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11.- El reino de Toledo. Leovigildo, Hermenegildo y Recaredo.
Estos tres personajes (junto con San
Leandro y San Isidoro) son el gozne sobre el que la historia de la Hispania visigoda gira
para dar paso a una nueva época. Por ello he querido dedicarles un capítulo entero y
darles la extensión que se merecen.
Como he dicho, Leovigildo llegó al trono
apoyado por los clientes y fieles de su hermano Liuva, más, posiblemente, los antiguos
clientes de Atanagildo, que veían en Leovigildo un nacionalista más. Y desde
luego, el perfil de Leovigildo antes de llegar al trono apuntaba a ello.
Sin embargo, Leovigildo tuvo una
intuición genial que le puso por encima de estos criterios. Leovigildo decidió gobernar
no con el apoyo del los nobles visigodos más apegados a la tradición germánica, ni
tampoco con el apoyo de los nativos hispanorromanos. Tanto unos como otros se aferraban a
tradiciones caducas: los visigodos a unas costumbres que podían ser aceptables en el
siglo IV, pero no en el VI; los hispanos a un recuerdo imperial que era sólo eso, un
recuerdo, es decir, nada. Leovigildo decide conscientemente iniciar una política de
fusión de ambos elementos para dar lugar al nacimiento de una nueva sociedad, hija por
igual de visigodos y romanos.
Hay autores que piensan que Leovigildo
inició esta política sólo con el propósito de salvar a los visigodos de la
desintegración y la absorción por parte de los hispanos. Si así fuera estaría
plenamente justificado, ya que a fin de cuentas era el rey de los visigodos y a ellos se
debía, pero yo pienso que fue mucho más allá. Durante todo su reinado Leovigildo
tendió puentes entre los dos pueblos tratando de ganarlos por igual en la tarea de hacer
nacer una nueva sociedad [1].
Por ello yo pienso que la política de Leovigildo trasciende la mera política de
supervivencia y se convierte en una política de futuro, y por ello, deliberada, lo que
hace más grande el empeño de Leovigildo. Como dice un buen amigo, no le culpo porque
fracasase. Le culparía si no lo hubiera intentado.
Para comenzar su reino Leovigildo reanudó
la guerra con los bizantinos, que él mismo había iniciado hacia 570, antes de llegar al
trono. En 571 retomó Medina Sidonia, con lo que despejaba las amenazas contra Sevilla
desde el Sur. En 572 retomó Córdoba. Este hecho fue crucial. El prestigio de Leovigildo
subió tanto que por primera vez un rey visigodo se atrevió a usar los símbolos de la
realeza: cetro, corona y manto. Acuñó moneda en su propio nombre. Cambió los usos de la
corte creando una nobleza palatina en la que además de los hombres de su séquito
entraban los altos funcionarios del aparato estatal, y entre ellos, los primeros
hispanos.
De este modo en el reino visigodo se
organizó de facto una administración en la que los cargos de la
administración civil y económica eran de origen hispano (los herederos del antiguo orden
ecuestre que a través de los iudices urbanos habían sobrevivido a la
caída del Imperio) mientras que la militar y palatina era competencia exclusiva de
godos.
En 573 Leovigildo organizó una campaña
contra los suevos, a los que derrotó varias veces. Fundó Villa Gothorum (actual Toro, en
la provincia de Zamora) como baluarte contra los suevos. Luego organizó una campaña
contra los cántabros, contra los cuales refundó la fortaleza de Amaya [2].
En este punto retomó la política
internacional de Atanagildo con los francos. Casó a su hijo mayor Hermenegildo con una
princesa franca y estableció nuevos pactos con las tres cortes francas. De este modo,
además, evitaba que los suevos los ganaran como aliados.
Despejado el panorama político,
Leovigildo entró en Gallaecia, haciéndose con el control de la región de Orense y
obligando al rey suevo Miro a rendirle sumisión. Era 576.
Por esas fechas, más o menos, asoció al
trono a sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, con la intención clara de que fueran sus
herederos en el trono.
En 577 Leovigildo reprimió una
sublevación en Sierra Morena. Poco después, en 579, nombraba a su hijo Hermenegildo
duque de la Bética, con sede en Sevilla. A Recaredo le concedió en 578 el gobierno de
una ciudad de nueva fundación, Recópolis (en Zorita de los Canes, a unos 70 km. de
Madrid). Esta ciudad y su hinterland abarcaban la mayor parte de la provincia
de Madrid y de Guadalajara.
En 580 Leovigildo estaba en el cenit de su
poder. Había derrotado a enemigos internos y externos, había hecho incuestionable su
política de afianzar la autoridad real y había logrado asociar a sus dos hijos al
trono.
En 580 organizó en Toledo un concilio
arriano, el más importante de los celebrados en Hispania. En él Leovigildo, como cabeza
de la iglesia arriana goda, hizo por eliminar todas las trabas procedimentales y rituales
impuestas a los que abandonaban el catolicismo para hacerse arrianos. Leovigildo
demostraba con esto que lo que buscaba era eliminar las diferencias religiosas entre los
dos pueblos y buscar la unidad espiritual usando como base común el arrianismo. Sin
embargo, el éxito de esta medida fue bien escaso. El arrianismo era una religión
nacional vinculada al pueblo godo, mientras que el catolicismo era la
religión de las masas populares, de la gente culta y de los nobles de origen hispano, que
no veían ventaja en convertirse. Como digo el éxito fue escaso pero demostraba la buena
voluntad del rey.
Poco después o poco antes de este
concilio el rey comenzó a tener problemas con su hijo mayor. La mujer de Hermenegildo era
católica, y le había dado un hijo que lo más probable era que fuera educado en el
catolicismo, lo que le descartaría (a ojos de los visigodos) como sucesor el trono.
Además, Hermenegildo gobernaba en la ciudad más católica y romana de Hispania, Sevilla,
por lo que es imposible que su corte personal y él mismo no acusaran alguna influencia.
Por supuesto Leovigildo debía ser consciente de ello, pero no hizo nada por evitarlo. Y
si no lo hizo fue porque no quiso.
Si Hermenegildo se convirtió por esas
fechas al catolicismo, es algo que es dudoso y desde luego, yo no me voy a pronunciar al
respecto. Lo que sí es cierto es que ya a finales de 580 Hermenegildo acuñaba moneda en
Sevilla en su nombre, y no en el de su padre, lo que era una clara declaración de
independencia. En 581 aparecen monedas de Hermenegildo con leyendas que hacen fácil
suponer que ya era católico, si no lo era antes, y que usaba su catolicismo para afirmar
su independencia del trono toledano.
Leovigildo no debió ver peligro
inminente, o prefirió dejar que su hijo recapacitara. El caso es que en 581 organizó una
campaña contra los vascones, no contra su hijo. Esta campaña fue todo un éxito. Igual
que había hecho con suevos y cántabros, fundó una fortaleza como cabeza del territorio
fronterizo: Victoriacum, la actual Vitoria (capital de Álava).
Tras la campaña llamó a Toledo a su
hijo, seguramente para discutir con él las diferencias. Hermenegildo se negó a ir, y
además organizó sediciones en varias ciudades que se rebelaron contra Leovigildo. Y no
eran ciudades sin importancia: Córdoba, Mérida y Ébora (o Elbora) [3]. Con
estas adquisiciones Hermenegildo controlaba la Bética, el valle del Guadiana y amenazaba
Toledo. En consecuencia, Leovigildo ya no podía fingir que no pasaba nada.
En 582 Leovigildo retomó Mérida. Al año
siguiente reunió más tropas (seguramente procedentes del Norte) y se lanzó al ataque a
fondo. En 583 retomó Sevilla y poco después de Sevilla, Córdoba, donde se había
refugiado su hijo, que fue capturado. La guerra acabó a principios de 584 con la victoria
total de Leovigildo. Además salió fortalecida de ella, dado que los francos (a los
cuales había pedido ayuda Hermenegildo) vieron en ella una prueba de fortaleza del rey
visigodo. Los bizantinos, otros a los que Hermenegildo había pedido ayuda y a los cuales
había enviado su mujer e hijo, tampoco hicieron nada por ayudarle.
Inmediatamente después de la derrota de
Hermenegildo, Leovigildo se volvió contra los suevos, que habían enviado un ejército a
Mérida. La derrota sueva supuso el fin de su reino (como ya he explicado en otro
capítulo). Casi a la vez los francos atacaban Septimania. La excusa oficial era el apoyo
al católico Hermenegildo, pero es más probable que, como siempre, lo que buscasen los
francos fuera conquistar la provincia de una vez por todas. Leovigildo puso al frente de
la defensa a su hijo menor Recaredo, el cual logró derrotar a los francos sin perder
territorio. Como he dicho antes, esta guerra civil supuso el afianzamiento de Leovigildo
en el trono tras derrotar a sus enemigos internos y externos. Toda una hazaña, dadas las
circunstancias.
Hermenegildo pasó varios meses en
prisión, primero en Toledo, luego en Valencia. Durante todo este tiempo Leovigildo
intentó convencer a su hijo de que abjurara del catolicismo y se hiciera arriano, cosa a
la que Hermenegildo se negó siempre. Harto ya de esta situación, y sin duda pensando que
era la única salida, Leovigildo ordenó decapitar a su hijo mayor en Abril de 585.
De esta guerra civil se han hecho varias
interpretaciones. Una de ellas es que la guerra fue una guerra de religión entre arrianos
y católicos.
Personalmente estoy de acuerdo con la
versión que en su día recogió San Isidoro, que es la fuente más cercana a los hechos.
Hermenegildo era un rebelde que quería usurparle el trono a su padre y usó para ello su
condición de católico (de cuya conversión sincera ni San Leandro ni San Isidoro
dudaban), intentando ganarse el apoyo de los suevos, bizantinos y francos, por un lado, y
a la población hispanorromana, por otro. El hecho de convertirse al catolicismo no era
por sí solo suficiente para ganarse la enemistad de Leovigildo o para quedar excluido de
la sucesión al trono (aunque sin duda el partido nacionalista de los godos lo
hubiera tenido muy presente), y desde luego no era razón para que su padre le declarara
la guerra. Pero la rebeldía, acompañada de la sedición, era otro cantar. A eso
Leovigildo no podía permanecer indiferente.
Finalizada la guerra Leovigildo siguió
firme en su política de amistad con los católicos. No hubo persecución de católicos,
lo que abona más la teoría de que no se trata de una guerra de religión. Si algún
obispo católico fue expulsado de su sede (que los hubo) se debió a la desobediencia de
estos obispos al poder real, ya que Leovigildo, en tanto que rey, era jefe político de
las dos iglesias.
Uno de estos obispos fue el de Mérida,
que pasó a la sede de Alcalá, territorio de asentamiento visigodo, donde supuestamente
se encontraba convenientemente vigilado. Pero esta circunstancia propició una carambola
del destino: Recaredo, cuya ciudad Recópolis dependía de la sede complutense, entró en
contacto con un obispo católico que había conocido de cerca y apoyado la rebelión de su
hermano.
Sin ser una guerra de religión, quedaba
patente de sobra la debilidad del arrianismo, que sólo se sostenía como religión
nacional de los godos, es decir, de una escasa minoría, frente a suevos, bizantinos y
francos católicos (pueblos todos ellos vecinos de los visigodos, conviene no olvidar),
más la inmensa mayoría de hispanos de origen romano y religión católica.
Sin duda los dos factores combinados
pesaron en el ánimo de Recaredo que se convertía en el único heredero de
Leovigildo.
Pero mientras tanto, suevos y francos
decidieron probar la fortaleza de Leovigildo. Los suevos fueron derrotados en 585. Y esta
vez definitivamente, dado que en lo sucesivo los reyes visigodos se titulan reyes de
Hispania y Gallaecia, lo que indica claramente que habían incorporado el reino
suevo al propio [4].
Los francos fueron algo más duros de
pelar. Septimania tuvo a Recaredo al frente de su defensa. Derrotó a los francos en 584 y
luego otra vez a finales de 585. Los tres reinos francos estaban en ese momento desunidos
y ocupados cada uno de sus propios temas, y esta división redundó en ventaja visigoda.
Las hostilidades no debieron continuar mucho después de la última fecha indicada, ya que
en la Primavera de 586 Recaredo pudo dejar Septimania para marchar a Toledo. Su padre
estaba enfermo y se moría.
Leovigildo falleció en Abril o Mayo de
586. Su hijo Recaredo, que sumaba a los fieles de su padre su éxito guerrero contra los
francos y la lealtad que le mantuvo durante la guerra civil, fue aceptado sin discusión
como su heredero y sucesor.
De inmediato se vio que Recaredo seguiría
la política de reconciliación de su padre, así como, en general, su política de
entendimiento entre visigodos e hispanos. Pero estas dos políticas estaban al servicio de
un fin mayor.
Pocos meses después de llegar al trono
convocó un concilio conjunto de obispos arrianos y católicos. No se conoce en detalle lo
que se trató en este concilio, pero parece casi seguro que en él se inician
negociaciones para la unión entre ambas iglesias, aunque se disfraza la reunión como un
encuentro teológico para salvar las diferencias doctrinales entre unos y otros.
Acabado este concilio, Recaredo logra
sellar nuevos acuerdos con los reyes francos. Por las mismas fechas (587) logra el apoyo
de los fieles de su madrastra Godesvinta (que era la facción nacionalista de
los visigodos, la de los nobles que apoyaron a Ágila y Atanagildo). Consolidada la paz
interna y externa, y en marcha el diálogo entre ambas iglesias, deja pasar un par de
años hasta que las cosas maduren [5].
Y así, en el año 589, Recaredo convoca
el III Concilio de Toledo, durante el cual, el 6 de Mayo, Recaredo y su familia anunciaban
su conversión al catolicismo, y tras ellos el grueso de los nobles visigodos, y la
inmensa mayoría de los obispos arrianos. Todos ellos abjuraron del arrianismo y firmaron
un documento en el que declaraban profesar la fe católica. No hubo cesión doctrinal o
teológica: la Iglesia católica se mantuvo firme en todos sus dogmas; su unidad doctrinal
con Roma se mantuvo intacta.
Es importante resaltar este último punto.
En realidad no se trató de una unión de las dos iglesias, sino de la incorporación de
los fieles arrianos a las filas de los católicos, aunque eso sí, de una forma pactada y
tutelada desde el trono para evitar humillaciones o jactancias que hubieran dado al traste
con la unidad religiosa.
¿Buscaban Leovigildo y Recaredo aplicar
el principio una religión un pueblo? Muchos son los que han escrito al
respecto y los que han señalado que mientras hubiera dos religiones en la Hispania
visigoda era imposible completar la fusión de godos e hispanos en un solo pueblo, aunque
entre ambos, después de un siglo de asentamiento en Hispania, hubiera lazos de sangre ya
casi inseparables.
Desde mi punto de vista esto no es así.
Hay que señalar también que la segregación jurídica de godos e hispanos siguió siendo
efectiva. Cada uno de ellos era heredero de una tradición jurídica diferente, y en
consecuencia, no se les podía aplicar el mismo derecho. Además, los hispanos estaban
excluidos de la sucesión al trono; los altos cargos militares y palatinos del reino
seguían en manos de visigodos, y ellos eran los que sostenían al trono
políticamente.
Por ello no debe considerarse que la
conversión de los godos fusionó a ambos pueblos. No llegó a tanto, pero sí abrió las
puertas a que en lo sucesivo la monarquía dual de hispanos y godos se
convirtiera en un único reino hispanogodo, hijo de Grecia, de Roma y de Gotia.
Otro factor añadido es que aunque la
conversión de los visigodos se hizo de forma pactada, lo menos traumática y humillante
posible para ellos, este hecho (la conversión) era un triunfo enorme para los católicos
españoles. Sin duda era una garantía de futuro para el reino godo, ya que desaparecía
la tensión religiosa, pero los más nacionalistas de entre los godos no
dejaron nunca de ver este suceso como una victoria de los hispanos, y ello creó otras
dificultades.
Durante el reino de Recaredo el mayor foco
de conflicto seguía radicando en la Hispania bizantina, cuya capital, Cartagena, reforzó
sus murallas el mismo año en que Recaredo se convirtió al catolicismo. Eso dejaba las
cosas bien claras. Los bizantinos habían esgrimido el pretexto religioso e imperial para
actuar en Hispania, pero ahora les bastaba sólo el imperial. Recaredo no luchó contra
ellos. Por lo menos no abiertamente. Posiblemente ello se debiera más a los deseos de paz
del rey que al temor que pudieran causarle los bizantinos. Después de todo, Recaredo era
un guerrero con éxito.
Así, en paz, llegó a su fin el reinado de Recaredo a finales de 601, tras designar a su hijo como heredero y sucesor.
[1] No me atrevo a hablar del nacimiento de una nueva nación, como espero aclarar en el capítulo sobre San Isidoro.
[2] Esta campaña originó que los vascones cruzasen por primera vez los Pirineos para entrar en la Galia.
[3] La Ébora de los carpetanos, la Caesaróbriga de los romanos, es decir, la actual Talavera de la Reina.
[4] Esta expresión desaparecerá de las monedas visigodas poco tiempo después, lo que a su vez es señal de que Gallaecia fue completamente incorporada al reino visigodo, sin ninguna particularidad que recordase al antiguo reino suevo.
[5] Recaredo abortó en 588 una revuelta palatina organizada por los nacionalistas godos, seguramente descontentos de la política del monarca.