.JESÚS DE NAZARET.

 

Las guerras de 66 y 132: el fin de Israel

 

Para una mejor comprensión de este capítulo os recomiendo ver mi web:

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Con especial atención a los capítulos "LAS NUEVAS LEGIONES" y "OBRAS".

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Las primeras comunidades cristianas tuvieron que padecer las dos revueltas de los judíos contra Roma. Dos guerras crueles hasta extremos inconcebibles y cuyo previsible desenlace supuso la aniquilación del judaísmo en su propia tierra.

El origen de la revuelta del año 66 d.C. es doble: la situación político-social de los judíos, sus enfrentamientos internos y los clamorosos errores provocados por el loco Nerón habían llegado a un punto en el que sólo cabía una solución: que todo el país estallara como una bomba. Y estalló. Con la excusa de la guerra contra la ocupación romana cada grupo religioso, bien surtido de fanáticos sanguinarios y todos ellos creyéndose ser el "mesías", se dedicó a sacar el mayor partido posible del caos sin comprender lo que realmente habían hecho: iniciar una guerra contra Roma, la potencia militar más poderosa del mundo.

Unos incidentes provocados por el incompetente prefecto Gesio Floro y que costaron la vida de más de tres mil judíos sirvieron para que los zelotes, la secta más extremista de todas, consiguiera apoderarse de la fortaleza de Masada y pasar a cuchillo a la desprevenida guarnición auxiliar romana (en Israel no había destacadas legiones romanas, sino tropas auxiliares sirias que servían en el ejército romano pero que no eran ciudadanos romanos) para a continuación, hacerse con el control de Jerusalén. Una Jerusalén ya repleta de judíos dispuestos ya a lo que hiciera falta y que tomaron la fortaleza Antonia matando a toda la guarnición auxiliar romana y obligaron a las tropas del palacio de Herodes a refugiarse en las torres hasta que sin víveres se rindieron a cambio de la promesa de dejarles marchar. Pero todos fueron asesinados, y no sólo los auxiliares romanos, sino centenares de judíos "sospechosos", entre ellos el Sumo Sacerdote. Todo el odio contenido durante siglos salió a la superficie. Por todo el Imperio Romano se sucedieron las matanzas de judíos y gentiles que se acuchillaban en las calles en medio de una orgía de sangre en la que, pasado el primer momento de sorpresa, siempre llevarían las de perder los judíos. Así, en Alejandría los judíos, que atacaron a los egipcios con saña fueron después masacrados sin piedad por la población que estuvo al borde de exterminarlos.

El legado propretor de Siria era Cestio Galo, un incompetente que bajó hacia Jerusalén con un tercio de sus tropas pero tuvo que retirarse al no poder asegurar sus suministros en el invierno del año 66. Este militar de opereta cometió los típicos errores del incapaz y se aventuró con sus tropas por las colinas de Beth Horon. Los romanos, que eran imbatibles en terreno despejado por su disposición táctica formando tres líneas intercambiables, tenían un punto débil: si les atacaban en plena marcha no podían formar las líneas y podían ser derrotados. Y eso fue precisamente lo que ocurrió. Los romanos, haciendo uso de su soberbia disciplina, consiguieron reagruparse y salir del atolladero, pero tuvieron que abandonar su caravana de provisiones y equipo pesado que los judíos llevaron en triunfo a Jerusalén. Ebrios con su triunfo pero sabiendo que Roma era imbatible en campo abierto, se dispusieron a resistir atrincherados tras los muros de la Ciudad Santa sin comprender que los romanos, maestros absolutos del arte del asedio, tenían todas las de ganar. En la primavera del año 67 el emperador Nerón ordenó a su general Flavio Vespasiano que iniciara la reconquista de Israel. Vespasiano tenía entonces 57 años y era el mejor soldado de Roma en aquellos momentos. Veinte años antes, siendo legado (comandante en jefe) de la Legión Augusta se había destacado heroicamente durante la conquista de Britania (Inglaterra) siendo emperador Claudio. Era un militar nato, con una tremenda experiencia de décadas de servicio en las legiones y un instinto guerrero ante el que los judíos nada podían oponer. Vespasiano tenía con él a su hijo Tito, un oficial de 27 años que había heredado las virtudes militares de su padre. Vespasiano tenía el mando de nueve legiones (cada legión se componía de unos 5.000 hombres) y aproximadamente el mismo número de auxiliares. Como los estados aliados estaban obligados a aportar sus tropas, el total de fuerzas a las órdenes de Vespasiano era de unos 100.000 hombres, aunque sólo utilizó para invadir Israel las legiones V, X y XV, unidades curtidas que nada tenían que ver con las tropas auxiliares sirias a las que los judíos habían derrotado. La legión X estaba al mando del legado español Trajano, el padre del futuro emperador.

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Un legionario romano de las legiones de Vespasiano con su equipo de combate, por  Peter Connolly (Ed. Oxford University Press). Lleva un yelmo de hierro de modelo gálico, una coraza de cota de malla de anillos de hierro (la famosa lorica segmentata estaba en uso entonces sólo en Occidente), un escudo (scutum) de capas de madera contrapeadas y forrado de fieltro, una espada corta española (gladius hispaniensis), un puñal español (pugio) y una jabalina pesada (pilum).

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Una legión romana formada en las tres líneas de combate y lista para la lucha.

Su sofisticado equipo, su soberbia disciplina y su superioridad táctica hacían de las legiones romanas unas auténticas máquinas de picar carne, pero aunque algunos judíos elevaron sus voces sensatas pidiendo llegar a un acuerdo con Roma, fueron acusados de traición y asesinados por los radicales que se habían hecho con el poder. Mientras, Vespasiano conquistaba Galilea al modo romano: ciudades arrasadas, decenas de miles de hombres ejecutados y mujeres y niños vendidos como esclavos. Con Roma no se jugaba, pero ya era tarde para que los judíos lo descubrieran... Ante aquella respuesta, el ejército judío que debía defender Galilea desertó aterrorizado ante el avance de las legiones y sus jefes, liderados por un noble llamado José, se refugiaron en una cueva donde decidieron suicidarse, pero José, que se las arregló para quedar el último, decidió entregarse a los romanos. Llevado ante Vespasiano, José predijo que en menos de un año el general sería emperador romano, lo que a Vespasiano le debió hacer gracia, porque le perdonó la vida, influido también por el hecho de que José tenía influyentes amistades en Roma y que siempre había manifestado su público rechazo a la guerra contra Roma. Este tal José no es otro que el famoso historiador Flavio Josefo, que se convertirá en el consejero judío de Tito y escribirá después la importantísima obra "La Guerra de los Judíos" que es el documento más preciso que tenemos sobre esta época y una auténtica maravilla historiográfica.

El modo de actuar de los romanos causó tal terror en las ciudades judías que la mayoría se rindieron sin oponer resistencia mientras miles y miles de judíos huían aterrorizados hacia Jerusalén. En la Ciudad Santa, el jefe de los zelotes, Juan de Giscala, inició una purga de "sospechosos" en la que fueron asesinados centenares de judíos. Los sacerdotes, apoyados por la mayoría del pueblo, les atacaron en el Templo y quedaron asediados allí, pero en su ayuda llegaron los idumeos que les liberaron y ambos grupos, zelotes e idumeos, se dedicaron a asesinar a centenares de sacerdotes y "sospechosos". Jerusalén se tiñó de sangre. Los cristianos, horrorizados ante las matanzas, huyeron hacia el sur mientras Vespasiano cerraba poco a poco el cerco sobre la Ciudad Santa conquistando Samaria. En esos momentos de zozobra, los esenios de Qumrán escondieron sus textos en la gruta en la que serían hallados 1.879 años más tarde. En otoño del año 68 llegó la noticia de la deposición y muerte del loco Nerón y el nombramiento de Galba como emperador. Vespasiano envió a Tito a Roma para presentarle sus respetos al nuevo César, pero en Grecia se enteró del asesinato de Galba y regresó junto a su padre.

Mientras tanto, otro iluminado sediento de sangre llamado Simón Bar Giora, consiguió reunir una gran fuerza de judíos descontentos y atacó Idumea devastándola en represalia por las matanzas de Jerusalén. En medio de la guerra contra Roma, el pueblo de Israel se desangraba en inútiles guerras civiles. Cuando Simón Bar Giora llegó a Jerusalén se enfrentó a Juan de Giscala en una horripilante matanza que duró días y días y en la que murieron miles de judíos inocentes, atrapados entre los dos bandos. Para entonces se habían sucedido en Roma Galba, Otón y Vitelio como emperadores en un año y Vespasiano, harto del caos, se hizo proclamar emperador por sus tropas y dejando la guerra al cuidado de su hijo partió para Roma no sin antes poner en libertad a José, el que le había profetizado un año antes que sería emperador y al que se otorgaría más tarde la ciudadanía romana tomando el nombre de Flavio Josefo en agradecimiento a su salvador Flavio Vespasiano. Tito, magnífico general y un auténtico lujo de persona, completó el cerco de Jerusalén con las legiones XII, V y X.

En Jerusalén, los zelotes andaban a espadazos entre sí divididos en dos grupos que se dedicaban a quemarse las provisiones unos a otros. Esas provisiones que hubieran podido ayudar a mantener alimentada a la enorme población refugiada y que ahora veía como los romanos rodeaban la ciudad sin remedio... y sin alimentos. La conquista de Jerusalén fue terrible. Los romanos avanzaron metro a metro sobre un terreno defendido fanáticamente por los judíos en medio de un hambre atroz que mataba más judíos que los propios romanos mientras los hombres de Juan de Giscala, enloquecidos por el hambre, se dedicaban a torturar y asesinar a más y más judíos en medio de una sanguinaria orgía que parecía no tener fin. Tras conquistar la Antonia, Tito ordenó el asalto del último baluarte: el Templo. A pesar de las órdenes expresas de Tito para evitar su destrucción, en medio de la lucha se incendió y quedó destruido. Todos los zelotes fueron ejecutados salvo 700 que fueron enviados a Roma para figurar en el Triunfo de Tito en el que se mostraron al pueblo de Roma los tesoros sagrados del Templo tomados como botín. Simón Bar Giora fue ejecutado en Roma y Juan de Giscala condenado a cadena perpetua.

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Ilustración de  Peter Connolly (Ed. Greenhill books). Connolly que muestra el Triunfo de Tito en Roma. El desfile ha llegado a la subida al Capitolio atravesando el Foro por la Vía Sacra por la que desfila el ejército de Tito, entre la imponente mole de la basílica Julia y la tribuna de los Rostra, aclamado por el Pueblo Romano. En este punto Simón Bar Giora (esquina inferior izquierda) es apartado para ser estrangulado ritualmente en el Tullianum. Tras Bar Giora se halla el carro de oro con Tito revestido con la toga triumphalis de púrpura y oro. En primer plano, iniciando la ascensión al Capitolio, los legionarios que portan los tesoros sagrados del Templo y los carteles explicativos y los toros blancos que van a ser sacrificados a Iupiter Optimus Maximus en ofrenda.

El resto de los sublevados fueron vendidos y acabaron muriendo en los juegos de gladiadores. Jerusalén fue destruida. En el año 73 el legado Flavio Silva conquistó la fortaleza de Masada acabando con la última resistencia de los 960 zelotes que prefirieron suicidarse antes que ser capturados.

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Los legionarios romanos construyen la rampa de Masada. Ilustración por   Peter Connolly (Ed. Oxford University Press). En estas circunstancias siempre trabajaban con la coraza puesta y las armas a mano.

La guerra del 66 al 73 fue desastrosa para Israel: Jerusalén destruida, la tierra de Israel bajo administración de guerra, todos los derechos del pueblo judío anulados, la obligación de pagar un impuesto especial por el simple hecho de ser judíos (el fiscus iudaicus), centenares de miles de muertos y un país completamente arrasado que tuvo que volver a empezar desde las cenizas de la total destrucción. Con el Templo destruido, el judaísmo pierde la referencia de culto que pasará a las sinagogas, por lo que la secta de los saduceos desaparece y toma mayor importancia la de los fariseos que, a partir de entonces, liderarán espiritualmente a los judíos. A partir de ese momento, los fariseos excluirán definitivamente a los cristianos de su concepto de nación. Los cristianos nacidos judíos ya no serán considerados sino como un pueblo aparte. Este apartamiento se ve claramente en el evangelio de Juan escrito quince años después de la toma de Jerusalén.

 

A pesar de gestos como el de Nerva anulando el fiscus iudaicus, la marea mesiánica se extendió por todas las comunidades de la diáspora causando una revuelta entre los años 115-117 que Trajano reprimió con todo su poder. En Alejandría, judíos y gentiles volvieron a masacrarse por las calles hasta que la intervención de Roma devolvió la paz de la que salieron perjudicados, obviamente, los judíos. En Chipre los judíos masacraron a la población gentil siendo reprimidos después por Roma con toda severidad. Todo esto trajo consecuencias gravísimas para los judíos, ya que cada vez era mayor el odio que se les tenía por todo el Imperio. En cada ciudad donde había una comunidad judía sus habitantes, ciudadanos romanos o no, sentían cada vez mayor desprecio y animadversión contra ellos sucediéndose los incidentes que presagiaban un nuevo derramamiento de sangre. Adriano, harto de la situación, ordenó una serie de medidas muy duras como la prohibición de la circuncisión. Otro iluminado mesiánico, Simón Bar Kosiba ("el hijo de la estrella") también llamado Simón Bar Kochba, se alza en armas contra Roma en el año 132 consiguiendo llevar tras él a la mayoría de la población que se lanza a un a guerra desesperada y consigue frenar a los romanos hasta que Adriano envía al experimentado general Julio Severo. Por todo el Mediterráneo los judíos atacaron a los gentiles provocando de nuevo las consabidas matanzas. En 135 Severo toma Jerusalén y se terminan con los últimos reductos aislados.

El emperador Adriano no se anduvo con contemplaciones. Romanos y no romanos pedían un escarmiento ejemplar y Adriano dictó las condiciones de la derrota. Esta vez no les dejaría ni la tierra:

El judaísmo fue prohibido en la Tierra Prometida de Israel y el pueblo judío dispersado en una diáspora que despobló Palestina. La religiosidad sacrificial desapareció, con lo que los fariseos fortalecieron aún más el control absoluto y exclusivo de la espiritualidad judía... Pero ya no en Israel, sino fuera de una Tierra Prometida a la que no volverían hasta el siglo XX.

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