundar monasterios. Este movimiento monacal trajo un cierto renacimiento religioso en el reino suevo. Como consecuencia del mismo tuvo lugar el I Concilio de Braga (569), siendo ya rey Teodemiro. En este concilio y en el II de Braga (572; en esta fecha el rey suevo era Miro) se trató de reorganizar la iglesia sueva y devolver a los obispados a sus límites romanos, ya que con las guerras del siglo anterior se habían producido cambios importantes. 

Estos dos hechos no podían ser mirados con buenos ojos por los visigodos. Como católicos los suevos eran un pueblo potencialmente hostil, pero es que además la restauración de los límites de los obispados tenía necesariamente que causar conflictos territoriales con los godos en las diócesis fronterizas entre uno y otro reino. 

Por si fuera poco, en 572 Miro atacó a astures y cántabros en tierras que en otros tiempos habían pertenecido a la provincia Cartaginense. 

Esta campaña fue usada por Leovigildo como casus belli. Reunió un ejército y en 572-574 atacó los asentamientos suevos en el valle del Duero, expulsándolos al Norte del río. Fundó Villa Gothorum (actual Toro) como fortaleza de frontera contra ellos. En 574 atacó a los cántabros, a los que derrotó. Esta campaña cántabra sugiere que los cántabros habían sido derrotados por Miro y obligados a prestarle tributo u obediencia. Con esta maniobra Leovigildo impedía los ataques desde el Norte al Bierzo, comarca que cobra especial importancia estratégica porque en ella se encuentran los pasos de Galicia a la Meseta. Teniendo a Toro y a Astorga en su poder, Leovigildo tenía abiertos los caminos de invasión del reino suevo. 

Y en efecto al año siguiente, 575, Leovigildo invade el reino suevo desde la comarca berceña. Se hace con Orense y todo el Sureste del reino suevo. En 576 la campaña se inicia con ataques contra las posiciones suevas en el valle del Duero, especialmente Oporto y Braga. En este momento Miro pacta la paz con Leovigildo a cambio de someterse a él. 

Las cosas quedaron así hasta la rebelión de Hermenegildo Éste pidió ayuda a los suevos usando el argumento religioso como pretexto. Miro accedió y avanzó hacia Sevilla con un ejército, pero antes de llegar siquiera al valle del Guadiana supo que Hermenegildo estaba prisionero y su rebelión abortada. No le quedó más remedio que pactar otra vez una paz con Leovigildo. Este hecho, el que pactase sin combatir, más las derrotas sufridas en 572-576, indica claramente que la fuerza militar de los suevos era pequeña en comparación la visigoda. Hay que tener en cuenta que los suevos no eran un pueblo especialmente guerrero, y eso auguraba su fin. 

Hacia el año 583 Miro murió y le sucedió su hijo Eborico. Eborico estuvo poco tiempo en el trono. Fue asesinado en 585 y su asesino, Andeca, se casó por la fuerza con su madre y se proclamó rey. Con Eborico se extinguía su dinastía, lo que tendría fatales consecuencias para los suevos. 

Leovigildo usó este asesinato como excusa para intervenir en el reino suevo. Depuso a Andeca (no le asesinó, lo que abona la sospecha de que Andeca fuera un agente visigodo) y le envió a un monasterio. Surgió entonces un pretendiente, Malarico, que decía ser de la familia de Miro, pero pronto fue derrotado y capturado. Con este último intento, Leovigildo acabó con toda resistencia sueva en 586. En lo sucesivo Gallaecia sería gobernada por un dux visigodo. 

Leovigildo se proclamó rey de “Galia, Spania y Gallaecia”. Este título era usado para resaltar la incorporación del reino suevo a la monarquía visigoda, pero también quiere decir que en el antiguo reino suevo se mantuvo en vigor la ley sueva y otras características propias del antiguo reino. Sin embargo, los suevos, como pueblo, estaban ya casi totalmente fusionados por la población hispanorromana de Gallaecia (lo que explica en parte lo fácilmente que Leovigildo conquistó el país allá donde sus antepasados encontraron grandes dificultades). Nunca más sintieron el deseo de luchar por su independencia o por sus costumbres. La ley sueva no debió sobrevivir al Código de Recesvinto, si es que llegó a tanto. La lengua sueva desapareció con la gente sueva antes de la invasión musulmana. Es seguro que cuando Alfonso I entra en las antiguas comarcas suevas ya no se habla allí más que el latín arromanzado que dará lugar al gallego y al portugués.



[1] Según algunos autores, Remismundo es el mismo Rekhimundo de que hablaba antes. La diferencia en el nombre se debería a un simple problema de transliteración. Pero cuando San Isidoro habla de él escribe con claridad “Remismundo” y le considera distinto a Rekhimundo, por lo que me inclino a pensar que eran dos personas distintas.

[2] San Martín de Dumio murió en 580, antes de la rebelión de Hermenegildo.

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