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13.- San Leandro y San Isidoro.

Las vidas de estos dos santos son imprescindibles para comprender la historia visigoda de sus tiempos, por la influencia que tuvieron, y por el legado que dejaron tras de sí. 

Leandro e Isidoro eran hermanos. Su madre era visigoda y casi con seguridad arriana. Debía pertenecer a la nobleza, dado el cargo de su esposo, pero no hay nada que asegure que era de familia real. Su padre, Severiano, era un hispano de antepasados griegos que ocupaba un puesto de importancia en la administración civil de la provincia Cartaginense. La invasión bizantina obligó a emigrar a toda la familia de su Cartagena natal (donde nació Leandro en 530) a Sevilla donde nacieron los demás hermanos menores: Fulgencio [1], Florentina [2] e Isidoro (éste último en 560). 

Leandro ingresó en una orden monástica, pero la prematura muerte de sus padres le obligó a encargarse de la educación de sus hermanos. Tenía fama de persona inteligente, buen orador y además había estudiado con los mejores profesores de su época. Por ello no sorprende que procurara dar a sus hermanos una mejor educación tan extensa como la que él mismo tenía. 

En 578 Leandro se convirtió en metropolitano de Sevilla por elección popular. Al poco tiempo entró en contacto con Hermenegildo, que era el jefe político de su provincia. Si intervino en la conversión de Hermenegildo es algo que se duda, aunque es difícil pensar que no tuvo nada que ver, y yo estoy convencido de que en efecto fue Leandro quien convirtió a Hermenegildo. Poco después de esto, con Hermenegildo ya en franca rebeldía contra su padre, envió a Leandro a Constantinopla como embajador suyo con el fin de que negociara el apoyo bizantino a su causa. En Constantinopla pasó Leandro tres años (de 581 ó 582 a 585, más o menos), en los que aprovechó para seguir estudiando y mejorando su formación monástica y bíblica. En Constantinopla conoció a Gregorio, vicario del Papa ente el emperador. Años después Gregorio sería elegido Papa. La historia le conoce como San Gregorio Magno. Lo de Magno se lo ganó por su sabiduría y erudición. Esta pareja de amigos santos se divertían estudiando juntos y discutiendo de leyes, de gramática y de teología. Lástima que ningún cronista registró sus conversaciones, que sin duda debieron ser muy jugosas. 

Leandro regresó a Hispania en 585. Si regresó aún en vida de Leovigildo debió ser porque su implicación en la guerra civil había sido escasa o quizá porque no esperaba castigo del rey. Si esperaba esto último, se equivocó. Leovigildo le desterró fuera de Sevilla, aunque no se atrevió ni a quitarle la mitra ni a matarle, como pedían algunos nobles visigodos que veían en él al verdadero instigador de la revuelta de Hermenegildo. 

El propio Leovigildo no debía verlo así porque ya a punto de morir le levantó el castigo y le encomendó que cuidara a su hijo Recaredo [3]

Hay que dejar claro que Leovigildo no pretendía con ello que Recaredo se convirtiera al catolicismo. Simplemente Leandro era el mayor talento que había en la Iglesia hispana (y en Hispania entera), y Recaredo necesitaría su apoyo y su ayuda en el trono. Con este hecho, completamente deliberado, Leovigildo ponía a su hijo menor, que ya conocía por boca de Massona de Mérida la verdad de la conversión y rebelión de Hermenegildo, a tiro de otro obispo que lo conocía todo aún mejor. 

Es indudable que sin Leandro cerca del nuevo rey no se hubiera producido el III Concilio de Toledo, ni tampoco se hubiera llegado al entendimiento con los obispos arrianos. Leandro se había pasado su estancia en Constantinopla estudiando a los padres y conocía a fondo el poso doctrinal e histórico del arrianismo. Sin su presencia es difícil pensar que se hubiera llegado a un entendimiento entre católicos y arrianos. 

Y como prueba de ello, el III Concilio de Toledo fue presidido por él. A él, Leandro, le entregó su tomus el rey Recaredo y él fue testigo de la conversión de la corte visigoda entera. 

Tras este éxito de conversión (que fue conveniente conocido y celebrado por su amigo el papa Gregorio) Leandro se convirtió sin discusión en la figura más importante del reino por detrás del rey. 

De él escribió después su hermano Isidoro: “Leandro, hijo de Severiano, de la provincia Cartaginense de España, fue monje de profesión, y siendo monje fue nombrado obispo de la iglesia de Sevilla, en la provincia Bética; hombre de conversación suave, de ingenio brillantísimo, ilustrísimo por su vida tanto como por su ciencia, hasta el punto de que su fe y por su habilidad el pueblo de los Godos volvió de la herejía arriana a la fe católica.” [4] 

Sin embargo, Leandro seguía siendo un monje al que por las circunstancias le tocó dedicarse a la cosa pública. El resto de su episcopado lo pasó dictando obras sobre la liturgia (entre otras cosas, fue el que introdujo en la misa el recitado del Credo como profesión de fe) y la vida monacal. Falleció en Sevilla en 596 en olor de santidad. 

Fue elegido sucesor suyo en la sede sevillana su hermano Isidoro. Si Leandro tenía fama de inteligente y culto, Isidoro era el doble que su hermano. A diferencia de Leandro Isidoro era un obispo al que le preocupaban y mucho las vicisitudes del reino. 

Por ello escribió su “Historia de los Godos, Vándalos y Suevos”, fuente imprescindible de esta época ya que Isidoro tuvo acceso a todos los archivos y a todas las personas notables del reino. 

San Isidoro fue el primero (el segundo para el que piense que lo mismo llegó a vislumbrar Leovigildo) que se dio cuenta de que la Hispania de su tiempo no era la Hispania romana sino algo nuevo. Una Hispania romana en cuanto a que su cultura y ciencia venía casi en exclusiva de su herencia romana. Pero a la vez una Hispania pasada por el tamiz de los visigodos, que habían dado forma a un nuevo edificio con los ladrillos del viejo. En consecuencia Isidoro creía que la fusión de godos e hispanos no sólo era inevitable sino además deseable para permitir que esta Hispania nueva, que no era la de Augusto o Adriano, pero tampoco la de Diocleciano, llegase a desarrollar todo el potencial que tenía. 

Conviene aclarar que en la visión de Isidoro Hispania sería una parte de la “Romania”, entendida ésta como el legado cultural y social del difunto Imperio. Por ello no cabe pensar, en mi opinión, que Isidoro tuviera en mente una Hispania como nación-Estado independiente. Para Isidoro los reinos que eran los herederos del difunto Imperio de Occidente tenían cimientos comunes, eran hijas de un mismo hecho histórico, por lo que eran interdependientes entre sí, casi como provincias autónomas de un mismo reino [5]

Coherentemente con esta idea suya, genial y revolucionaria, Isidoro dedicó todo su episcopado a reunir el legado del Imperio y de la vieja Hispania para transmitirlo a la nueva Hispania. Y dedicó su esfuerzo a dar forma a la monarquía visigoda según este concepto. 

En ambos aspectos tuvo éxito. Isidoro logró compilar buena parte del saber de su época para legarlo como herencia nacional a godos e hispanorromano. Creó escuelas episcopales que difundieran el saber atesorado y lo pusieran al servicio de los hispanos, no de una élite intelectual. Primero fundó en Sevilla, luego le siguieron imitadores en Toledo, Mérida y Zaragoza. La intervención de Isidoro en el IV Concilio de Toledo fue imprescindible para convertir a la Iglesia en un poder moderador y el propio concilio en un esbozo de cortes nacionales a las que debía someterse para su aprobación la legislación del reino. 

Los españoles de hoy en día podemos estar bien agradecidos a San Isidoro. Sin él la historia de Hispania tendría un agujero negro entre los siglos VI y VII. Sin él, ni españoles ni portugueses modernos hubiéramos recibido la herencia de Roma y de Gotia casi intacta. 

El IV Concilio fue el momento álgido de su episcopado y su influencia, que coincidió además con el reinado de Sisenando, un visigodo por raza y costumbres pero hispano de cuna y romano por educación, cultura y saber. En la persona del rey Sisenando veía Isidoro el paradigma de la nueva Hispania. 

Vislumbrando ya lo que sería el futuro, fallecía Isidoro, en olor de santidad, en Sevilla, el 4 de Abril de 634, pocos días después del rey Sisenando. 

La historia de los visigodos tiene un antes y un después de San Leandro y San Isidoro. Estos dos hermanos son los que dan forma a la monarquía visigoda, que pasa de ser una monarquía bárbara y extraña al pueblo hispano (por lo cultural, religioso y político) a ser una monarquía plenamente hispana.



[1] Conocido por la historia como San Fulgencio. Fue obispo de Écija.

[2] Conocida por la historia como Santa Florentina. Profesó de monja en uno de los conventos reformados por su hermano mayor, del cual llegó a ser abadesa.

[3] De este encargo real nace la leyenda de que Leovigildo se convirtió en católico en su lecho de muerte. Personalmente pienso que no hay pruebas de ello aunque tampoco es imposible. ¿Mi opinión? Que no se convirtió. Entre otras cosas, si lo hubiera hecho, San Isidoro no hubiera dejado de contarlo.

[4] De viris illustribus.

[5] Hoy en día los que no lo ven claro son los políticos de Bruselas, empeñados en que la “civilización europea” nació por generación espontánea.

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