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16.- El fin de los visigodos.
La mayor parte de las historias de los
godos se dan por cerradas en el momento en que el reino visigodo es destruido por los
musulmanes. De tal modo que parece que desde ese momento los visigodos pasan a ser parte
de la historia y la Hispania visigoda pasa a ser la Hispania de la Reconquista. Esto es un
error. Por eso no concluyo esta página con el capítulo anterior.
Los visigodos no se suicidaron en masa
después de la derrota musulmana. Ta,bién es ridículo pensar que varios cientos de miles
de visigodos cambiaran de la noche a la mañana de cultura, lengua y costumbres.
Igualmente es ridículo pensar que la cultura hispanovisigoda, que había alcanzado la
cumbre no muchos años antes con San Isidoro, como ya dije, fue suplantada de golpe por la
cultura de los recién llagados invasores. Ni mucho menos. La cultura hispanovisigoda se
mantuvo viva durante un cierto tiempo, y fue uno de los dos factores que mantuvo la
cohesión cultural y social en la Hispania que acababa de sufrir un cambio revolucionario
en lo político.
Sin embargo la marea de la Historia
refluía para los visigodos, que acabarían desapareciendo.
Los primeros en desaparecer de la historia
fueron los visigodos, como pueblo.
Sus asentamientos en el Norte de la Meseta
habían sido atacados por Tarik para evitar que la región en que vivían la mayor parte
de los godos étnicos se convirtiera en un foco de revuelta. Y lo debió hacer bien,
porque en ningún momento esta región fue origen de alzamientos o conspiraciones. El
pueblo llano godo, así golpeado, carecía de sus líderes naturales, nobles u obispos,
que estaban muertos o huidos.
Con todo su debilidad (agravada por la
falta de jefes), los godos siguieron más o menos subsistiendo hasta los tiempos de
Alfonso I. Este rey de Asturias vivió en los años de la sublevación berebere (740-741).
Los bereberes, al alzarse, dejaron desguarnecida toda la Gallaecia y buena parte de la
Meseta Norte. Alfonso se aprovechó de ello para conquistar ciudades como Lugo, Tuy,
Braga, Coimbra... Sus expediciones llegaron tan al Sur como Segovia. Pero Alfonso no era
tonto y sabía que los musulmanes volverían salvo que él pudiera defender todos esos
territorios. Para defenderlos inició un programa de repoblación, que fue especialmente
intenso en Galicia, en las comarcas de Mondoñedo hacia el Atlántico, y al Norte del
Miño. De este modo Alfonso pudo incorporar Galicia al reino de Asturias. ¿Y de donde
sacó Alfonso la masa humana que necesitaba para repoblar? Pues de los asentamientos de
los Campos Góticos, que quedaron casi desiertos.
Así, los godos, desarraigados de la que
era su patria desde hacía dos siglos, y a medio destruir por los musulmanes,
fueron a parar a una nueva tierra en la que olvidaron sus leyes, su lengua y su nación
para fusionarse con la población autóctona. Hay constancia de la aparición de
topónimos en lengua germánica hasta principios del siglo IX en estas comarcas gallegas.
Después, nada. Éste era el fin del pueblo visigodo.
Mientras se desarrollaba esta escena se
van desarrollando en paralelo los hechos que acaban con los visigodos como hecho cultural.
No hay que olvidar que aunque hubiera godos étnicos que hablaban su lengua y tenían sus
leyes, la mayor parte de la población hispana vivía en un entorno cultural hispanogodo,
hijo de la cultura romana pasada por el tamiz visigodo. Esta cultura era común a la mayor
parte de los hispanos antes de la conquista musulmana. Pero con la conquista desaparecen
los dos elementos cohesionadores de dicha cultura.
El primer factor que mantuvo la cohesión
fue la Iglesia.
Según los cánones de los distintos
concilios de Toledo el metropolitano de Toledo era cabeza de la Iglesia hispana y estaba,
como tal, dotado del poder para ordenar y proveer de obispos las sedes vacantes. Además,
el metropolitano de Toledo era desde hacía más de un siglo la fuente fundamental de la
doctrina eclesial. Cuando había una disputa acerca de las fechas de celebración de las
fiestas, acerca de la liturgia o de la biografía de un santo, se recurría al obispo de
Toledo. Y lo que él decía casi casi sentaba cátedra.
Estas potestades de los metropolitanos de
Toledo mantuvieron abierta la línea de comunicación entre la Iglesia del Sur (la situada
en tierras musulmanas) y la del Norte (la que se encontraba fuera de la soberanía
musulmana). Pese a dos dificultades. La primera, obvia, es que el poder político ya no
era favorable a los intereses de los católicos. La segunda, que tras la ocupación de
Toledo el metropolitano electo huyó a Roma, y allí murió. Por esta razón la Iglesia
hispana estuvo unos años (los años clave de la consolidación musulmana) acéfala.
Luego, un tal Cixilo fue nombrado vicario, a la espera de que el metropolitano electo
regresara o muriera. Pasó lo segundo, y tras ello se siguieron nombrando metropolitanos
de Toledo.
Los nuevos metropolitanos se encontraron
con un panorama bastante deprimente. Muchos obispos electos habían huido de sus
diócesis, a Asturias, a la Galia, a Roma, con lo que se había trastocado el orden
eclesial. Y en muchos casos también el orden civil. Como consecuencia había quedado
destruido la administración en esas diócesis. Un eslabón más en la cadena del fin de
los visigodos. Además, muchos templos habían sido saqueados, otros confiscados por los
invasores, se habían perdido las propiedades agrícolas que sostenían a muchos
monasterios (y en ocasiones los monasterios se habían despoblado)...
Pese a todo los metropolitanos, y con
ellos los demás obispos de la Iglesia del Sur, trataron de mantener la unidad y cohesión
de la Iglesia hispana.
En 752-753, un comes visigodo
llamado Ansemundo aprovechó las discordias internas de los musulmanes para poner Nimes,
Agde y Beziers bajo la protección de los francos. Se trataba de una medida defensiva
frente a los musulmanes. Y además tomada a regañadientes (a fin de cuentas, visigodos y
francos habían peleado durante dos siglos por Septimania). A la muerte de Ansemundo estas
ciudades se rebelaron contra los francos. Éstos aprovecharon la coyuntura para penetrar
aún más en Septimania, y así entre 752 y 759 casi toda Septimania, incluyendo Narbona,
estaba bajo su poder. Esto no trajo la paz, y así en 754-756 los hispanogodos se
levantaron contra los francos, acaudillados por los nobles de origen godo que aún
quedaban.
Como es natural, los obispados de Septimania entraron en la
órbita de la Iglesia gala una vez que Septimania fue absorbida. Así, 766 se encuentra al
obispo de Narbona entre el séquito de Wilcarius, obispo de Sens y vicario papal para la
Galia. Esto provocó roces con el metropolitano de Toledo, que seguía siendo el único
que podía nombrar a los obispos de las sedes hispanogodas, aunque éstas se encontraran
bajo tutela franca.
En 778 Carlomagno inicia su célebre
campaña hispana. Cruza los Pirineos por Roncesvalles, toma Pamplona (a la que deja sin
murallas), asedia Zaragoza, y al retirarse de vuelta a la Galia la retaguardia de su
ejército es destruida por los vascones en Roncesvalles (15 de Agosto de 778). Carlomagno,
de esta fallida expedición, saca la conclusión de que le es imposible actuar en Hispania
sin la ayuda de la nobleza local y sin el apoyo de la Iglesia hispana. Ve claro que los
hispanos no quieren estar sometidos ni a musulmanes ni a francos. En consecuencia
Carlomagno inicia una campaña de aproximación a los obispos hispanogodos de las
diócesis de Septimania y de la Tarraconense.
En 782-785, como parte de esta maniobra,
Wilcarius escribe varias cartas a Elipando, metropolitano de Toledo, y usa como emisario a
Égila, un hispanogodo nombrado obispo de Elvira (Granada). Elipando responde con furia a
lo que piensa que es una intromisión de Wilcarius en su terreno. Además de las
respuestas en tono desabrido de Elipando, Wilcarius tiene en su poder un informe de Égila
en el que le cuenta todo lo malo que ha visto en las diócesis hispanas. Entre otras
cosas, Égila afirma que los obispos hispanos son todos herejes adopcionistas. Wilcarius
escribe en este sentido a Elipando, y Elipando reacciona de manera aún más desabrida
diciendo que la herejía no existe, que se la ha inventado Égila [1].
En 785 Elipando convoca un concilio en
Sevilla en el que los obispos hispanos se reafirman en sus posturas doctrinales, que no
eran heréticas, aunque no sabían expresarlo correctamente. Con eso Wilcarius ya tenía
un casus belli contra los obispos hispanos.
Al finalizar el concilio se le abre otro
nuevo frente, éste inesperado, a Elipando. Las conclusiones del concilio fueron enviadas
a todos los rincones de Hispania. Incluso a Asturias. Y allí, un monje del monasterio de
Liébana llamado Beato se opone a ellas por heréticas. Beato también tenía una
educación eclesial más gala que hispana, y, al igual que Wilcarius, tenía detrás un
poder político interesado en que la querella entre clérigos pasara al campo político.
En el caso de Beato, se trataba de los reyes de Asturias, que pretendían crear sedes
episcopales nuevas en su territorio (lo que iba en contra de los dispuesto por los
concilios toledanos) que no estuvieran sujetas al poder de los musulmanes a través de su
influencia sobre el metropolitano de Toledo.
Ese año 785 los francos se hacen con el
control de Gerona, y de los valles de Pallars y Ribagorza, a los que crean condados. Estos
dos valles pertenecían a la diócesis del obispo de Urgel, Félix, un hombre de Elipando
al que Wilcarius no logra convencer ni de que Elipando sea hereje ni de que es mejor tener
a los francos por amos antes que a los musulmanes.
En consecuencia, en 791 Carlomagno acusa
formalmente a Elipando de hereje. En Junio de 792, un concilio celebrado en Ratisbona y
presidido por el mismo Carlomagno condena a Elipando y a todos los que le apoyen.
Carlomagno consigue convencer al Papa de que los hispanos son herejes, y éste autoriza a
Carlomagno y Wilcarius a que intervengan en las diócesis hispanas para poner orden.
Con esto Carlomagno ha roto el hilo
conductor entre la Iglesia del Sur y la Iglesia de Septimania y el Norte de la
Tarraconense. A partir de estas fechas los obispos de Septimania ya no serán nombrados en
Toledo sino en Aquisgrán. Y tampoco lo serán los obispos de las sedes con las que se
vaya haciendo Carlomagno, como las de Barcelona (801), Tarrasa (801 o Tarragona (808). En
cuanto a Urgel, Félix será condenado por hereje en otro concilio en Francfort, en 794,
será depuesto de su sede en 799 y obligado a vivir en Sajonia, en un convento, hasta su
muerte.
Por lo que toca al otro frente de este
conflicto, el papa Adriano, en respuesta al
concilio de Francfort de 794 escribe una carta dirigida a las Iglesias de Hispania y
Gallaecia, lo que es tanto como certificar que la Iglesia asturiana ya no depende de
Toledo. Poco antes, en 792, el rey de Asturias Alfonso II había trasladado la capital de
su reino a Oviedo, y allí había creado (ilegalmente, según los concilios toledanos) una
nueva diócesis. Con esto, la separación entre la Iglesia del Sur y la de Asturias es un
hecho, aunque el hilo conductor se mantuvo hasta 799, año en que muere Elipando [2].
Estos hechos rompen definitivamente la
línea de comunicación que existía entre Sur y Norte de Hispania. La Iglesia, como
elemento coherente heredado del reino visigodo, ya no existe. A partir de este momento,
aunque todas unidas por la fe común, cada una de estas iglesias seguirá una evolución
distinta.
El segundo factor que mantuvo la cohesión
fue la creación cultural e intelectual de los hispanogodos.
Según iba pasando el tiempo la cultura de los hispanos del Sur,
los sometidos al gobierno de los musulmanes, se iba haciendo menos viva. Por un lado la
conversión al Islam de varios cientos de miles de hispanos apartó a estos conversos de
seguir siendo agentes creadores de cultura porque se asimilaron a otra nueva. Por otro
lado los hispanos que aún mantenían la cultura visigoda fueron poco a poco vieron
reducido su margen de maniobra. Aunque no fueron perseguidos (al menos no formalmente)
sufrieron la expropiación de iglesias y monasterios, con sus tesoros culturales,
reliquias y recuerdos de otra época. Fueron gravados con impuestos especiales,
restringiendo el mecenazgo que pudiera haber entre ellos. Su cultura tuvo que competir con
la nueva cultura musulmana (de raíz más bien siria que árabe), que gozaba de una mejor
situación y además contaba con el apoyo del poder político, del que los cristianos
estaban excluidos.
En consecuencia, cuando se quiebra el
primer elemento de cohesión (la Iglesia) los godos [3] que
vivían en tierras islámicas sólo tuvieron dos opciones: convertirse y desaparecer entre
el resto de la población islámica, o emigrar al Norte cristiano.
Una situación llena de tensiones que se
agravó a partir de la llegada de los Omeyas a la Península. Los Omeyas, como hijos de
los califas, eran también defensores de la fe islámica. Los dos primeros Omeyas no
tuvieron especial interés en reprimir a los cristianos mientras éstos no se unieran a
sus enemigos, pero Abd-al-Rahman II era de otra pasta, y poco a poco les fue apretando las
tuercas a los cristianos.
La situación estalló en el Verano de
850, en Córdoba, cuando dos cristianos fueron ejecutados por blasfemia. Muchos otros
cristianos protestaron por ello, y, hartos ya de someterse, se dedicaron a blasfemar
contra el Islam en público. Abd-al-Rahman II estaba lo bastante asentado en el trono como
para no temer una revuelta, y reprimió duramente a los cristianos. Además, buscó el
apoyo de la Iglesia del Sur. Pero mientras que el metropolitano de Sevilla condenó la
búsqueda del martirio voluntario, el obispo de Córdoba apoyó a los mártires sin dudar [4]. La
revuelta y los martirios voluntarios siguieron. Abd-al-Rahman murió en 852, sucediéndole
su hijo Muhammad, que heredó el problema incluso agravado, puesto que tras el concilio de
Córdoba el problema se había extendido a Sevilla, Mérida, Toledo, y otras ciudades.
Parecía que lo que empezó siendo un conflicto religioso podía degenerar en un
alzamiento general de los cristianos mozárabes.
El nuevo califa decidió cortar por lo
sano. Destruyó varios monasterios (entre ellos el de Tábanos, cerca de Córdoba, que era
tenido por el foco de la insurrección), confiscó iglesias, ejecutó a varios cientos de
cristianos (entre ellos al obispo de Córdoba), y en definitiva, organizó la primera
persecución efectiva de cristianos en Al-Andalus.
Ahora a los cristianos sólo les quedaba
emigrar o morir.
La revuelta de los mártires llegó a su
fin en torno al 860. Como resultado Sevilla y Córdoba, las capitales culturales de
Hispania (y lo habían sido desde el siglo IV), y en menor medida Toledo, Mérida, y otras
ciudades importantes, ya no eran centros de creación cultural de los cristianos, y ni tan
siquiera podían transmitir a los reinos del Norte el legado cultural hispanogodo porque
ya no quedaba nadie que lo recordase.
Así, en la primera mitad del siglo IX, siglo y medio después de la conquista musulmana, llegaba a su fin la historia social y cultural del pueblo de los visigodos. Sic transit.
O quizá no acabe aquí esta historia. A fin de cuentas los visigodos dejaron tras de sí, además de su legado histórico y cultural, a sus hijos y nietos, que somos nosotros, los portugueses y españoles de hoy en día.

Sarcófago de piedra visigodo, del siglo VII.
[1] El adopcionismo es una herejía según la cual Jesucristo no es hijo de Dios en cuanto ser humano físico, sino sólo en lo espiritual. Algo así como si el Padre hubiera tomado una persona humana ya existente y la hubiera adoptado como hijo suyo otorgándole sólo la divinidad de la parte espiritual. Para más información sobre esta herejía puede consultar la página web La herejías de Manuel González. La herejía adopcionista era un tema recurrente en la Iglesia hispana, y se debía sólo a una confusión terminológica. La Iglesia, fuera de Hispania, al hablar de Jesús le calificaba de assumptus para referirse a su naturaleza, mientras que en Hispania se usaban los términos adoptivus o adoptatus. Ya en 688 había surgido un roce con Roma al enviar el XIV Concilio de Toledo una profesión de fe en la que figuraban estas expresiones. Roma replicó preguntando si es que los hispanos eran herejes. San Julián, obispo de Toledo, replicó que Roma no había entendido correctamente las expresiones que habían usado, y en una larga respuesta expuso las razones de la confusión. El Papa se dio por satisfecho con esto. Égila, un godo con educación franca, posiblemente tampoco entendió el error terminológico, pero su informe le bastó a Wilcarius (y a Carlomagno) para esgrimir la acusación de herejía. Y Elipando agravó el error mandando al cuerno a Égila y Wilcarius, en lugar de responder como San Julián.
[2] Antes de muerte Elipando preservó la unidad interna de la Iglesia del Sur en un sínodo celebrado en Toledo en 793. En este sínodo los obispos del Sur se reafirmaron el lo acordado en el concilio de Sevilla de 785.
[3] Ya entonces los hispanogodos que vivían en tierras musulmanas empiezan a ser llamados mozárabes, término equivalente a arabizado.
[4] Concilio celebrado en Córdoba en Noviembre o Diciembre de 852.